viernes, 24 de febrero de 2017

Carnaval de Madrid, cien años atrás (1917)

Este viernes, 24 de febrero de 2017, se inaugura el Carnaval de nuestra ciudad. Como cada año y para la ocasión, Historia Urbana de Madrid revive los festejos del pueblo madrileño de cien años atrás.



Días frescos en Madrid durante la celebración de los Carnavales. Las temperaturas mínimas no superaban los 4º, ni las máximas los 14º. Como cada año, desde 1915, se cuestionaba esta fiesta debido a la triste situación que vivía Europa, sumida en la Gran Guerra. Pero como veremos a continuación, Madrid cumplió con la profana tradición y rindió culto al dios Momo con alabanzas a lo ridículo y grotesco.

De esta guisa se manifestaba la revista La Ilustración Española y Americana sobre el asunto de la guerra:
¿Es posible que ese insensato cascabeleo del loco Carnaval pueda dejarse escuchar dominando los estruendos de la gigantesca tragedia de que es teatro el mundo entero y cuyas derivaciones afectan incluso a los pueblos que pudieron conservar su condición de espectadores?
¿No significa un cruel sarcasmo esa fiesta de la alegría, cuando la muerte impera en todo el universo? […] ¡Triste carnaval este carnaval de 1917, dibujando un cuadro de colorines sobre un fondo gris de muerte y desolación!” [1]

Pero el pueblo necesitaba fiesta. Bastante complicada era la situación política y social como para hacer duelo por los vecinos europeos. Así, pues, comenzamos nuestro trabajo con las crónicas del Carnaval de hace cien años.





Carnaval de 1917
Aquel año las Carnestolendas se celebraron en febrero, los días 18 a 21. La flor y nata de esta villa y corte venía organizando desde enero sus tradicionales bailes de máscaras; lo mismo que los Centros sociales, la burguesía y el pueblo llano.

También en enero, el día 15, el Ayuntamiento acordaba no conceder licencias a las comparsas de hombres disfrazados de bandidos. Por otra parte, corría el rumor sobre la decisión del alcalde Ruiz Jiménez de ordenar que las máscaras no circulasen por el Paseo de la Castellana y Recoletos (que era lo habitual), sino por el Paseo del Prado, instalando las tribunas sobre el de "Tragineros". Afortunadamente esto último no se cumplió.




A propósito de los disfrazados de bandidos, el ingenioso José Pérez Zúñiga aprovechó la ocasión para dar rienda suelta a sus habituales críticas humorísticas:

“Señor alcalde mayor:
Acabo de averiguar
(y no ha podido tomar
una medida mejor)
que en los disfraces prohibidos
para las fiestas que vienen
figura el de los que tienen
el aspecto de bandidos.
¡Bastantes vemos hoy día
vestidos de caballeros
que son unos bandoleros!”


Días más tarde la Comisión municipal de Espectáculos anunciaba la prohibición de las citadas comparsas de bandidos, además de todas aquellas que “no fuesen de buen gusto” o que pudiesen relacionarse o hiciesen alusión a la guerra europea.

Además, acordaban la entrega de premios de 3.000, 2.000 y 1.000 pesetas a las carrozas más bellas y originales. También habría premios para las máscaras de a pié.

El día 17, por la noche, recorrió las calles de la ciudad una cabalgata que anunciaba los festejos.


Trenes baratos
La Compañía de los Caminos de Hierro establecía un servicio especial de billetes de ida y vuelta a precio reducido desde el día 18 hasta el 22 para los “Isidros” que venían a disfrutar del Carnaval de Madrid. Estaba destinado a los viajeros desde Valladolid y estaciones intermedias.
Por otra parte, la Compañía del Mediodía ofrecía el mismo servicio para los viajeros de Guadalajara, Aranjuez y Toledo.


Carnaval y comercios
En un Carnaval no puede faltar el confeti, las serpentinas y otras tantas cosas de arrojar; disfraces, caretas, antifaces y, cómo no, carrozas y coches engalanados. Muchos comercios e industrias ofrecían sus productos y servicios en esas fechas. Aquí algunos:















Días de Carnaval
Fueron días frescos pero soleados. Madrid amanecía con nieblas, pero Febo, o "Lorenzo", se dejaba ver a primera hora de la tarde para regocijo del pueblo fiestero.

La calle de Alcalá, Recoletos, Paseo de la Castellana y todas aquellas que confluían en el centro estaban atestadas de público y máscaras. La originalidad en los disfraces brilló por su ausencia; salvo algunas excepciones. Abundaron los trillados pierrots, zaparrastrosos, bebés, payasos (clowns, en esos tiempos), destrozonas y mamarrachos.




Aquel año las tribunas estuvieron muy animadas y se extendían desde la plaza de Colón hasta el monumento a Isabel la Católica. Eran las del Círculo de Bellas Artes, Casino Militar, Gran Peña, Centro de Hijos de Madrid, Círculo de la Unión Mercantil, Casas de Socorro de los distritos, Bomberos, Asilos municipales y Ayuntamiento. Las del Jurado y la Prensa estaban situadas junto al monumento de la católica reina.








Al atardecer comenzó el desfile. Veintiocho carrozas, veintidós coches adornados y multitud de máscaras de a pié discurrieron por el paseo.

Esperada y muy ovacionada fue la presencia de la infanta Isabel, acompañada de la inseparable señorita Juana Bertrán de Lis. La tan querida “Chata” no se perdía ninguna de las celebraciones y saraos de la sociedad madrileña. La gente se apiñaba junto a su coche y le lanzaban confeti.




El dibujante Marín retrató aquella escena con la exageración propia del caricaturista



También pasearon en sus coches, y por separado, las preciosas Pastora Imperio y La Goya, que fueron muy aplaudidas.

El Jurado, entre los que se encontraba nuestro respetado Antonio Casero, otorgó el segundo premio (2.000 pesetas) a la carroza titulada “Bodas de Camacho” y el tercero (1.000 pesetas) a la carroza “El Cigarral”. El primer premio quedó desierto, algo que fue muy criticado por ser injusto y por tener sólo una explicación: los recortes de hace cien años.









También hubo premios de 500 pesetas a carrozas, coches y máscaras. Nombrar a todos y cada uno de los premiados nos llevaría un tiempo, por eso hemos preferido ofrecer imágenes de cuan alegres y pintorescas eran. Las fotografías corresponden al reportero gráfico González, del periódico El Día.



















La nota curiosa del martes de Carnaval
El lunes 19 había llegado a Madrid un contingente de 238 indios ingleses y portugueses que iban de camino a Gibraltar para embarcarse rumbo a la india portuguesa. Fueron recibidos por el embajador inglés en la estación de Delicias y hospedados en el Palace Hotel. El aspecto de estos indios daba miedo; los clientes del Palace protestaron y los 238 fueron instalados en un solar de la calle Medinaceli. Entonces protestaron los indios, quienes, para evitar más escándalos, el día 20 fueron llevados a la estación del Mediodía a esperar allí la salida del tren.

Siendo sus vestimentas un tanto estrafalarias, con turbantes y zarcillos en las orejas, no llamaron la atención de los madrileños porque vieron el paso de los indios como si fuese un grupo más de disfrazados.





Bailes de máscaras
En los Círculos, Centros y casas aristocráticas se celebraban bailes de máscaras desde últimas horas de la noche y hasta despuntar el alba. Habitualmente no acababan antes de las cinco de la mañana y eran bastante animados.

A comienzos del siglo XIX estos bailes fueron prohibidos; ya lo habían sido en siglos anteriores. En 1834 volvieron a permitirse y la sociedad los recibió con gran aceptación. Así se fueron sumando a los celebrados en salones privados, teatros y casinos, una ingente cantidad de locales, destacando entre todos ellos el Capellanes. Su rival era el Circo de Paul de la calle Barquillo número 7.

