martes, 8 de octubre de 2013

Madrid, 7 de octubre de 1913. ¡Bienvenido Monsieur Poincaré!

Hace cien años en Madrid...


  Martes 7  
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El presidente de Francia en Madrid
Madrid se vestía de gala para recibir al presidente de la República francesa, M. Poincaré. Desde el mes de septiembre se hablaba de esta importante visita, unos con mofa, otros con gran expectación, y Gobierno y Ayuntamiento dedicados a organizar la bienvenida y estancia del hombre de Estado francés y su comitiva.



El viaje hasta Madrid
A las diez de la noche del día 5 de octubre partió de la estación del Quai d'Orsay el tren que conducía a M. Poincaré, su esposa, y un gran séquito entre los que se encontraba representantes de la Embajada de España en Francia.
En la mañana del día 6 de octubre el tren llegaba a Bayona, donde se tributó una calurosa bienvenida al presidente francés. A la una de la tarde se celebró un banquete ofrecido por el Ayuntamiento. A las tres, el presidente emprendió la marcha en automóvil rumbo a Biarritz.
El tren que conduciría a Poincaré a Madrid, salió de la estación de Irún a las seis y doce minutos de la tarde, para llegar a Madrid el día 7 de octubre a las diez y media de la mañana.
Mientras tanto, el vicealmirante Lapeyriere ordenaba a los acorazados "Voltaire", "Danton", "Mirabeau" y "Diderot", encender las máquinas para estar dispuestos a zarpar de Tolón, por la tarde, para ir a Cartagena a esperar al presidente de la República francesa.
El "Diderot" era el acorazado elegido para el regreso a Francia de M. Poincaré.


¿En que beneficiaba a España la visita de M. Poincaré?
Esto decían algunas personalidades sobre la visita del presidente de Francia:

"De la misma manera que en el régimen arancelario la cláusula de nación más favorecida es hoy el fundamento de todos los Tratados de comercio, así en el aspecto político podemos afirmar que con Francia tendremos siempre la cláusula de nación mas favorecida en nuestra amistad, sin que esto elimine la posibilidad de que el curso de la Historia o los intereses nacionales exijan que esa cláusula se extienda en el porvenir a cualquiera otra nación."
Conde de Romanones


"La visita de Poincaré me parece muy bien, muy bien. Yo profeso un gran cariño a Francia. Desde muy joven he visitado con frecuencia París y las demás poblaciones francesas. Con mi familia visité el año 67 del pasado siglo la primera Exposición universal de París, establecida en el campo de Marte. Entonces compré las obras de Balzac en un puesto de libros del Sena, que aun conservo, y vi a Napoleón III y al Sultán de Turquía y al Emperador Guillermo de Alemania. París lo conozco tan bien como Madrid; ¡lo he visitado tanto!
Soy un entusiasta partidario de la alianza con Francia. Los dos países tienen un ideal común, que deben realizar unidos."
Benito Pérez Galdós


"La visita de Poincaré suscita el tema de las alianzas. Dedicado a mis investigaciones de laboratorio y lejos de la vida política, no juzgo prudente disertar acerca de la cuestión planteada. ¿Le conviene a España salir de su aislamiento? Es indudable que actualmente nos encontramos dentro de la órbita de acción de Francia e Inglaterra. El problema consiste en saber si conviene aflojar o afirmar los lazos que nos unen a ambas naciones. Al Gobierno, que conoce en todos sus detalles el problema, corresponde resolverlo, inspirándose en un hondo sentido patriótico. Confío en que sabrá cumplir con su deber."
Santiago Ramón y Cajal


"El Rey de España en París y el presidente de la República francesa en Madrid consagran el mutuo afecto de dos pueblos hermanos, cuya leal amistad es segura, garantía de sus respectivas prosperidades."
J. Navarro Reverter


Los titulares del día
Con mayor o menor énfasis, los periódicos madrileños anunciaban la llegada














