miércoles, 30 de marzo de 2022

Los porteros madrileños (III) Las Sociedades de porteros de Madrid. “La Honradez” (1891)

Antes de la Revolución industrial y la economía capitalista, los trabajadores se asociaban en Gremios reguladores de la actividad artesanal de un oficio determinado. Muchos de estos antiguos Gremios fueron desapareciendo entre los siglos XVII y XVIII, y definitivamente en el siglo XIX. La paulatina industrialización y, en consecuencia, la proletarización, fomentaron el nacimiento de las asociaciones de trabajadores. 

Hubo que esperar hasta las postrimerías del siglo XIX para que los porteros madrileños tomasen la iniciativa de agruparse y constituir la primera Sociedad del sector —en parte comparables a las antiguas Hermandades—, con la finalidad de ampararles y cubrir sus necesidades más urgentes. 

La gran variedad de porteros y ordenanzas que existieron en lo público y privado llevaron a la creación de nuevas Sociedades en el siglo XX. Ya conocimos en nuestro primer artículo a los porteros de la Real Biblioteca en el siglo XVIII, pero también estaban los de los Ministerios y los de las casas aristocráticas. Para estos dos últimos se crearon la Asociación General de Porteros de Ministerios Civiles de España (1925) y el Sindicato Católico de Sirvientas y Porteros (1917), respectivamente.  

Los empleados de fincas urbanas del siglo XXI, huérfanos de patronal y sindicato propio, intentan seguir los pasos de sus antecesores aglutinándose en una asociación moderna e identificativa del Gremio al que pertenecen. Un logro que se consolida con la creación de la Asociación de Empleados de Fincas Urbanas de la Comunidad Autónoma de Madrid (EFUCAM), primera en el Madrid de este tercer milenio constituida íntegramente por trabajadores del sector. 

 


 
En esta tercera parte de Los porteros madrileños conoceremos la primera de las dos principales sociedades que formaron parte de la actualidad matritense de otros tiempos. En todo caso, omitiremos referencias al Sindicato Independiente de Trabajadores de Fincas Urbanas (SITFU), ya desaparecido, por no ser el cometido este capítulo. 
 
 
Sociedad de porteros de Madrid “La Honradez”. 
Primeros años.
En febrero de 1891 un grupo de trabajadores del sector celebraban Junta en la que quedaba constituida legalmente la Sociedad de socorros mutuos denominada “La Honradez”, después de haber recibido del gobernador civil la aprobación de sus Estatutos y reglamento. 
 
La Honradez tenía por objeto «estrechar los vínculos de compañerismo entre los individuos de la clase con auxilios en casos de enfermedad, fallecimiento y cesantía». 
Sin sede social en sus inicios, los porteros de la villa y corte podían hacerse socios en las porterías de la plaza de Celenque, 3, y de la calle conde de Aranda, 5. 
 
El domingo 16 de agosto del mismo año, en el café de la calle Barrionuevo, número 8, se celebró la Junta general por la que quedaba definitivamente constituida su directiva. Estos son los nombres de los pioneros fundadores:
 
Presidente: Natalio Fernández 
Vicepresidente: José Fernández Nespral y Coto 
Tesorero: Pedro Regueira 
Contador: Laureano García 
Secretario primero: Ricardo Fernández 
Secretario segundo: Higinio García 
Vocales: Emilio Rodríguez, Hilario Gómez, Ramón Seller, José Castro, Rafael Gómez, Manuel Campa, Mario Villar, José Gallego, Faustino Jimeno y Florencio Iracheta. 
 
Además, en aquel acto se aprobaron las cuentas y se hicieron importantes mejoras en el reglamento, ampliando la asistencia médica a las esposas de los socios. 
La siguiente Junta general se celebró el 7 de agosto de 1892 en los salones de El Obrero Español, en la calle Atocha, 34. En esa ocasión se añadieron nuevas mejoras, como la de jubilar con 1,50 pesetas al socio que hubiera cumplido sesenta y cinco años, además de reintegrar con 70 pesetas para el sepelio al asociado en caso de fallecimiento o el de su esposa. La directiva fue reelegida por unanimidad. 
En 1893 sumaban a estos beneficios la atención médica a la familia de los socios. 
 

Como vemos en la noticia, la Sociedad no tenía una sede fija y en 1893 estaba domiciliada en una tienda de la calle Santa Catalina, número 1. Para las celebraciones de Junta los domicilios también eran distintos, aunque es lógico que así fuese por la necesidad de un espacio mayor para reunir a sus asociados. 
 
La Junta general del 15 de agosto de 1894 se verificó en el salón de actos de la Cámara de Comercio, ubicada en el palacio de la Bolsa. Esto implicaba la reducción de gastos por la que ese año de 1894 suspendieron el cobro de la cuota de afiliación. La Sociedad indicaba que garantizaba su compromiso con los fondos que tenían depositados en la Caja de Ahorros. 
 
En 1895 ya dispondrán de sede social con domicilio en la calle de Hileras, 4, escalera derecha, tercero, izquierda. Allí podían recogerse los pliegos de condiciones y modelo de contratación de la convocatoria pública abierta por el plazo de diez días para la provisión de dos plazas de médico que la Sociedad necesitaba, dotadas con el sueldo de 1.250 pesetas anuales cada una. 
 
A tenor de la siguiente noticia, publicada en El Imparcial de 28 de mayo de 1896, no cabe duda de que, por sus acciones, la Sociedad de socorros mutuos La Honradez llevaba bien puesto el nombre. La elocuencia de sus fundadores no era tan meritoria; la Sociedad de socorros mutuos de los fornidos mozos de cuerda llevaba por nombre el de “El Hércules”. 
 

En noviembre del mismo año destacaba en las noticias por su compromiso social, que iba más allá de sus asociados.
 

 
El nonato Reglamento de Porteros de 1898 
Los primeros días de enero 1898, siendo Gobernador civil de Madrid el popular político Alberto Aguilera, quedó redactado y publicado el reglamento por el que se reorganizaba el servicio de porteros; germen del citado Real Decreto de 24 de febrero de 1908 firmado por Juan de la Cierva y Peñafiel, ministro de la Gobernación. 
Por el reglamento de Aguilera las fincas urbanas quedarían obligadas disponer de puerta en el portal y portero o portera para la seguridad y vigilancia del inmueble y sus ocupantes. El nombramiento de estos dependería de los propietarios o administradores, pero serían confirmados legalmente por el gobernador de la provincia; por consiguiente, tendrían una numeración correlativa en el registro de inscripción de Gobernación y quedaban a las órdenes de los delegados de vigilancia e inspectores de zona. 
Los porteros pasarían a ser “agentes de la autoridad gubernativa”, cuyo horario, tan amplio como desde antiguo, comenzaba en verano a las siete de la mañana y finalizaba a las once de la noche; en inverno, el horario era de ocho de la mañana a diez de la noche. 
 