Emilio Arrieta en 1864 escribe para una obra definida como “revista cómico-lírica-fantástica”, una habanera que decía:

“No me lleves a Pol (sic)
que me verá papá.
Llévame a Capellanes
que estoy segura que allí no va."


Las columnas de sociedad de los periódicos anunciaban primero los bailes más postineros y al día siguiente publicaban un relato pormenorizado de lo bien que se lo habían pasado condes, marqueses, grandes y pequeños de España y señoras y señoritas de la clase más acomodada. Hasta se hacía una descripción detallada de sus disfraces.


En los teatros
Famosos eran los bailes de máscaras celebrados en el Teatro de los Caños del Peral, reinando Carlos III. El propio Giacomo Casanova había asistido cuando anduvo haciendo de las suyas por la villa y corte en 1767, y se quedó maravillado con el baile de moda: el fandango.

En 1917 teatros como el Español, Comedia, Zarzuela, Lara, Eslava, Infanta Isabel, Apolo, Cómico, Reina Victoria, Álvarez Quintero o Barbieri, ofrecían funciones por la tarde y noche; después, a partir de la una y media de la madrugada, inauguraban sus bailes.

En el cartel del Teatro Eslava un retrato de la actriz Luisa Puchol con disfraz propio del día domingo de Carnaval. La fotografía es de Larregia.





Disfraces
Las revistas de moda marcaban la pauta para los bailes de máscaras, basándose siempre en los cotilleos de la alta sociedad o las tendencias francesas e italianas.
Para 1917 se ofrecían los siguientes modelos:











Sin entierro de la sardina
Había llovido mucho en Madrid durante enero y también los días previos a Carnaval. La Pradera del Corregidor, lugar donde desde 1916 se celebraba el entierro, estaba casi inundada, más no era este el motivo de su supresión porque hasta allí se acercaron los madrileños para disfrutar del concurso de disfraces infantiles.

Las siguientes fotografías, de Salazar, muestran el aspecto que tenía el "aprendíz de río" después de las lluvias. La crecida destruyó la pasarela de reciente construcción que estaba frente a la Pradera del Corregidor.




De un plumazo el Ayuntamiento había suprimido la celebración del “sepelio de la raspa” sin mayores explicaciones. Y es que desde sus inicios, este festejo que es colofón de los Carnavales, fue blanco de las críticas. Alguno dijo, con el tono gracioso del madrileño en fiesta, que si la supresión era por motivos económicos. “¡Haber enterrado siquiera un boquerón!
No hubo sardina, pero el pueblo continuó con la tradición de ir a la pradera para continuar con la juerga. Allí también hubo jurado y concurso de comparsas, carrozas y disfraces, pero de premios más humildes: 50, 25 y 10 pesetas.

Los niños iban disfrazados, practicando para su celebración particular del domingo de piñata.





Así fue y así vivieron los madrileños de hace cien años el Carnaval. Fiesta pagana que sufrirá prohibiciones a lo largo de su historia, hasta quedar suprimida por completo en varias ocasiones, como durante la dictadura de Primo de Ribera y al acabar la Guerra Civil.
Madrid hará un esfuerzo por recuperarlo en la década de los ochenta del pasado siglo, y desde entonces continuamos con su celebración, con mayor o menor brío.

Nosotros nos quedamos preparando el disfraz de "destrozones", llenando huevos con líquidos olorosos y preparando "mazas" para "dacar".


¡Feliz Carnaval!



Artículos relacionados
- "El contovertido Carnaval de 1915"
- "Pérez Galdós y el Carnaval de 1865"
- "Estampas. Madrid pueblo. Especial Carnaval (1934 al 36)"
- "Madrid erótico. Especial Carnaval"
- "Madrid, cien años atrás. Cervantes y el Carnaval. Febrero de 1916"
- "Coplas del domingo. Carnaval: en el Salón"
- "Coplas del domingo. De dar bromas. Madrid, 1916"
- "Especial Carnaval de Madrid 1913"





Bibliografía
Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor.

[1] Cangas Argüelles, Ángel. Crónica general. La Ilustración Española y Americana. LXI (VI) p. 82. Madrid, 15 de febrero de 1917

En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2017) "Carnaval de Madrid, cien años atrás (1917)", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/ ISSN 2444-1325

[VER: "Uso del Contenido"]

Citas de noticias de periódicos y otras obras, en la publicación.
En todas las citas se ha conservado la ortografía original.
De las imágenes:
Muchas de las fotografías y otras imágenes contenidas en los artículos son de dominio público y correspondientes a los archivos de la Biblioteca Nacional de España, Ministerio de Cultura, Archivos municipales y otras bibliotecas y archivos extranjeros. En varios casos corresponden a los archivos personales del autor-editor de Historia Urbana de Madrid.
La inclusión de la leyenda "Archivo HUM", y otros datos, identifican las imágenes como fruto de las investigaciones y recopilaciones realizadas para los contenidos de Historia Urbana de Madrid, salvaguardando así ese trabajo y su difusión en la red. Ha sido necesario incorporar estos datos para evitar el abuso de copia de contenido sin citar las fuentes de origen de consulta.


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jueves, 9 de febrero de 2017

Gastrofestival. Madrid, 1917: Pajaritos a la Diosa (Cibeles) y fritos

De los fogones madrileños de 1917 nos llegaba ayer la receta con la que inauguramos esta sección dedicada al Gastrofestival Madrid 2017. Lo hicimos recuperando la denominada "Langostinos a la Arlequín" donde quedaba representado un artístico Neptuno con langostinos, perfecta combinación de creatividad y buen hacer de los cocineros de antes.

Hoy toca rendir homenaje a nuestra diosa Cibeles que, en decorada bandeja, comparte espacio con un producto de antaño y hogaño: los pajaritos, aquellos que hasta bien entrado el siglo XX se ofrecían fritos en algunas tabernas madrileñas.





Pajaritos a la Diosa
Nueva receta centenaria con la diosa Cibeles como protagonista en la mesa. Su elaboración es más complicada que la de Neptuno, pero don Pascual La Rosa Angelina se esfuerza por explicarla de forma sencilla... o eso dice:
"Este plato, que a la vista resulta de gran aparato, es sencillísimo, los leones, la figura y las ruedas, tenemos moldes para hacerlos, pudiendo usted hacer un sin fin de combinaciones; la: parte culinaria puede que sea un poco más complicada, le daré la receta lo más sencilla, para que pueda usted operar con facilidad.
Veinticuatro pajaritos bien desplumados y chamuscados con alcohol, los deshuesa, dejándoles únicamente las patas, procure sacarlos bien enteros; una vez deshuesados, los pone en un adobo de cebolla cortada y orégano, sal, pimienta y un buen vaso de vino de Jerez, dejándolos durante tres horas; mientras que los pájaros están en adobo hace usted un gratín en la siguiente forma:
En un plato a saltear echa usted ciento cincuenta gramos de tocino, cortado a cuadros, con una hoja de de laurel y un poco de tomillo y una pizca de especies, póngalo al fuego, despacio para que se funda el tocino, una vez fundido le echa 400 gramos de hígado de ternera, cortado a cuadritos pequeños, poniéndolo a fuego fuerte y sin dejar de menear; una copa de cognac y préndalo fuego poniéndolo a enfriar, una vez frío, lo machaca al mortero para pasarlo al tamiz de crin, recójalo en una cacerola y con una espátula lo trabaja; saca usted los pájaros del adobo, los limpia bien de las legumbres y los extiende sobre una mesa; corta usted filetes de lengua escarlata y trufas; sobre los pájaros que tiene usted bien extendidos sobre la mesa, pone usted un poco del gratín que tiene usted en la cacerola, extendiéndola toda la superficie del pájaro, poniendo filetes de lengua y trufas, otra capa de gratín y otra de filetes de lengua y trufas, lo envuelve usted para darle la forma como si tuviera los huesos y los va poniendo en una placa, una vez terminado, hace usted una pasta con harina, agua y un poco de manteca, extiende usted su pasta; en el espacio que usted comprenda que pueden ocupar los 24 pajaritos rellenos en esa pasta que ha extendido le pone unas hojas de tocino muy finas y encima los pájaros en dos hileras.
Cubre usted con la pasta y lo mete al horno a cocer tres cuartos de hora, a horno regular es suficiente, lo saca y lo deja enfriar; una vez frío rompe la pasta o pastel y saca los pájaros con mucho cuidado de no deformarlos, con un pañito los oprime para darle bonita forma; con los huesos de los pajaritos habrá usted hecho un fondo y con este fondo una salsa de jugo frío, los glasea que estén completamente cubiertos; si la salsa no tuviera suficiente cuerpo, échele dos hojas de gelatina, con un pincel y un poco de aspic los baña para que estén bien brillantes; saca usted de los moldes los leones, la figura y las ruedas que habrá hecho usted de sebo fundido, mezclado en partes iguales con estearina en fuente larga pondrá un suelo de arroz cocido y machacado, los leones los coloca en una punta, detrás un tarugo de sebo largo hasta la mitad de la rueda grande, lencima de ese otro más pequeño, con el cuchillo recórtele y haga algún dibujo; encima pone usted la figura, las ruedas a los lados, pegadas, y detrás los pajaritos en pirámide; si no tuvieran bastante equilibrio con el sebo, puede usted hacer tres borduras, una encima de otra y colocar los pájaros, una atelete pinchada, una trufa y atravesando un pájaro la coloca en el centro unos costrones de aspic, todo alrededor de la fuente y el mismo aspic picado muy fino lo echa usted por encima del carro, los leones, la figura, todo el suelo y sobre todo, que los claros de los pájaros sean tapados, una vez teminado, póngalo en un sitio visible para que si está usted en el extranjero, tenga un recuerdo de la Cibeles, esa fuente que se encuentra en la plaza de Castelar, en Madrid."
Cocineros, cocinillas, sibaritas, armaros de valor para seguir los pasos de esta receta. Quizá los ingredientes puedan valer para otro tipo de ave; todo es cuestión de experimentar.