Momentos antes de la llegada
Madrid se engalanaba con colgaduras, trofeos, banderas y gallardetes de España y la República francesa. La visita de Poincaré era una fiesta nacional y nada tenía que envidiar al recibimiento brindado a Alfonso XIII cuando el 7 de mayo de 1913 llegó a París.
Como hemos visto en el cuadro meteorológico, el clima no era el ideal para tan magno evento; la lluvia había comenzado por la madrugada y las calles no mostraban su mejor aspecto. Así y todo, desde primera hora de la mañana se congregaban grupos de personas en las calles del trayecto, allí donde las tropas dejaban hueco, o en los balcones de las privilegiadas casas.
La Plaza de España ofrecía un aspecto marcial. Ocupaba su espacio una división de caballería completa, en formación. Las chaquetillas blancas y rojas de los húsares destacaban  entre los uniformes azules de los lanceros y de los cazadores de María Cristina.
Bajo la lenta lluvia desfilaban los carruajes que conducían a la estación del Norte a los personajes oficiales que recibirían al presidente Poincaré.

Desplazamiento del rey
A las diez de la mañana la fuerza de la guardia exterior del Palacio Real, que a lo largo de la plaza de la Armería formaba en filas abiertas, comenzó la marcha presentando armas y anunciando que el rey salía de Palacio.
Llevaba S. M. el uniforme de gala de capitán general y al pecho cruzada la roja banda de la Legión de Honor, cuya placa ostentaba en lugar preferente. Además lucía el Toisón de oro y diversas condecoraciones españolas. Los infantes ostentaban los uniformes de los Cuerpos donde prestaban sus servicios, llevando también en primer término condecoraciones francesas.

La regia comitiva
Abrían marcha los batidores de la Escolta, y tras de ellos dos oficiales de la Casa militar del Rey precedían al carruaje del monarca, en el que viajaban, junto a Alfonso XIII, los Infantes D. Fernando y D. Alfonso. Los generales, jefes y oficiales del Cuarto militar del Rey seguían al carruaje y en pos de ellos iba el escuadrón de la Escolta Real.
La comitiva del monarca se completaba con otros tres coches. En el primero iban el marqués de la Torrecilla, mayordomo mayor de S. M. y jefe superior de Palacio y el marqués de Viana, caballerizo y montero mayor del Rey. Iban en el segundo carruaje que seguía al anterior el gentilhombre de guardia y D. Basilio Abial, mayordomo de semana con el Rey. En el tercer coche iban los ayudantes de SS. AA. D. Fernando y D. Alfonso.
Al paso de la regia comitiva, el público estacionado en las calles aclamaba con entusiasmo al monarca, que llegaba a las diez y cuarto a la estación del Norte.

En la estación del Norte (Príncipe Pío)
La estación estaba adornada, como las calles del trayecto y muchas otras de Madrid, con trofeos formados por escudos y banderas francesas y español. Las columnas, que servían de sostén a la marquesina se hallaban rodeadas de grupos de plantas. Una gran alfombra roja cubría considerable extensión delante de la puerta de salida a la sala de espera. Sobre este tapiz se extendía otro, atravesando los andenes hasta el de llegada. Para tributar honores formaban en la estación una compañía del regimiento de Asturias con bandera y música.

Desde la entrada del paseo de San Vicente el acceso a la estación resultaba poco menos que imposible. Se habían extremado todas las precauciones. Al andén, como a la sala de espera, sólo tuvieron posibilidad de acceder un contado número de personas. El servicio de Policía y de Seguridad cubrian el andén de llegada y cortaban el paso por todas partes con dobles filas de guardias.

Además de personas de altos cargos o prestigio en la política, acudió el Gobierno en pleno luciendo lujosos y pintorescos uniformes, el rector de San Luis de los Franceses y los comisionados del Ayuntamiento de París.