 
Las críticas no se hicieron esperar y la primera protesta vino de la Asociación de Propietarios de Madrid, tal y como podemos ver en la noticia publicada en La Correspondencia de España del 13 de enero:
 

 
Por su parte, la Sociedad de porteros “La Honradez”, así se manifestaba en El Imparcial del domingo 16 de enero:
 

Se sumaba a las protestas la mismísima escritora Doña Emilia Pardo-Bazán con un artículo publicado en la revista La ilustración Artística del 24 de enero de 1898. Bajo el título de "Porteros y cédulas. Reglamento del Gobierno Civil sobre funciones policiales de los porteros", la condesa decía: 
 
«El reglamente que ha ideado el gobernador civil de Madrid, erigiendo á los porteros de las casas en agentes de policía, ó mejor dicho, en espías asalariados por los mismos á quienes deben espiar, ha producido un efecto especialísimo, que conviene advertir para darse cuenta del estado de alma colectivo de una generación, en el mismo umbral del siglo xx». 
«¡Y qué policía, Dios santo, la que se componga de individuos poseídos de sentimientos casi siempre hostiles, indiscretos, dañinos por necesidad! ¡Qué dirán, qué contarán, cómo interpretarán las acciones, pasos y movimientos de sus inquilinos y amos! ¡Qué explicaciones las suyas, al llegar los días en que la policía, según lo estatuido en el reglamento, venga á “cambiar impresiones” acerca de lo que en la casa sucede! Lo repito: en abreviatura y caricatura, tendremos Inquisición doméstica, la Inquisición de la chismografía, con la diferencia de que los familiares del Santo Oficio eran escogidos entre lo más granado, social, intelectual y moralmente, entre los ingenios, los nobles, los grandes señores, los sacerdotes virtuosos é ilustrados de aquel tiempo, y los familiares de esta Inquisición nueva se reclutan en clase humildísima y forzosamente destituida de cultura, entre los que desempeñan las modestas funciones de pipelés, ganando un sueldo á proporción de su oficio». 
«Que el portero ejerza sobre el inquilino superior inspección y vigilancia rigurosa, será una impertinencia intolerable (y no tolerada, lo presumo), pero no remediará ningún daño, no disminuirá el número de establecimientos equívocos ni de los robos domésticos en Madrid. Vigilara la verdadera policía, la que cuesta dinero á la nación, y otro gallo nos cantara, y los delitos no quedarían impunes.
Por contera, el reglamento hundirá en la miseria á innumerables familias que no tienen pan que llevarse á la boca sino el que la portería les vale. Excluyendo á los mayores de sesenta años, se deja sin empleo lo menos á una tercera parte de los porteros de Madrid. El de mi casa, por ejemplo, tiene quizás sus setenta cumplidos; en su portería se está, sin embargo, constantemente, sin guardar cama un día solo.
¿Qué haremos de este servidor, que ocupa su puesto desde hace veinte años ó más, si se pone en vigor el célebre reglamento? ¿Le echamos á la calle á pedir limosna? Y si no podemos pensionarle, ¿le concederá el gobernador una plaza en el hospital de inválidos de nueva creación, que debe ser complemento de sus disposiciones á roso y velloso? Porque un hombre pase de los sesenta, si tiene salud y ánimos para un trabajo que no requiere esfuerzo muscular, una labor sedentaria y mansa como la de guardar la portería, ¿va á quitársele el modo de vivir? Confieso que la perspectiva de unos cuantos centenares de viejos como el de mi casa, que en un día mismo se viesen precisados á tender la mano para no morirse de hambre, es lo que me solivianta y me impide tomar enteramente á broma el reglamento. 
¡Sesenta años! ¿Cuántos años tienen muchos altos empleados, muchos ministros, el mismo presidente del Consejo? Y ¿acaso se necesita menos fuerza, disposición, rejo y brío para llevar en peso los destinos de la nación (particularmente ahora) que para barrer las escaleras dos veces por semana, frotar con tiza los aldabones de las puertas y responder, en soñolienta voz, que el Sr. X... ó la señora de H... viven en el segundo y que hay entresuelo?»
 
A todo esto, Alberto Aguilera daba un paso atrás con la escusa de que «no se trataba de disposiciones definitivamente acordadas, sino de ideas que, publicadas en la prensa, pudieran servir de punto de partida para algo que, mejorando el servicio de vigilancia, redundase en el beneficio del vecindario de Madrid». Tal parece que un lapsus mental le impedía recordar las disposiciones transitorias del reglamento: 
 

 
En plena batalla de propietarios y porteros contra el Gobierno civil, el 15 de febrero Estados Unidos declaraba la guerra a España. Mientras ocurría todo esto, La Honradez celebraba un banquete el 1 de marzo para conmemorar el séptimo aniversario de su fundación.
 

 
Poco después, en abril, en el desaparecido Frontón Fiesta Alegre (calle Marqués de Urquijo) celebraba Junta extraordinaria en la que se acordaba contribuir con mil pesetas del fondo de sus ahorros a la suscripción nacional con motivo de la guerra hispano-estadounidense. Además, ofrecían sus servicios al ministerio de Guerra por si las circunstancias lo requiriesen, previa autorización de los propietarios.
También aprobaban la convocatoria a Junta general Magna para el domingo 1º de mayo, a cuyo acto se invitaba «a todos los porteros y ordenanzas de Madrid, tanto particulares como los que dependen de centros y establecimientos oficiales, rogando a los señores propietarios (que dado el carácter patriótico de la invitación) se dignen autorizar a los que de ellos dependan, con el fin de procurar que asistan el mayor número posible…» 
 
Vista del desaparecido Frontón Fiesta Alegre (Dibujo de Comba, 1892)

 
El conflicto bélico acabó con la pérdida de Cuba, Puerto Rico, las islas del Pacífico y Filipinas; el Reglamento de porteros fenecía antes de haber nacido; se afianzaban las relaciones con la Asociación de propietarios de Madrid y con el Palacio Real a través de José María López de Lerena, portero de banda del Rey y presidente de la Sociedad La Honradez, que finalizaba el año con más de 500 socios y unas 15.000 pesetas de capital remanente. 
 
 
1899 
El semanario La Portería y la buena relación de propietarios y porteros 
El 22 de enero de 1899 aparecía el primer número de La Portería, semanario defensor de los porteros.
La Redacción y Administración estaba en el principal de Palma Alta 41 y 43, bajo la dirección de D. Vicente Guillén y García. 
Entre sus redactores, un portero que firmaba con el seudónimo de El Portero Mayor. En la imagen podemos ver el primero y —al parecer— único ejemplar del semanario; se encuentra en los archivos de la Biblioteca digital memoriademadrid con la signatura 385/1 (Enc. en: Periódicos Varios de Madrid, t.5, n.42. Tipo: Publicaciones periódicas). 
 

 
Ofrecemos el texto íntegro del artículo titulado "¿Qué es un Portero?", redactado por El Portero Mayor. 
 
 


La buena relación con la Asociación de propietarios con la Sociedad de porteros quedó refrendada en las elecciones municipales de mayo de 1899, cuando ambas asociaciones apoyaron las candidaturas de los señores Prieto (candidato por el distrito de Palacio) y Rubio (candidato por el distrito de La Inclusa), elegidos por la Asociación de propietarios «para defender los altos intereses de la propiedad». 
 