Había muchas otras maneras de prepararlos, entre ellas la más conocida, frititos y crocantes.


Pajaritos fritos
"Que llueva, que llueva,
la virgen de la Cueva;
los pajaritos fritos
saltan en las sartenes!...
¡Y llueven somatenes
en todos los distritos!...
¡Que sí!...
¡Que no!...
¡Que llueva a chaparrón!"
 Luis de Tapia, 1923

Ya que hablamos de estas pobres avecillas, bueno es recordar la costumbre que hubo de saborearlos en la villa y corte desde muy antiguo. En el libro Los gritos de Madrid, obra de Miguel Gamborino publicada en 1817 (hace 200 años) se representa a los vendedores ambulantes del siglo XVIII. En la página 35, al grito de "Una caña de pájaros", aparece una vendedora con su cesta que en la mano lleva una caña con seis pajaritos.



Durante los siglos XIX y XX, los pajaritos constituian un delicioso reclamo para las tabernas.
En el fabuloso tratado de cocina de Angel Muro, titulado "El Practicón" (Madrid, 1891), se cita una de las tantas tabernas que ofrecían pajaritos fritos:
"Una popular y antigua taberna madrileña de la Plaza de Santa Ana en Madrid tiene la fama en toda España, de los mejores pájaros fritos, y vende diariamente, durante la época de las calandrias, alondras y pardillos, millares de estos pajaritos, que van á comprar allí de las casas más opulentas de la capital.
Real y verdaderamente en Francia, en donde los guisos de las aves han llegado al mayor refinamiento, no se hacen las calandrias como en Madrid, en la antigua y acreditada casa ya citada de D. Joaquín Alvarez, y aunque en todas las demás tabernas se despachan también pajaritos fritos, dejan mucho que desear, porque los fríen en aceite en lugar de hacerlo en manteca de cerdo, como Alvarez, y luego, la limpieza del comestible es muy discutible en las demás partes."

En un artículo sobre medioambiente publicado en La Época (LXXVIII, 27.120. Madrid, 1926), un tal R. P. Valdés hablaba de "pirámides" de pajaritos fritos adornando los escaparates:
"Todos hemos visto en los escaparates de las tabernas de Madrid voluminosas pirámides de pajaritos fritos. La autoridad prohibió tan lamentable exposición. Después... después no han debido volver a ocuparse del asunto, porque me aseguran que los pájaros que antaño se ofrecían al público en los escaparates se sirven hoy en el interior de los establecimientos sin poner la más mínima dificultad. Es decir, que los efectos prácticos siguen siendo ahora los mismos que antes. Los pájaros siguen muriendo por millones; detrás irán los árboles, y detrás de todo esto, el hambre y la miseria."

En 1933 Ramón Gómez de la Serna publicaba en la "Tribuna Libre" del diario republicano LUZ un artículo que llevaba por título "Tapas legítimas". En él hablaba de las costumbres gastronómicas del "español castizo", ofreciendo el típico menú que se servía de tapa en las tabernas:

"Es gracioso el menú de las tapas,
ovillejo de cosillas, paripé de futesas,
relación de pequeñas cifras:

Calamares al amarillo.
Soldadltos de Pavía.
Sábalo ahumado.
Caracoles a la madrileña.
Bistelitos de carne.
Hígado a la plancha.
Boquerones en abanico.
Mollejas encebolladas.
Montaítos de chorizo.
Sesos huecos.
Bacalao con tomate.
Callos a la sevillana.
Pajaritos fritos.

Degustador de pequeñas realidades,
el español disfruta esta aleluya de cosas,
un gajo de cada una, pinchado por
el tenedor de palillo."


También en 1933, la Sociedad Protectora de Animales conseguía que el gobernador prohibiese su venta, que había alcanzado un precio abusivo. En la siguiente imagen podemos apreciar aquellas pirámides de avecillas que muestra con orgullo un pinche de cocina, y el aviso: "¡No se pueden vender pajaritos!".


Diecinueve años más tarde, el 23 de noviembre de 1952, el diario ABC anunciaba:


Acompañaba a esta noticia una columna de ISIDRO, quien hablaba de los 1.200 kilos de carne congelada que habían llegado a Madrid y de la costumbre de comer pajaritos. Sobre esto último decía:
"Ademas que contamos con la ayuda de ese alimento propio de la temporada a la que, según el humor de cada cocinero, llaman "pavas", "fortalezas volantes" o simplemente pajaritos fritos, que se dora y churrusca en las sartenes de los bares [...].

En 1968 saltaba la polémica. Ecologistas y protectores de animales ponían el grito en el cielo cuando doña Maruja Callaved daba una receta de pajaritos fritos en el programa de RTVE "Vamos a la mesa". La famosa locutora había comenzado por decir que la caza de estas avecillas estaba prohibida, pero había añadido "por si acaso el día de mañana se autoriza".



Como en ocasiones anteriores, a la prohibición se le hizo poco o ningún caso. Los madrileños continuaron degustando pajaritos hasta que a finales de la década de los sesenta del pasado siglo; para ser más exactos, hasta enero de 1968, que es cuando vuelve a recordarse la prohibición.
Así se publicaba la noticia en Hoja del Lunes [III (1.505) Madrid, 29 de enero de 1968]:



El viernes 26 de octubre de 1971, el Pleno municipal daba curso a varias ordenanzas entre las que se encontraba -una vez más-, la prohibición de venta de pajaritos fritos. En 1979 se renovaba la ordenanza.
La policía municipal podía requisar el producto y multar a cafés, bares y tabernas. Se salvaban de esto aquellos que mostraban a la autoridad la certificación de producto autorizado, aludiendo a que se trataba de "pollos de codorniz criados en granjas".

Lo cierto es que el Ministerio de Agricultura autorizaba la cría, sacrificio y comercialización de pájaros en granjas debidamente registradas. A estos pajaritos se les denominaba "granjitos", y su consumo estaba permitido. Un empresario del sector, decía en 1999:

"Debe comer granjitos para no matar pajaritos, su mejor sucedáneo".

