sábado, 2 de enero de 2021

1863. El primer Año Nuevo del joven Galdós en Madrid.

    En septiembre de 1862 había llegado a Madrid un jovencísimo Benito Pérez Galdós. Estudiante en la Universidad Central, su mayor aprendizaje lo encontrará en la geografía de la urbe matritense y en las costumbres de la sociedad; entre ellas, la celebración del Año Nuevo. 
 
 



    Entrado diciembre los comercios anunciaban la disponibilidad de regalos para vísperas del Año Nuevo; eran los “etrennes”, costumbre antigua que en España se conocía como el juego o sorteo de “dar los años y estrechos”. Para este juego se vendían tarjetas en blanco y vulgares versos impresos en vistosas cartulinas al grito de “motes nuevos para damas y galantes”. En esencia, tenía similitud con el actual “Amigo invisible”, porque en las tarjetas en blanco se escribían los nombres de las personas invitadas a la celebración y luego se hacía un sorteo. 
 
    Las tarjetas con los nombres de las mujeres se colocaban en una urna y la de los hombres en otra. En el sorteo se anunciaban los nombres de los afortunados que les había “caído el año”. Es razonable suponer que se hacía trampa, porque seguramente algún galán pretendía a una dama y su interés estaba, como marcaba la costumbre, en hacerle un obsequio y cortejarla. 
Estos regalos consistían mayoritariamente en cajas con dulces. Estas cajas, además de su elegante manufactura, eran multiuso. 
 
 

 
Mi niña morena,
la chica más mona
que barre las calles
con bata de cola,
con años y estrechos
me espera afanosa. 
 
 
    Las cartulinas con versos se habían puesto muy de moda en la sociedad madrileña del siglo XVII. Don Basilio Sebastián Castellanos contaba en 1866: 
«En la Corte del Buen Retiro, en tiempo de Felipe IV y del conde-duque de Olivares, que se desvivía por presentar a su soberano objetos de diversión, se celebraron reuniones sorprendentes de estrechos, en que los poetas de la época pusieron en prensa su talento, puesto que se improvisaban los motes o poesías las más veces, como indica Vargas cuando hablando de este asunto, dice en un romance: 
 
Una dama del palacio
Me ha tocado por estrecho,
Que me hizo improvisarla
Tres cuartetas de un soneto.
Otras dos me mandó el rey,
Una décima mi dueño,
Y si no llega un poeta
Que me sacó del aprieto,
Desde el duque al canciller
Y desde el amo al portero,
Me convierten en poeta
A puro pedirme veros, etc. 
 
En la actualidad ha quedado reducida esta costumbre a ser una diversión de familia, en la que suelen cruzarse los regalos y las intrigas amorosas al través de los motes de malísimos versos, que hacen los copleros para estos días, y que se venden por las calles pregonándose motes nuevos para damas y galantes». 
 
    Por su parte, así definía los años y estrechos M. Ossorio y Bernard en 1891:
«El principio de un año siempre despierta ideas fatalistas: buena prueba de ello el juego de los años y estrechos, en que admitimos como exactas las predicciones de algunos vates desconocidos, que en favor nuestro se han tomado previamente el trabajo de llenar de ripios monstruosos unos cuantos renglones, en los que nos ofrecen algunas vulgaridades, por el corto interés de diez céntimos el pliego. En semejantes predicciones se vienen perpetuando las gracias inocentes de nuestros abuelos y las trampas que eran su complemento, para que una bella señorita caiga con el mono de la casa de fieras y un enamorado con su futura suegra; pero estas mismas trampas suelen ser recibidas a disgusto por las personas formales, obstinadas en decir que este es asunto por demás serio, y que puede acarrear disgusto el violentar la suerte».

 
    Los regalos comestibles se ponían a la venta en los comercios del ramo, como los dulces que ofrecía la fábrica de la calle del Sordo, siempre con el característico toque francés. 
 
 
 
 
    Una famosa tienda de juguetes de la calle de la Montera publicitaba sus productos para “etrennes”. Era la tienda de C. P. Schropp, también conocida como “Almacén de los Alemanes”. Galdós lo inmortalizará en sus novelas y en los Episodios Nacionales; también en cuentos como La mula y el buey y La princesa y el granuja, aunque en este último no lo cita, pero sí lo utiliza para la ambientación. 
 

 
    Los libros eran otra forma de regalo y también para el aguinaldo, quizás más orientado a aquellos que no andaban cantando villancicos por las casas o presentando sus tarjetitas de oficios. En la Puerta del Sol, la Librería Española y Extranjera del señor Moro ponía a disposición de sus clientes un gran surtido de libros, almanaque y otros objetos. 
 
 
 
    También lo hacía la famosa librería de Carlos Bailly-Bailliere, de la plaza del príncipe Alfonso (Santa Ana). 
 

 
    En las librerías de Duran, Moya y Plaza, la Publicidad, Dochao, Leocadio López, Hernando, en los almacenes de papel de la calle del Horno de la Mata, 19, y en la imprenta de Manuel Galiano de la plaza de los Ministerios, 3, se vendía a dos reales el calendario para 1863 El Inseparable, que ya iba por su segunda edición. Se trataba de un calendario general para toda la familia, con 200 páginas y tamaño de cartera. Incluía la nueva división municipal y judicial de Madrid que entraba en vigor ese año. 
 
    Por otra parte, las señoras y los caballeros podían aprovechar las gangas puestas a la venta en el Cisne de la calle de la Sal o en el almacén Esposición de Londres de la calle de la Montera. 
 

 

    Y así podríamos continuar con gran variedad de comercios que hacían su agosto en el crudo invierno de 1862. 
 
    Como en la actualidad, la gente se desplazaba a sus ciudades de origen para celebrar con los familiares estas fiestas tan señaladas. Para tal fin, trenes y diligencias ponían servicios especiales. 
 
 

    Recordemos que las líneas ferroviarias estaban en plena construcción, pero muchos tramos debían hacerse en diligencia. Así le había ocurrido al joven Galdós cuando hizo su viaje a Madrid. Desde Cádiz viajó hasta Sevilla en un tren de la Compañía de los Ferrocarriles de Sevilla a Jerez y Cádiz; en Sevilla, otro de la Compañía del Ferrocarril de Córdoba a Sevilla (CS) hasta Córdoba; después, un largo viaje en diligencia hasta Alcázar de San Juan, donde cogió el tren de la red de ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante (MZA) con destino a Madrid. 
 
    Como vemos, en aquellos tiempos no se festejaba la entrada a un nuevo año como hoy lo conocemos; ni uvas ni fiesta en la Puerta del Sol. El mayor jolgorio se montaba en vísperas de reyes. 
 
    El último día de 1862, que fue miércoles, los teatros dieron variadas funciones y el Circo de Price de la calle Recoletos anunció función para el 1º de enero de 1863 con la actuación en exclusiva para cuatro días de la compañía angloamericana Las Maravillas de las Montañas Peñascosas, «el non-plus-ultra de la audacia, de la fuerza y de la agilidad humana». Por su parte, en el Circo de Paul se reunieron la noche del 31 las sociedades de baile La Constante y La Juventud Española para celebrar un gran baile de máscaras. 
 
    En el Teatro Real, a las 20:30 h, se estrenó la ópera en tres actos Zampa, con música de Louis Joseph Ferdinand Hérold y libreto de Mélésville.
 
  
 
 
    En el de la Zarzuela se representó El secreto de una dama, zarzuela en tres actos y en verso, con letra de Luis Rivera y música del maestro Francisco Asenjo Barbieri.
 
  
 
 
    Para el día siguiente se anunciaba la representa de Los Magyares, zarzuela en cuatro actos, de Luis de Olano, con música del maestro Joaquín Gaztambide.  
 
    En el Teatro de Lope de Vega se representó la comedia en tres actos Lo positivo, arreglada del francés por Joaquín Estébanez; había sido estrenada en este teatro el 25 de octubre de 1862.  También se representó un disparate cómico en un acto y en prosa arreglada del francés, en este caso por Manuel García González, titulada Los Misterios de la Calle del Gato.  
Para el día siguiente, 1º de enero, se anunciaba la representación del melodrama en tres actos y un prólogo La Aldea de San Lorenzo, también arreglado del francés; había sido estrenado el 21 de diciembre de 1860 en el Teatro de Variedades.  
 
    En este teatro de Variedades hubo función a las 16:30 y a las 20:30 horas. En la primera se representó A Madrid me vuelvo, comedia en tres actos de Manuel Bretón de los Herreros; el baile titulado Las Mollares Sevillanas y para finalizar, la comedia en un acto La idea feliz.  En la segunda función se representó La Corte de los Milagros, comedia en tres actos y en verso de José Picón; el baile titulado Cada cual con su cada cual, y el sainete La Comedia de Maravillas, de Ramón de la Cruz.  
 
    El Teatro de Buenavista (Calle de Silva, 46) ofreció una función especial del Nacimiento a las 19:30 horas. Para el 1º de enero anunciaban tres funciones del concurrido espectáculo que se repetía cada año al menos desde 1846. Antes se había representado en las calles de Tudescos y de Mesón de Paredes. 
No puedo precisar cuál fue el programa de aquellos días, aunque sí se habían añadido algunos cuadros al primitivo Nacimiento, como La degollación de los inocentes y La presentación del niño de Dios en el templo; ambos muy aplaudidos. 
El espectáculo se dividía en varios cuadros representativos de la vida del hijo de Dios dispuestos en escenarios artísticamente decorados. Intervenían actores reales y autómatas, coros y orquesta, acompañados de juegos de agua y otras genialidades mecánicas. El siguiente anuncio nos ofrece una idea clara de lo fantástico que debió ser.
 

 
    La noche de San Silvestre se celebraba en los palacios más postineros de la villa y corte. Destacó la Nochevieja de 1862 el baile celebrado en el palacio de Daniel Weisweiller, banquero que llevaba todos los asuntos de la Casa Rothschild en España desde 1835. Hombre poderoso, en 1855 fundará la Weisweiller & Baüer Cía. junto con el conocido banquero Ignacio Salomón Baüer Landauer. [Ver palacio Baüer
Al baile asistieron las infantas Isabel y Amalia, con el marido de esta última, el príncipe Adalberto de Baviera y Sajonia- Hildeburghausen. 
 
Adalberto de Baviera y su esposa Amalia de Borbón

 
    De ahí para abajo, estuvo presente la flor y nata de la aristocracia y la sociedad matritense, como la duquesa de Fernán-Nuñez y la princesa Pío; la condesa de Vilches; la marquesa de Molins y otras tantas condesas. Entre los personajes de la política estaban el marqués de la Habana; los señores Mon, Llorente y Castro. También muchas jovenzuelas y jovenzuelos de alta alcurnia, destacando el marqués de la Vega de Armijo y el vizconde del Pontón. 
Todos bailaron hasta finalizar el año y lo continuaron haciendo en el recién estrenado 1863. En el baile se sorteaban los años y estrechos con las citadas tarjetas acompañadas de cajas de dulces y bombones. 
 
    Era costumbre dedicar el primer día del año a los niños y así lo hicieron en el palacio de Fernán-Nuñez con una matineè dansante a la que fueron invitados al menos sesenta pequeñuelos de alto copete. Todos iban disfrazados. La fiesta, con banquete incluido, acabó a las siete de la tarde. 
 
    Finalizó el 1º de enero de 1863 con otro suntuoso baile en la embajada de Inglaterra. Dos plantas del edificio fueron utilizadas para la ocasión; en una se celebró el banquete y en la otra el baile. 
Otra vez la flor y nata ya citada en el baile de los Weisweiller más otros cuantos, entre ellos, Leopoldo O’Donnell, quien entraba en su último año del llamado “Gobierno largo”. 
De entre todas las damas destacaba la anfitriona: Victoria Balfe, más conocida como Victorie Crampton, por se la esposa del entonces embajador inglés en Madrid, Sir John Fiennes Twisleton Crampton. Victoria era una famosa cantante francesa que había debutado en 1857 en el Lyceum Theatre.
 
Victoire, Lady Crampton by Herbert Watkins albumen print, arched top, late 1850s 7 1/2 in. x 6 in. (191 mm x 152 mm) Purchased, 1985 Primary Collection NPG P301(57)

Contrajo matrimonio en 1860 con Twisleton Crampton, pero a finales de 1863 solicitó la anulación por impotencia del tal Sir. 
Curiosamente, al codearse con la aristocracia madrileña, en 1864 se casará con José Bernardin Fernández de Velasco, duque de Frías. 
 
    Cotilleos aparte, el 1º de enero de 1863 aparece el primer número del diario La Democracia, fundado por Emilio Castelar, en el que en 1865 publicará el famoso artículo “El rasgo”. 
 
    Desde las postrimerías del año 1862 y a partir de 1863, Benito Pérez Galdós será protagonista de los sucesos políticos y sociales de una España revolucionaria y cambiante; muchas veces con epicentro en Madrid. La cuarta serie de los Episodios Nacionales son preámbulo y relato de cuanto aconteció en esa década y posteriores, acercándonos a los sesenta con el episodio Aita Tettauen
 
    Nada más queda por decir del estrenado año de 1863. Entrar en detalles sobre la situación política quitaría todo el encanto que tiene recordar aquellos tiempos pasados y sus costumbres. Una idea más o menos clara de lo que acontecería nos lo cuenta el gracioso poeta que en el Folletín de La Iberia del 1º de enero escribió:
 
Sobre tu tumba hoy levanta
el año nuevo la faz, 
y a año nuevo, vida nueva,
que así lo dice el refrán. 
Presidirá el año entrante
Júpiter, dios contumaz,
con su rayo amenazando 
al ambicioso mortal. 
El que en la Gigantomaquia
guerra atroz, supo triunfar; 
el que en cuestión de amoríos 
fue, aunque dios, muy inmoral, 
pues se casó y descasó 
sin aflijirse jamás, 
por aquello de que el gusto 
estriba en la variedad; 
ese dios calaverón el año presidirá, 
y habrá cada tremolina 
que el más frío ha de bailar. 
El Júpiter de la unión, 
el que no puede ser más 
que presidente, ahí es nada, 
del belén ministerial, 
encorvado bajo el peso 
de su talla colosal, 
se irá doblando, doblando, 
y partido rodará 
murmurando indiferiencia
que es elocuente al hablar, 
veremos muchas comedias 
que en silbas acabarán, 
muchos neos en berlina, 
machas beatas rezar 
que dieron su cuerpo al diablo; 
habrá muchos thes dansants
y literatos sin blanca, 
muy ricos de vanidad. 
Habrá lances muy estraños 
en la Zarzuela y el Real, 
artistas que canten bien 
y cómicos que hablen mal. 
En el teatro de Lope 
Joaquín galaneará, 
por más que nunca haya sido 
don Joaquinito galán. 
Seguirá echando su chorro 
la fuente monumental, 
y en el verano las calles 
tan regadas estarán, 
que parecerá cada una, 
más que calle, un barrizal. 
No se ensanchará Madrid, 
que aquí lo que importa más 
se hace siempre mal y tarde, 
o más claro, tarde y mal. 
Los chicos a Calderón 
por las calles seguirán 
gritando: «ahí va el grande hombre 
que a la Europa hace temblar.» 
Y aquí termino, diciendo 
al que quiera saber más, 
que espere a que acabe el año 
y de ese modo podrá 
satisfacer por completo 
su mucha curiosidad.

 
 
Dedicado a todos vosotros, con la esperanza de que todo mejore.

Eduardo Valero García
Madrid, 1º de enero de 2021



Bibliografía y Cibergrafía

[Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor.

Todo el contenido de Historia urbana de Madrid está protegido por:






En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2021) "1863. El primer Año Nuevo del joven Galdós en Madrid.", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/ ISSN 2444-1325

o siga las instrucciones en Uso de Contenido.

[VER: "Uso del Contenido"]


• Citas de noticias de periódicos y otras obras, en la publicación.
• En todas las citas se ha conservado la ortografía original.
• De las imágenes:
Muchas de las fotografías y otras imágenes contenidas en los artículos son de dominio público y correspondientes a los archivos de la Biblioteca Nacional de España, Ministerio de Cultura, Archivos municipales y otras bibliotecas y archivos extranjeros. En varios casos corresponden a los archivos personales del autor-editor de Historia Urbana de Madrid.

La inclusión de la leyenda "Archivo HUM", y otros datos, identifican las imágenes como fruto de las investigaciones y recopilaciones realizadas para los contenidos de Historia Urbana de Madrid, salvaguardando así ese trabajo y su difusión en la red.
Ha sido necesario incorporar estos datos para evitar el abuso de copia de contenido sin citar las fuentes de origen de consulta.
 



© 2021 Eduardo Valero García - HUM 021-001 MADGALDÓS
Historia Urbana de Madrid
ISSN 2444-1325

martes, 8 de septiembre de 2020

De Salón-Teatro de la Casa del Pueblo a Cinema-Teatro Pérez Galdós. Madrid, 1915-1929

Es nuestra obligación hacer las aclaraciones oportunas en relación con un artículo publicado el pasado 11 de agosto en la prensa digital. Bajo el título de «Y Pérez Galdós se quedó sin teatro», su autor nos ofrece una visión un tanto distorsionada de aquel coliseo. [1]
Para ese cometido es necesario remontarnos a 1915, año en que la Casa del Pueblo inauguraba un nuevo salón de actos y teatro en los terrenos de la calle Gravina (antes de San Francisco), antiguos jardines del palacio ducal de Béjar. El nuevo edificio quedaba adosado al de su sede de la calle Piamonte, 2. Era una obra necesaria para la institución; su salón de actos se había quedado pequeño y carente de las comodidades necesarias para los actos y reuniones que allí se celebraban.

Casa del pueblo. Fachada del salón teatro de la calle Gravina. Autor desconocido. Publicada en la revista semanal ilustrada Acción Socialista. Año II, núm. 42. Madrid, 2 de enero de 1915


Fue proyectado y construido por D. Mauricio Jalvo, arquitecto que también había realizado las reformas y acondicionamiento del palacio de Béjar para la Casa del Pueblo de la calle Piamonte.
Se inauguró la noche del 29 de abril de 1915. Presidían la mesa el presidente del Consejo de administración, Manuel Charlón, y los señores Timoteo Arroyo, Rafael Ramírez, Rives Moyano y José Villena. Este último se disculpó en nombre de Pablo Iglesias, ausente en la celebración por encontrarse enfermo.
Hubo discursos, entre ellos los muy aplaudidos de los señores Mariano García Cortés, entonces concejal del Ayuntamiento, y de Julián Besteiro, quien aparece en la siguiente fotografía, tomada por Encinas en el momento de su intervención.

Escenario del Salón Teatro de la Casa del Pueblo. Fotografía de Encinas publicada en el diario independiente La Mañana. Año VII, núm. 1959. Madrid, 30 de abril de 1915.


Como podemos apreciar, al fondo del escenario se había colocada la mesa presidencial, con los oradores en los laterales. La mesa más cercana al público era la de los periodistas encargados de redactar la crónica del evento. Los antepechos de los palcos estaban adornados con las 123 banderas de las Sociedades de obreros existentes en la Casa del Pueblo.

Finalizó la inauguración con música. Primero un coro de mujeres interpretó El Esquirol y Vals del obrero; acto seguido debutó el Orfeón de la Casa del Pueblo, dirigido por Isidro Rocamora, cantando La Internacional y La Marsellesa.

El salón de actos y teatro
En la fotografía que encabeza este artículo, tomada al poco de finalizar las obras, vemos una fachada sobria pero elegante, dotada de grandes ventanales que ofrecían luminosidad a las estancias. La escasa superficie que ocupaba había sido aprovechada al máximo, logrando un espacio con capacidad para 3000 personas (otras noticias de la época indican 4000).

La acústica era perfecta gracias a la altura del techo, en el que se colocaron ocho chimeneas para la renovación del aire. La decoración, elegante y en tonos claros. El escenario, en forma de herradura, tenía en la parte alta de su embocadura dos medallones con los retratos al óleo de Jean Jaurès y Max Weber. En los laterales, descansando sobre el suelo de la sala, dos columnas con los bustos de Karl Marx y Pablo Iglesias.

Todos los trabajos de construcción y decoración fueron realizados por obreros y artistas asociados a la institución. Por fin, después de arrendar otros teatros para los mítines que no tenían cabida en su salón de actos, contaba ahora con un gran salón teatro. El de la calle Piamonte pasó a denominarse “salón pequeño” y en él se celebraban reuniones y juntas. Sirva este anuncio de julio de 1915 como ejemplo:



El jueves 6 de mayo, pocos días después de la inauguración del edificio, se celebró la inauguración artística con una velada magnífica en la que intervinieron, entre otros, la actriz Carmen Cobeña, con una interpretación del entremés de los hermanos Álvarez Quintero El chiquillo; la tiple Lucrecia Arana, cantando varias romanzas; los actores cómicos Ruiz y Fuentes, que interpretaron el diálogo También la gente del pueblo… y el disparate cómico-musical Filipo, acompañados por artistas de la Casa.

El actor Enrique Borrás recitó el monólogo La huelga de los herreros y el Orfeón Socialista estrenó la selección coral “a voces solas” Perfumada primavera.
Dos días después, el 8 de mayo, se celebró el XVI aniversario de las jornadas de ocho horas con el siguiente programa:

El Globo. Año XLI, núm. 13603. Madrid, 6 mayo 1915

Y así fueron pasando los años. El salón teatro continúo celebrando indistintamente mítines, reuniones y espectáculos artístico-musicales.

En octubre de 1916, se celebró una velada teatral organizada por el grupo Salud y cultura, de la Sociedad de excursionistas de la Casa del Pueblo. La nueva Sociedad Jacinto Benavente puso en escena Los intereses creados y la comedia de Vital Aza La praviana. El propio Jacinto Benavente recitó el prólogo de La ciudad alegre y confiada.

Curiosamente, el 25 de febrero de 1917 el salón teatro aparece publicitado como «TEATRO LIBRE (Gravina, 15, Casa del Pueblo)». En aquella ocasión hubo sesión doble de la exitosa comedia Tortosa y Soler, de Abati y Reparáz, y dos especiales: El noveno mandamiento, de Miguel Ramos Carrión y El místico, traducción de Joaquín Dicenta.

El 29 de abril, la Sociedad El Progreso, Cooperativa de Cocheros y “Chauffeurs” de Madrid celebró una velada en la que se puso en escena la comedia La nobleza, de Ángel Martín y Martín, y el boceto de comedia Amor selva, del mismo autor.

En 1918, después de un año intenso en mítines y manifestaciones, el Consejo de administración de la Casa del Pueblo organizó una velada artístico-musical y propagandística para conmemorar el fin de la guerra europea y el triunfo de las democracias socialistas.

En marzo de 1919, la Compañía Guerrero-Mendoza actuó en el salón teatro con la obra de Echegaray El gran galeoto.

La situación político-social de los años veinte propició las reuniones de gran envergadura y los mítines multitudinarios. Las funciones artísticas se hicieron menos frecuentes; aun así, en abril de 1922 se celebro una velada literario-musical para conmemorar el XXXVI aniversario de la fundación de la Sociedad de Socorro de Ciegos y el XI de la creación de su bandera.

Más tarde, en el mes de noviembre, durante el Congreso Nacional de la Unión General de Trabajadores que allí se celebraba, un grupo de obreros comunistas apuñalaron a uno socialista e hirieron con disparos a otros tres.




El 9 de diciembre de 1925 fallecía Pablo Iglesias Posse. Desde la Casa del Pueblo se acordó instalar la capilla ardiente en el salón pequeño, organizando la entrada por la calle Gravina y la salida por la de Piamonte. Con este suceso también fenecía el gran salón-teatro.

A mediados de enero de 1926, y a poco más de un mes del fallecimiento del padre del socialismo español, el edificio era convertido en cinematógrafo.


Cine Gravina: «El cine selecto y familiar»
Después de las obras de remodelación que aumentaron la capacidad del salón teatro de la Casa del Pueblo en 1500 localidades, el empresario Sr. Anich (o Amic) lo acondicionaba para la proyección de películas. Además, se anunciaba que contaría con “la mejor orquesta de Madrid”.
El nuevo local, decorado con sencillez y buen gusto, era el único de la zona destinado a la proyección de películas.

La noche del 17 de enero de 1926 reabría sus puertas con la denominación de «Cine Gravina». Así fue anunciado en la prensa:


La tarde del 20 de enero se estrenaba exclusivamente en esta sala “la primera zarzuela cinematográfica” Amapola (La gitana), con guion y dirección de José Martín y decorados de José María Torres. Uno de sus intérpretes, el niño madrileño Alfredo Hurtado «Pitusín», asistió al estreno como reclamo y para recibir la ovación de sus paisanos.






«Pitusín» ya era conocido en la pantalla y tenía muchos admiradores. Su anterior participación cinematográfica había sido en la “cinecomedia de la época moderna” El Lazarillo de Tormes, producción de Atlántida Films, bajo la dirección de Florián Rey y con fotografía de Alberto Arroyo. Su estreno se verificó el lunes 21 de diciembre de 1925 en el Real Cinema y Príncipe Alfonso.







Amapola estuvo varios días en cartel. Después se proyectó El ladrón de Bagdad, interpretada por Douglas Fairbanks. Fueron muy habituales los filmes de la FOX en las que intervenían los actores Tom Mix y Shirley Masson. También las proyecciones por episodios, en su mayoría del género wéstern.



El 27 de febrero se proyectó Nobleza baturra, acompañada por una colosal rondalla y los cantadores mañicos Amelia Forcés y Domingo Martínez. En abril, Las entrañas de Madrid, adaptación cinematográfica de la novela de Pedro de Répide El Madrid de los abuelos, producida y dirigida por Rafael Salvador. Estuvo acompañada por un cuadro flamenco.

Y si alguna vez hubo peleas y hasta disparos en el salón-teatro de la Casa del Pueblo, en el novísimo cine también se dieron bastantes puñetazos en febrero de 1927 con la celebración de un campeonato de boxeo. También se celebró en el Price.



En 1928, los espectadores disfrutaron de la mítica producción de George Kleine, QUO VADIS?. Este filme había sido estrenado en el Teatro de la Zarzuela el 18 de mayo de 1913.

El 27 de octubre de ese año, el Heraldo de Madrid lanzaba en su página de cine y teatro la siguiente noticia:



En noviembre del mismo año se proyecto El dos de mayo de Ediciones Buchs-Forns, acompañada de una banda militar.




Después llegaron otras representaciones de las que ofrecemos dos anuncios publicados en la prensa.

Sábado 17 de noviembre de 1928

Sábado 24 de noviembre de 1928

Los primeros días de diciembre se proyectó Gigantes y cabezudos, producción de Atlántida Films dirigida por Florián Rey. Debutaba el cuadro aragonés El Pilar y la rondalla Ramírez. Hubo graciosos cuentos baturros por El tío Matraco.




Muchas otras producciones nacionales y extranjeras pasaron por la pantalla del cine Gravina; pocas veces se trataba de estrenos, pero eran filmes que habían logrado cierto éxito.

A mediados de diciembre ya se rumoreaba que el cine se convertiría en teatro y que en él actuaría la Compañía de Bové-Torner. Y así fue, los primeros días de enero de 1929, el cine Gravina cambiaba su nombre por el de Teatro Pérez Galdós.


Cinema Teatro Pérez Galdós
Las noticias sobre su inauguración son confusas, para unos se verificó el viernes 11 de enero de 1929 y para otros el sábado 12. Más confusa aún es su condición de teatro, ya que en él se continuaron proyectando películas bajo la denominación de Cinema; por consiguiente, debemos aclarar que aquella renovada sala de la Casa del Pueblo era el Cinema-Teatro Pérez Galdós.

En el citado artículo, su autor se confunde al identificarlo sólo como teatro, posiblemente por la noticia que daba cuenta de su inauguración, en la que podía leerse:
«APERTURA DEL TEATRO PÉREZ GÁDÓS. ¿Hablábamos de la crisis teatral madrileña? Pues desde anteayer estamos con un coliseo más: el teatro Pérez Galdós, situado en la calle Gravina, donde ha desplazado un cine. Una pantalla menos y un escenario más…».
La Voz. Año X, núm. 2510. Madrid, 14 de enero de 1929
Lo cierto es que, como veremos más adelante, a los pocos días de ser inaugurado hubo sesión de cine. No se equivocaba Arturo Mori cuando decía en el diario gráfico La voz de Aragón del 6 de enero de 1929: «En fin, tendremos, por ahora, un teatro Pérez Galdós, del que no sabemos si será cine o no, pero sí que lo ha sido durante bastante tiempo».

Independientemente de esto, debemos tener en cuenta que durante muchos años el pueblo madrileño siguió identificando la sala como cine, incluso la orquesta del teatro siguió denominándose «del cine Gravina». En las guías, el Pérez Galdós aparecía en la sección de Cinematógrafos con la denominación de «cine» en el caso de la Guía industrial y artística del centro (1932), y como «cinema» en Faro-Guía de Madrid y su provincia (1935).

La noche de la inauguración del renovado coliseo se representó Marianela, adaptación de los hermanos Álvarez Quintero. Tal y como habían adelantado los periódicos, la Compañía del teatro estaba formada por Laura Bové y Luis Torner. El empresario, al no encontrar otras referencias, debió ser el citado José Luis Carballeda.

Días después, el 22 de enero, se proyectaba en su pantalla el gran éxito del momento, la película muda ¡Viva Madrid, que es mi pueblo!, de Fernando Delgado de Lara (Exclusivas Orozco, 1928). Se había estrenado con gran éxito el 5 de noviembre de 1928 en el Cine Avenida.






El sábado 26, se proyectaba otro gran éxito de Fernando Delgado: Ruta gloriosa, con guion y fotografía de Leopoldo Alonso (1925). Fue el primer filme de aventura y bélico dedicado a los aviadores militares de España.




Entre una proyección y otra hubo teatro. La Compañía Bové-Torner puso en escena la comedia en tres actos Mujeres del día, de Emilio Gómez de Miguel.

En febrero, además de un filme de Charlot, se repuso La verbena de la Paloma, versión cinematográfica de la zarzuela homónima dirigida por José Buchs (Atlántida Films, 1921).

En las páginas de información teatral del Heraldo de Madrid del 22 de mayo de 1929 se rumoreaba:
 «Que de nuevo abre sus puertas el teatro de la calle de Gravina, que tan efímeramente funcionó con el nombre de teatro Pérez Galdós».
Aunque puede prestarse a confusión, el rumor venía a decir que un teatro con tan digno nombre no merecía representar un espectáculo que se ajustaba más a la figura de un recio militar como Gravina. Nos referimos a El oro del ring, sainete acompañado de un combate de boxeo.




A partir de 1930 hubo en el cinema teatro actuaciones de aficionados. En junio se celebró una función benéfica en la que se representaron las obras en un acto Coba fina y El poeta de la guardilla; también se estrenó Vida nueva, sainete en un acto de Francisco de Pablos y Apolinar Sanz; este último, director de la Compañía.

También lo hizo en enero de 1931 el cuadro artístico de la Casa de Castilla de Madrid con la representación de El genio alegre, obra de los hermanos Álvarez Quintero. Meses después representarán Marianela.

En su condición de cine y teatro, y recordando sus tiempos como salón de actos de la Casa del Pueblo, la Sociedad de Carpinteros de la edificación celebró el XXXVIII aniversario de su fundación proyectando una película cómica seguida de varios discursos, cuadros artísticos, monólogos y variados grupos musicales.

El año concluyó con la más madrileña de las veladas. La Agrupación madrileña Casa de los gatos, que tenía su sede en la calle de la Bola, 2, principal, celebró un festival en el que hizo su presentación el «Cuadro artístico de la Escuela teórica práctica de Declamación» de aquella entidad.

Más festejos hubo en 1932, como la celebración de la Semana Gallega o la velada teatral de la agrupación artística del Arenas Sporting Club. También conferencias, como la impartida por el escritor, periodista y afamado conferenciante Federico García Sanchís quien llenó el teatro en beneficio de la Agrupación Sindical de Empleados de Seguros.

Y continuaron las proyecciones cinematográficas combinadas con números artísticos y musicales. Así, en julio de ese año se proyectó la película La casa de la Troya, seguida por los coros de la agrupación Anaquiños d’a Terra y baile de munieira.

En 1933, la Sociedad de Propietarios, Comerciantes y Vecinos del Cerro de la Cabaña (Ciudad Lineal) celebró una velada teatral para homenajear a D. Julián Amorós Millares, director del cuadro artístico de la agrupación. Intervino la orquestina de la Sociedad cultural recreativa La Libertad y el barítono Francisco Martí.

Muchos fueron los aficionados que actuaron en el escenario del Pérez Galdós, en ocasiones con la intervención de artistas famosos. Y muchas las películas que allí se proyectaron, la mayoría pasadas de moda.

Los años siguientes fueron menos las proyecciones de películas y las representaciones teatrales de aficionados. El cine-teatro recuperó su condición de salón de actos para mítines.

En abril de 1935 el cinema-teatro Pérez Galdós, conocido nuevamente como teatro de la Casa del Pueblo, cerraba sus puertas definitivamente.

En la actualidad, en el espacio que ocupó el salón-teatro de la Casa del Pueblo, podemos encontrar un edificio de la década de los cincuenta del siglo pasado, con posteriores remodelaciones de la década de los ochenta. Corresponden a los portales 21 y 21 A de la calle Gravina, nueva numeración desde 1931.


Imagen de Google maps


Conclusión
El título del artículo publicado en Madridiario puede sugerir que Galdós contó con un teatro de la talla del Español o del María Guerrero (nombre con el que se quiso bautizar al salón-teatro en un primer momento). Como hemos visto, eso no fue así. El cinema-teatro Pérez Galdós daba nombre al salón-teatro de la Casa del Pueblo, como antes lo había hecho el cine Gravina.

Bien que no hubiese gustado -y también nos hubiera pesado-, saber que en Madrid existió un coliseo con el nombre de nuestro recientemente nombrado hijo adoptivo. La piqueta, instrumento que durante siglos ha borrado parte de la historia urbana madrileña, no solo hizo desaparecer aquel espacio sindical sino también muchos de los lugares que el escritor habitó durante sus casi sesenta años de vida en nuestra ciudad.

No os aflijáis, Galdós no tuvo teatro sino una sala que llevó su nombre por breve tiempo. Aquel edificio nació como salón-teatro de la Casa del Pueblo hasta su confiscación y en nuestra memoria quedará como eso que fue.



Bibliografía y Cibergrafía

[1] Castro, A. (11 de agosto de 2020). Y Pérez Galdós se quedó sin teatro. Madridiario. Recuperado de:
https://www.madridiario.es/perez-galdos-se-quedo-sin-teatro?fbclid=IwAR2EuCgQvAd7vl00Shng_hiEvzZVu6BESTMZ0BUaMiF9foMVZaYLjMvM-B0

Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor.

Todo el contenido de Historia urbana de Madrid está protegido por:







En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2020) "De Salón-Teatro de la Casa del Pueblo a Cinema-Teatro Pérez Galdós. Madrid, 1915-1929", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/ ISSN 2444-1325

o siga las instrucciones en Uso de Contenido.

[VER: "Uso del Contenido"]

• Citas de noticias de periódicos y otras obras, en la publicación.

• En todas las citas se ha conservado la ortografía original.
• De las imágenes:

Muchas de las fotografías y otras imágenes contenidas en los artículos son de dominio público y correspondientes a los archivos de la Biblioteca Nacional de España, Ministerio de Cultura, Archivos municipales y otras bibliotecas y archivos extranjeros. En varios casos corresponden a los archivos personales del autor-editor de Historia Urbana de Madrid.

La inclusión de la leyenda "Archivo HUM", y otros datos, identifican las imágenes como fruto de las investigaciones y recopilaciones realizadas para los contenidos de Historia Urbana de Madrid, salvaguardando así ese trabajo y su difusión en la red.

Ha sido necesario incorporar estos datos para evitar el abuso de copia de contenido sin citar las fuentes de origen de consulta.



© 2020 Eduardo Valero García - HUM 020-014 MADGALDÓS
Historia Urbana de Madrid
ISSN 2444-1325




domingo, 21 de junio de 2020

Benito Pérez Galdós en el Día Mundial de la Música

En el cuarto principal de la calle de la Montera, 59, la afamada corsetera Carolina Wagner confeccionaba corsés para las damas de la alta sociedad madrileña desde 1852. Muy cerca de su taller, en la calle del Olivo, el joven periodista Benito Pérez Galdós dedicaba unas palabras a otro Wagner, al compositor.

Coincidiendo con el Día Mundial de la Música, que se celebra este 21 de junio, transcribimos dos textos de Benito Pérez Galdós. Recordemos que el novelista, además de melómano, tocaba el piano y el harmonium.




Durante su etapa como periodista y, tiempo después, como columnista para La Prensa, de Buenos Aires (Argentina), escribirá exquisitas críticas en las que se evidencian sus conocimientos sobre la música y su condición de cronista de cuanto acontecía en el panorama musical del Madrid decimonónico.


Una crítica a La marcha del Tannhäuser, de Wagner

La Nación, domingo 22 de junio de 1865

La banda militar ofrecía un concierto variado en el Teatro de Rossini de los Campos Elíseos. Días antes se había interpretado Il Profeta. Era costumbre que después de las funciones se lanzaran fuegos artificiales en la gran plaza.




Una débil lluvia caía desde hacía uno días sobre Madrid. A pesar de que en primavera los conciertos se celebraban al aire libre, la banda militar se vio obligada a hacerlo en el teatro. Así lo contaba el joven periodista:
Aquí pasamos unos días infernales; una lluvia menuda o impertinente cae desde hace cuatro días sobre Madrid, molestando a todo el mundo, impidiendo los paseos y ensuciando las calles. Los catarros están a la orden del día: este tiempo detestable desarrolla una infinidad de enfermedades, que apuran la paciencia del que las padece, y pone en tortura al que no es agraciado con una confortable biliosa o unas calenturas gástricas.
El último concierto estuvo desanimado; el frío de la noche impidió que pudiera hacerse al aire libre, y al trasladarse la orquesta al teatro se le quita a dicha función todo su carácter.
Los Campos Elíseos han perdido parte de su atractivo, a causa del mal estado del piso que las lluvias han hecho intransitable.

La banda militar tenía muy buena reputación y sus interpretaciones eran magistrales; nadie lo ponía en duda, ni el propio Galdós:
Nada diremos de la orquesta. Tocó como siempre; es decir, con una maestría, un aplomo y una precisión extraordinarias.

En los conciertos de esos días habían ejecutado las piezas que Galdós cita: «Las sinfonías de Robert Bruce, por Rossini; de Freitzchits, por Weber; y de La Mutta di Portici, por Auber; La Invitación al walls, de Weber; El Trenolo, de Strauss; El Tótico y el Tren express, de Musard; y la Marcha del Taunhanser, de Wagner».

De esta última hará una breve y humorística crítica:
La marcha de Wagner sorprendió por su gran originalidad y por el excesivo y molesto estrépito que produce en ella la instrumentación de metal. Esta música del porvenir será muy buena, pero preferimos la del presente, que no aturde tanto, ni produce dolores de cabeza. Si los músicos que han de venir siguen este camino, sucederá que encallecidas las orejas del auditorio con tan estrepitosa algarabía, necesitará una enorme dosis de ruido, y a las orquestas se añadirá con el tiempo un melodioso cañón de a ochenta.




En la columna Revista de Madrid del 8 de junio del mismo año, ya había dado su opinión sobre la «música del porvenir»:
No se crea que Guillermo Tell es una ópera concienzuda y profunda, en que la ciencia es todo y la inspiración escasa: no. Esta obra está escrita con la misma espontaneidad que el Barbero de Sevilla. Hay ciencia, pero esta ciencia está al servicio de la creación simple; la adorna, no la oscurece, es lo accidental y no lo esencial, como sucede en la música llamada impropiamente del porvenir, en esa música jeroglífica que Wagner y Berlioz presentan al auditorio a manera de enigma o problema, cuyo mérito consiste en no ser descifrado.

Pero el joven periodista no era el único que criticaba la obra de Wagner. El mismo día 22, en la columna Correspondencia de el diario El Contemporáneo se transcribía lo que había dicho un escritor alemán:
Ricardo Wagner acaba de tomar en Munich una revancha del ruidoso fiasco del Taunhauser en la Opera de París. Su ópera Tristan é Isault ha obtenido un éxito completo. El joven rey de Baviera aplaudía con entusiasmo, dice un testigo presencial. Pero Wagner no por eso deja de conservar en Alemania obstinados detractores; he aquí lo que dice un escritor alemán respecto a la impresión que ha esperimentado:
«Para juzgar mejor el efecto cerré los ojos durante una escena del segundo acto. De repente me pareció oír el ruido de un regimiento de caballería al galope, que cayese sobre un centenar de mujeres indefensas; una espantosa confusión de gritos, truenos y cañones. Abrí los ojos y ¿qué era todo aquello? un suspiro de Isault.»


Conciertos en Madrid

La Prensa, miércoles 3 de marzo de 1886

Habían pasado casi 21 años desde la crítica a Wagner y la música del porvenir. Una nueva primavera estaba a punto de llegar y con ella los espectáculos al aire libre y los alegres carteles de circos y teatros de verano.
Madrid vivía bajo la regencia de María Cristina de Habsburgo; a un mes de la celebración de Elecciones generales, y a escasos dos meses y medio del nacimiento de Alfonso XIII. A esto sumemos la elección de Galdós como diputado por el distrito de Guayama (Puerto Rico) el 5 de mayo de 1886. Jurará o prometerá su cargo el 11 de junio.
En aquel ambiente de Restauración daba conciertos el violinista Pablo Sarasate. Lo hacía en el Circo de Rivas, acompañado por la orquesta de la Sociedad de Conciertos.
El violín no es ya para Sarasate un instrumento, es un órgano, un sentido, algo que tiene su propia carne y sus propios nervios, y puede traducir al exterior su propia alma; lo que más sorprende y cautiva en él es cómo saca de aquellas cuerdas los sonidos, más dulces, claros y transparentes, digámoslo así, que se pueden oír.
La pureza de su estilo es tal que no hay palabras, con que ponderarla. La misma voz humana en su expresión más perfecta, resulta bronca y desapacible comparada con aquellos acentos verdaderamente celestiales. Juntamente con este don, posee el de una ejecución que parece imposible.

Añadía Galdós:
El domingo último dió su primer concierto de los tres anunciados, en el Circo de Rivas, acompañado por la magnífica orquesta de la «Sociedad de Conciertos», que hace veinte años viene ejecutando allí todas las primaveras la música sinfónica del repertorio clásico. Las apreturas eran tan grandes en el teatro, que el público sobrante se situaba en las escaleras y se estacionaba en las puertas. Era uno de esos llenos que espantan; pero que hacen estremecerse de satisfacción a los empresarios. Sarasate tocó un gran concierto de Beethoven y otro de Mendelsohn.

Antes de comenzar la transcripción de la segunda parte de su columna para la prensa argentina, damos unas breves pinceladas históricas sobre la Sociedad de Conciertos y el Teatro de Rivas.

Sociedad de Conciertos
Galdós indica que la orquesta llevaba veinte años realizando conciertos. No se equivoca; sin embargo, hay que puntualizar que la Sociedad fue fundada aquel año de 1886, tal como se hace referencia en el libro Benito Pérez Galdós. La figura del realismo español:
«… en 1886, los compositores Barbieri, Gaztambide y Chueca fundarán la Sociedad de Conciertos de Madrid, renovada orquesta que absorberá a la antigua Sociedad Artístico Musical de Socorros Mutuos (1860-1866). La nueva Sociedad, de régimen cooperativo, será la primera orquesta sinfónica de España. En 1903, muchos de sus integrantes fundarán la Orquesta Sinfónica de Madrid». [1]

Circo de Rivas
Era el circo de los varios nombres. Había sido construido por el empresario Simón Rivas, de ahí su primitivo nombre. Estaba situado en el Paseo de Recoletos, entre la calle de Bárbara de Braganza y la plaza de Colón, muy cerca del de Price.
Se le bautizó como del Príncipe Alfonso en honor del que sería Alfonso XII y en 1870 pasará a llamarse Teatro Circo de Madrid, pero muchos lo seguirán llamando del Príncipe Alfonso.
Decía Pedro de Répide
«Era el Príncipe Alfonso, que empezó siendo circo, construido por don Simón de las Rivas, y con cuyo apellido hubo de ser conocido primitivamente. El Teatro del Príncipe Alfonso tuvo la importancia musical de las audiciones de la Sociedad de Conciertos, bajo la dirección de Mancinelli, de Bretón y de Jiménez, y era otro escenario de ópera, en el cual hubo estrenos considerables, como el de La Bohéme, de Puccini, que por cierto no gustó al ser oída como novedad».

De la recopilación de artículos para La Prensa realizados por Alberto Ghiraldo, ofrecemos un fragmento del titulado La Música. Corresponde a Arte y crítica, segundo volumen de Benito Pérez Galdós. Obras inéditas (1923).


LA MÚSICA
II
Esta es la época de los grandes conciertos. Ya la ópera, al comenzar marzo, principia a decaer. Es diversión de invierno, y le dan abrigo y vida las condiciones arquitectónicas del teatro Real, que tiene algo de estufa.
En cambio, los conciertos clásicos respectivos, celebrados en local ancho, ventilado y sin gas, son flor y fruta de primavera. Atraen mucha gente, y los melómanos, que aquí abundan tanto, hallan en ellos inefables goces. Veinte o más años lleva de existencia la «Sociedad de Conciertos», y cada vez es más robusta su existencia. Compónese de músicos de primer orden, de lo más granado en el arte, y está constituida como una sociedad industrial, de modo que los grandes beneficios que obtiene se distribuyen a prorata entre los socios y no van a pasar al profano bolsillo de un empresario. Admirable muestra del espíritu de asociación, la «Sociedad de Conciertos» rinde culto al Arte en la forma más propia. Allí el trabajo y la destreza artística tienen galardón cumplido.
Gracias a ella nos hemos ido familiarizando con todo el repertorio clásico de música sinfónica hasta tal punto, que bien podemos jactarnos de conocer a Beethoven casi lo mismo que se le conoce en Viena.
La ejecución es admirable, cuidadosa, perfecta. Desde que la «Sociedad» inició sus trabajos dando a conocer la gran «Sinfonía Pastoral» hasta el año último, en que se tocó por primera vez la «Novena Sinfonía» con casi toda la vasta creación del más insigne de los compositores orquestales, todo lo ha interpretado de un modo magistral. No sólo hemos conocido las grandes obras sinfónicas, sino las sinfonías de óperas que no se cantan y los trozos más notables del «Egmont» y el «Prometeo».
El maestro Barbieri fue el iniciador de esta Sociedad y el que dirigió los primeros conciertos clásicos. A él se debe sin duda la introducción en España de este arte admirable, no igualado por nadie ni en ninguna parte desde que feneció el más moderno de los maestros alemanes: Mendelsohn. A los pocos años púsose al frente de la Sociedad el célebre Monasterio, después la dirigió el maestro Vázquez, y en la actualidad, la batuta está en manos del maestro Bretón, compositor joven y de mucho aliento, recientemente pensionado por nuestro Gobierno en Roma y Viena.
El repertorio de estas escogidas solemnidades es puramente clásico. Lo constituyen, en primer lugar, la trinidad que podríamos llamar «santísima», de la religión musical: Haydn, Mozart y Beethoven. Siguen tras estos dioses los insignes patriarcas y ángeles mayores: Weber, Mendelsohn, Schumann, Schubert, y los profesores Cherubini, Glucks y Handel.
Se admiten también obras de compositores modernos, del género sinfónico, y en tal concepto Meyerbeer, Wagner, Litz, Berlioz, Joumod, David y aún el mismo Souppé suelen sentarse a la mesa sagrada.
Me recuerdo como si fuese ayer del primer concierto dado por la «Sociedad», el cual fue como una revelación para nosotros; mostrábanos un mundo nuevo, lleno de encantos y de purísimos deleites.
Oímos entonces por vez primera la «Sinfonía Pastoral», la del «Canto Magio», de Mozart, un andante con variaciones de Haydn, el allegretto scherzando de Beethoven, la marcha de «Tananhausser», de Wagner.
Algunas de estas extraordinarias piezas se han hecho después casi populares entre nosotros. Tras la «Pastoral» conocimos la «Heroica», y todas las que componen la inmortal corona de aquel músico sin par.
El «Septeto», que siempre se toca entre tempestades de entusiasmo, se nos reveló bastante más tarde.
De Mendelsohn hemos oído hasta la saciedad «El sueño de una noche de verano» y las tres magistrales oberturas de Weber, a saber: «Freychutz», «Oberon» y «Euriavthe» han llegado a sernos familiares.
Las «Siete Palabras» y algunos trozos de los «Oratorios», de Haydn, han sido engarzados en estas coronas de admirables joyas. Mozart ha llevado a ellos sus andantes dulcísimos; Listz, su impetuosa inspiración; Gluks, su severa poesía, descollando siempre, a juicio mío, Beethoven, conjunto asombroso de todas las cualidades, el numen más robusto, más original, más vario, más atrevido, más patético que Euterpe ha echado al mundo. Lo tengo por el más grande de todos los músicos, y sus obras me parecen la cantera de donde manos hábiles han extraído todas las óperas que se han compuesto en lo que va de siglo. Él trabajó para los demás y creó el arte de sus sucesores. Elevando la sinfonía a un mayor esplendor y dándole todo el desarrollo posible, dejó en ella los gérmenes de la composición dramática en todos sus matices. Su gran «Septeto», adaptado a orquesta por Monasterio, es, a mi parecer, la cúspide de la inspiración musical y el punto más alto a que puede llegar entre los humanos la interpretación o la adivinación de lo divino.
En estos conciertos hemos conocido también las piezas sinfónicas de Meyerbeer, escritas en ese estilo vigoroso, dramático que le caracteriza. La obertura de «Strnensés», que algunos llaman «La reina de las Sinfonías», y además la «Polonesa» y los «Intermedios» apenas se tocan ya, porque se han oído demasiado, si bien estas cosas no envejecen nunca. Lo mismo pasa en las marchas de «Schiller» y «De las Antorchas».
La «Rapsodia húngara», de Listz, arrebató hace años. Ya se toca rara vez. No pasa esto con la sinfonía «Pastoral» y el «Septeto», de Beethoven, que se han de ejecutar todos los años, so pena de que la «Sociedad» incurra en las iras del público. El tan discutido Wagner ha dado muchos triunfos a nuestros concertistas. «Tannhausser», «Lohengrin» y los «Nibelungos» han tenido ecos grandiosos. Es un lindo atleta que sorprende con su esfuerzo muscular.
Se le ve levantando montañas y venciendo dificultades que anonadan. De tiempo en tiempo, para refrescar los ánimos, «La Sociedad» vuelve los ojos a las puertas del Arte y pone sobre los atriles al paternal, bondadoso y afabilísimo Haydn.
Es éste un señor muy bueno, tranquilo, discreto cual ninguno; que jamás se propasa, que dice las cosas claras, limpias, ingeniosas y sin malicia. Se está viendo, al oirle, la peluca con rizos que no se descompone nunca. Su estilo es cortesano, natural, gracioso y lleno de urbanidades. Parece que está saludando siempre. En Mozart se halla inspiración más alta y no menos elegancia que en el viejo Haydn.
Es patético, de una variedad inagotable, de infinitos recursos, dulce y apasionado, reformador y castizo a la vez. Luego viene el gigante, el que con su inspiración indómita trastorna todo el edificio musical y vuelve lo de arriba abajo, el gran reformador, el que contraviene las reglas viejas y las hace a su gusto cuando quiere, el que sabe sacar de los instrumentos todos, absolutamente todos, los acentos de las pasiones humanas, desde la alegría loca al furor demente, el que interpreta el cielo y la tierra, imitando ayes de dolor humano y de éxtasis que apenas tienen una cláusula con que expresarse. Tal es Beethoven, temperamento rudo y despótico, el más grande de los músicos y el primero de los sordos célebres, pues sin oído oyó cuanto se puede oír y supo transmitir al pentagrama todo ideal que es posible concebir por medio del sonido.
«La Sociedad de Conciertos», deseando alentar a los músicos españoles que no han tenido miedo a las numerosas dificultades del arte sinfónico, nos ha dado a conocer felices ensayos de los maestros Marqués, Chapí, Espadeso, Monasterio, Bretón, Valle y de otros, obras estimables que merecen sinceros elogios. «La Sinfonía Ménica», de Chapí, es digna de una corona. Esta y alguna pieza del maestro Marqués han sido aplaudidas en Munich y Viena.
Este año los conciertos están, como siempre, concurridísimos. Los afortunados empresarios, que son los mismos músicos, no tienen que caldearse la cabeza por discurrir la manera de atraer gente. El público se disputa siempre las localidades, y hay que andar a veces a tropezones para adquirirlas. La ejecución de las piezas es perfecta hoy como el año pasado y todos los años. He aquí un modelo de empresas.
Los músicos hacen maravillas por la cuenta que les tiene. El público los favorece, los acaricia, y la única majadería que se permite ante ellos es hacerles repetir las piezas que más le agradan.
Feliz arte, felices empresarios y felices dilettantis, de cuya concordia y armonía resulta una serie de festividades que tengo por la mejor prueba de cultura del Madrid moderno y que deben perpetuarse por los años de los años, sin que el tedio las enfríe ni las revoluciones las interrumpan.
Benito Pérez Galdós. Madrid, 3 de marzo de 1886


Finalizamos este homenaje al Día Mundial de la Música, y en memoria de Benito Pérez Galdós, con el cortometraje  «José Fraguas interpreta a Pablo Sarasate» (Arantxa Aguirre, 2017).






Dedico este artículo al excelso violinista José Fraguas.

Eduardo Valero García
Madrid, 20 de junio de 2020



Bibliografía y Cibergrafía

[1] VALERO GARCÍA, Eduardo, 2019. Benito Pérez Galdós. La figura del realismo español. Valencia: Editorial Sargantana, p. 223. ISBN: 978-84-17731-36-6 https://www.benitopérezgaldós.com/

Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor.

Todo el contenido de Historia urbana de Madrid está protegido por:






En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2020) "Benito Pérez Galdós en el Día Mundial de la Música", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/ ISSN 2444-1325

o siga las instrucciones en Uso de Contenido.

[VER: "Uso del Contenido"]


• Citas de noticias de periódicos y otras obras, en la publicación.
• En todas las citas se ha conservado la ortografía original.
• De las imágenes:
Muchas de las fotografías y otras imágenes contenidas en los artículos son de dominio público y correspondientes a los archivos de la Biblioteca Nacional de España, Ministerio de Cultura, Archivos municipales y otras bibliotecas y archivos extranjeros. En varios casos corresponden a los archivos personales del autor-editor de Historia Urbana de Madrid.

La inclusión de la leyenda "Archivo HUM", y otros datos, identifican las imágenes como fruto de las investigaciones y recopilaciones realizadas para los contenidos de Historia Urbana de Madrid, salvaguardando así ese trabajo y su difusión en la red.
Ha sido necesario incorporar estos datos para evitar el abuso de copia de contenido sin citar las fuentes de origen de consulta.



© 2020 Eduardo Valero García - HUM 020-013 MADGALDÓS
Historia Urbana de Madrid
ISSN 2444-1325

miércoles, 17 de junio de 2020

Galdós, el joven periodista. La Gran Pastelería Nacional de la Puerta del Sol y el convento de las Vallecas. Madrid, 17 de junio de 1866

Tal día como hoy, 17 de junio, pero del año 1866, se publicaba en el diario progresista La Nación la columna Revista de la Semana, del joven periodista Benito Pérez Galdós.

Los temas tratados aquella semana iban desde la visita a una exposición en el Jardín Botánico hasta los conciertos de los Campos Elíseos, pasando por las comparaciones entre las proezas navales de Méndez Nuñez en Sudamérica con las mayorías absolutas y pactadas del Congreso de los diputados. Y entre otros temas, los dos que transcribimos en esta efemérides. El primero, cargado de la ironía y humor propios del escritor, trata del Ministerio de la Gobernación; en el segundo, Galdós nos habla del convento de las Vallecas y un teatro que allí se iba a construir.




La "Gran Pastelería Nacional" de la Puerta del Sol
En 1866 el joven Galdós vive en una pensión en la calle del Olivo, 9 (actual Mesonero Romanos), a pasos de la Puerta del Sol. Allí, el conocido edificio de la antigua Casa de Correos que entonces era Ministerio de la Gobernación y hoy Presidencia de Gobierno de la Comunidad de Madrid.

Desde tan histórico edificio se dan las campanadas para recibir un año nuevo y, en ocasiones, también se daba y se da la nota.
Pasando por la Puerta del Sol, los madrileños han creído ver sobre la puerta de la antigua casa de Correos un cartel que dice: GRAN PASTELERÍA NACIONAL.
Tal vez sería una ilusión, producida en la mente de los hijos de Madrid por el recuerdo de las palabras del más diabólico de los ministros. Pero si el cartel no existe, no por eso es menor la habilidad del Savary que en aquellas interioridades confecciona grandes castidades de pasteles que los españoles se encargan de masticar.
Ley de imprenta, que manda los periodistas al Saladero, y establece jurados, y embarca en dirección a Filipinas a los convictos de delito de lesa unión liberal. Pastel.
Ley de reuniones, que impide el solaz de veinte personas y considera criminal el vigésimo cubierto. Pastel.
Juego de cubiletes electorales y arreglo con los elegidos, no teniendo en cuenta a los electores. Pastel.
Y por este estilo muchos otros salen de allí calientes y diciendo «comedme», tan sustanciosos y apetecibles como los que no lejos fabrica el aprovechado Cánovas, que dejó de ser ultramarino para pasar a ser guardias de esa caja de Pandora llamada Hacienda, de donde han salido todos los males que andan por España.
Emisión de títulos, treses y demás papeles mojados. Pastel.
Rebaja de sueldos de empleados. Pastel.
Negociaciones con la City de Londres y embrollos económicos, en que el ministro, perdiendo el hilo de los acontecimientos, ha tenido que ampararse de la linterna de Diógenes para bastar un inglés. Resulta que los ingleses son figuras de linterna mágica o espectros luminosos que desaparecen en cuanto maese Pedro apaga su farolillo. Pastel.
Ahorro de unos cuantos miles, suprimiendo un par de universidades. Pastel.
Enfermedad del ministro sacrificado. Enfermedad no localizada aún por los Galenos de La Correspondencia si bien se sabe que no es del estómago, porque el paciente se regala en la mesa de Aranjuez y, aunque un poco aliviado y triste, celebra, con un gaudeamus por monjiles manos confeccionado, los méritos de la Virgen del Olvido. Pastel.
Atentado contra el gabinete. Atentado atroz, inconcebible, propio de caníbales. Unos enormes clavos de herradura se encontraron en los rails, puestos allí por mano malévola con la bárbara intención de hacer descarrilar el tren en que sus excelencias iban al Real Sitio. Pero ¿descarriló? No señor. Pastel.
Una pléyade de hombres públicos, que comienza en O’Donnell y concluye en Ortiz de Pinedo; una serie de documentos que principian en el programa de Manzanares y terminan en el proyecto de las siete autorizaciones. Una comedia de magia que se abre con un coro de 1.700 caballos y da fin con el león apocalíptico de El Espíritu Público; comedia animada por el elemento
joven; de un estilo grave cuando habla Posada, embrollado cuando habla Cánovas, académico cuando habla O'Donnell, andaluz cuando habla Hazañas; comedia cuyo desenlace no imaginaría ni el ilustre Ayala, que también representa en ella. Un rebaño de ovejas descarriadas, que conservan aún la marca del primer dueño.
Un mosaico de todos colores. Un pandemonium, una mescolanza, un totum revolutum. Lo vario, lo multiforme, lo no colectivo, la unión, en fin. ¡Gran pastel!

El convento de las Vallecas y el Teatro del Museo
En 1552 se instalaba en la calle de Alcalá el convento de Nuestra Señora de la Piedad, de monjas bernardas; más conocido como de las Vallecas.

Ricardo Sepulveda, en su libro Madrid Viejo (1887), nos cuenta:
Mediado el siglo XVI, se pensó en el ensanche por el lado oriental, se trazó la calle, paralela a la Carrera de San Gerónimo, con el nombre de calle de los Olivares y de los caños de Alcalá. Al principio no hubo en ella más que tordos matuteros de aceitunas, y asaltadores de alforjas; pero Dª. Isabel I mandó tirar la rasante hasta más allá de los caños, para complacer a las monjas Bernardas de Vallecas, que pedían con muchas ansias trasladar a esta nueva calle su convento, y luego para servir a las Comendadoras de la orden de Calatrava, que vinieron a situarse cerca de las Vallecas, desde Almonacid de Zurita, y en seguida a las Baronesas, Carmelitas Recoletas, y últimamente a los padres Carmelitas descalzos de San Hermenegildo, y no quedó un olivo para un remedio en toda la zona del ensanche, circunvecino al prado de San Fermín.
Acompaña al texto una ilustración de Comba que muestra el aspecto que tenía el convento antes de ser afectado por la desamortización de Mendizábal.




Estaba ubicado en la esquina de la calle Alcalá con Virgen de los Peligros y sus terrenos llegaban por la trasera hasta la calle de Aduanas (antigua calle de San Bernardo). Figura en el plano de Teixeira con el número XXXVIII.




El Museo de Historia de Madrid, a través de Memoriademadrid, sobrevuela por la maqueta de León Gil Palacio y nos muestra la calle de Alcalá y sus conventos.




Galdós cita el solar de las Vallecas y habla de las obras de construcción de un nuevo coliseo que, según llega a sus oidos, se llamará Teatro Principal.
En el solar de las Vallecas se está poniendo la empalizada para dar principio a las obras del teatro que se construirá allí, dirigido por el Sr. Gándara. Nos complace en extremo la idea. Hace falta un teatro bueno, que sustituía al estrecho del Príncipe, al destartalado Circo y al tabernario Variedades. El que en las Vallecas se construya llenará un vacío y prestará inmenso servicio al arte. Aplaudimos de todo corazón la idea, y deseamos que en su realización no hallen los dueños obstáculo de ninguna clase, que la fortuna secunde su plan, y que una vez concluido, obtengan el resultado que apetecen.
Solo una cosa nos disgusta del tal teatro: su título.
¿Qué quiere decir Teatro principal? Nada. ¿Para qué queremos los nombres ilustres de los grandes dramáticos del siglo XVII? Ya que los actuales teatros tienen nombres tan poco significativos como del Príncipe, de Variedades, de Novedades, del Circo, ¿por qué el nuevo no ha de llamarse Teatro de Lope de Vega, Teatro de Calderón?

Lo cierto es que desde 1842 existía en las Vallecas un teatro de la Sociedad Lírico-Dramática y Literaria fundada por Félix López. Se trataba del Teatro del Museo. Según Carlos Cambronero, la primitiva iglesia del convento había sido transformada en teatro y allí se estreno El motín contra Squilache, de Ceferino Suarez Bravo.

En su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico Madrid (1848), Pascual Madoz nos cuenta:
El salón tiene 66 pies de luz y 32 de ancho y el escenario 27 de luz y 42 de largo. Este teatro, en el cual trabaja hoy una compañía lírica bajo la dirección del maestro Don Juan Schoczdopole, contiene unas 600 localidades repartidas en 21 palcos, 96 butacas y 420 lunetas. Las decoraciones en número de 30 casi todas son nuevas. Por circunstancia ajenas a este lugar, la Sociedad Lírico-Dramática formada por el señor López ha ido decayendo de su primitivo esplendor, y en el día el local del teatro está ocupado por una compañía pública que da en él diferentes funciones líricas, que atraen mucha concurrencia.
Es en eso tiempos (1847) cuando se reorganiza la Sociedad con el nombre de Teatro Matritense, pero durará poco tiempo. A finales de esa década el teatro perderá todo su esplendor.

En 1853 el edificio estaba muy deteriorado; de hecho, hacia 1851 se había derrumbado la cúpula y el techo había quedado bastante maltrecho. Además, el estado de la fachada era casi ruinoso.

Según el joven Galdós, allí se construiría otro teatro; sin embargo, desde la década de los cincuenta, las noticias hablaban de la edificación de un hotel con cuatrocientas habitaciones (1854). También de ese año era la propuesta de Mustafá-Muza Almorroens, el famoso comerciante marroquí que vendía dátiles en su comercio de la calle de Alcalá, de construir allí una mezquita. Más tarde, en 1856, se decía que en aquel solar se levantaría una gran Casa de Correos y que la Casa de Postas se vendería para edificar casas sobre sus terrenos.

En mayo de 1866 se había conocido la noticia sobre la venta del solar de las Vallecas al señor Miguel Vicente Roca, director del que sería Teatro Principal de Madrid. En julio del mismo año, La Nación publicaba la siguiente noticia:
«Que no se alce mano. Ayer se empezó a colocar en el extenso solar de las Vallecas, calle de Alcalá, la empalizada o cerramiento para dar principio a las obras de explanación y cimentación necesarias para la edificación del gran teatro principal, que, bajo la dirección del Sr. Gándara y a expensas del actual empresario del coliseo del Príncipe, debe construirse.
Lo celebramos, no solo por lo mucho que ha de embellecer el nuevo edificio un sitio tan importante, y porque viene a satisfacer una necesidad reconocida, cual es la construcción de un teatro capaz para más de tres mil personas, sino porque durante un año van a encontrar trabajo y sustento muchos obreros agobiados hoy por la necesidad».
No hubo teatro. Los terrenos fueron sometidos a un largo pleito promovido por los descendientes de Diego Ramírez de Vargas y Leonarda Valeriola y Covarrubias, fundadores en 1668 de la capellanía que allí hubo y cuyos restos habían sido enterrados en el convento. Los familiares reclamaban los bienes de la capellanía.

La historia de aquel lugar merece un capítulo aparte. Lo que podemos añadir como colofón es que allí estuvo el café de Fornos.

Instaláronse por el pronto en Fornos, y allí esperaron. A la segunda noche fue Leopoldo Montes, y a la tercera D. Basilio, que les encontró discutiendo de qué café se posesionarían definitivamente.
[Fortunata y Jacinta. Parte tercera. Cap.I, Costumbres Turcas. V - pp. 37]



Bibliografía y Cibergrafía

Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor.

Todo el contenido de Historia urbana de Madrid está protegido por:






En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2020) "Galdós, el joven periodista. La Gran Pastelería Nacional de la Puerta del Sol y el convento de las Vallecas. Madrid, 17 de junio de 1866", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/ ISSN 2444-1325

o siga las instrucciones en Uso de Contenido.

[VER: "Uso del Contenido"]


• Citas de noticias de periódicos y otras obras, en la publicación.
• En todas las citas se ha conservado la ortografía original.
• De las imágenes:
Muchas de las fotografías y otras imágenes contenidas en los artículos son de dominio público y correspondientes a los archivos de la Biblioteca Nacional de España, Ministerio de Cultura, Archivos municipales y otras bibliotecas y archivos extranjeros. En varios casos corresponden a los archivos personales del autor-editor de Historia Urbana de Madrid.

La inclusión de la leyenda "Archivo HUM", y otros datos, identifican las imágenes como fruto de las investigaciones y recopilaciones realizadas para los contenidos de Historia Urbana de Madrid, salvaguardando así ese trabajo y su difusión en la red.
Ha sido necesario incorporar estos datos para evitar el abuso de copia de contenido sin citar las fuentes de origen de consulta.



© 2020 Eduardo Valero García - HUM 020-012 MADGALDÓS
Historia Urbana de Madrid
ISSN 2444-1325