Los empleados de fincas urbanas de hoy, sin patronal que los represente, hubieran encontrado en la Asociación de propietarios de Madrid un aliado fiel para la actualización de su convenio. A las pruebas no remitimos con esta noticia publicada en El País del 27 de mayo: 
 

Finalizaba el año con una buena acogida por parte del ministro de la Gobernación, D. Eduardo Dato, quien valoraba los fines humanitarios de la Sociedad y el beneficio que venía prestando al vecindario de Madrid. Por Real Orden del mes de octubre, el Estado había declarado “Benéfica” a la ya conocidísima Sociedad La Honradez, pasando a denominarse Sociedad de Beneficencia y Socorros mutuos de Porteros y Ordenanzas. 
 
 
Siglo XX 
En 1900 la Sociedad tenía domicilio en la calle Hernán Cortés, número 8. Parte de su capital social estaba depositado en el Banco de España y el resto en acciones de la Compañía Arrendataria de Tabacos. El número de socios superaba los 900. 
La renuncia del ilustre presidente, José María López de Lerena, portero de banda del Rey; la renovación de la Junta directiva; el tesorero de la Sociedad que robó 3.500 pesetas; la presencia de afiliados conflictivos; la formación de otros grupos de porteros, entre otras cuestiones, hicieron que La Honradez atravesara momentos difíciles. 
Véanse estas dos noticias publicadas el mismo día y en la misma página de El Liberal del 27 de junio de 1901: 
 


 
A pesar de esos inconvenientes, en 1904 estaba aún más consolidada como Sociedad de Beneficencia y Socorros mutuos, contando con mil socios y el capital suficiente para volver a suspender la cuota de inscripción durante tres meses. Su sede se trasladaba a la calle Pelayo, 38 y 40, principal izquierda. 
Tan consolidada estaba que ese mismo año conformaban el Patronato fundacional de la Casa de Salud y Retiro denominada “Villa-Feliz” que se construiría en Ciudad Lineal. Este dispensario beneficiaría a todos los socios de La Honradez y, preferentemente, a los que hubieran sido donantes para su constitución.
 

No sabremos nada más de este dispensario hasta 1929, cuando una noticia hablará del Sanatorio Villa Salud, ubicado en la calle Francisco Silvela, número 50, y en el que La Honradez disponía de siete camas, más las de urgencias, para sus afiliados. El Sanatorio estaba dirigido por el médico cirujano D. Tomás Rodríguez de Mata
 
En 1905 sumaban más de dos mil socios y disponían de un capital de 80.000 pesetas, cifra que aumentaba con nuevas afiliaciones y las cantidades obtenidas en las varias representaciones teatrales que se hacían en su beneficio. 
La solvencia económica les permitía cubrir plazas de médicos especialistas; ofrecer beneficios farmacológicos a sus socios y, como ocurrió en 1909 con el envío de reservistas a la Guerra de Melilla, aprobar en Junta extraordinaria los siguientes acuerdos: 
«Satisfacer el importe de los recibos correspondientes á los socios que hayan tenido que ir á la guerra de Melilla con el carácter de reservistas; abonar á sus familias una peseta diaria mientras dure la guerra; pasarle tres pesetas de socorro, con arreglo á reglamento, en el caso de que aquéllos cayeran enfermos ó resultasen heridos, y si, desgraciadamente, fallecieran, abonar el importe del sepelio de segunda clase y 75 pesetas para lutos que concedo el reglamento á toda familia de socio que fallezca en tiempos normales». 
 
En noviembre de 1910 se celebró durante varios días la Junta general extraordinaria para la reforma de sus estatutos y reglamento. Las reuniones tuvieron lugar en el Círculo Católico de Obreros (Duque de Osuna, 3). El resultado de los acuerdos fue el Estatuto y Reglamento de la Sociedad de Beneficencia y Socorros Mutuos de Porteros, Ordenanzas y Empleados de Madrid “La Honradez”. Para entonces, la sede social estaba en la calle Reina, 9, principal. 
 

 
Si en 1899 había aparecido el semanario “La Portería”, en julio de 1914 comenzaba a publicarse el periódico “La Honradez”, boletín mensual de la Sociedad homónima que recibía los elogios de la prensa.
 
 
En la Biblioteca del Pavelló de la República (Barcelona) existe un ejemplar que nos indica la larga vida de este boletín, ya que corresponde al número 289, publicado en julio de 1938 (Año XXV). 
 
Llegados a este punto, es buen momento para poner rostro a los pioneros de las sociedades de porteros de Madrid gracias al objetivo del fotógrafo Manuel Cervera. En la imagen aparecen retratados algunos socios y la nueva Junta directiva de La Honradez después de la celebración de un banquete en los Viveros; era el mes de marzo de 1915. 
 

En octubre de 1918, con motivo de un banquete celebrado en el Ideal Retiro, el fotógrafo Salazar retratará a socios y Junta directiva posando junto al abogado de la Sociedad, el concejal Ángel Ossorio Gallardo. Al evento asistieron varios centenares de socios y el conocidísimo político, médico y periodista José Francos Rodríguez, quien había finalizado su cargo de alcalde de Madrid en abril de ese año. Para entonces La Honradez contaba con 5.748 socios. 
 

 
1920 - La Asociación de vecinos de Madrid y la Sociedad de porteros 
La Junta directiva de la Asociación de vecinos trató el problema de las viviendas para procurar al vecindario las garantías y comodidades necesarias, prestando atención a las porterías y al abuso de los propietarios sobre los porteros. Surgía en aquella reunión la idea de que el Municipio organizase el trabajo de los empleados de fincas urbanas. El texto de lo tratado no tiene desperdicio. 
«La Asociación de Vecinos de Madrid entiende que las porterías no deben estar a cargo de personas dependientes en absoluto de los propietarios, lo que motiva que por necesidad más que por vocación se conviertan casi siempre en sabuesos de los malos caseros, resultando de hecho, en vez de personas puestas para el servicio de los inquilinos en sus relaciones entre sí y con la casa. 
De aquí los abusos de unos y la animosidad de los otros, no siempre justa, porque hay que hacerse cargo que los porteros son por lo general gente desgraciada de cuya desdicha son los primeros en abusar los propios caseros, que con unas pocas, muy pocas pesetas, y un cuartucho por habitación pretenden tener una familia entera en vigilancia perpetua y haciéndola cargar frecuentemente con la odiosidad que supone el cumplimiento de exigencias molestas cerca de los inquilinos. 
En este sentido la Asociación de Vecinos de Madrid estima que no ha de faltarle la adhesión de la Sociedad de aquéllos, denominada La Honradez, y que juntas han de trabajar por la dignificación de esa modesta clase social y su emancipación del absolutismo despótico del casero. 
Aquella Asociación entiende que los porteros no deben ser dependientes de los caseros, sino que, llamados a intervenir en un orden de relaciones que puedan ser hasta de contradictorios intereses entre casero e inquilino y con las obligaciones municipales de cumplimiento constante, el Municipio debe garantizar al vecino y garantizarse a sí mismo, teniendo en todo momento un vigilante en cada casa que sepa que su obligación es atender a la buena conservación de la finca, con el cumplimiento en este punto de las Ordenanzas municipales, de que ellos responderán en caso de no denunciar su infracción; la de estar al servicio de los inquilinos en el grado y forma que hoy deben hacerlo, y el de auxiliarlos en caso necesario, revistiéndoles a este solo efecto de la debida autoridad que garantice la seguridad del vecindario de una manera permanente. 
Para esto sería necesario organizar el cuerpo de porteros, haciéndoles depender en su nombramiento, traslados, ascensos y cesaciones del mismo Municipio, quien para la rapidez en la organización, y hasta que se recabaran medios económicos para una mejor retribución establecería que en este período de organización siguiesen en análogas, distribuyendo el importe con cargo la mitad al propietario y la otra mitad al impuesto de inquilinato y obligando a aquél en todo caso a dar decorosa habitación a los porteros. 
En esta idea está la redención de esa humilde clase social, que incluso podría gozar en su día de los derechos de retiro y orfandades y viudedades del Montepío municipal, sus funciones serían más dignas que las de esbirro de caseros, que les hacen antipáticos a los inquilinos por ese solo hecho, y el vecindario estaría más garantizado en sus derechos y la misma propiedad mejor servida, porque se vería libre incluso de la propia incuria de los propietarios que desconocen sus intereses y creen que tener una casa no trae más ocupaciones que cobrar la renta todos los meses y que no hay que procurarse ni de su propia conservación. 
Estimamos que el proyecto es muy laudable; que los mismos porteros deben ayudar a tal iniciativa, que puede ser origen de su mayor mejoramiento moral y material, y que los mismos propietarios no deben tomar esto con la cantinela de la merma del sacratísimo derecho de la propiedad, ya que ello no les privaría incluso de fiscalizar por sí mismos no sólo su finca, sino también la gestión de los porteros municipales».
 