Poco antes, en 1995, don Camilo José Cela escribía su "Elogio de los pajaritos fritos" para el diario ABC:
"Tienen un sabor delicado, son como las trufas del aire o la mojama de sirena del mar, pero la ley prohíbe paladearlos aunque fuere con mimo y reverencia, con deleite, parsimonia y angélico regustillo y timidez; es una verdadera lástima que las papilas del gusto del legislador no hayan pasado aún de la mortadela o, en los casos verdaderamente afortunados, de los espaguetis.
¡Peor para los legislados, que tan mal pago reciben de quienes les cobran los dineros!."

Y aquí paramos de contar, porque como parece que las leyes y ordenanzas son para saltárselas, y hasta en el siglo XXI se continúa hablando del tema.



Bibliografía
Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor.

[1] La Rosa Angelina, Pascual. 1917. Nutrición, cocina y arte. Cocina artistica y casera. I (2), p. 6-13

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domingo, 29 de enero de 2017

Gastrofestival. Madrid, 1917: Langostinos a la Arlequín

Un año más, y hasta el 5 de febrero de 2017, se celebra en Madrid el ya afamado Gastrofestival, evento que en ésta, su octava edición, lleva por lema "Madrid para comérselo".
Para los amantes del buen yantar, bajo el marco incomparable de la villa y corte más gastronómica, es una cita ineludible y un programa exquisito.

Historia Urbana de Madrid disfruta el presente y rememora el pasado de nuestra ciudad y su gente. Por tal motivo, y a propósito del festival gastronómico, ofrece a sus lectores una serie de recetas de antaño.

Inauguramos el recetario con un Neptuno que está para comérselo.


Cocina artistica y casera
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Langostinos a la Arlequín
La siguiente receta, que tiene ya cien años, mezcla la gastronomía con el arte y es prueba del gusto e imaginación de los cocineros de siempre, salvando algunas diferencias.
Si hoy la química interviene en gran medida en platos sofisticados, en la presente receta también hacen uso de ellos.
"Este plato que [...] tiene una vista sorprendente, hemos querido sacrificar la visualidad del grabado a la realidad.

Pónense a cocer, con legumbres y sal, después de haberlos lavado bien, un kilo de langostinos gordos; una vez cocidos, se ponen a enfriar, se escurren y se les pela la cola, teniendo mucho cuidado que no se despeguen de la cabeza.

Se hace una mayonesa, con buen aceite de oliva, que no esté muy espesa, y se agregan dos hojas de gelatina disueltas, dividiendo la mayonesa en dos barreños; en el mortero se machacan dos anchoas sin espinas, con aceite, se pasará al tamiz de seda y se agregará a la mitad de la mayonesa que se puso en un barreño, con una gota de verde vegetal; a la otra mitad de la mayonesa se le echará un polvito de mostaza inglesa y una gota de carmín.

A los langostinos, que tienen pelada la cola, y bien secos, se los embadurna la cola con la mayonesa, la mitad de un color y la otra mitad de otro, poniéndolos en una placa untada con aceite, y se deja descansar para que la mayonesa se consolide.

Cuezanse doce centollas pequeñas, y si no las hubiere, cangrejos de mar; se los vacía y rellenan de una ensalada de su carne, patatas, trufas y remolachas cocidas, y cortadas del tamaño de dos reales, decorándolas con los diferentes colores de las legumbres; una vez las centollas o los cangrejos rellenos con esa ensalada y bien decoradoa, se colocan alrededor del "Neptuno" y entre medias un langostino; en la parte de atrás, en el mismo zócalo habremos tallado dos copas, grande una y otra más pequeña, para engancharlos por la cola con mucha simetría; un atelete con dos hermosas trufas pinchadas en el centro. Una buena gelatina, mascando todos los huecos, y en el plato, para que esté bien cubierto imitando el líquido.

Para los caballos marinos y el «Neptuno» tenemos moldes de escayola, cuya manipulación es bien sencilla. Consiste en calentar estearina echándola en los moldes; una vez fría, se descomponen los moldes y aparecen los caballos; se ponen en un zócalo, bien de arroz, o de la misma estearina; la concha se puede hacer con un cuchillo, con arroz o estearina, y las ruedas lo mismo; se monta todo eso como está en el grabado, sus guarniciones alrededor, que con sus dos capas de langostinos atrás hacen un efecto brillante y un conjunto soberbio.

Nota.—La ensalada de las centollas o cangrejos de mar, sazonada con aceite y vinagre." [1]

Curiosa receta de elegante resultado que rinde homenaje a la fuente de Neptuno del Salón del Prado.
Añadimos al homenaje nuestro recuerdo al señor Enrique Guerra, jefe de cocina que fue del entonces llamado Nuevo Café San Bernardo. Este café, fundado en 1907, era famoso por sus veladas musicales y sus bistecs, incluidos en la carta de su salón restaurante.

En la siguiente fotografía podemos reconocer a don Enrique en 1917

ENRIQUE GUERRA
Fotografía de autor anónimo
© Archivo HUM
© 2017 Eduardo Valero García-HUM 017-001 RECETAS
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Y si hemos recordado una receta centenaria, un café restaurante y un cocinero, no podemos olvidar a quienes suministraban productos o daban servicios indispensables para el buen hacer en los fogones.





¡Bon appétic!


http://www.gastrofestivalmadrid.com/es/



Bibliografía
Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor.

[1] La Rosa Angelina, Pascual. 1917. Nutrición, cocina y arte. Cocina artistica y casera. I (2), p. 6-13

En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2017) "Gastrofestival. Madrid, 1917: Langostinos a la Arlequín", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/ ISSN 2444-1325

[VER: "Uso del Contenido"]

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sábado, 31 de diciembre de 2016

La Fuente del Cura de la calle del Pez

La emblemática calle del Pez, otrora arteria muy noble de esta villa y corte por sus importantes vecinos, era arroyo contundente en épocas pluviales. En ella hubo una fuente de regias aguas de la que hoy hablamos a través de su historia y leyenda.
La que estaba al final de la calle del Pez, llamada del Cura, ha sido suprimida, distribuyendo sus dos caños; uno á la plazuela de los Mostenses para aguadores, y el otro á la travesía de la Cruz-verde, calle Ancha de San Bernardo, como caño de vecindad […]” [1]

El 23 de septiembre de 1848 desaparecía del paisaje señorial de la calle del Pez la fuente conocida como “del Cura”. Ciento sesenta y ocho años después de su desmonte la recordamos.

Los periódicos de aquellos días atribuían la desaparición de la fuente a las mejoras urbanas que se desarrollaban en diferentes puntos de la ciudad. La noticia era de interés y, por tanto, publicada en el Heraldo, La España, El Observador, El Espectador, La esperanza y El Clamor Público; de éste último recuperamos su texto:


Ubicada sobre la calle del Pez, aproximadamente entre las de las Pozas y de Cruz Verde, la fuente era sustituida por un caño de vecindad para esta última arteria.

Como todo lo que ocurre en Madrid, entonces también surgió la polémica. Para algunos la fuente era “incómoda y estrafalaria”, además de un estorbo para el transeúnte; para otros hubiera sido más loable restaurarla, añadiendo dos caños a los ya existentes.


Calle y fuente del Cura
Lo cierto es que durante mucho tiempo, la del Cura, como otras fuentes, fue citada como punto de referencia en los avisos de la villa, e incluso llevó este nombre el tramo de la calle del Pez comprendido entre San Bernardo y Andrés Borrego (antigua de los Panaderos).