Entrada del tren presidencial
A las diez y media en punto las salvas de la batería, situada en lo alto de la montaña del Príncipe Pío, anunciaron que el tren entraba en agujas. La locomotora venía adornada con un enorme escudo de España rodeado de banderas francesas y españolas.
Presentaron armas las tropas, sonó el toque de marcha y la banda de música dejó oír los ecos brillantes de "La Marsellesa".
Estacionado el convoy, asomó el presidente Poincaré, que vestía frac, y además de las insignias del Toisón de Oro llevaba la banda de la gran cruz de la Legión de Honor.
Descendió del coche y estrechó repetidas veces, con efusión, la mano que le tendía D. Alfonso XIII, dándole la derecha, fue presentando una a una a las personalidades antes mencionadas. Comenzó el saludo por los infantes y los ministros de la Cámara; siguió haciéndolo con los presidentes de los Altos Tribunales; continuó con las autoridades civiles de Madrid y terminó por el grupo de generales.
El jefe del Estado francés saludaba, no sólo con una cortés insinuación de cabeza a los oficiales, sino al propio tiempo alzando el sombrero de copa, que llevaba en la mano, hasta la altura de la frente con un ademán peculiar.
Antes de dar comienzo a la revista, al saludar al capitán de infantería que mandaba las fuerzas de Asturias, le hizo entrega de la condecoración que le ofrecía como recuerdo de su visita.



Poincaré y la lluvia
Monsieur Poincaré preguntó que cuánto tiempo hacía que no llovía en nuestro país, y el presidente del Consejo le dijo que cerca de ocho meses.
Entonces el presidente le contestó:
—Yo ya conozco la hermosura del cielo de España, y celebre verlo ahora cubierto de nubes y empañada por la lluvia la transparencia de su ambiente. Me alegro, porque el agua es la riqueza, y nada más grato podía ser para mí que el que conmigo venga un anuncio de la prosperidad y del bienestar para el país al cual tanto quiero.


Rumbo al Palacio Real
Frente a la puerta de salida de la estación se hallaba la carretela a "la gran d'Aumont" destinada al monarca y al jefe del Estado francés.



Cuando ambos ocuparon el carruaje se puso en marcha al cortejo. Lo precedía cuatro batallones de la Escolta, a las que seguía un teniente de la Guardia Real y una sección de la misma, que formaba la cabeza del cuadro (llamado formación a la francesa), en el cual iba encerrado el carruaje. Cubrían los lados doble fila de soldados de la Escolta. Entre estas cuatro marchaba, en primer término, un correo de la Real Casa. Iban después dos primeros tenientes de escuadrón, seguidos por los ayudantes de guardia con el Rey, que precedían como batidores al carruaje.
A los lados de éste, y en el lugar más inmediato a él, iban a la derecha el capitán general, y a la izquierda, el jefe de la Casa militar de S. M., general Aznar. Detrás iban los generales, jefes y oficiales ayudantes de servicio y cuartel Real. Al término de las líneas laterales de la escolta iba la banda de trompetas de la misma y el resto del escuadrón. Marchaba luego el séquito del Rey y del presidente en seis carruajes.



El lucidísimo cortejo remontó la cuesta de San Vicente mientras los tropas que cubrían la carrera presentaban armas y las bandas de música de los regimientos interpretaban el himno nacional francés. De los balcones, llenos de bonitas majas, partían vítores ensordecedores.
Siguió la comitiva por la Plaza de San Marcial y la calle de Bailén hasta entrar en la Plaza de Oriente, donde se aglomeraba el mayor gentío desde muy temprano.





Entre aplausos continuados llegaron, por fin, a la entrada de la plaza de armas del Alcázar. Como medida de precaución se había prohibido la estancia en ella a persona ajena a las fuerzas de la guardia exterior. Mientras el carruaje que conducía a S. M. y S. E. entraba por la puerta principal, se adelantaron por las laterales los otros coches para esperar los ocupantes al rey y al presidente en el lugar designado con anterioridad a cada uno.
Mientras tanto que la comitiva recorría el trayecto comprendido entre la entrada de la plaza de Oriente y la puerta principal del Alcázar, las personalidades que habían acudido a la estación a esperar a Poincaré, llegaron a Palacio, atravesando sus carruajes por el Campo del Moro.

Entrada en Palacio
La carretela a la gran d'Aumont que conducía a ambos jefes de Estado se detuvo al pie de la gran escalera de Palacio. Formaban en ésta, en filas abiertas, los Reales guardias Alabarderos en traje de gala, como todas las tropas en el día
de hoy, y delante de las líneas se hallaban también formados los grandes de España, mayordomos de semana y gentiles hombres. En uno de los lados opuesto a aquel por donde había de subir la comitiva se encontraba la banda música que interpretó "La Marsellesa".
En lo alto de la escalera, en la meseta principal, estaban las reinas D.ª Victoria y D.ª María Cristina y las infantas D.ª Isabel, D.ª Beatriz y D.ª Luisa.
La Familia Real en pleno acompañó a M. Poincaré hasta los balcones del Palacio para ver el desfile preparado en honor del jefe del Estado francés.




Las fotos
Dos fotografías del presidente francés durante su estancia en Madrid.





Recetas de la bisabuela
SOPAS DE VARIAS CLASES
Sopa con sustancia de casa menor ó aves caseras.
Como suelen abundar muchas veces en el campo las aves y la caza, pueden aprovecharse estas carnes reduciéndolas a sustancia. Se cuecen los despojos como para la olla: se saca la carne y se muele en el mortero con miga de pan que se deslio con su caldo, y se pasa después por un colador tupido. Con el caldo se empapa el pan, echando encima esta sustancia, ó bien se sirve sobre rebanaditas de pan tostado.


Mock-turte , sopa á la inglesa muy en boga.
Se deja á medio cocer con agua y sal la parte superior de una cabeza de ternera, y después de blanqueada y preparada se corta en dados pequeñitos: se les añade perejil, tomillo, mejorana, albahaca, cebollas, laurel, setas, jamón negro, clavos de especia, pimienta y nuez moscada raspada. Se echa todo en una cazuela con manteca, se pone al fuego y se le da unas vueltas: entonces se retira y se tuesta. Vuélvase á colocar todo esto en la tartera añadiéndole la cantidad de agua que sea necesaria paraja sopa, que debe quedar espesa como un salmorejo: se hace hervir por tiempo de dos horas, se espuma y pasa por tamiz: si se quiere todavía se le añade vino de Madera, zumo, caldo de aves, albondiguillas menuditas, yemas enteras de huevo duro, ácido de limón, pimienta de Cayena y sal si acaso no tenia la bastante el jamón. En este caldo se sirve la cabeza de ternera hecha trozos, las setas, con las albondiguillas y yemas, pero nada de pan. Pueden suprimirse algunos de estos ingredientes según el gusto de cada uno.
Esta sopa es muy confortante, y la pimienta de Cayena ó pimiento encarnado le comunica un picante que apetecen mucho los ingleses. Debe servirse hirviendo á cada comensal en una taza, en donde se enfria menos que en plato.


Sopa de cangrejos.
Se lavan con muchas aguas los cangrejos pequeños y se cuecen en una cazuela con agua y sal: cocíaos ya se ponen aparte las colas y patas: el resto se muele en el mortero lo mas que sea posible, añadiéndole un cuarterón de menteca, continuando en majar para que se incorpore bien. Se pondrá esta parte con un poco de agua en un cazo, y se hará hervir, y después se colará por una servilleta haciendo cuidadosamente que salga la manteca. Se vuelve á echar este caldo colado, en la cazuela con buenas rebanadas de pan tostado.
Luego que han cocido bien se pasan por tamiz, y se cuece de nuevo esta sustancia con caldo de carne ó de pescado. Se frien con manteca pedacitos de pan cuadrados, se poneo en la sopera, echando caldo y distribuyendo por encima las colas y patas que se habian apartado.
En vez del pan tostado puede ponerse macarrones,sémola, etc., pero de todas maneras siempre es necesario que las colas y patas cuezan á fuego manso en el caldo por espacio de cinco minutos.


Sustancia ó pepitoria d e cangrejos.
Se lavan bien los cangrejos y se cuecen con caldo; se dejan escurrir y se separa la carne. Se pondrá a hervir arroz, pero que no cueza mucho y le quede algo de caldo: se necesita de este igual cantidad como carne de aquellos. Se muele todo junto humedeciéndolo con el caldo en que han cocido al tiempo de colarlo.
Esta sustancia no debe dejarse muy clara, y se echa sobre canteritos de pan empapados ya en buen caldo. En el momento de servirse esta sopa, se mezcla manteca hecha con las conchas de los cangrejos.



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© 2013 Eduardo Valero García - HUM 013-240 EFEMERIDES1913


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