1921 y el conflicto de los médicos 
En 1920 comenzaron los conflictos con los facultativos que atendían a los socios. Primero por las imposiciones del Colegio de Médicos y más tarde por las peticiones de aumento de sueldo. Un artículo en El Liberal del 23 de febrero de 1921 daba cuenta de la situación de la Sociedad y algunos detalles sobre sus afiliados. Ese año ya eran 5.915 los socios en activo y 197 los jubilados. 
 

En 1927 se creó el Comité paritario de practicantes y Mutualidades de Madrid que regularía las relaciones entre los practicantes de Medicina con las empresas, mutualidades, cooperativas y sociedades benéficas. El presidente de La Honradez desde 1925, señor Antonio Ayuga y Ros, formaba parte de la Junta directiva.
 
 
La presidencia de D. Antonio Ayuga y Ros 
Para el año 1928 La Honradez contaba con 8.026 socios y domicilio social en la calle de la Madera, 11. Su presidente continuaba siendo el señor Antonio Ayuga y Ros, portero de la casa donde vivía D. Francisco García Molinas, en la calle Arrieta, número 2. 
 

García Molinas, político español nacido en San Juan de Puerto Rico, fue el primer presidente de la Federación Española de Futbol y promotor del turismo en la ciudad como presidente de la Asociación de Fomento del Turismo de Madrid. Luchó contra la indigencia en las calles y la erradicación del tifus a través de la depuración del agua. Además, fundó una asociación para ciegos; fue presidente de la Asociación Madrileña de Caridad; vicepresidente de los Exploradores de España y presidente de la misma institución en Madrid. En 1919 le concedieron la gran cruz de la Beneficencia por sus obras de caridad. 
 
Antonio Ayuga participó activamente en las sesiones permanentes del Ayuntamiento de Madrid. En 1929 denunció «las deficiencias en el servicio de limpiezas» y pidió «que se revisen las viviendas de los porteros que en su mayoría no reúnen condiciones de salubridad». Siempre defendió la municipalización del servicio de porteros. 
En 1930 protestó contra la decisión del Ayuntamiento de cerrar los portales todo el año a las once de la noche, tarea que realizaban los porteros. 
Fue uno de los presidentes más activos de la Sociedad; tal es así que, en 1935, cuando aún la presidía, recibió del Gobierno la medalla de plata de la Orden de la República. 
 

 
Para entonces, después de veintiocho años de servicio en la portería del señor Francisco García Molinas, le habían hecho funcionario, es decir, portero del Congreso de los diputados.
 
Ese año La Honradez tenía 11.600 socios. No todos eran porteros (en Madrid había ya unos 30.000), también se afiliaban diversas profesiones, como fotógrafos, obreros, empleados, periodistas y hasta sacerdotes, entre otros. 
 
El disponer de servicios médicos de diferentes especialidades y los descuentos en farmacias para sus afiliados, les permitía recibir la subvención establecida en los Presupuestos generales del Estado para las Mutualidades y Cooperativas obreras. 
La Honradez recibió en 1933 una subvención de 5.496,08 pesetas. Las cifras más altas correspondieron a la “Mutualidad Obrera”, con 15.522 pesetas, seguida de la “Asociación Médica-farmacéutica”, ambas también de Madrid. El resto de las asociaciones, sociedades, mutualidades y cooperativas, que en total sumaban 178 en toda España, recibieron cantidades inferiores a las satisfechas a La Honradez. 
 
 
De Sociedad de porteros a Compañía de Seguros 
La primera Sociedad de porteros de Madrid acabó siendo una importante Mutua de trabajadores. Por Orden del 27 de julio de 1944 era clasificada como Entidad colaboradora del Instituto Nacional de Previsión para la aplicación del Seguro de Enfermedad con ámbito limitado a la provincia de Madrid. Firmaba la orden el entonces director general de Previsión, José Antonio Girón de Velasco. 
 
En 1963 queda inscrita en el Registro Oficial de Entidades de Previsión Social con el número 1832. Para entonces era denominada “La Honradez” Sociedad de Beneficencia, Socorros Mutuos y Asistencia Sanitaria; sexta en el ranking de este tipo de sociedades. 
En 1987 pasa a denominarse Clínica Cisne, Mutua de Previsión Social y Asistencia Sanitaria y en 1993 se convierte en “Cisne Aseguradora. Compañía de Seguros S.A.” 
En 2010 presenta concurso de acreedores y en 2013 entra en fase de liquidación. 
 
Aquella sociedad de porteros fundada en 1891 fue adquiriendo carácter de Mutualidad a finales de la tercera década del siglo XX, desvirtuándose tanto que, cien años después, acabo siendo una aseguradora. 
 
Coincidiendo con ese cambio de rumbo, el 20 de octubre de 1929 nacía la Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos, segunda de las que hubo en la villa y corte para defender los intereses de los empleados de fincas urbanas. Esta será la protagonista del próximo artículo. 
 
Como comentamos al inicio de este trabajo, EFUCAM se consolida como la primera Asociación madrileña de Empleados de Fincas Urbanas del tercer milenio. 
En plena actividad, invita a los porteros, conserjes, vigilantes de garajes, jardineros, limpiadores, etc., para que se sumen a la importante cifra de asociados. Para ello, pone a disposición de los interesados este medio de contacto: EFUCAM.EFUCAM@gmail.com 
 
 

 
 
Bibliografía y Cibergrafía
 
Fuentes consultadas:

PONS PONS, Jerónia y, VILAR RODRÍGUEZ, Margarita. "El Seguro de Salud privado y público en España. Su análisis en perspectiva histórica". Zaragoza: Prensas de la Universidad de Zaragoza. ISBN 978-84-16272-49-5

BOE (Boletín Oficial del Estado) GAZETA https://www.boe.es/diario_gazeta/
 
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© 2022 Eduardo Valero García - HUM 022-003 OFICIOS
Historia Urbana de Madrid
ISSN 2444-1325



domingo, 27 de febrero de 2022

Los Porteros madrileños (II) Dará razón la portera (1810 - 1960)

En nuestro anterior artículo hablamos de la situación actual de los porteros y conserjes, conocidos en su conjunto como Empleados de fincas urbanas. Supimos de sus necesidades más urgentes tras casi veinte años de olvido por parte de las instituciones y su férreo interés en conseguir ser escuchados. En este sentido, podemos decir que lo están consiguiendo gracias al empeño y compromiso de los profesionales del gremio, más unidos y organizados. 

Las redes sociales están siendo su altavoz, principalmente Twitter (con el hashtag #urbanasfincas), desde donde reivindican la actualización del Convenio de Empleados de Fincas Urbanas e instan a medios de comunicación, sindicatos y partidos políticos para su implicación en esta situación que afecta a más de 20.000 trabajadores. 

Tantos gremios han desaparecido que muchos de nuestros lectores se interesaron por este asunto. ¿Desaparecerán los porteros, como ocurrió con los serenos, los faroleros y otros tantos oficios?, se preguntaba uno de ellos. Otro denunciaba la situación de miles de porteros y conserjes de empresas multiservicio, para los que no existe un convenio colectivo. 

Interesados por las historias que contamos, siempre asociadas a Madrid y los madrileños de antaño, una incondicional seguidora nos preguntaba: “¿En qué año también se incorporaban las porteras?”. Lo hacía por conocer algo más sobre la historia de su familia, porque su abuela había conseguido el puesto de portera “allá por 1945/46, a los pocos años de enviudar y venir a Madrid con sus cinco hijos”. 

Pues bien, atendiendo a esta última, y en homenaje a las entrañables porteras de ayer y a las que hoy continúan ostentando ese puesto, os ofrecemos este nuevo artículo titulado… 

 


Dará razón la portera 
En los diarios noticiosos de principios del siglo XIX podían leerse anuncios que daban cuenta de una pérdida, del alquiler de un cuarto y algún que otro asunto. En todos los casos, darían razón el portero y/o la portera. En la mayoría de los casos, la portera era la esposa o la viuda del portero; en el primer caso, los dos servían a su patrón al precio de uno y, en ambos casos, lo hacían las 24 horas del día. 

El primer anuncio que encontramos en el que aparece una portera fue publicado en el Diario de Madrid del 1º de mayo de 1810. 


No debemos confundirlas con las muy antiguas porteras de los Conventos ni tampoco con las llamadas porteras de Damas, encargadas estas de guardar las puertas de las criadas de la reina, princesa e infantas; aunque también lo hacían en aristocráticos palacios. 

Era frecuente que las porteras de Damas aparecieran en los reclamos de la prensa, como el publicado en el Diario Noticioso del miércoles 10 de mayo de 1758: 
«En la calle del Sordo, casa del Herrero, al cuarto segundo, darán razón de una mujer de más de 40 años, que desea acomodarse por Ama de algún Señor Sacerdote, o en casa de poca familia, y en su defecto, para enfermera, o portera de Damas». 
De las porteras de Conventos traigo una de esas leyendas tomadas como hechos verdaderos y que venían a aleccionar a los parroquianos por si se les ocurría cometer acciones desagradables a los ojos de Dios. Los publicaba uno de los periódicos más importantes del siglo XVIII, El Censor, como crítica a la perjudicial superstición practicada por la iglesia católica. Aquí la prueba. 
 
 
Porteras del siglo XIX 
Volviendo a las porteras que nos interesan, recordamos a las del Madrid decimonónico y las casas en las que trabajaron. Lamentablemente, no conocemos sus nombres ni procedencia. 

Muchos encargos tenía la portera que hubo en la casa número 7 de la calle de Alcalá, encargada de atender los avisos de la casa aneja, antigua propiedad del marqués de Illescas, numerada con el 6 (frente a la Aduna). Disponía de las llaves de un “quarto” en alquiler en la segunda planta; de otro en el principal con 13 piezas, guardilla, sótano y fuente, además de una tienda con “quarto” bajo, entresuelo independiente y sótano. Daba razón de la venta de un carro con ruedas y tres guarniciones para mulas y el alquiler de una cuadra para cuatro caballos, con pajar, patio, quarto para el criado y un pozo. También de otra curiosa venta, una partitura original, traducida al español, de la opereta titulada El marido soltero, del maestro L. Breton. 

Como esta, otra de la calle San Miguel también estaba relacionada con familias aristocráticas; era la de la casa de la duquesa de Arion, señora que necesitaba a una mujer de buena educación para cuidar de una niña. Debía saber leer y escribir, coser y planchar a la perfección. Daba razón la portera. 

Sirviendo al duque de Abrantes, pero en el corralón que este tenía en la calle de la Greda, la portera daba razón de la venta de una berlina de cuatro ruedas para cuatro mulas y un coche de camino. Y la del marqués de Villena, casa que estaba frente al convento de San Martín, daba razón de la venta de un venado de dos años muy domesticado y del alquiler de una cuadra con tres pesebres y pajar o cuarto para el cochero. Esta misma portera también atendía otros encargos, como este:

Cumpliendo con estas y otras obligaciones hubo en la villa y corte muchas más, como las de las siguientes casas y calles. La lista corresponde a las porteras desde 1810 hasta 1840: 

La de la calle de San Bernardo, casa número 2, inmediata a la plaza de Santo Domingo; de la calle Cedaceros, esquina a la del Sordo; la de Caballero de Gracia, número 1, y la del número 11; de la casa del marqués de Perales, en la calle Magdalena; la de Bordadores, 5; la de la casa del conde de Ofalia, en la calle del Prado, frente a la del León; de la casa del marqués de Portazgo, en la calle de Atocha; en la casa llamada “del Patriarca” de la calle de la Inquisición; la de la portería del teatro del Príncipe y las del número 13 y 7 de la calle homónima; la de la casa del marqués de Casa-Sarria y conde de Guaqui, en la calle de Atocha; la de la calle de la Reina, 10; la de Leganitos, 4, frente a la fábrica de cerveza; la de la casa número 2 de la calle Carretas; la de la casa llamada de Toledo, en la Puerta de Moros; de la calle de San Agustín; de la carrera de San Gerónimo, 4; la de la casa del marqués de Bélgica, en Puerta Cerrada; la de la Cuesta de Santo Domingo, casa número 8; la que vivía en el patio de la casa 38 en la calle de Silva; la de la casa número 6 de la plazuela de Santa María; la de la casa de Balmaseda, en Atocha, 32; la de la fábrica de alfombras de la calle de la Reina (plazuela de Altamirano); la de las casas 16 y 18 de la calle Huertas; la de la casa número 8 de la calle San Martín; la de la calle de la Amnistía, esquina con la de Unión; la de la calle de la Flor, que vivía en la guardilla; , etc., etc. 

Como habéis podido apreciar, una portera vivía en el patio de una casa, seguramente en una pequeña casucha, y la otra en una estrecha, baja y húmeda guardilla. De la que vivía en un corralón y la de la fábrica, podemos imaginar en qué condiciones lo hacían. Quizás, aunque corresponda al siglo XX, esta noticia del diario valenciano El Pueblo sirva de ejemplo: 
 

Sería una exageración asegurar que la situación de los empleados de fincas urbanas de hoy es idéntica a la de sus iguales de los siglos XIX y principios del XX; sin embargo, en muchos aspectos existen similitudes, principalmente por la precariedad salarial a la que se han visto sometidos. 

No es una cuestión generalizada a nivel nacional, porque algunos Convenios de otras provincias se han actualizado acorde a su tiempo; no siendo el caso del de la Comunidad Autónoma de Madrid, obsoleto por falta de representación patronal y ausencia de un sindicato propio, desaparecidos hace ya tiempo. 
 

Portera automática 

Vienen a nuestra memoria las porteras (portières) del París decimonónico, encargadas de la apertura nocturna de la puerta del portal. 

La ausencia del sereno, quien en Madrid y otras ciudades de España acudía al golpe de palmas para abrir los portales, las parisinas disponían de una cuerda para esa función. Estaba situada en la portería y conectada con la puerta de acceso al edificio. Al tirar de ella se levantaba el cerrojo que mantenía la puerta atrancada y la abría; al cerrarse esta por su propio peso, la portera liberaba la cuerda y el cerrojo volvía a atrancarla. El mecanismo era sencillo, pero tediosa la vigilia.

Refiriéndonos a las vigilias, quizás podamos comprender que en los grabados antiguos las porteras aparezcan siempre leyendo un libro, un periódico o conversando con alguna criada; distracción nocturna para las que sabían leer y las que no.


Porteras del siglo XX 
La introducción a este capítulo viene de una columna del periódico Hoja Oficial del Lunes del 10 de mayo de 1982, correspondiente al número especial conmemorativo de la fiestas de San Isidro. Bajo el título de “Portera de carne y hueso”, recordaba la figura castiza de las porteras. 
«En esta pérdida de personajes de un Madrid que se fue, se encuentra la portera. La leyenda la sitúa a caballo entre la cotilla-fisgona y la bruja maledicente. Su labor residía en pasar por individuo de tercera categoría frente a los señores del principal o de los restantes pisos. Se sabía vida, costumbres y milagros de los vecinos, incluidos los trapichondeos que no tardaba en propalar cuando la propina era escasa o nula. Sin embrago, la “tradición oral" olvidó reflejar de este entrañable personaje su labor de prestadora de servicios, donde acudían irremediablemente todos los vecinos cuando algún problema nublaba su pacífica existencia. Hoy, los más jóvenes no saben de esa mujer, pues se encuentra sustituida por un artilugio mecánico, siempre estropeado [telefonillo], que no posee el gracejo castizo de nuestro personaje. 
Portera de día, portera de noche, sin horarios de ocho horas, sueldo base ni seguros sociales, esta esclava de señoras de poca monta desaparece en la niebla de un tiempo pasado». 
Aplíquese gran parte de este último párrafo a los empleados de fincas urbanas de hoy.
 
Desde la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX las porteras comienzan a tener protagonismo en los folletines, tanto en relatos de hechos conocidos o como personajes indispensables en tramas dramáticas, cómicas y también como figura predominante en muchos sainetes. Además, continuaban apareciendo en los anuncios de reclamos dando razón de unos u otros asuntos y, claro está, implicadas en hechos luctuosos, como el crimen de la calle Mayor del año 1900, por poner uno de los tantos ejemplos. 
Solamente en el primer año del siglo XX aparecen involucradas en casi un centenar de noticias de agresiones, robos, fallecimientos y asesinatos. 
 
A diferencia del siglo XIX, cuando los matrimonios trabajaban como porteros para un mismo patrón, las porteras que no eran viudas tenían maridos dedicados a otras profesiones, como las de sereno, albañil, mozo, cochero e incluso agentes del orden. También los había dedicados por completo a la cata de morapio en las más lúgubres tabernas. 
 
 
Reproducimos a continuación una tira cómica dibujada por Apeles Mestre que lleva por título "La venganza del portero". Apareció publicada en el Almanaque Sud-Americano para 1900, anuario que se conserva en los archivos de la Hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional de España.





Como vemos, la familia estaba compuesta por la portera, el portero, una hija y el gato. La niña va a la escuela, lo que puede indicar que atienden la portería de una casa de vecindad. La madre se dedica a la limpieza y el padre, por su indumentaria, además de su tarea de vigilancia, parece dedicarse al mantenimiento de la finca.
 
De cuando las porteras estuvieron en peligro de extinción 
El Real Decreto de 24 de febrero de 1908 puso en peligro la figura de las porteras. En su artículo primero quedaba claramente expresada la prohibición de que las mujeres ejercieran el puesto de portera, salvo que tuvieran asignada esa función desde antes. 


Esto fue motivo de duras críticas, no sólo por la autoridad que se les daba a los porteros en vez de contratar más agentes u organizar mejor el servicio de vigilancia policial, sino también porque eran muchísimas las casas de vecindad madrileñas que preferían o ya disponían de porteras. 

Un periodista de El Correo español aseguraba que al menos las tres cuartas partes de las casas tenían portera y no portero, y añadía: «De manera que cuando acaben las actuales porteras (ya habrán pasado veinticinco o treinta años) sólo habrá porteros…». Se unieron a estas protestas otros muchos tabloides.
 
El Liberal del 25 de febrero de 1908 decía: 
 

Afortunadamente, porteras y porteros continuaron ejerciendo sus funciones con mayor o menor celo y hasta el momento de su jubilación o más. Las noticias de la época daban cuenta de los avatares de su trabajo y los saineteros, escritores y dibujantes, a su manera, rendían homenaje a estas y otras figuras urbanas tan pintorescas. 
 

Y si el ministro de la Cierva optaba por dar autoridad policial a los porteros y prescindía de las porteras, estas supieron demostrar su valía. Así quedaba plasmado en una noticia publicada el 14 de septiembre de 1908 en La Correspondencia de España:
 
 
Del Real Decreto se desprendía cierto grado de machismo al permitir que ocuparan el puesto los hijos de las porteras viudas o los sobrinos carnales de estas que vivieran en su compañía. Nada que asombrara a la sociedad de aquellos tiempos, ya que muchas de las porteras que continuaban trabajando fueron víctimas de violencia de género, ya fuera por sus propios maridos, algún allegado o los vecinos. Tal fue el caso de Marcelina Sánchez Nadal, portera de la casa número 26 de la avenida de la Plaza de Toros.
 


 
Ejemplos de casa habitación (Portería) 
No hablamos del siglo XIX sino del XX, cuando las casas habitadas por los porteros eran aún espacios infames ubicados en los sótanos, con tragaluces a ras del suelo; guardillas húmedas en invierno y soporíferas en verano, o habitáculos de mala muerte. 

Había excepciones, como las porterías de los hoteles u hotelitos particulares del Paseo de la Castellana. Ponemos como ejemplo la del número 12, que era un pequeño pabellón de dos plantas, compuesta la superior de un dormitorio y salita. Esta portería, al igual que otras similares, disponían de un botón de alarma que comunicaba con el hotel. 

En el fragmento del plano de planta de los Grandes Almacenes Sederías Carretas (1935) vemos la vivienda del portero, ubicada en la última planta del edificio. Disponía de dos habitaciones, cocina comedor y baño, además de dos terrazas. La sala de máquinas estaba pegada a la vivienda.


El concepto de portería fue cambiando con la creación de nuevos núcleos urbanos y la reedificación. La casa habitación comienza a entenderse como un elemento común privativo para uso del portero que debía cumplir con las normas básicas de habitabilidad; es decir, una casa dotada de los elementos y espacios necesarios para vivir con decoro. Así, las porterías comienzan a establecerse en la planta baja o en los áticos, aunque continuarán existiendo edificios decimonónicos en los que no se cumple con estas necesidades.

De las primeras noticias del siglo XX en las que podemos hacernos una idea de cómo eran, traemos la que da cuenta de un incendio en la casa número 3 de la calle de la Montera. Como veréis, se habla de cajón y de caseta, especie de chiscón que hacía de casa habitación. 


Aunque los ejemplos que veremos son lamentables, como nota curiosa os comentamos que en algunas casas nobles existía un “tubo acústico” que conectaba con la portería; primitivo intercomunicador de los que aún existen. 
 
Veamos cómo era la portería de un edificio de la calle de Toledo. 
«La casa número 18 de la calle de Toledo es una vieja finca de antiquísima construcción, cuyo portal estrecho lo hacen aún más angosto dos tiendas que se han aprovechado allí. A continuación, y en el fondo del obscuro, más bien que portal, pasadizo, existe un chiscón hecho con unas tablas, sin respiración alguna, que sirve de vivienda a la portera». 
Damos por hecho que en tan reducido espacio no existían retrete ni cocina y, de haberlos, estarían uno al lado del otro. 
 
En la calle de la Bolsa, número 3, la situación era similar. Una noticia sobre el estado de algunas viviendas daba cuenta de esta casa que llevaba sin revocar desde el año 1899. Ojo, que la información es del año 1934. Decía, además: 
«Del aspecto de la fachada, portal y escalera puede juzgar quien lo vea. La portera carece de retrete y está guisando en una especie de anafre». 
Y del mismo año esta otra noticia: 
«En la Tenencia de Alcaldía del distrito de Buenavista ha sido denunciada la casa número 63 de la calle de Diego de León. El fundamento de la denuncia es el mal estado en que se hallan los patios, la suciedad de la escalera, no pintada, sin duda, desde que se construyó la finca, y las pésimas condiciones de habitabilidad del cuarto que ocupa la portera». 
Las noticias son ciertas, pero si alguna duda queda, bastará con una imagen. 
 

La composición fotográfica muestra la pequeña habitación y el retrato de Petra Martín del Barrio, portera de la casa número 7 del pasaje Anastasio Aroca, en el barrio de Prosperidad. Petra, de setenta y siete años, había fallecido por inhalación de los gases provenientes de un brasero. Su hija, Juana Castaño Martín, de cuarenta y cinco años, estaba grave en el momento de ser encontradas por la Guardia civil. Infame espacio sin ventanas donde vivían madre e hija. 
 
Miseria, insalubridad, riesgos laborales y otros aspectos agravados por la falta de reconocimiento laboral de sus funciones. 
 
De personal de servicio doméstico a empleada de fincas urbanas  
No será hasta 1931 que se reconozcan las funciones de los porteros, pero considerándolas como trabajadores de servicio doméstico, tal y como lo establecía la Ley de Contrato de Trabajo de 22 de noviembre de 1931. Esta tipificación los alejaba del beneficio de la obligatoriedad de asegurar contra los riesgos de incapacidad absoluta o muerte establecidos en Ley de Accidentes de Trabajo de 8 de octubre de 1932. En esta Ley quedaba excluido el servicio doméstico, afectando no sólo a los porteros de fincas sino también a los de hoteles particulares. 
 
La Sociedad de Porteros de Madrid y su Contorno (de la que hablaremos en otro artículo) negociaba en 1932 las bases aprobadas por el Jurado mixto de Servicio de Higiene de Madrid. Se trataba de un primitivo convenio que regulaba las condiciones laborales de porteros y porteras, tanto de hoteles particulares como de casas de vecindad. 
De las 16 “bases” aprobadas, destacamos la número 11: 
«Base 11ª. En caso de enfermedad que no exceda de dos meses dentro del año, el propietario vendrá obligado a poner un substituto de su cuenta, siempre que las necesidades del servicio lo requieran y el propietario lo crea oportuno, sin descuento del sueldo del portero, y si la enfermedad excediera de dos meses, el substituto será de cuenta del propietario, quedando en este caso relevado de pagar al portero, bien entendido que al substituto únicamente tendrá obligación el propietario de abonarle el sueldo que disfrute el portero».

Ocurrió lo mismo en la Ley de Contrato de Trabajo de 26 de enero de 1944, por la que volvía a excluirse al servicio doméstico. Afortunadamente, existía un precedente jurídico que establecía la existencia de una relación contractual entre el portero y la propiedad donde ejercía sus funciones. (Art. 39 de la Sentencia del Tribunal Superior, de 15 de enero de 1941). 
 
La abuela de nuestra lectora, de quien dice haber conseguido el puesto de portera allá por 1945/46, se beneficiará de esta sentencia. Pero ella y todas las porteras (también los porteros, claro está) tuvieron que esperar hasta 1971 para ser reconocidos como Empleados de fincas urbanas, gracias a la aprobación de la Ordenanza Nacional de Trabajo para Empleados de Fincas Urbanas, de 20 de enero. 
 
Después llegará la Ordenanza de Trabajo de Empleados de Fincas Urbanas, aprobada el 13 de marzo de 1974. [Ver Orden de 13 de marzo de 1974 por la que se aprueba la Ordenanza de Trabajo de Empleados de Fincas Urbanas. - Boletín Oficial del Estado de 18-03-1974].  Esta se mantendrá en vigor hasta el 31 de diciembre de 1995. [Ver BOE» núm. 311, de 29 de diciembre de 1994, páginas 39154 a 39156].
 
 
La particular Alfonsa 
Don Pío Baroja escribió un relato titulado Verano de Madrid, publicado en el diario AHORA el 21 de julio de 1935. En él hace una descripción de los pintorescos vecinos que conforman el padrón de la casa, edificio de cuatro plantas—la última aguardillada—, con entresuelo y tres locales comerciales.
 
Nada se le escapa a Baroja sobre la personalidad y profesiones de cada uno de los habitantes, controlados todos por Alfonsa, la particular portera, de la que dice: 
«El cancerbero de la casa era la portera, la Alfonsa. Ella vigilaba, tomaba nota; no le pasaba nada por delante de los ojos sin que lo averiguase. Era un juez de Instrucción. Tenía un olfato de sabueso para descubrir los líos de la vecindad. El que iba a empeñar, el que iba a comer, el que preguntaba por el médico especialista, la muchacha del tercero o del cuarto que tenía mal aspecto, nadie pasaba sin dejar en la portería algo de su secreto. Al licenciado Latorre le protegía porque le consideraba como a un infeliz. Еl prestamista don Félix hablaba con ella y le daba propina; "Pastelillos" hacía lo mismo. La Pepa y sus hijas decían que la Alfonsa era una mujer de pronóstico reservado, de aviesas intenciones, capaz de jugar una mala pasada a cualquiera. Tenía odio a todos los que no se rendían a su poder. El marido de la Alfonsa, un cero a la izquierda, estaba empleado en unas dependencias del Ayuntamiento de Chamberí». 
En la siguiente fotografía, tomada en 1932 por el fotógrafo Liompart, podemos conocer a la portera de la corrala del número 8 de la plaza de Lavapiés, conocida como "el Cuartelillo". Aunque no conocemos su nombre, sabemos que había ingresado como portera en 1882. En el momento de ser retratada ya tenía más de setenta años. Toda una vida dedicada a sus vecinos.
 

 
 
El orden desordenado 
Muchas porteras aparecían en las noticias testificando en juicios muy sonados, como el crimen de la calle Fuencarral, el asesinato de la joven Hildegart (Carmen Rodríguez Carballeira) y, entre otros, el de la calle de Antonio Grilo; también, en algunos casos, como imputadas. 
 
De haber continuado en vigor la Ordenanza de 1908, para el portero Francisco Mondéjar y su esposa, Felisa Díaz, poner orden en la finca hubiera sido parte de su trabajo como vigilantes. 
El caso es que este matrimonio, porteros en el número 11 de la calle del Nuncio, se vieron envueltos en un desorden que los llevó a la cárcel y con costas. Así lo relataba el abogado y periodista Alfonso Senra para el diario de la noche La Nación, del 19 de junio de 1935. 
«TRIBUNAL DE URGENCIA – ATESTADO 
En la Sección primera, constituida en Tribunal de Urgencia, se celebró esta mañana la vista contra Francisco Mondéjar y su esposa Felisa Díaz, porteros de la casa número 11 de la calle del Nuncio. 
Ocurrió, al parecer el día 1º de junio actual que un individuo, estando embriagado, comenzó a promover escándalo a la puerta de uno de los cuartos en el que viven dos señoritas solas. Una de ellas llamó al portero en demanda de auxilio, mientras la portera requería la presencia de un guardia de Asalto, inquilino de la referida casa, quien se excusó de intervenir por no estar de servicio. Sobre esta respuesta promovióse discusión entre el guardia y la portera, resultando aquel con un arañazo en la cara y ésta con erosiones en diversas partes del cuerpo. Aunque no aparece clara la intervención del portero, también éste fue procesado, pidiendo para ambos la pena de tres años, cinco meses y un día de prisión por atentado a la autoridad. 
El defensor, el culto y experto abogado don José de Gregorio, niega que en aquel momento concurriese en el guardia la condición de autoridad, y, alternativamente, que se les considere autores de una falta leve de resistencia a la autoridad. 
El Tribunal dictó sentencia de conformidad con el señor Gregorio y condenó a los procesados a quince días de arresto y quince pesetas de indemnización. Como ya llevan en la prisión más tiempo del a que fueron condenados, el Tribunal los puso en libertad inmediatamente».

 

Después de la Guerra Civil
La posguerra trajo tiempos de hambruna. La necesidad llevaba a la desesperación y ésta a cometer robos. Esos y otros delitos ocurridos en los primeros años de la década de los 40 eran muy frecuentes en casas de vecindad donde no había portera ni portero, situación que llevó a demandar su presencia. 
De forma escalonada fueron apareciendo anuncios solicitando porteras, en algunos casos con la preferencia de que no tuvieran hijos pequeños. En los años 50 comenzaron a pedir, además, buenas referencias.
 
Fueron los tiempos en que las porteras, a las que se les atribuía desde siempre su fama de cotillas, pasaron a pertenecer al género radio parlante. Así, de forma jocosa, un columnista había escrito en 1944: 
 

 
Montepío de porteros 
Por orden ministerial de 15 de enero de 1949 se había creado el Montepío Nacional de Previsión Social de los Porteros de Fincas Urbanas. Esta entidad tenía por objeto el ejercicio de la previsión social, siendo su finalidad «la protección y ayuda a sus asociados y familiares contra circunstancias fortuitas y previsibles». 
 
En 1952 se modifican y se aprueban sus Estatutos por Orden ministerial del 12 de mayo. Los socios del Montepío tenían derechos a pensión de jubilación o invalidez; pensión o subsidio de viudedad; pensión de orfandad; asistencia sanitaria; auxilio por defunción; premios por casamiento y por natalidad. 
 
Los años cincuenta y sesenta 
Dicen que las historias se repiten, que todo es cíclico; afirmaciones que para Historia urbana de Madrid no dejan de ser ciertas. Muchas de las historias que contamos tienen la particularidad de asemejarse —en una u otra medida— a las circunstancias y hechos de la sociedad actual. 
 
En 1951 se contabilizaban en Madrid unos 26.000 porteros, siendo mayoritario el porcentaje de porteras. Los sueldos de entonces oscilaban entre las 60 y las 100 pesetas, llegando en algunos casos hasta las 300 pesetas. Aquel año solicitaban un aumento de sueldo, el pago del plus de carestía, “los puntos familiares” y los quinquenios. 
 
Por Orden del 8 de enero de 1954 se modifican las retribuciones de la Reglamentación de Trabajo de Porterías de Fincas Urbanas. 
 

El prototipo de portera anciana entrada en carnes o delgada y seca, con pocos estudios o ninguno, iba desapareciendo. Nuevas generaciones ocupaban sus puestos; entre ellas, mujeres jóvenes, señoras viudas, con estudios básicos algunas o bien preparadas otras. Un ejemplo de estas últimas era Carmen Varela, poeta y cantante. 
 

Como hemos visto, en el siglo XIX y, después, en los inicios del XX, las porteras ocuparon gran parte de las noticias de sucesos, y no fueron menos en las décadas de los 50 y 60. La sociedad estaba acostumbrada a verlas como complemento del paisaje urbano y en las columnas de los tabloides relatando sus aventuras y desventuras. 
 
Las heroicas; las avispadas; las maltratadas o asesinadas; las que ganaban la Lotería y las que robaban la mensualidad al casero; las dedicadas a hacer el bien y las que hacían lo contrario. Las que como Carmen Varela tenían capacidad suficiente para dedicarles media página en el periódico o aquellas que, como en la actualidad, tienen titulaciones universitarias y se dedican a tiempo completo a la noble profesión de portera o conserje. 
 
A muchas las hemos conocido en este resumido paseo por los primeros 150 años de historia que forman parte de un total de 212 años hasta la actualidad; cifra nada despreciable como muestra de la importancia de este gremio en la sociedad a través de los siglos. 
 
Notables progresos hubo en sus condiciones laborales, además del reconocimiento como Empleados de Fincas Urbanas, pero aún queda mucho camino por recorrer para que este gremio no desaparezca. Como explicamos al inicio de este artículo, en ello están, reivindicando sus necesidades más urgentes.
 



Finalizamos nuestro artículo con la voz de Celia Gámez, una de las principales representantes del género de la revista musical española, interpretando el tango "Portera". 
Para escucharlo, accede al archivo musical de la Biblioteca Digital Hispánica, de la Biblioteca Nacional de España, clicando sobre la fotografía de la artista.




 
Bibliografía y Cibergrafía
 
Fuentes consultadas:

ARROYO ABAD, Carlos. "La relación laboral del empleado de fincas urbanas". Anuario Jurídico y Económico Escurialense, XLII (2009) 99-116 / ISSN: 1133-3677

BOE (Boletín Oficial del Estado) GAZETA https://www.boe.es/diario_gazeta/
 
Biblioteca Nacional de Francia - GALLICA
 
Archivos municipales. Memoriademadrid.
 
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