Plano de la Villa y Corte de Madrid: en sesenta y quatro láminas… 
D. Fausto Martínez de la Torre y D. Josef Asensio (1800)
Madrid. Imprenta de D. Joseph Doblado

Son muchos los anuncios donde aparece, al menos desde el año 1744. En algunos casos sin otra referencia domiciliaria, como éste del "Kalendario Manual, y Guía de Forasteros en Madrid" de ese año, que habla de un miembro del Consejo Real de Indias:


Añadimos algunos anuncios más y el año de publicación:

1758

1760

1762

1763

Y así podríamos publicar un centenar de ellos y nombrar a cada uno de los hombres importantes que en rededor de ella vivieron, como este señor marqués:

1764


Sus aguas
El agua de la fuente del Cura provenía de uno de los cinco viajes que abastecían a todas las de Madrid; en este caso era la del Viaje de Amaniel (o del Rey), que proveía, además, a las fuentes del Cuartel de guardias de Corps; de Matalobos (en la calle Ancha de San Bernardo); las de los dos patios pequeños de Palacio; la de la Casa del Tesoro; la de la casa del conde de Altamira, y la de las caballerizas Reales. [2]
Todas las quales, juntas con la del Cura, la de Matalobos , y la de los Hornos de Villanueva , que son de viage aparte , y con los de agua gorda de los Caños del Peral, y los de la calle de Segovia, viene á tener Madrid al pie de setecientas Fuentes de salutífera agua dulce.” [3]
En el siguiente plano del Archivo General de Palacio podemos apreciar lo que fue el valle de Amaniel, con mojoneras y nombre de los propietarios de las tierras que lo rodeaban.

"Detalle del valle de Amaniel, con mojoneras y propietarios de las tierras que lo rodean,
en el que se indican posibles emplazamientos del inicio del viaje ¿1655?."
AGP, Sección de Planos, nº 1204.
Los Viajes de agua de Madrid durante el antiguo régimen.
Virgilio Pinto Crespo (Dirección)
Rafael Gili Ruiz
Fernando Velasco Medina
© De la edición, Fundación Canal. Julio 2010
ISBN: 978-84-932119-6-7
DEPÓSITO LEGAL: M-33574-2010


En un estudio de la calidad del agua y otros aspectos físico-médicos, el catedrático de química Luis Prous escribía sobre el análisis del agua de la fuente del Cura realizado el 11 de abril de 1800:
“[…] repetimos este experimento en presencia del mismo Don Pedro Gutiérrez Bueno con el agua de la fuente del Cura, cogida en tiempo claro: estaba a trece grados del termómetro; y para sumergirse en ella el pesa-licor hasta la señal del agua destilada necesito 0,5 de grano.” [4]
Ya había realizado un estudio similar sobre la densidad del agua don Juan Claudio Polanco entre los años 1728 y 1729, obteniendo resultados similares, pero siendo más pesada que en 1800.

Fuentes del Viaje de Amaniel en 1855


Ubicación en los planos de Madrid
Nada queda de aquel surtidor de la homónima calle de la fuente del Cura; sólo las referencias escritas y varias representaciones en planos antiguos. Estos documentos nos ofrecen una visión clara de su emplazamiento; en todo caso, señalizada por pequeños pictogramas que la ubican casi con precisión meridiana.
Así, y presentados por orden cronológico, en el Plano de la Villa de Madrid de Mancelli y Wit (1622 ó 1635) apreciamos una especie de rollo o picota con pilón que representa a la famosa fuente.



En otro plano de Madrid de 1715, obra de Gabriel Bodenehr, queda más o menos representada como en el plano anterior.

Institut Cartogràfic i Geològic de Catalunya
R.M. 171609 – Mapes d’Espanya (s. XV-XX)
http://cartotecadigital.icgc.cat


Más tarde, en el Plano geométrico e histórico de la Villa de Madrid de 1761, Nicolás Chalmandrier ofrece una fuente más definida (quizá una recreación), donde podemos apreciar taza y pilón ricos en detalles escultóricos:

Bibliothèque nationale de France, département Cartes et plans, CPL GE DD-2987 (1642 B)


Lo mismo ocurre en el facsímil del Plano topográfico de la Villa y Corte de Madrid de Antonio Espinosa de los Monteros y Abadía (1769), publicado en 1902.



Ya en el siglo XIX, a treinta y seis años de su desmonte, la fuente es delineada por Pedro Lezcano y Carmona como un simple punto sobre la cartografía de la emblemática calle:



Y en el Plano parcelario de Madrid de 1879 aparece la inscripción “F”, quizá haciendo referencia al caño o fuente de vecindad para la calle Cruz Verde.




Un inciso: La fuente de la calle Cruz Verde
En todos los casos, la fuente se sitúa más cercana a la calle de Las Pozas, sin embargo, como se anunciaba en las noticias, pasaba a ser caño de vecindad para la calle de Cruz Verde, otrora de las Tres Cruces; arteria poco agraciada donde la Santa Inquisición realizaba ejecuciones con la posterior cremación de los cadáveres.

¿Detalles de la ejecución?
Los habituales de aquellos tiempos.
De aquellos tiempos, en los
que la vida humana no tenía valor alguno...
Primero, la tortura.
Luego, un montón de ramas
con sus hojas verdes.
Unas ramas que formaban
una cruz.
La cruz del martirio.
La de la expiación.
La del castigo...
Unas ramas que se consumían
lentamente y lentamente devoraban
el cuerpo arrojado sobre ellas.
¡Ferocidad de los tiempos!
Increíble ferocidad, que hoy nos llena de pavor.
De angustia. […]
Terminada la ejecución a que
nos referimos, el público se retiró
lentamente del lugar del suplicio,
donde quedaban chisporroteando
las ramas verdes.
Aquellas ramas que el pueblo
asoció desde entonces al lugar
donde aquella tortura se había
verificado y donde seguirían verificándose
durante muchos años.
Lugar que aún conserva el
nombre siniestro.
Lugar que lleva el título de la
Cruz Verde en recuerdo de haber
estado allí uno de los primeros
quemaderos que hubo en la corte,[…]”

Fragmento de ”La calle de la Cruz Verde”, de Juan López Núñez [5]


Emilio Carrere posiblemente llame “fuentecilla” a ese caño de vecindad en una columna publicada en ABC:
De los cafés de los que no quedan ni los restos, quiero recordar el café de Prada, en la calle Ancha, junto a la fuentecilla de la Cruz Verde.” [6]
Esta cita de Carrere habla de la existencia de otra fuente, ya que, anterior a las noticias sobre el caño de vecindad, se hacía referencia a la de la calle Cruz Verde al menos desde los primeros años del siglo XIX. Así, en el Diario de Madrid del 7 de septiembre de 1806 se anunciaba:



Años más tarde, en el Nuevo Diario de Madrid del 17 de noviembre de 1821 aparecía este anuncio:



Resulta curioso que, mediando 15 años entre un anuncio y otro, en la misma casa se ofreciesen nodrizas.

El número 23 (antiguo) de la calle Cruz Verde corresponde a la Manzana 481 de la planimetría de Madrid, y la sitúa bastante retirada de la fuente del Cura, por lo que ésta, como otra que descubre Carpetania Madrid en su ruta "El Rey pasmado, las andanzas de Felipe IV", pudo estar ubicada en un patio interior.



Misma ubicación se da en el libro manuscrito “Distribución de las aguas pertenenciente a este viaje, año de 1812” pero como proveedora de agua de la fuente del Cura y perteneciente al Viaje de la Castellana.
Fuente pública del Cura la Calle del Pez esta toma debajo de una losa que se encuentra al comienzo de la Calle de la Cruz-berde junto a la acera que esta frente de la casa nº 23 de la manzana 481, teniendo su dirección la cañería por la Calle de la Cruz asalir a la del Pez donde ya se introduce enotra fuente, cesando aquí todas las […] pertenecientes á este viaje de la Castellana.” [7]
Sin embrago, en el estudio hidrométrico realizado entre el 16 de abril y el 20 de julio de 1867 por D. Félix María Gómez, Arquitecto de fontanería y alcantarillas de la villa de Madrid, se la califica como fuente pública cuyas aguas provenían del viaje de Amaniel.



Paisaje urbano
En todos los planos que hemos visto ha quedado reflejada la famosa fuente, pero en la Topografía de la Villa de Madrid de Pedro de Texeira (1656) no se hace referencia a ella. Quizá este mapa nos sirva, por sus detalles, para imaginar cómo se fue poblando la zona donde tuvo propiedades el eclesiástico D. Diego Henríquez y su relación con la fuente.
Como veremos más adelante, esas propiedades fueron adquiridas por la Villa en tiempos de Felipe II.



También, para recrear la vista y hacernos una idea del estado de ruina en que se encontraban muchas casas en el siglo XVIII, ofrecemos el plano de construcción de una vivienda en la calle del Pez, vuelta con la de los Panaderos (muy cercana a la fuente). La imagen corresponde a un expediente de reedificación del año 1752.



En el documento, la Cofradía de Nuestra Señora de la Almudena, nueva propietaria de los terrenos, solicitaba permiso para efectuar obras de reedificación “teniendo presente el fatal estado de su fábrica”. [8]

A ese deterioro de la que fue calle de vecinos importantes y con proliferación de comercios e industrias, en 1847 se sumaba la insalubridad y el abandono, no sólo por los habitantes sino también por el consistorio.



Conocidos ya algunos detalles sobre la fuente y sus aledaños, centramos nuestro interés en su historia y leyenda.


Historia y leyenda de la fuente del Cura Diego Henríquez
Utilizamos dos versiones sobre la fuente del Cura Henríquez para conocer su parte histórica y la posible leyenda.
La primera versión corresponde a la obra “Origen histórico y etimológico de las calles de Madrid” de Antonio Capmany y Montpalau, publicada en 1863 por El Contemporáneo. Este autor sitúa la historia en el año 1469.
La segunda, más extensa y divertida, corresponde al novelista Manuel Fernández y González, quien escribe “La Fuente del Cura” (publicado el 8 de abril de 1881 en la revista La América), relato histórico-novelesco en veinte cuadros con el cura y su tía como protagonistas. Para este autor la historia se desarrolla entre 1462 y 1469.
En esos tiempos reinaba en Castilla –con no pocos inconvenientes- el Trastámara Enrique IV (Valladolid, 1425 – Madrid, 1474).


1 - Antonio Capmany – Calle de la Fuente del Cura
Atendiendo a la descripción que Antonio Capmany y Montpalau hace sobre la calle de la Fuente del Cura, sabemos que ésta ya existía en 1469 y que era propiedad, junto con cinco pozas, del tal Diego Henríquez:
“[…] y la fuente de su casa, fué de las primeras que se vieron en Madrid con juegos y saltadores que en la mañana de San Juan subían á una grande altura, llamando la atención de los moradores de esta villa que íban á verla […]”. [9]
Decía Capmany que la fuente era “de aguas muy finas” y que don Diego en esos tiempos era casi octogenario.
Decía también que este señor pasaba la mayor parte del año en Guadalajara; que era sobrino de doña Isabel Henríquez [Hurtado de Mendoza], duquesa del Infantado, y que a su primera misa asistió de madrina nada menos que la “Rica-hembra” de Guadalajara, doña Juana de Mendoza, esposa de Alonso (o Alfonso) Henríquez, Almirante de Castilla.

Como hemos comentado, Capmany sitúa la historia en 1469, por tanto es imposible que la “Rica-hembra” asistiese a la misa, pues había fallecido en 1431.

Con estos datos podemos decir que el cura Diego Henríquez (o Enríquez) perteneció al linaje de los Enríquez de Castilla y fue descendiente de alguno de los catorce hijos de Juana y Alonso, puesto que su tía, Isabel Henríquez Hurtado de Mendoza, era la octava entre ellos.

En nuestra búsqueda incesante encontramos a Diego Enríquez, hijo de Enrique Enríquez de Mendoza, conde de Alba de Liste, y de María de Guzmán Suárez, Señora de Alba de Liste.
Enrique Enríquez de Mendoza, conde de Alba de Liste era hermano carnal de Isabel Hurtado de Mendoza.

Tampoco podemos asegurar que sea el Diego que nos ocupa, puesto que en el portal de genealogía sologenealogia.com indican que había nacido hacia 1463 y fallecido en 1550.

En el relato de Fernández y González que veremos más adelante, el cura lleva por nombre el de Diego Enríquez de Cabrera. Pero ese Diego, relacionada también con los Mendoza y los condes de Alba de Liste, había nacido entre 1572 y 1604.


Complicado resulta poder aseverar la identidad del tal Diego Henríquez, personaje que quizá nada tiene que ver con esta historia, lo mismo que su augusta tía Isabel Henríquez. Pero como las leyendas suelen basarse en hechos reales, alguna concordancia con esta noble familia tuvo que existir.

Continuamos con las explicaciones de Capmany, quien asegura que, una vez fallecido el cura Henríquez, sus propiedades fueron adquiridas por la Villa:
En la época de Felipe II, cuando trasladó su corte de Toledo, compró la villa esta posesión, con la fuente y minas que llamaban del Cura Henriquez, y mucho mas adelante se construyeron casas, erigiéndose una fuente para comodidad del vecindario, la cual ha permanecido hasta nuestros días, siempre con la denominación de la Fuente del Cura, nombre que le ha quedado á la calle, aunque la fuente ya se ha quitado de allí.
Y así acaba lo que contaba Capmany. Otros autores hicieron referencia a la fuente, creando un poco más de confusión a la búsqueda de datos concretos.
Así, D. Ramón de Mesonero Romanos en su libro “El antiguo Madrid” escribía de la fuente:
“[…] habiendo desaparecido también hace pocos años la mezquina fuente que á su salida á la Ancha de San Bernardo, llevaba el nombre del Cura por haberla costeado el párroco de Colmenar.” [10]
Vuelven a decirlo Peñasco y Cambronero años después, en 1889:
“[…] se llamaba en el siglo pasado Fuente del Cura, por lo que ya existía con este nombre, construida por el párroco de Colmenar.” [11]
Esto nos lleva a pensar que la fábrica de la fuente era de piedra de Colmenar, y no de mármol como veremos más adelante. Y que quizá don Ramón quería decir que había costeado el dispendio un “colega” del cura. No hemos hallado datos que puedan confirmar esta hipótesis.

Antes de continuar advertimos al lector que todo lo aquí entrecomillado corresponde a las consultas realizadas en los documentos citados en la bibliografía. Cualquier similitud con lo existente en otras publicaciones de internet, donde no figura ni una sola comilla, no nos interesa.

Continuamos, pues, con nuestra historia y prescindimos de otros datos que cuenta Pedro de Répide sobre parte de los terrenos de Henríquez que compra Juan Coronel, de la leyenda del pez y la calle homónima.


2 - Fernández y González – La Fuente del Cura
Fernández y González y Antonio Capmany ofrecen datos coincidentes en lo biográfico del personaje Diego Henríquez, mas existe una diferencia notable en cuanto a la edad; si para el primero en 1462 el cura no llegaba a los 30 años ni era eclesiástico, para el segundo en 1469 era un sacerdote casi octogenario.

Por otra parte, Isabel Henríquez Hurtado de Mendoza había nacido en 1417, lo que quiere decir que en 1462 tenía 45 años y en 1469, 52 años. Este dato tiene su importancia, pues, en efecto, Diego Henríquez no pudo ser anciano en esos tiempos. Desde el punto de vista histórico, el cura Henríquez pudo haber nacido hacia 1438.

Pero falla Fernández y González al decir que Isabel era nieta de la Rica-hembra, pues era su hija; y también al decir que era viuda en 1462, ya que su marido, Juan Ramírez de Arellano, señor de Aguilar de Inestrillas y de los Cameros, fallece en 1469.

En relación a Isabel Henríquez, las biografías encontradas señalan ese año de 1469 como el de su fallecimiento, algo en lo que coinciden ambos autores. Es posible que el relato que viene a continuación –salvando sus errores cronológicos-, indique que era viuda reciente y el final de la historia (a partir del cuadro quince) se desarrolle a mediados y finales de 1469.

La obra de Manuel Fernández y González relata la historia de dos amores imposibles, sus consecuencias y el fatal desenlaza que tiene por resultado la construcción de la fuente.

Escribía Fernández y González en el cuadro segundo de su relato:
En 1462, época en que le damos á conocer á nuestros lectores, el don Diego, que no habia cumplido sus treinta años, aún no era eclesiástico. Habia estudiado, es cierto, en la famosa Universidad de Salamanca […] según se murmuraba, era más fuerte don Diego, era en las ciencias ocultas, particularmente en la astrología judiciaria.
Y como la nobleza de entonces pasaba de mantener vagos, dice el novelista en el cuadro cuarto:
Así fué, que apenas acabados sus estudios y cuando apenas si contaba venticuatro años don Diego, se le conminó si no entraba en religión, ó por lo menos en el sacetdocio, se le quitarían los alimentos, se le dejaría reducido á sus propias fuerzas y se buscaría un protesto plausible para echarle de la familia […]”
Y esto se lo comunicó la ya mentada tía Isabel Henríquez en el cuadro quinto; y aquí el fallo cometido por Fernández y González sobre el parentesco de Isabel con la “Rica-hembra”:
“[…] doña Isabel Henriquez, su tia, que se jactaba de venir en línea recta de la famosa esposa del almirante Henriquez, que se conoce por excelencia en la historia de aquél tiempo el sobrenombre honorífico de la Rica-hembra, y por razón de la sangre, y de la tradición y del ejemplo, su nieta doña Isabel, tia de nuestro don Diego […]”
Muy mal le sentó aquello al joven Diego, que era galante, pendenciero, y poco le entusiasmaba la iglesia. Pero peor le sentó porque se lo decía su tía, de quien se sentía atraído y profundamente enamorado.
Así queda reflejado en el cuadro séptimo:
Además de esto, tenia el don Diego clavada, como una espina en el corazón, una mujer y no podia resollar sin que la espina le hiciese daño; y cabalmente la señora de sus pensamientos, que le traia casi loco, guardando el secreto de unos amores que no se atrevía á manifestar, era su propia tia doña Isabel, que tenia unos ojos de fuego, negros como la noche, como la noche profundos y como ella llenos de misterios; unas mejillas redondas, densas y pálidas, con fuerza de vida, con la blancura suave y sensual de la azucena; una boca pequeña y fresca, de labios húmedamente rojos; que cuando se sonreía, que era con frecuencia, causaba eú sus megillas dos oyitos en que se enterraban las almas de los más helados, y dejaban ver una dentadura quo por sí misma enloquecía: esto sin contar con la riqueza de los cabellos rizados, negros como la endrina, y un lujo de formas mórvidas, macizas, duras, protuberantes, con una gran belleza y de tal manera incitativas, que toda locura á que por ellas se sintiera arrojado un hijo de Adán, habria sido disculpable; que tal era aquella Eva que mandaba á su Sobrino se hiciese clérigo.
Pero hete aquí que su ardorosamente descrita tía también se sentía atraída por su joven sobrino.

Entonces en el cuadro noveno surgen las preguntas:
—¿Y cómo,—podrá decir el curioso lector,—no se casaban aquellos enamorados secretos que de tal manera por la no satisfacción de sus secretos amores se consumían, cuando todo ello era cuestión de dispensa y habia dineros largos para que Roma alzase á la carrera las dificultades, permitiéndoles ser felices?
¡Válame Dios por la ignorancia de las cosas de otros tiempos!
¿Cómo una ilustrísima viuda, una dama de altos respetos, toda una duquesa del Infantado, habia de cometer la indignidad imperdonable de violar su viudez, siquiera fuese con la autorización del Papa, ofendiendo la memoria, y aun pudiera ser muy bien que el alma en pena de su marido, dando lo que él tal vez echaba de menos en la eternidad, el encanto de su hermosura y el paraíso de delicias de su alma enamorada, no ya á un cualquiera, que siempre hubiera sido mostruoso, sino á un su sobrino carnal, que ésto pasaba ya de los límites de lo inconcebible? […]”
El cuadro décimo se desarrolla en Guadalajara. Antonio Capmany nos había contado que el cura pasaba gran parte del año en aquella provincia, donde también residía su tía.
Y es en este cuadro donde Isabel obliga a su sobrino a marcharse y no volver hasta ordenarse y haber cantado misa. Enríquez, desconsolado, espeta:
—que si vos queréis que me encapille la sotana es por poner más estorbos al amor que me tenéis, y que por los divinos ojos se os ha salido; y yo os digo que donde voy á profesar es en vuestros deliciosos brazos que el amor ha hecho para ventura mía, y de este corazón abrasado que no sabia cuánto vos le amabais.
Entonces los sentimientos que los parientes se profesan fluyen ardorosos, aunque medianamente controlados por parte de su tía; pero, lejos de saciar los más “nobles” deseos de la carne, terminan en una gresca.
Y como era desatentado y atrevido, á fuer de estudiante dejado de la mano de Dios, y vio lo aturdida que su tia estaba, que casi agonizaba, á ella se fué con los brazos abiertos y en ellos la estrechó tan de improviso y con tal fuerza, que al no ser doña Isabel tan grande y tan forzuda, del abrazo no se suelta; y aún así no se vio libre sino con gran detrimento de su persona y aun de su trage, que rasgándose alguna parte más de lo conveniente la casta hermosura del seno dejó al descubierto; de lo que tal vergüenza á doña Isabel la sobrevino, que cubriéndose con el brazo izquierdo lo que la avergonzaba y levantando el derecho, dio una terrible bofetada á su adorado sobrino, diciéndole toda indignada y furiosa:
—Tomad por lo que habéis hecho.
Y luego ella misma se dio otra descomunal bofetada, añadiendo:
—Y yo también, si por algo he dado ocasión á vuestra desvergüenza.
Llama Isabel a sus criados a gritos. Huye don Diego saltando muros y, a pesar de las inclemencias del tiempo y el frío, raudo parte de Guadalajara con su escudero hacia su casa de Madrid. Y a ésta llega enfermo.
Y en el cuadro decimo primo se repuso Isabel de tamaña escena. Tranquilizó a sus criados, que alerta estaban, con la manida escusa de que había visto un ratón. La servidumbre entre ellos cuchichearon: “—Parece mentira que siendo tan alentada y brava la señora la pongan tan á morir los ratones.

Y a morir se puso la noble dama y acabó en la cama, según cuenta Fernández y González en el cuadro decimo segundo. Tan mala como su sobrino se puso; y los galenos dictaminaron que “la señora tenia una calentura de mucho cuidado, y que fortuna sería sí no se andaba con ella bien de prisa.”

Por medio de la avanzada medicina de entonces, es decir: “sangrías”, “aguas cocidas de cuantas yerbas Dios crió”, “ventosas” y “pediluvios”, los médicos sacaron adelante a tía y sobrino.
“[…] y limpios de la fiebre del cuerpo los dejaron; pero no de la fiebre del alma que crecía y crecía en ambos, y de tal manera que ella se dolía y se arrepentía de haber sido tan cruel, más para sí misma que para su enamorado, y él de haber sido tan cobarde, tan temedor de gritos, que bien pudo haber sofocado, después de lo cual hubiera sobrevenido forzosamente el casamiento que era para don Diego no sólo un ansia del alma, si no también de la codicia y de la vanidad, dado que doña Isabel por estar próximamente emparentada con el rey, y por ser duquesa propietaria del Infantado, era un partido capaz de sacar de quicio al menos ambicioso […]”
Ya en el cuadro decimo tercero Isabel Henríquez, por medio de una misiva, conmina a su sobrino a que se haga religioso; y le anuncia que, en vista de lo mucho que le ama, ella se encierra en el convento de Santa Clara de Madrid. [12]

Contesta su sobrino don Diego con otra misiva. En esta sale a la luz el nombre con el que Fernández y González bautiza al cura: “Diego Henríquez de Cabrera”, del que ya hemos hablado.
Mi muy amada tia; pues que vos creéis que yo estoy torcidamente empeñado en propósitos con cuya consecución podria perderse mi alma, y por el amor que me tenéis, me ordenáis que me ordene, sin más réplicas ni argumentos á obedeceros me allano, y tanto más cuanto que vos me decís que no tendréis paz en el alma sino cuando me veáis sacerdote. Empezad á tenerla, conociendo cuánto os amo, dado que os obedezco.—Vuestro amantísimo sobrino, don Diego Henríquez de Cabrera.
A partir de ese momento, desde el cuadro decimo quinto al decimo séptimo, el autor sitúa la historia en Valladolid. Dice que dos meses después de las epístolas, apadrinado por el rey y amadrinado por su tía, el ínclito cantaba misa en la iglesia del convento de San Gregorio, en Valladolid.
Llegado el momento de la consagración, a la duquesa del Infantado le sobrevino un síncope que a punto estuvo de dejarla en el sitio. La llevaron a su posada y fue atendida por los galenos.

Se hizo la noche y el novel cura tuvo a bien sobornar a uno de esos doctores para que le llevase disfrazado como su practicante a los aposentos de su tía Isabel, y que allí le dejase a solas con ella.
Al llegar cerca de la posada, caminando por un lóbrego callejón junto a las tapias del cementerio de San Andrés, se les aparecieron unos fieros hombres blandiendo sus espadas y amenazándoles de muerte.
Por patas salió el galeno, más don Diego les hizo frente y desenvaino su espada; entonces los recios hombres se desvanecieron en la oscuridad dejando paso a una mujer vestida de blanco y cubierta con un velo.
Lejos de pensar en un fantasma, Diego vio en ella a su tía. Y una voz de ultratumba habló:
—Vas á ver—le dijo con una voz que ponía espanto por que parecía venir de la eternidad,—lo que es lo que has querido lograr con un sacrilegio perdiendo tu alma.
Aquella figura femenino comenzó a descomponerse; desapareció la carne de su cuerpo y quedó convertida en lamentable esqueleto.

Acto seguido el joven despertó sentado en un sillón de su posada. Había tenido una horrible pesadilla.
Nervioso y angustiado, pensó en su tía y raudo partió hacia la posada donde descansaba la duquesa para conocer el estado de su salud.
Al llegar preguntó al portero; éste le respondió:

—La duquesa a muerto.

Y en efecto así fue, doña Isabel Henríquez Hurtado de Mendoza, había muerto poco antes de las doce de la noche, y fue en el año de 1469. (En esto coincide con Manuel Capmany y con la biografía de la dama).

En los cuadros siguientes Diego está en Madrid; había salido de Valladolid nada más enterarse del fallecimiento de su tía.
Manuel Fernández y González recrea el momento en que el cura Diego Henríquez pide a un renombrado escultor la confección de una fuente:
—Yo […] como lo veis tengo en esta heredad mía cinco pozos y una fuente de agua cristalina: ¿porqué no habíamos de hacerles un hermoso pilón de mármol blanco, y en él un peñasco, y sobre el peñasco la estatua de una mujer que yo os diré? No reparéis en el costo que yo soy rico, ni atendáis más que a la hermosura de la obra.
Y así fue que se instaló una artística y preciosa fuente que pudo ser más o menos como la recreamos basándonos en el estilo propio del siglo XV y la descripción que hace Fernández y González en el cuadro decimo octavo:
Aceptó el escultor, y seis meses después la obra, hermosa sobre toda ponderación, estaba hecha, y el agua saltaba en ingeniosos juegos de los surtidores.
Sobre el peñasco, sentada, abatida, con los brazos abandonados y con la expresión de la más honda desesperación, había una estatua que representaba á doña Isabel.
Para la semejanza habían valido retratos.
Del pecho le saltaba un chorro de agua, que parecía representar las lágrimas en que su corazón se deshacía.
Nadie entendía lo que esto significaba.





Dice Fernández y González que se tardó seis meses en confeccionarla, y que poco tiempo después don Diego adoleció de muerte.

Antonio Capmany comenta que el cura “en los últimos años de su vida adoleció de una hidropesía”, y que sus criados lo hallaron muerto una tarde apoyado sobre la taza de la fuente.

Tanto Capmany como Fernández y González aseguran que el confesor de Diego Henríquez ordenó retirar la escultura y enterrarla, colocando en su lugar una cruz.
Para Capmany estuvo allí hasta su desaparición (en 1848); sin embargo, para Fernández y González, con el transcurrir de los tiempos la cruz “fue cambiando de forma, y tomando cada vez una más humilde.”

Esto nos hace suponer que a finales del siglo XVII o principios del XVIII también había desaparecido la cruz. O quizá la que mencionan ambos autores sea una deformación de la historia y esté asociada a la fuente de la calle Cruz Verde que hemos citado más arriba.

Basamos nuestra suposición en uno de los dibujos que ilustran el citado libro “Distribución de las aguas perteneciente a este viaje, año de 1812”, una de las tantas joyas que atesora nuestra Biblioteca Nacional, donde podemos apreciar una fuente de estructura piramidal con cuatro caños en la que es visible el escudo de la villa, por tanto, pública y con aguadores.



Hechas estas aclaraciones, continuamos con Manuel Fernández y González, quien finaliza su historia novelada en el cuadro vigésimo con estas palabras:
Tal es la tradición que se nos ha contado, y así la hemos hecho aparecer en nuestro relato.

Como hemos conocido durante este trabajo, existen dos versiones sobre la historia y posible leyenda; la primera de 1863, y la segunda de 1881. Versiones posteriores se apoyan en estas dos, añadiendo o quitando datos, más ninguna aporta mayor consistencia.

Nuestra intención ha sido encontrar las referencias y coincidencias históricas que permiten dar veracidad –con más o menos exactitud-, sobre los hechos que pudieron llevar a la construcción de la fuente.

Que existiese tal y como la hemos recreado queda en entredicho; sin embargo, vistos los planos que la representan, la fuente allí estuvo instalada y quizá con una cruz desde su origen o tal como se retrata en la ilustración de 1812.

Ningún documento gráfico puede corroborar la presencia de obra escultórica tan peculiar como la que dicen había encargado el cura; caprichoso retrato de importante persona llamada Isabel Henríquez Hurtado de Mendoza, duquesa del Infantado.


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Bibliografía
Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor.

[1] Madoz; Pascual
[2] Décadas médico-quirúrgicas y farmacéuticas. 1821, n.º 13. Análisis y observaciones de las aguas de Madrid… página 175.
[3] Diversion de cortesanos y estrella de forasteros guía pequeña de Madrid – 1778 – Madrid, Imprenta de Andrés de Soto
[4] Décadas médico-quirúrgicas y farmacéuticas. 1821, n.º 13. Análisis y observaciones de las aguas de Madrid… página 176.
[5] Juan López Núñez (1935) La calle de la Cruz Verde. Del folletín de la vida. La Voz, XVI (4.402) p. 4
[6] Emilio Carrere (1945) Crónica y responso de los cafés desaparecidos. ABC, XXXVIII (12.191), p. 3
[7] Anónimo. Distribución de las aguas perteneciente a este viaxe, año de 1812. Manuscrito con ilustraciones. Biblioteca Nacional de España. Signatura: MSS/21478
[8] Expediente de reedificación de una casa en la Calle del Pez. (1752) Madrid. Petición de reedificación, informes, licencia y planos. Biblioteca digital Memoria de Madrid. Signatura: 1-84-16 Ayuntamiento de Madrid.
[9] Origen histórico y etimológico de las calles de Madrid” de Antonio Capmany y Montpalau, publicada en 1863 por El Contemporáneo.
[10] Mesonero Romanos, