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miércoles, 8 de abril de 2020

Corona y Virus (Parte III): El hijo del Ganges y los intereses civiles y eclesiásticos. Galdós, 1884.

La tercera parte de Corona y Virus nos traslada al Madrid de 1884. Han pasado diecinueve años desde la visita del Hijo del Ganges, del Judío Errante que se paseó por Europa provocando no pocos estragos. En los capítulos anteriores dimos cuenta de los pormenores de la política, los efectos del cólera y las diversiones de la sociedad madrileña en 1865. Galdós lo dejaba todo retratado en Siete plagas del año 65, y años después lo hará en sus artículos para la prensa argentina.




Benito Pérez Galdós ya era un consagrado escritor al que en 1883 le tributaban honores en dos banquetes celebrados en el Círculo Ayala [Ver: Banquete de homenaje a Benito Pérez Galdós en Madrid]

Y de ese año es el primero de los artículos que aparece en la recopilación realizada por Alberto Ghiraldo de los escritos por Galdós para el diario La Prensa, de Buenos Aires (Argentina). Forman parte de los diez volúmenes correspondientes a Benito Pérez Galdós. Obras inéditas, publicados por la editorial Renacimiento en 1923.




En el primero de los dos volúmenes que llevan por título Cronicón, aparece la recopilación de artículos publicados entre 1883 y 1886. Nosotros nos centraremos en los que hacen referencia a la corona y el virus, escritos por Galdós entre 1884 y 1885. En esta tercera parte publicamos fragmentos de El hijo del Ganges e Intereses civiles y eclesiásticos, escritos en julio y agosto de 1884, respectivamente.

«Atravesó todo Madrid de Norte a Sur. Las once serían cuando entraba en la calle de la Fe, que conduce a la parroquia de San Lorenzo, y reconoció desde lejos la casa a donde iba por una alambrera colgada junto a una puerta, como insignia del tráfico de trapo y cachivaches. Se compra trapo, lana, pan duro y muebles, decía un sucio cartelillo colgado en la pared».
Tormento. Benito Pérez Galdós, 1884

El confinamiento no nos permite flanear por nuestras calles o hacer este recorrido de la bella Amparo, ni ningún otro, salvo el que ahora iniciamos por el Madrid decimonónico.



Corona y Virus
TERCERA PARTE
El hijo del Ganges y los intereses civiles y eclesiásticos


I
Galdós y Madrid
1884

El año comienza bien para Galdós. A mediados de enero se publica el quinto tomo de la edición ilustrada de los Episodios Nacionales y el día 22 aparece en el último número de la revista La Diana una colaboración suya: Santillana, fragmento de Cuarenta leguas por Cantabria (1879).
«Se han publicado de la obra, 84 cuadernos lo que supone más de las dos terceras partes. Ha concluido el tomo 6, que corresponde las novelas El Equipaje del Rey José y las Memorias de un cortesano de 1815. Además está muy adelantado el 7, que concluirá dentro de un mes. La obra toda, que se lleva con rapidez quedará terminada en el invierno próximo, lo que será un verdadero triunfo, atendidas sus considerables dificultades y la magnitud de la empresa».
Carta a José Estrañi. Santander, 1º de agosto de 1884 [1]

En marzo aparece Tormento, la esperada novela del insigne Galdós. A finales de junio se publicaba La de Bringas y, mientras continuaba con la laboriosa edición de los episodios ilustrados, en noviembre comienza a escribir la historia de la neurótica familia de Bueno de Guzmán.

En abril, coincidiendo el deshielo de la sierra de Guadarrama con unas intensas lluvias, se desbordaba el río Manzanares; y en mayo, el día 24, quedaba inaugurada la Exposición Nacional de Bellas Artes en el Museo de Pinturas. Cabe destacar la sección de arquitectura, en la que se exponían trece proyectos, entre ellos, dos para el edificio del Banco de España y el del monumento a Colón de Barcelona.

A las seis y media de la tarde del 4 de julio el rey colocaba la primera piedra del edificio del Banco de España. Un año antes habían comenzado las obras de cimentación.


Colocación de la primera piedra para el nuevo edificio del Banco de España
Dibujo del natural, por Comba
La Ilustración Española y Americana
Año XXVIII, Núm. XXVI, Madrid, 15 de julio de 1884.
© 2020 Eduardo Valero García-HUM 020-006 MADGALDOS
© 2020 Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325


El 9 de septiembre, en compañía del alcalde de Madrid, marqués de Bogaraya, el rey inaugura el Cementerio Civil del Este o de epidemias. De esto hablamos más adelante en el capítulo Virus.

Y como si estuviésemos rememorando la Noche de San Daniel, debemos recordar que el 1º de octubre, durante la apertura del curso académico de la Universidad Central, el catedrático de filosofía y letras Sr. Miguel Morayta leyó un discurso muy aplaudido; pero también muy criticado y censurado al considerarlo herético y antimonárquico. Esto creó cierto ambiente de crispación dentro y fuera de la Docta casa porque, en esencia, el discurso defendía la libertad de cátedra.

El 16 de noviembre las iglesias parroquiales de Madrid recibían una circular del vicario capitular de Toledo prohibiendo a sus fieles la lectura del discurso de Morayta.
Al día siguiente se formó gran revuelo dentro de la Universidad. Mientras unos alumnos recogían firmas a favor de los obispos que condenaban el espíritu del discurso, otros pedían permiso al rector para reunirse en un salón y discutir la acción de los primeros. Al ser negada la petición, los estudiantes de Historia universal no ingresaron a las aulas y fueron secundados luego por los de otras cátedras.
Así comenzaba otra gran manifestación de estudiantes conocida como La Santa Isabel.


"Mientes como puños y puños como mientes"
Dibujo de Enrique García Ormaechea (1929)
© 2020 Eduardo Valero García-HUM 020-006 MADGALDOS
© 2020 Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325


La situación se había tornado tan tensa que en Consejo de ministros del día 18, con la presencia del rey, se acordó mantener la disciplina escolar, castigando a los que perturbasen el orden o excitaran a sus compañeros a tomar una actitud rebelde.
Se practicaron las primeras detenciones, unas en la Universidad y otras en el domicilio de algunos alumnos. Esto ocasionó que gran multitud de estudiantes se dirigieran a Gobernación y una comisión pidiese al gobernador la liberación de los detenidos. Por respuesta se recibió una negativa mientras no se disolviese la manifestación. La crispación de los estudiantes fue tal que las fuerzas del orden intervinieron a bastonazos y sablazos. Hubo contusiones y más detenidos que acabaron en la Cárcel Modelo, inaugurada por Alfonso XII el 20 de diciembre de 1883.

Los manifestantes volvieron a la Universidad y renovaron sus fuerzas después de leer una carta firmada por dos de los detenidos, Manuel Labra y Manuel Ortiz de Pinedo.
«Compañeros: la ley incomparable del compañerismo nos tiene sujetos; la lealtad de los altos principios escolares en estos momentos a cada uno de nosotros y a todos juntos, nos obliga de una manera franca a no desmentir nunca nuestro proverbial patriotismo. Dos pobres presos os saludan desde la cárcel, pero no temáis por ello, decididos a sufrir toda clase de sacrificios, su voz se unirá siempre diciendo: ¡viva la libertad de cátedra!, ¡viva la familia escolar! Desde la Cárcel Modelo os envían un abrazo, Manuel Labra y Manuel Ortiz de Pinedo».
Los vivas, protestas y griteríos acabaron cuando intervinieron nuevamente las fuerzas del orden y los dispersaron, pero malamente, pues doscientos estudiantes se dirigieron hacia la Cárcel Modelo y más de quinientos marcharon hasta la redacción de diversos periódicos, sumándose durante el trayecto unos setecientos estudiantes.

Fueron muchas las adhesiones de los estudiantes y profesores de otras universidades, como las de Salamanca, Valladolid, Valencia, Barcelona, Sevilla, Granada, Santiago, Oviedo y Zaragoza.

Mientras todo esto ocurría, el Ministerio de Fomento aceptaba la dimisión del rector de la Docta, Sr. Francisco de la Pisa Pajares. Por otra parte, fuerzas del orden público y del cuerpo especial de vigilancia se apostaban alrededor de la Universidad y sobre la calle de San Bernardo, cubriendo el espacio que va de la del Pez hasta Noviciados. Actuaron con contundencia cuantas veces se hizo necesario y el coronel al mando tuvo un duro enfrentamiento con el rector Pisa Pajares.
Tan complicada era la situación que el gobierno barajó la posibilidad de trasladar la Universidad a Alcalá de Henares.

Por fin, el 24 de noviembre varios alumnos redactaban el siguiente manifiesto:
«1.° Firmar una protesta de adhesión de los hechos llevados a cabo por sus compañeros de la central, contra los atropellos inicuos de que habían sido víctimas profesores y alumnos por parte de los esbirros del Gobierno, significando también en ella su profundo sentimiento por la dimisión aceptada del Sr. D. Francisco de la Pisa y Pajares, y el firme propósito de que sea repuesto en su cargo.
2.° Que en todo lo relativo a tan grave asunto, estar atenidos a la conducta, siempre noble, de los referidos compañeros en pro de la dignidad del Profesorado español y del decoro de la clase escolar.
3.° Estar constantemente constituidos en la Universidad, para que sin dilación se tomen las resoluciones convenientes.»
Por su parte, noventa profesores de la Docta pedían, entre otras cosas, explicaciones al Gobierno.
«Que examinando la legislación vigente de Instrucción pública en consonancia y armonía con el Código penal y la Constitución del Estado, prepare y ponga a la aprobación de su majestad, o a la sanción de las Cortes, aquellas medidas que sean necesarias para hacer respetar los derechos reconocidos a los jefes de los establecimientos de enseñanza, cuyo libre ejercicio, fundado además en las buenas prácticas administrativas, es indispensable para el buen cumplimiento de la misión del profesorado».
En 1886 el profesor Miguel Morayta dedicará su libro La Historia de España a los estudiantes de La Santa Isabel.
«A los estudiantes que asistían a las Universidades, Escuelas Especiales e Institutos de España en Noviembre de 1884, cuyo espontáneo y enérgico movimiento no fue una bulliciosa algarada de gente moza, sino resolución viril de entusiasta juventud, que exigía se hiciera práctico el trascendental principio de que el catedrático es libre…»
En 1911 la Editorial Española-Americana publicará La Libertad de la Cátedra. Sucesos universitarios de la Santa Isabel, obra de Morayta.




¡Cuántas coincidencias entre el ayer y el hoy! Asombrosas similitudes abiertas a la reflexión, al cuestionamiento del porqué de las circunstancias de los pueblos y la necesidad de involucrarse en la toma de decisiones con claridad de pensamiento.

Finalizamos este asunto con las palabras escritas por Galdós el 16 de diciembre de 1884 en el artículo La cuestión de los estudiantes y otras custiones, también publicado en La Prensa, de Buenos Aires.
La llamada cuestión de los estudiantes ha venido a tener por nombre cuestión de los catedráticos. Aquellos infelices chicos apaleados no conservan de su actitud rebelde más que el porpósito de no entrar en clase. Pero no resuenan ya tumultuariamente ni dan que hacer a los agentes de la autoridad. Los profesores creyeron holladas las inmunidades universitarias en los sucesos del 20 de noviembre, están decididos a obtener una reparación, y persiguen este objeto con gran tenacidad, tanto más firmes cuanto más desdeñoso se muestra el gobierno.



II
Corona
Los eneros de un rey

Alfonso XII y su esposa la reina María Cristina inauguran el 31 de enero el nuevo Ateneo. Aquel «parador literario de la calle de la Montera» tan frecuentado por Galdós desde su llegada a Madrid estrenaba edificio en la calle del Prado, 21, donde hoy continúa. [Ver: Breve reseña histórica del Ateneo de Madrid (Siglo XIX)]


© mcu-FPH-Archivo RUIZ VERNACCI
Nº de inventario: VN-25065
© 2015 Eduardo Valero García-HUM 014-018.a MADGALDOS
© 2015 Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

Viajamos nueve años atrás, al 14 de enero de 1875. Alfonso XII hace su entrada en Madrid. Desde la estación de Atocha y por el paseo del Prado avanzó a caballo hasta la calle de Alcalá, donde se había instalado un arco de triunfo, construcción efímera retratada y recogida en el álbum fotográfico del pintor Manuel Castellano.


Arco de Alfonso XII
Fotografías recogidas por el pintor Manuel Castellano (1875)
Signatura: 17/13 (33)
Biblioteca Nacional de España
© 2020 Eduardo Valero García-HUM 020-006 MADGALDOS
© 2020 Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

Entró el Rey a caballo. Vestía traje militar de campaña, y ros en mano saludaba a la multitud. Su semblante juvenil, su sonrisa graciosa y su aire modesto le captaron la simpatía del público. En general, a los hombres les pareció bien; a las mujeres agradó mucho. Al subir don Alfonso por la calle de Alcalá, el palmoteo y los vivas arreciaron, y en los balcones aleteaban los pañuelos de un modo formidable. Tras el Rey marchaba un Estado Mayor brillantísimo. Lo que más gustó a Casiana, según me dijo, fue el juego de colorines de las bandas con que se adornaban los señores cabalgantes a la zaga del Soberano barbilampiño. Igualmente me preguntó si aquellos caballeros tan majos y revejidos eran Generales, y si el Rey jovencito les mandaba a todos. Después contempló embelesada el paso de los coches en que iban los Ministros y el alto personal palatino, cargados de plumachos, galones y cruces, y quiso saber si aquellos pajarracos eran también marimandones; a lo que yo contesté: «Todos los que ves vestidos de máscara mandan; pero más que ellos mandan sus mujeres y otras tales, esas que están encaramadas en los balcones, y algunas que andan por aquí».
Cánovas, Cap. IV.



En enero de 1878 Alfonso XII contrae matrimonio con su prima María de las Mercedes de Orleans, quien fallece el 26 de junio del mismo año.


María de las Mercedes. Reina de España
Fotografía de Moratalla (1878)
Biblioteca Nacional de España (BDH)
Signatura: 17/176/36
© 2020 Eduardo Valero García-HUM 020-006 MADGALDÓS
© 2020 Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

El 22 de Junio aumentó tanto la gravedad de la Reina infeliz, que se desconfiaba de salvarla. En la Mayordomía de Palacio agolpábase el gentío aristocrático y oficial, cubriendo de firmas tal número de pliegos que pronto se formaron montes de papel en las anchas mesas. El pueblo soberano, que no firmaba porque no sabía o no le dejaban, hizo pública demostración de su afecto a la Reina ocupando silencioso y triste la Plaza de Oriente y sus avenidas. Casiana, Segis y yo recorríamos los grupos de aquella plebe consternada y ansiosa que, clavando sus ojos en los balcones de Palacio, firmaba según su peculiar modo de escritura. Las impresiones que recogimos aquí y allá pueden ser sintetizadas en esta forma: Merceditas era la cándida paloma que trajo a España el ramo de oliva. Mientras ella calentó el nido huyeron espantadas las víboras de la trágica escandalera dinástica en el siglo XIX.

El rey viudo volverá a casarse el 29 de noviembre de 1879; lo hará con María Cristina de Habsburgo-Lorena, archiduquesa de Austria. Es un casamiento por razones de estado.


Alfonso XII y María Cristina
Fotografía de Debas
Biblioteca Nacional de España (BDH)
Signatura: 17/176/39
© 2020 Eduardo Valero García-HUM 020-006 MADGALDÓS
© 2020 Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

¡Oh, la Razón de Estado! (…) Cánovas, y todos los hombres importantes que con él dirigían la política de la Restauración, creyeron indispensable para la felicidad de España que Alfonso XII contrajera segundas nupcias, y que estas fuesen con Princesa católica de la más alta estirpe reinante. Busca buscando, encontraron en la familia de Habsburgo una joven Archiduquesa de la empingorotada parentela del Emperador de Austria Francisco José. Nuestros palaciegos se hacían lenguas de la distinción, talento y virtudes de la que habían elegido para compartir con Alfonso el solio de España.

El 18 de enero de 1884, el rey encarga a Antonio Cánovas del Castillo la formación de un nuevo gobierno, entre la lista de los componentes aparece José Elduayen, gobernador civil que había sido de Madrid y a quien Cánovas le asigna la cartera de Estado. Alfonso XII se opone a este nombramiento por razones tan fundamentadas como que Elduayen había hecho salir de la villa y corte en 1882 a la cantante italiana Adela Borghi-Mamo “La Biondina”, amante del monarca. Cánovas fue tan intransigente como lo había sido María Cristina al solicitar que la cantante desapareciera para siempre de España. Y el rey tuvo que transigir.



Claro está que La Biondina no fue la única amante. Elena Sanz Martínez, otra bella cantante de ópera, lo fue en tiempos de María de las Mercedes. Y otras hubo, condensadas todas ellas en la historia de doña Leocadia de Guzmán “La Favorita” que Galdós nos cuenta en el capítulo XIX de Cánovas, a propósito de Elena.

Borghi Mamo
Fotografía de Disdéri (1862)
Biblioteca Nacional de España (BDH)
Signatura: 17/LF/255 (25)
© 2020 Eduardo Valero García-HUM 020-006 MADGALDÓS
© 2020 Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

Según los verídicos informes de Segis y de su madre, en Sevilla dejaron de ser platónicas las relaciones de Alfonso XI con Doña Leonor de Guzmán. Durante algún tiempo permaneció esquiva la hechicera cantatriz, encendiendo más con sus desdenes la exaltada pasión del Monarca. Pero al fin, de tal modo extremó Alfonso sus delicadas artes de seducción, artes realmente soberanas, que la pobre Elenita, quebrantada en su tesón de mujer y de artista, cayó del lado de la libertad.
Declaro que al saber esto tuve lástima de la hermosa y popular artista. A mi modo de ver, fue gran necedad preferir el título de favorita del Rey al de favorita del público. Pronto habría de serle imprescindible el abandono de su brillante carrera teatral. Ved aquí el triste balance: pérdida de doscientos o trescientos mil francos anuales con que le pagaba el público sus gorgoritos; ganancia de una obvención de amor relativamente miserable. A este desnivel lastimoso habría de añadir la obscuridad, la social anulación a que fatalmente la condenaba el implacable principio de la Razón de Estado.


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III
Virus
El hijo del Ganges
Madrid, julio 27 de 1884

«Las epidemias, por lo visto, sienten también su decadencia, como las razas reales y aun las plebeyas, lo cual sería un gran consuelo para la humanidad si la historia no nos enseñara que tras el acabamiento de una peste viene la aparición de otra, así como en distinto orden de cosas, la extinción de una tiranía suele coincidir con el nacimiento de otras nuevas no menos calamitosas, llámense populares o autocráticas»

El artículo El hijo del Ganges se divide en tres partes, de las que transcribimos la primera y la última en su totalidad y ofrecemos los fragmentos más significativos de segunda.

Son enormes los trastornos que la aparición del cólera en Europa ha producido en todos los órdenes de la actividad. Hasta ahora, Francia es el único país invadido; pero las consecuencias las sufre toda Europa, y a nosotros nos afecta el mal en primer término por la paralización de nuestras relaciones mercantiles con aquel país. En esfera más baja, aunque no despreciable, los trastornos son también grandes. Una parte no pequeña de la sociedad española se ve privada de los viajes a Francia, costumbre que venía a ser, para muchas personas, como una imprescindible función de la vida. Da dolor ver cómo están condenadas al calor de Madrid las interesantes personas que han sido, en los años anteriores, el mejor ornamento de Biarritz o de San Juan de Luz. Los biliosos, los hepáticos y los que padecen rebeldes dispepsias, tienen que contentarse con saludar a Vichy desde la parte acá del Pirineo.
Según dicen, la elegante villa de Pau y el fastuoso pueblecillo de Arcachón están vacíos. En toda la región Pirenaica se echa de menos la inmigración española, que tan buenos dineros dejaba. Los franceses truenan además contra las cuarentenas y los acordonamientos que ha establecido nuestro Gobierno; pero, ¡qué le hemos de hacer! Es ley eterna la conservación, y las naciones la acatan como los individuos, apelando para obtenerla en este caso a recursos tan poco eficaces, al decir de muchos, como las cuarentenas. Va cundiendo la idea de la inutilidad de las medidas sanitarias en los puertos, pues, generalmente, parecen no tener más objeto que molestar a los pasajeros, vejar al comercio y extraer de aquéllos y de éste fuertes sumas destinadas a dar de comer a una multitud de médicos que no tendrían nada que hacer si no existieran las plazas oficiales en los lazaretos y Juntas de sanidad.
Entretanto, aquí no se habla más que del famoso microbio, origen y simiente de la temida enfermedad, ser tan pequeño como maligno, que unos tienen por vegetal y otros por animal. Sea lo que quiera, el tal es de lo más malo que la divinidad ha echado a este mundo para castigo de nuestras culpas. No acabaría nunca si reseñara aquí todo lo que en este mes se ha escrito en la prensa española y francesa acerca de las condiciones biológicas del tal ser, de cómo se propaga, de los medios y elementos que son más favorables a su desarrollo. No sólo han hablado las lumbreras de la ciencia, sino también las medianías, y tras éstas han venido también los charlatanes y curanderos explicando a su manera la naturaleza del microbio y ofreciendo que acabarán con él en menos que canta un gallo.

Resaltamos este último párrafo por ser espejo de los muchos artículos y vídeos que han bombardeado nuestra inteligencia con absurdas interpretaciones y recetas propias del medioevo.

Algo estamos haciendo mal cuando esta pandemia puede combatirse con remedio casero tan eficaz como la ingesta de ajo o vitamina C, embadurnarse el cuerpo con una solución de alcohol y cloro, o la inhalación de vapor de agua…, así, tal cual, como lo han dicho algunos “expertos”. La tontería humana no tiene límites.

La información sobre países afectados y sus estadísticas pueden consultarse desde páginas oficiales donde se ofrece el avance de la pandemia. En 1884 estos datos llegaban a las redacciones por telegrama y eran publicados con la mayor celeridad. Se conocían así lugares afectados tan remotos como la popular “Conchinchina”. La Correspondencia de España publicaba un telegrama recibido de Londres el 5 de abril.


El sábado 20 publicaban el recibido de París esa misma mañana


Salpicaban las páginas noticias de este tipo hasta que el mes de julio fueron más contundentes.


Galdós cita a dos eminentes personalidades de la ciencia, el microbiólogo alemán Robert Koch y el bacteriólogo francés Louis Pasteur. Dice que Pasteur se mostraba contrario a las aseveraciones de Koch sobre cómo se propagaba el microbio. 
El célebre doctor francés M. Pasteur ha combatido algunas de las aseveraciones del alemán, y como ambos son notabilidades en su ciencia y gozan de grandísima nombradía, no sabe uno a qué carta quedarse. De lo que uno y otro han dicho, viene a deducirse que estamos donde mismo estábamos, y que lo mejor será pedir a Dios con toda nuestra alma que aparte de nosotros al tal microbio, porque si viene mientras se ensaya contra él este o el otro sistema, diezmará nuestras poblaciones, y cuando se marche, fatigado de tantos estragos, nos quedarán dos cosas igualmente lastimosas: un montón de cadáveres y otro montón de folletos sobre patología colérica. Aparte Dios de nosotros el doble azote de la epidemia y de la pedantería médica.
En la tercera y última parte del artículo reincide Galdós en la charlatanería de lumbreras de la ciencia al referirse a una eminencia médica de la que dice no recordar su nombre. Estamos seguros de que el texto os asombrará tanto como a nosotros, porque en este siglo XXI ya hemos oído discursos similares.
El tal sabio llega, en su optimismo, a asegurar que el cólera es bueno. Según dicho señor, nos trae el incalculable beneficio de descargar a la humanidad de todos los individuos débiles y raquíticos y de los ancianos y valetudinarios. Además, después de un período epidémico, hay siempre una salud inmejorable, la cual dura largo plazo; hay también buenas cosechas, lo cual parece significar que el microbio se lleva consigo todo lo insalubre e intoxicante que hay en la atmósfera, limpiándola por mucho tiempo.
No cabe duda de que el último párrafo tiene algo de verdadero; nuestro cielo está recobrando la salud y no es porque el microbio se lleve la intoxicación que le aquejaba, sino porque el confinamiento muestra que en parte somos responsables de su enfermedad.
Nos trae el beneficio, según la tal eminencia, de aligerar la población allí donde es excesiva y de favorecer su ulterior desarrollo con gran lozanía, pues ha observado (me refiero siempre al sabio cuyo nombre no recuerdo) que después de las invasiones hay un número considerable de nacimientos, y en ambos sexos una tendencia poderosa a contraer matrimonio.
Aparece, entonces, la característica ironía y fino humor del escritor que, por no soltar la pluma y agarrarse la cabeza, procura razonar la idiotez de aquel sabio.
Para que el cólera fuera un encanto no le faltaba más que añadir a estas ventajas la de extender sus caracteres de selección al orden moral, espurgando a la humanidad de todo lo malo, hiriendo no sólo a los débiles y raquíticos, sino también a todos los perdidos, vagos, tramposos, a los conspiradores de oficio, a los adúlteros de ambos sexos y, en suma, a todos los que no sirven más que para estorbo. La experiencia, ¡ay!, dice que no debemos esperar del microbio ningún acierto en la elección de sus víctimas ni en el orden moral ni en otro alguno, pues no es cierto tampoco que escoja sus víctimas entre los cacoquimios y ancianos inútiles. Aunque así fuera, las familias seguramente no habían de conformarse con las intenciones benéficas que el tal doctor quiere atribuir al hijo del Ganges. Lo repito: roguemos a Dios que no venga y dejemos a los médicos que discutan todo lo que quieran. Tan contradictorias son las opiniones de éstos sobre la manera de curarlo, que si ahora nos viéramos acometidos de tan terrible mal, no sabríamos si combatirlo por la vía húmeda o por la Ígnea.
Finaliza el artículo con preguntas razonables ante las dudas que produce en el humano ser el exceso de información y las tesis de iluminados desvariados.
¿Las lociones internas y externas nos salvarían? ¿Obtendríamos este resultado administrándonos una temperatura de cien grados, como recomienda otro célebre doctor, de cuyo nombre tampoco me acuerdo? Entre la estufa y la hidroterapia, ¿cuál será el mejor sistema? ¿Será más eficaz la homeopatía? ¿Huirá el microbio ante el glóbulo o ante el calor? ¿Le ahuyenta el oxígeno o el azoe? Hay quien dice que siendo el cólera la vegetalización de nuestro ser, nos conviene asimilarnos todo el nitrógeno que podamos, para lo cual conviene vivir entre animales putrefactos, o en las cercanías de los mataderos... Lo dicho..., lo mejor es que no venga por acá, pues de lo contrario, hará víctimas alopática y homeopáticamente, por el sistema vegetativo y por el animal, y unos perecerán en las agonías del ensayo de la estufa, otros entre los retortijones producidos por el agua helada. Los esfuerzos de la patología moderna, con ser tantos y tan meritorios, dirigidos por verdaderas eminencias (tengo buen cuidado de descartar aquí a los charlatanes) no han conseguido aún arrancar la máscara con que cubre su faz el espantoso verdugo asiático.
Sabemos que los científicos de hoy están trabajando con denuedo para combatir este mal. Confiemos en que pronto podamos contar la historia como lo hizo Galdós: cantando verdades en clave de humor.



IV
Intereses civiles y eclesiásticos
Madrid, agosto 15 de 1884.

En la actualidad, las terribles cifras de contagios y fallecimientos anunciadas día a día nos ofrecen un panorama preocupante, vislumbrándose una esperanza en la lista de curados y la disminución de defunciones en las últimas horas.
Es lamentable conocer que esa «industria que vive de la muerte», hoy representada por las funerarias, nos haya enseñado su lado más oscuro y atroz: el dolor traducido a dinero; la estafa a costa del sufrimiento.

Hemos comentado que el 9 de septiembre de 1884 quedaba inaugurado el Cementerio civil del Este. En 1918 se publicaba una obra póstuma del ya citado Miguel Morayta, quien había fallecido en Madrid el 18 de enero de 1917.



Morayta dejaba unas cuartillas con una breve historia en forma de guía sobre este cementerio y sus moradores, que la Sociedad Fraternidad Cívica tuvo a bien imprimir para sus socios.
Extendidas las edificaciones de Madrid hasta más allá de los varios cementerios que le rodeaban, en forzosa clausura, que por cierto no obligaba a la impiedad de abandonarlos, impuso a los hombres de la Revolución de 1868 la necesidad de mandar construir una amplia necrópolis. Anejo a ella, había de levantarse un recinto destinado exclusivamente para los que murieran fuera del seno de la Iglesia.
Tan poco preocupaba el número a que pudieran llegar éstos, que se consideró bastante consagrarles un rincón, que a u n siendo irregular y estrecho y estando en cuesta, quienes a la sazón se preocupaban de estas cosas, lo consideraron un triunfo de la tolerancia y un notable progreso, comparado con el inmundo corral cubierto de yerba, pared por medio de un cementerio en los altos de San Isidro, destinado a este fin.
Muchos años duraron las obras, hasta que en 9 de septiembre de 1884, siendo alcalde el marqués de Bogaraya, el Cementerio civil se inauguró con la inhumación de Maravilla Leal González, a quien el Ayuntamiento concedió, para conmemorar el hecho, sepultura perpetua y gratuita.
Decía Morayta que hasta 1916 se habían hecho 3370 enterramientos pero que no todos permanecían allí porque desde 1890 se retiraban los cadáveres de los que ocupaban sepultura común, cuya duración era de diez años.

Podemos suponer que tanto el artículo titulado El hijo del Ganges y este de los Intereses civiles y eclesiásticos los escribe Galdós en Santander, aunque estamos seguros de que el segundo lo hace desde la finca San Quintín, donde permanecerá hasta principios de octubre.

En 2019 conocíamos la noticia de una funeraria de Valladolid que había estafado durante veinte años a apenadas familias cambiando 6000 ataúdes caros por otros baratos antes de la cremación. Esto nos horrorizó, tanto como lo ocurrido durante el mes de marzo con los fallecidos por Covid-19 al incrementar las funerarias el precio de sus servicios. Situación vergonzosa que supuso la intervención del Gobierno.
Pues bien, no era menos detestable la posición de la iglesia y el Ayuntamiento frente al negocio de los enterramientos.

Y así lo denunciará Galdós en...
...Intereses civiles y eclesiásticos

I
Tiempo hace que nuestro Municipio tiene proyectada la construcción de una gran Necrópolis.
Esta gigantesca obra no se ha realizado aún más que en parte. Un vasto campo de inmejorables condiciones para el objeto ha sido dispuesto para recibir los despojos de la vida humana. Se le llama cementerio de epidemias, y como ahora estamos amenazados del cólera, nuestro ministro de la Gobernación dispone que desde el 1°de septiembre se cierren todos los cementerios enclavados al Norte de la población y comiencen en la misma fecha las inhumaciones en el camposanto municipal, situado en termino de Vicálvaro.
Es de suponer la polvareda que esta Real orden levanta en el gremio eclesiástico fúnebre, es decir, entre los individuos que componen las sociedades comanditarias de los antiguos cementerios, llamadas sacramentales no sé por qué. La Prensa ultramontana truena contra el Gobierno, este se mantiene firme y acude al cardenal primado de las Españas rogándole que bendiga el nuevo cementerio, con cuya bendición las empresas de los antiguos recibirán el golpe de gracia.
Como se comprende, en esto de la bendición estriba todo, y ella es la clave del conflicto. Porque si el nuevo camposanto no es bendecido, las sacramentales triunfan y tienen asegurado su monopolio por un plazo largo, por lo menos hasta que las naciones católicas entren resueltamente en la vía de la secularización.
¿Bendecirá la eminencia o no bendecirá? Esta ha sido la pregunta de cajón durante los últimos días.
Tranquilizaos, almas timoratas. El cardenal primado está dispuesto a bendecir, en nombre de la Iglesia, todas las necrópolis habidas y por haber... con ciertas condiciones, en lo cual prueba su alta perspicacia.
No pide nada el ilustre purpurado en gracia de Dios, no pide más sino que el nuevo cementerio sea cedido a la Iglesia, para que continúe en el la explotación ejercida en los antiguos. !Y para este ha gastado la villa de Madrid cuatro millones!
La cuestión, agitada diariamente en la Prensa, llegaría a agravarse si el Gobierno y el cardenal, deseando una transacción, no hicieran esfuerzos por reconciliar lo civil y lo eclesiástico en este embrollado asunto. Es la cuestión secular, la cuestión histórica, siempre planteada y jamás resuelta, que surge en todos los actos de la vida humana y parece agudizarse en la conclusión de la vida misma, en presencia de los pavorosos problemas de ultratumba.
No siendo posible su acuerdo perfecto, celebraremos que al fin se entiendan el poder civil y el eclesiástico, estableciendo un modus vivendi entre la muerte y la religión. Muchos creen que el resultado de la contienda entre el Municipio y las Sacramentales será el encarecimiento de las sepulturas.
≪Aqui—decía hace poco un diario—ya solo podrán morirse los ricos≫, y otro: ≪Solo faltan quince días para poderse morir barato.≫

II
En Madrid, a pesar de las vacaciones, no es todo calma, y ha sobrevenido una cuestión que, aunque sin consecuencia por el momento, tiene gran importancia.
La cuestión de los cementerios plantea de nuevo el peligrosísimo y siempre temeroso problema de la lucha entre el poder civil y el eclesiástico.
Tenemos en Madrid unos doce lugares consagrados a soterrar los muertos. Muchos de estos cementerios han quedado, con el ensanche del caserío, comprendidos dentro de la población, poniendo en peligro la salud de barrios muy extensos y contraviniendo los más elementales preceptos de la higiene.
Pertenecientes a poderosas sociedades clericales, estos cementerios se han defendido durante mucho tiempo de la invasión reformista. Han sido y son un pingue negocio. ¿Como resignarse a la ruina, abandonando la explotación cadavérica?


El año de 1884 tuvo similitud con el de 1865, así como lo tiene con el 2020. La ciencia proyectaba sus esfuerzos hacia el futuro con primitivos instrumentos y hoy, tan adelantada técnicamente, lucha contra el letal virus. La industria que vive de la muerte intentó vivir aun mejor aprovechando tan dolorosas circunstancias y el poderoso monarca, con sus inauguraciones y amantes, sucumbirá a los efectos de una epidemia que desconoce rangos, creencias e ideologías. Una realidad que estará presente en la cuarta entrega de Corona y Virus. Hasta entonces, ánimo, paciencia y esperanza.


FINAL DE LA TERCERA PARTE




Dedico esta tercera parte a los científicos y todos los profesionales que se afanan en
conseguir "arrancar la máscara con que cubre su faz el espantoso verdugo asiático".

Eduardo Valero García
Madrid, 7 de abril de 2020
Vigésimo tercer día de confinamiento






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Bibliografía y Cibergrafía

[1] SMITH, Alan; RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, María A; LOMASK, Laurie, Benito Pérez Galdós. Correspondencia, Madrid, 2016, Ediciones Cátedra (Grupo Anaya, S.A.), p. 105


Biblioteca Nacional de España (Hemeroteca y Biblioteca digital hispánica)
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ISSN 2444-1325

lunes, 30 de marzo de 2020

Corona y Virus (Parte II): Las siete plagas del año 65 contadas por Benito Pérez Galdós

Finalizada la lectura de la primera parte de Corona y Virus, continuamos con un interesante resumen de lo que fue el año 1865 contado por Benito Pérez Galdós. Bajo el título de Las siete plagas del año 65, el joven periodista nos ofrece un detallado retrato de la sociedad madrileña y los pormenores de la política española.
Este es un artículo aun más extenso que el anterior, porque el escritor nos ofrece tanta información sobre Madrid, sus lugares, teatros, espectáculos y sus protagonistas, que es imprescindible conocerlos.
Querido lector paciente, voluntarioso, agradecido y también esperanzado; confinado por más tiempo que el deseado, hoy saldrás de tu casa sin desacatar ninguna orden y viajarás a un tiempo que no te resultará tan distinto.




En su columna Revista del Año de La Nación, del domingo 31 de diciembre, mostrará ese gran circo del melodrama que puso patas arriba a la Corona, al gobierno de sus espadones y a la propia Hacienda, en un ambiente cargado de despropósitos, mala literatura, peor teatro, y todo lo que uno pueda imaginar. Así será como Galdós despida el año, con la ironía que se lee entre líneas y una realidad que continúa vigente.

Más bucólico, pero igual de cierto, resultó su artículo del 24 de diciembre: crónica magnífica y detallada de las costumbres navideñas. De la Plaza Mayor, centro neurálgico junto con la de Santa Cruz de todo lo consumible y necesario en Navidad, nos cuenta:
La Plaza Mayor, que hoy se encuentra adornada por bellísimos jardines, y tendrá bien pronto a sus costados dos elegantes fuentes, ha sido el sitio más pavoroso de la heroica villa.
El 3 de marzo se conocía la noticia sobre el replanteo de la plaza para dotarla de «elegantes jardines» en el centro y el 31 del mismo mes continuaban los trabajos. Ya se habían colocado en el círculo central una hilera de árboles y en el terreno interior quedaban demarcadas las calles para el tránsito y los espacios florales. El día anterior, en sesión del Ayuntamiento pasaba a estudio y aprobación el proyecto de construcción de las dos fuentes.
Rosas y violetas tenemos en la plaza del Progreso; rosas y violetas vamos a tener en el jardín que se hará en la plaza Mayor; violetas y rosas quieren plantar también en la plaza de Santa Ana; no van a quedar en la heroica villa tres metros cuadrados libres de flores donde puedan soldados y niñeras, darse las buenas tardes y las malas noches.[1]
A las cuatro grandes farolas que existían, se sumaron otras seis en el interior y en mayo se daban por finalizadas las obras del jardín circular, a falta de colocar unos bancos de madera. Los cimientos de las fuentes ya estaban hechos en noviembre y las fuentes instaladas a finales de año. Los surtidores, con bonitos saltos de agua, fueron instalados comenzado el año de 1866.


© mcu-IPCE-FPH
Archivo RUIZ VERNACCI
Nº de inventario:VN-02852
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© 2020 Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

Plaza Mayor, tan transitado por Galdós y sus personajes; por la sociedad madrileña de todas las categorías, representada en los trampantojos pintados por Antonio Mingote que desde 2001 son antesala del Madrid galdosiano. [Ver información sobre los trampantojos]




Mucho calor hizo aquel verano y se prolongó hasta los inicios del otoño, propiciando el caldo de cultivo de la epidemia que estaba a punto de causar sus mayores estragos. Cuánto calor haría que Galdós, siendo de por sí friolero, deseaba la llegada del frío madrileño.
¡Invierno! ¡única palabra que se pronuncia con verdadera fruición en estos combustibles tiempos! La idea de frío es la única que consuela a quien tiene que vencer la languidez soporífera que se apodera del cuerpo en estos días, padeciendo tormentos horribles para escribir, mejor dicho, para sudar esta revista. [La Nación, 16 de julio de 1865]


Corona y Virus
SEGUNDA PARTE
Las siete plagas del año 65

Con estas palabras hacía Galdós la introducción al brillante artículo:
Prometimos escribir una Revista del año, sin considerar la dificultad de la tarea que echábamos sobre nuestros hombros: en el momento de emprenderla, vienen a nuestra imaginación los doce fecundos meses del año de gracia de 1865, y retrocedemos espantados ante la pasmosa abundancia de acontecimientos de todas clases, que han tenido lugar en nuestra patria; nos entra una cobardía grande al querer generalizar, dando a nuestros lectores una síntesis de cuanto aquí ha ocurrido, y vacilamos ante lo formidable de una empresa digna de mejores plumas.

I
La política
Nuestra memoria es flaca; pero después de hacer esfuerzos de recordación, se nos presentan con bastante claridad algunos días notables, que allá por los primeros meses de este año dieron mucho que hablar a todos los ocupados y los desocupados de la corte: recordamos el efecto terrorífico que produjo en los ánimos una cifra pavorosa, 600 millones; y estos maravedises eran sin duda de condición siniestra y tenían algún objeto depravado, porque los madrileños los miraban del peor modo posible, fruncían el ceño, apretaban el puño y daban muestras y señales de descontento, hasta el punto de proferir duras amenazas y anatemas furibundos. También recordamos que un ministro de Hacienda fue sacrificado por estos millones, y su sacrificio fue tan doloroso y tierno como el de Ifigenia o el de la hija de Jeplité; pero la víctima se perdió en la oscuridad de las cesantías, y un hombre nuevo ocupó su plaza. Recordamos confusamente que este nuevo hombre conocía regularmente la lengua del Dante, era bastante aficionado a los tercetos del Infierno parlamentario. Alguna reminiscencia de los condenados del gran poeta debió iluminar la mente del Excelentísimo, porque en un rasgo de lirismo exclamó en toscano castizo: Non raggionam di lor, ma guarda e pasa [No razones con ellos, sino mira y pasa]: También recordamos que este endecasílabo tuvo tan buena fortuna que fue repelido por la prensa y corrió de boca en boca, hasta que ya gastado y tomado de orín por el uso excesivo, volvió al canto tercero de la Divina Comedia donde reposa en santa paz, inmutable y eterno, esperando a que otro orador, mejor o peor que el tal, le vuelva a sacar a la vergüenza, pública para ser comento de diputados y comidilla de gacetilleros.
Recordamos también, no sin esfuerzo, que en la misma época del non raggionam, reinaba en Madrid una alarma espantosa. Formábanse corrillos de maledicientes, hablábase en todos los tonos imaginables del ministerio, que entonces se entronizaban en el poder, y se temía entre todas cosas la presencia de un culto y bien educado individuo de la policía secreta, que a lo mejor de la discusión enseñara no sabemos qué bastón mágico y condujera bonitamente a los interlocutores a la prevención. Los cafés estaban plagados de esos individuos. Se recelaba de todo: más de una vez se sospechó que pertenecieran a esa ilustre congregación secreta muchos inocentes ciudadanos, que jamás habían cobrado un ochavo del gobierno por servicios públicos ni clandestinos; bastaba que uno se presentara delante de personas que jamás le habían visto para ser mirado de reojo; todos callaban, y señalaban con el dedo al supuesto espía. Esta fue la primera plaga del año.

Galdós se refiere al famoso anticipo propuesto por el entonces ministro de Hacienda, Manuel García Barzanallana, «ministro sacrificado» el 20 de febrero, y menciona al «hombre nuevo» que ocupó su plaza: Alejandro de Castro, bien conocedor de la Divina Comedia, pues venía a ocupar su puesto después de dejar el de presidente del Congreso. Poco tiempo dirigirá la Hacienda, el cambio de gobierno de junio le dejará cesante.

A todo se le buscaba la parte humorística, y si en la actualidad es el ingenio de los vídeos y "memes", en aquellos años las viñetas cómicas, coplas, versos y los jeroglíficos intentaban provocar la risa.




Como vemos en el jeroglífico, se anuncia la solución para el próximo número de la publicación. No les haremos esperar a una próxima entrega y ofrecemos la solución:

Seiscientos millones pide
el señor Barzanallana;
por pedir nada se pierde,
pero tampoco se gana.




II
La economía
También nos acordamos de que a cierta antigua e ilustre casa se le acusaba de que se le había desarrollado la extremidad de la espina dorsal, apareciendo con una al parecer cola que la rodeaba, y que se movía oscilando como la de animal que pide de comer o amenaza atacarnos. El Banco era insultado, escarnecido en su protuberancia caudal: se le trataba como a un judío: se la hacía saltar de rabia, tirándole cruelmente de esa misma vergonzosa prolongación, y en todas parles no se hacía más que maldecir la cola, anatematizar la cola, condenar la cola. Era cosa de ver al pobre animal enredado en ella, embozado en su rabo como cierto bicho de América: el desprecio general le importaba poco: llovían los improperios y él tan tranquilo, impávido como una esfinge del Nilo, inmóvil, sereno, olímpico.
Con esta deformidad del Banco de Madrid coincidió el descalabro del de Valladolid, y la conducta de este fue imitada por otros particulares, tan cojos y perniquebrados que daba compasión. El papel-moneda andaba avergonzado y corrido: un billete de Banco era un libelo infamatorio; sacar un billete para pagar en un café o en una tienda era insultar al camarero o al vendedor. El hombre que aspiraba a cambiar un billete era un troglodita, un ser abominable, que en pago a su descaro se exponía a ser saludado con un pescozón o un puntapié. El oro y la plata andaban fugitivos y errantes: huían del bolsillo con la misma tenacidad que el papel se afianzaba en ellos. Se llamaba a los billetes papeles mojados, con gran detrimento de las nobles firmas que los adornan; se les tomaba con desconfianza, o se les rechazaba como si fueran áspides mordedores, o aceros envenenados.
Todas estas felicidades se aumentaban con la emisión ingeniosa de billetes falsos, que llevaron al Saladero a ciertos hábiles artífices de la calle de Atocha y produjeron gran consternación en la plaza. Colas, billetes imposibles de cambiar, billetes falsos, carestías, descuentos onerosos, casas en quiebra, pobreza. Esta ha sido la segunda plaga del año de gracia de 1865.

Hablar de la economía española de aquellos tiempos es tan complicado como ponernos a cavilar sobre la actual. Lo cierto es que después de una época de euforia económica internacional y la creación de nuevos Bancos, entre ellos el Banco de Isabel II; la Caja del Tesoro para la financiación de la Deuda Pública; Compañías de Seguros, etc., etc.; además de la llegada de capital extranjero para la implantación de la red ferroviaria y la explotación minera, la situación financiera del Reino comenzó a caer abruptamente, llevándose por delante a la banca, muchos industriales, ahorradores y al pueblo entero. Los bandazos dados por la Hacienda española y el descalabro de la Bolsa, sumados al crack internacional del 64 y la Guerra Civil norteamericana, propiciaron el derrumbe.

La fabricación de billetes falsos es casi una nimiedad, pero nos resulta más entretenido que ponernos a hablar de finanzas.
Interviene en esta historia el cambista y platero Felipe López Espejo, de la platería Las Columnas, ubicada en la calle de Atocha, 33.




Todo comenzó el 22 de julio, cuando varias personas se presentaron en el Banco de España con billetes de 1000 reales falsos y, según informaron al ser interrogados, provenientes de la platería Las Columnas. Los billetes fueron puestos en depósito en la Caja del Tesoro y el juez de primera instancia de guardia se personó en la platería, donde encontró dinero falso que fue requisado y encarcelado el cambista. Llevaban en circulación un día o dos y otro cambista de la calle Carretas indicó que un individuo había pasado por su negocio con 7000 duros y que no se los cambió «por no parecerle buenos».






No sabemos si el falsificador era el tal señor López Espejo, aunque fue el que pagó el pato. Su desconsolada esposa escribía una carta dirigida al director de La Correspondencia de España en la que decía:



En agosto continuaba la instrucción en el juzgado de la Audiencia. El juez del distrito, Sr. Gregorio Rozalem, y el escribano de la causa, Sr. Pozo, habían hecho cuantas averiguaciones estaban a su alcance para descubrir a los verdaderos autores y encubridores de la estafa. Mientras tanto, el cambista López Espejo permanecía en la cárcel de la Villa y en el juzgado ya habían una ingente cantidad de billetes que sumaban un capital de 16000 duros.

Por fin, el 25 de agosto, el cambista fue puesto en libertad bajo fianza y un estado de salud deplorable, porque pasar un tiempo en el Saladero era cosa peligrosa.

Podemos suponer que al señor López Espejo le ocurrió lo mismo que a un tal Artero Pérez:

En la cárcel de la Villa
está Antero Pérez, preso
por haber robado un queso
y un frasco de manzanilla.
Lo que desespera a Antero,
es que, aunque está prohibido
vender el queso podrido,
aun queda libre el tendero.



III
La noche de San Daniel
Pasaron meses: pasó Enero con sus gatos. Febrero con sus máscaras, Marzo con su abstinencia de carne, y llegó, por fin Abril con sus flores. Los árboles del Prado reverdecían: los jardincillos de la plazuela de Oriente se cubrían de flores para solaz de los enamorados nocturnos: cesaron las lluvias pertinaces: cesó el frío: cesaron todas las inclemencias que de la naturaleza dependían, y Madrid era un paraíso sin culebra: el paseo de la Castellana so llenaba de gente: la Patti cantaba en el Teatro Real: los músicos se volvían locos: los devotos asistían a los espectáculos de Semana Santa. Todo era felicidad y bienaventuranza: hasta que llegó el caso de no cuidarse nadie de los polizontes secretos, ni de los billetes de Banco. En Madrid se paseaba alegremente, se amaba a la intemperie: abríanse las flores: vestíanse de gala los Santos: organizábanse las cofradías: divertíase cada cual según sus gustos, disfrutando todos del buen tiempo, de la estación florida; en una palabra, éramos felices, o creíamos serlo, que viene a ser lo mismo.
Mas de pronto una noche aciaga turbóse la tranquilidad pública de un modo lamentable. Les estudiantes, esos picaros estudiantes, aficionados a dar serenatas a los maestros que les han enseñado, tuvieron la culpa de todo. No sabemos qué delito cometieron el rector y un catedrático de la Universidad para atraerse las iras del Gobierno. Es lo cierto que la calle de Santa Clara estaba atestada de gente, ansiosa de oír la serenata, cuando la multitud se dispersó por la calle del Arenal e invadió la Puerta del Sol. Dos noches después se tocó la verdadera serenata, consistente en pitos y otros instrumentos discordantes; diseminóse la tropa por la población; la caballería salió de sus cuarteles; sonaron tiros; corrió todo el que pudo; abriéronse paso los de a caballo repartiendo cintarazos a diestra y siniestra; aquí caía un ciudadano; perniquebrábase aquí una vieja; más allá era atropellado un académico; gruñía el ciego en su rincón y juraba el tendero, cerrando las puertas de su edificio; caían a pedazos los cristales de una botica, y a otro lado caía de un balazo un muestrario de fotografías; desocupábanse los cafés y llenábase el Saladero; las mujeres buscaban a sus maridos, y los maridos corrían al través de mil peligros hacia sus hogares; disparaban piedras los chicos y balas los veteranos; caían algunos inocentes heridos y otros morían atravesados por una bala; fue una pequeña San Barthelemy; y una función de desagravios en honor de alguna cartera susceptible. Hubo asedios heroicos como el de la calle de los Negros, y víctimas cruelmente inmoladas como el joven Nava. Esta noche tuvo su santo como la de San Barthelemy; se llamó, usque in eternum, Noche de San Daniel.
La Universidad fue teatro de escenas tumultuosas, aunque no sangrientas, porque los estudiantes (siempre esos niños mal educados) dieron en obsequiar a su nuevo rector con otra serenata discordante; pero afortunadamente la bayoneta veterana no penetró allí.
Guardia, cargas de caballería, balas perdidas, bayonetazos. ¡Qué horrorosa plaga! Madrid no la olvidará mientras exista.

En la primera parte de Corona y Virus ya hemos hablado de la Noche de San Daniel; recomendamos, entonces, la lectura de los capítulos XII y XIII del episodio Prim (Episodios Nacionales. Cuarta serie, 1906).

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Dice Galdós que «se llenaba el Saladero», lugar donde fue encarcelado el cambista y joyero, porque aquel sitio era la cárcel de la Villa desde 1831. Se trataba de un edificio industrial construido en el siglo XVIII en las cercanías de la Puerta de Santa Bárbara y cuya finalidad era la de saladero de tocino. De ahí el nombre dado a esta cárcel y que así se la cite en la prensa y en varias obras del escritor.

La fachada del caserón convertido en cárcel era vulgar, con fuertes rejas en las ventanas de los sótanos y de la segunda planta. Dos garitas para los centinelas flanqueaban la puerta, por la que entraba y salía gente de baja estofa.




El interior era aun peor porque producía cierto horror y vergüenza. Los calabozos de los sótanos disponían de tarimas corridas a lo largo de las paredes y en lo alto las lúgubres ventanas que daban al exterior. Allí los presos comían, dormían y pasaban el día; salvo en los ratos de esparcimiento, que era cuando los sacaban a un patio de alto muro y paredes lisas, con una fuente central para asearse y lavar la ropa. En ese espacio, sucio y poco iluminado, jugaban a las cartas, a la pelota y a las tabas; además de hacer sus negocios, trapicheos y conspiraciones.

Los presos distinguidos cumplían condena en los departamentos de pago y en el destinado a los políticos, donde los domingos se formaban importantes francachelas.







También estaban los departamentos de jóvenes y el de los «micos», que eran los niños presos. Antes de la creación de este departamento, los niños convivían con los presos adultos en un ambiente insalubre y peligroso.






IV
Diversión y drama
Entró el verano con sus perros rabiosos. La hidrofobia se apoderó de la raza burocrática y de la raza canina. Vínose abajo con gran estrépito el castillo de naipes edificado por Narváez.
González Brabo fue silbado en la Plaza de Toros.
Lloraron en tierra extraña su desventura los caídos y alzaron la frente con orgullo los elegidos. La tierra cubrió los restos del antiguo ministerio y entró en Loja un filósofo desengañado.
González Brabo vio un hombre barbudo y tembló como la hoja en el árbol. Los teatros de invierno se cerraron; la Patti lanzó su último gorgorito y voló hacía otros climas; los Campos Elíseos se abrieron al público; comenzó la gente a rodar por la montaña rusa, y en el teatro de Rossini resonó la primera nota de El Profeta. Tamberlick hacía de Amoldo y de Juan de Leyde a la perfección; a la caída de la tarde un centenar de coches conducían alegres parejas a la mansión Elísea; Leotard saltaba en el circo del Príncipe Alfonso y Mr. Batty introducía su blonda cabeza en las bocas de sus anímales domésticos; las hermanas Foucarl y el imposible Pietrópolis hacían prodigios gimnásticos todas las noches que el hábil maestro Arban no hacía resonar su orquesta en el hipódromo; el paseo de Recoletos era un jardín de delicias, un edén de flores de todas clases, lo mismo que el salón de conciertos de los Campos, que ofrecía un aspecto mágico y oriental; un ballenato desventurado se ostentaba en el desierto barracón y un elefante luchaba con un bicho en la Plaza de Toros.
Les espectáculos abundaban en todo Madrid, y se vacilaba en preferir los espectáculos gratis, que eran los más divertidos: todos los que no habían abandonado la capital se entregaban a las delicias del calor con un sibaritismo verdaderamente tropical. ¡Qué días! ¡qué felicidad! ¡Cuántas delicias! ¡Oír buena música! ¡Ver buenas caras y buenos fuegos artificiales! ¿Qué hay comparable a esto? Es preciso confesar que Madrid era entonces un edén de felicidades.
Mas de pronto (tristeza causa el recordarlo) principian a correr rumores siniestros: se dice que hay cólera en Valencia, que es probable que se venga a Madrid: después se asegura que en el barrio de Lavapiés ha habido un caso, que ha habido dos, tres, etc.
Ya principiaba el otoño, y el cólera hacia lentos estragos en Madrid: aumentaba paulatinamente, se acercaba al centro: ya la cosa iba un poco seria: en fin, se desarrolla el cólera: comienza el pánico: sale a escape la gente: quédase triste y desamparada la población, y por todas partes se oían pésames, lamentos y quejas: las cajas de muerto se aparecían en donde quiera tan abundantes como las camillas. Estábamos en plena epidemia.
La caridad se manifestó dignamente, y el socorro de los sanos contribuía a mitigar el dolor de los atacados.
Era esto en tiempo en que casi, casi estaba Italia a punto de ser reconocida, y Ulloa y Tagliacarne a punto de ser cambiados respetuosamente.
Al fin Dios se compadeció de nosotros y nos quitó el mal, que según las sibilas neas; se nos había propinado donosamente por nuestras culpas: fueron enterrados los muertos: abriéronse de nuevo los teatros: volvió la calma a los corazones y la gente fugitiva tornó a sus hogares. Epidemias, defunciones, lutos, emigraciones, paralización del comercio, miseria. Plaga no menos funesta que las anteriores. Esta es la cuarta, si no nos equivocamos en la cuenta.

Todo el mundo salía a la calle llegado el buen tiempo. El paseo de Recoletos, la Castellana y el parque de El Retiro se convertían en los lugares preferidos para el esparcimiento. A este último acudían los hidrólogos, para beneficiarse de las propiedades sanadoras del agua de las fuentes y aguaduchos o disfrutar de la ría, el estanque y su embarcadero. [Ver: Un día de 1898 en el Parque de El Retiro].

Pero Galdós habla de la «hidrofobia», que es el temor al agua y la enfermedad de los perros transmitida al hombre por mordedura, que es, de forma figurada, lo que transmite al pueblo el exacerbo de la política.
Nos cuenta que comienza la actividad en los Campos Elíseos. Este lugar de recreo había sido inaugurado el sábado 18 de julio de 1864 con la asistencia de los reyes.
Sus terrenos, con varios jardines e instalaciones, ocupaban la zona que en la actualidad comprende las calles de Alcalá, Velázquez (casi hasta Lagasca), Goya, General Pardinas y Príncipe de Vergara.
Una de las curiosidades de los Campos Elíseos era su horario de apertura: las cinco de la mañana.





Llamaba la atención su teatro, el Teatro de Rossini, ubicado aproximadamente sobre la calle Jorge Juan y Príncipe de Vergara. Amplio y rectangular, constaba de cuatro pisos, de los cuales los tres primeros disponían de varios palcos.

Manuel Ovilo y Otero describía en la revista Escenas Contemporáneas [2] algunos detalles: «El techo está pintado con exquisito gusto y suma sencillez. El escenario, aunque no es tan espacioso como la sala, es de buenas dimensiones. Tiene cuatro lucernas de gusto, colocadas cerca de los ángulos. En la parte inferior de estos hay bustos que representan personajes célebres, como asimismo en las explanadas del piso principal que mira al jardín. Sobre el telón de boca y completamente fuera, se lee el nombre del inmortal Rossini, puesto, según se dice, con permiso del célebre maestro».

Junto al teatro había una fonda de grandes proporciones y cerca de ella una explanada con dos escaleras que conducían a la casa de baños, de la que Ovilo y Otero nos cuenta: «A la entrada hay un salón de descanso con el techo pintado a la aguada, de suficiente capacidad. Los cuartos donde se encuentran las pilas dan a un jardinito de forma triangular».

Más hacia el Oeste, en la manzana delimitada por las calles de Goya, Castello, Jorge Juan y Núñez de Balboa, se encontraba un salón circular, destinado a conciertos y bailes, rodeado de palcos. Junto a este, ya sobre la actual calle de Goya con Velázquez, una enorme plaza de toros y la montaña rusa, de la que dice Ovilo y Otero que estaba «formada por el declive de un tambor o cilindro hueco, cortado irregular y oblicuamente, y construido de mampostería y maderos».

Hacia el Sur, aproximadamente en la manzana que comprende las calles de Jorge Juan, Núñez de Balboa, Villanueva (casi hasta Alcalá) y Velázquez, había un canal o ría con embarcadero y un bonito puente rústico; por allí circulaba una góndola a vapor que el día de la inauguración fue muy aplaudida por la Real Casa. A un lado del canal se levantaba un edificio simulando en su exterior un castillete, destinado para el tiro de pistola y gimnasio.

También había una casa de vacas, una faisanera, dependencias de la Administración y una plazoleta con columpios.





Amable lector, llegados a este punto, y después de escuchar esa musiquilla, te invitamos a viajar al momento de la inauguración.

En lo alto del Teatro Rossini ondeaba el pabellón nacional y algunos espacios estaban lujosamente iluminados.
A las seis de la tarde, con el tronar de diez bombas lanzadas por los morteros León y Castilla, comenzaron los actos de inauguración. Inmediatamente se puso en marcha el vapor Príncipe Alfonso para recorrer la ría mientras una banda militar entonaba los acordes de una marcha triunfal. De siete a nueve esta banda ejecutó diversas piezas en la plaza del teatro.
A las ocho se abrieron las puertas del coliseo y a las nueve comenzó la función. Primero se interpretó la Sinfonia de L'assedio de Corinto, y a continuación la Cantata a Rossini, por el coro, orquesta y banda militar, compuesta de más de 200 profesores. Después, Baile fantástico en dos actos, titulado Gisela o las Wilis.
En el íntermedío del primero al segundo acto de la Gisela, se dispararán fuegos artificíales. Desde las nueve y medía basta las doce y medía de la noche, en el salón de conciertos sonaron varias piezas a cargo de la banda militar del 5º Regimiento, dirijida por el Sr. Crasi.


V
Literatura y teatro
También se nos ocurre recordar algo del movimiento literario de nuestra patria en el año que hoy concluye. No sabemos de ninguna obra notable, ni en nuestros teatros se ha representado comedía alguna digna de llamar la atención. Aquí no se escriben libros de filosofía, ni de ciencias, ni de crítica; esto es cosa muy ardua. En cambio se publican sendas novelas que honrarían a Walter Scott у a Manzoni, y a cada momento nos vemos asediados por prospectos ingeniosos tan bien escritos como las novelas que pregonan y sazonados con toda la sal de las baraturas editoriales, para que sea más fácil el negocio, que es el quid divinum alumbrador de semejantes producciones.
¡Cuánta novela, gran Dios, cuánta novela! No hay esquina donde no se anuncie en letras gordas unas recientemente salida del cacumen de un escritor y dada a la estampa por las prensas del más artificioso de los editores. Las primeras entregas se deslizan por debajo de las puertas y vienen a sorprendernos en nuestras casas, ofreciéndonos al par de su desabrido contenido un trocito de literatura suplicativa en que nos pide nuestra suscrición el amable repartidor.
Lo que nos sorprende es que hay quien lea estas novelas, y que sean leídas y muy leídas se deduce de que se hacen muchas ediciones de ellas, y se agotan, y no queda un ejemplar en las librerías. Este es un fenómeno que no hemos podido explicarnos todavía.
En el teatro ha pasado una cosa idéntica. El año cómico (ciertamente el que acaba de pasar es el año más cómico que hemos visto) ha sido infecundo: no ha dado a la literatura patria ni una comedia ni un drama dignos de pasar a la posteridad. Los hermanos Catalina dirigían con acierto el Príncipe en la segunda mitad de la temporada anterior, y en unión de Matilde y de Mariano Fernández proporcionaban al público horas de agradable solaz. Recordamos, sin embargo, que las piezas en que más se distinguían era en las del repertorio antiguo y en algunas felices traducciones de D. Ventura de la Vega y de Coll; Mari-Hernández la Gallega, La Farsa y Batalla de damas eran las obras favoritas de aquel teatro: en clase de obras originales nos dio algunas, entre las cuales descuellan Mañana, de Coupigny, y el Toisón roto, de Hurtado. Variedades no salió del repertorio de Romea: Sullivan, Bruno el tejedor, El hombre de mundo, La mujer de un artista, El qué dirán y el qué se me da a mi salieron de nuevo a la escena, donde el talento de Romea apareció otra vez dominando tan difíciles papeles de un modo maravilloso.
Más tarde vino la Civili al coliseo de la calle de la Magdalena y nos dio al comenzar la temporada la Dama de las camelias. María Giovanna y Adriana Lecouvreur. La gran artista se hizo aplaudir con furor en estas tres piezas: el público acostumbrado a la dicción italiana comprendió perfectamente las peripecias de los dramas y penetraba todas las delicadezas del diálogo: los triunfos se sucedían y el teatro estaba lleno todas las noches.
Mas de pronto comenzó la señorita Civili a familiarizarse con nuestra lengua, y después de leer en público una oda al Dos de Mayo, contrató una pequeña troupe de actores españoles y nos dio un ridículo sainete titulado La Casa de campo, en que se nos aparecía rival de la Zapatero la misma heroína de la tragedia italiana y de los dramas franceses; la misma que había sido Francesca de Rimini y Margarita Gauthier. La actriz fue aplaudida con entusiasmo, y animada con el triunfo, emprendió trabajos más difíciles. Hoy es ya una artista española y nos da en Variedades La hija del Almogavar.
Confesamos que nos parece que vale macho más la señorita Civili representando en italiano que en español. No es tan fácil cambiar bruscamente de escuela y perder completamente el estilo y la expresión que se ha aprendido desde la niñez.
Inaugurada la presente temporada en los días en que el cólera comenzaba a hacer estragos, nos ofreció el Príncipe El alcalde de Zalamea, admirable obra de Calderón, que interpretaron con gran inteligencia los primeros actores de España.
Nuestros lectores conocen perfectamente la compañía que actúa en este teatro, y nos abstenemos, por lo tanto, de hablar de ella. Las obras nuevas valen muy poco, a pesar de que algunas hayan sido apadrinadas por la gacetilla, y nos atrevamos a asegurar que el año cómico que acaba de pasar os de los más desastrosos que hemos visto: el año literario en general ha sido deplorable. Malas novelas, malos dramas, malas comedias, escritores envanecidos, críticos bonachones, entregas suplicatorias, periódicos satíricos vergonzantes: he aquí la quinta plaga del año.
No hacemos referencia al panorama literario de 1865 para no ahondar en detalles; Galdós lo deja más o menos claro. En cuanto a los teatros, al citar a la de la calle Magdalena se refiere al Teatro Variedades, también citado. Este teatro por horas, popular y de los bufos de Arderius, había sido inaugurado en 1843.




Poco antes de acabar el presente artículo celebrábamos el Día Mundial del Teatro, buen momento para ofreceros la cartelera de espectáculos de aquel Madrid alegre y cultural que en el mes de septiembre aun no era consciente de la amenazante epidemia.






VI
Escena lírica
La escena lírica anda también de mal talante: el Teatro Real se encuentra en un estado lastimoso: hay allí tiples insoportables, tenores invisibles y bajos muy encopetados, lo cual no impide que una magnífica orquesta con excelente cuerpo de coros les acompañen. Pero no nos anticipemos: recordamos que al fin de la temporada anterior, en los tiempos de Mr. Bagier, cantaba la Patti la Sonámbula, el Barbero y Lucia con éxito extraordinario: recordamos la Lucrecia de la Penco, la Grossi y Selva, y el Fausto de Mario y Selva: por último, se nos dio a conocer el Profeta, una de las mejores obras de Meyerbeer.
Mas los Campos Elíseos recogieron la herencia del teatro de Oriente, y el Profeta continuó en les Campos seguido de Guglielmo Tell, Macbeth, Romeo у Julieta, Martha, Poliutto у la inolvidable Mutta di Pórtici.
En el día conocemos L'Africana, pero no tenemos artistas como aquellos; poco nos importa que la Rey Valla cante bien, y Bouchée arranque aplausos en La Favorita. Esto no basta; El Saltimbanco y Hernani no se olvidarán tan pronto, y las más de las noches asistimos con miedo al teatro creyendo escuchar una grita espantosa.
Allí chillan las primas donnas, vociferan los tenores y gruñen los bajos. ¿Qué hacer en tan triste situación? Ya no le queda a uno ni el recurso de distraer sus melancolías en el paraíso del Teatro Real. ¿En qué país vivimos? Silbas, malos artistas, apretones, billetes caros, espectáculos escandalosos: sexta plaga.

En esta sexta plaga aparece el Teatro Real y se nombra a Adelina Patti, entre otras figuras de la lírica. La famosa soprano, nacida en Madrid el 19 de febrero de 1843, despuntó como una de las voces más notables de su tiempo en 1862. En alguna de las representaciones a las que asiste el joven Galdós pudo escucharla. Nosotros también podemos hacerlo, imaginándonos en aquel primitivo coliseo de la plaza de Oriente.






VII
Los neos
Es cosa de cajón que en tratándose de plagas han de ser siete. ¿Cuál es la sétima? No puede ser otra que la que se extiende por toda la nación emanada de santos locos de piedad política; no puede ser otra que la que oculta y solapada se desliza por esta sociedad contaminando en silencio cuanto toca. ¡Epidemia fatal y nunca extinguida! Se la conjura por todos los medios conocidos, y desaparece por un momento para volver después más temible monstruo, fuerte e invulnerable. Se le hiere, se le mutila, y el miembro arrancado renace con más fuerza.
Tribu alborotadora y mogigata, se multiplica, ramificándose hasta los más lejanos extremos de la Península española. Husmea en el fogón de la diplomacia y escarba en el lodazal político; confecciona sus armas mortíferas con la al parecer inocente cera que desprenden las velas del altar; está en todas partes como Satanás, y en todas partes deja sentir su influencia sofocante y mortífera como la de los miasmas deletéreos; es plaga perenne, inmutable, de todos los días, de todos los meses, de todos los años; plaga perdurable, arraigada en nuestro suelo con tenacidad incontrastable, y que no será esterminada si los fumigadores modernos no inventan alguna máquina de combustión formidable, algún nuevo sistema de calefacción inquisitorial que sea en grande escala lo mismo que las que en las casas se usan para la extinción de ciertos insectos nocturnos. ¡Los neos! esta es la sétima plaga.
Dentro de doce meses os daremos cuenta de las siete del año venidero, de las cuales algunas principian ya a hacer lentos estragos.

Los neos es el diminutivo peyorativo del movimiento político e ideológico llamado neocatolicismo, nacido en el siglo XIX, y cuya representación era el Partido Monárquico Nacional fundado por inspiración del presbítero Jaime Balmes en 1844. La mayoría de sus partidarios se unieron al Carlismo en defensa de la unidad católica en España.
Sin entrar en más detalles, la sola mención del padre Claret, el escolapio pp. Fulgencio o sor Patrocinio, muestran su presencia en la Corona y la influencia sobre Isabel II.




Cuando en 1904 Galdós se entrevista con la reina en París, saldrá en la conversación aquellos tiempos en que la apodada «monja de las llagas» campeaba a sus anchas por la vida de Isabel II, quien dijo:
Más generosa que sincera, amparó con ardientes elogios la memoria de la monja Patrocinio:
– Era una mujer muy buena–nos dijo–; era una santa, y no se metía en política, ni en cosas del Gobierno. Intervino, sí, en asuntos de mi familia, para que mi marido y yo hiciéramos las paces; pero nada más. La gente desocupada inventó mil catálogos, que han corrido por toda España y por todo el mundo…
El favor del Cielo debió Vuestra Majestad esperarlo como sanción de sus actos y de su fiel cumplimiento de Las leyes, y no vislumbrarlo tras de las milagrerías y enredos con que alucinaban a la pobre niña Reina los traficantes en piedad o cambiantes de almas por intereses y de intereses por almas.

Duendes de la Camarilla que tienen su espacio en los Episodios Nacionales de la segunda y la cuarta serie, de la que nos llega el eco de los fusilamientos en el muro de la plaza de toros cuando lo del cuartel de San Gil (1866), y los nombres de Simón Paternina y la Zorrera en La de los tristes destinos:
Que no se diga que solamente las almas de los ricos tienen naufragios, sufragios, o como eso se llame, para salir pronto del Purgatorio. Yo le pago una misa a mi Simón, y él, que era bueno y no tuvo parte en la matanza de los oficiales, irá pronto a la presencia de Dios, y le dirá: «Señor Santísimo, mire cómo me han puesto, cómo me han acribillado. En la mano traigo mis sesos. Esta es la Historia de España que están haciendo allá la Isabel y el Diablo, la Patrocinio y O’Donnell, y los malditos moderados…, que no parece sino que Vuestra Divina Majestad ha echado mil maldiciones sobre aquella tierra…»
Las expresiones de este episodio que pone fin a la cuarta serie, escrito entre enero y mayo de 1907, no difieren de las pronunciadas en los periódicos de aquel año de 1865. 

Así, en el diario liberal La Iberia del 15 de enero podía leerse: «Todos los que niegan la verdad del progreso, llámense Papas, obispos, cardenales, curas o monaguillos, son (…) neos hasta la médula de los huesos. Y neos significa aquí insensatos, con toda la insensatez del que mirando la luz del día, afirmase que reinaban las sombras de la noche».

Por la parte contraria, el periódico monárquico La Esperanza del 23 de febrero transcribía el discurso que Antonio Aparisi y Guijarro pronunciado en la Sociedad literario-católica La Armonía en diciembre de 1864:
Se nos llama neos, y aceptamos el mote irguiendo la cabeza, porque hoy para los católicos solo hay peligros que arrostrar, no medros que conseguir. ¡Atacados somos por todas partes, y no atacados noblemente, sino indignamente! ¿Por qué? Porque hombres frágiles, pero hijos sumisos de la Iglesia, nos arrojamos a defenderla contra esos bárbaros que no se han desprendido de los hielos del Norte, sino de las regiones tenebrosas de la duda, para acabar, si tanto pudiesen, con todo lo que creyeron, amaron y adoraron nuestros padres. Eso es, y no otra cosa, lo que fantasean y codician esos salvajes del pensamiento.

Pasó el año de 1865 en Madrid y en toda España, con siete plagas; unas más dañinas y peligrosas que otras. Y ahí estaban, como hoy, los dineros de la Corona, vistos de una u otra manera; los desastres financieros pasados, presentes y futuros; las manifestaciones, con sus linternazos y sus virus; las epidemias que hoy se nos han presentado en pandemia; los malos libros y peores espectáculos; y los neos…, aplíquese aquí el comentario que a cada uno convenga: Confiemos nuestro destino a Dios o a la Ciencia.



FINAL DE LA SEGUNDA PARTE




Dedico esta segunda parte a todos vosotros, los confinados,los que cada tarde
hacéis de los balcones una convención nacional de apoyo y agradecimiento.

Eduardo Valero García
Madrid, 29 de marzo de 2020
Decimocuarto día de confinamiento











Bibliografía y Cibergrafía


[1] GALINDO DE VERA, León, Revista de la Semana, El Museo Universal. Madrid, 23 de abril de 1865.

[2] OVILO Y OTERO, Manuel, Variedades, Revista Escenas Contemporáneas, Madrid, 1864, p. 159

Biblioteca Nacional de España (Hemeroteca y Biblioteca digital hispánica)
www.bne.es

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 La fotografía de Galdós corresponde al Museo Canario y puede descargarse desde https://www.picuki.com/media/2213846577323591045



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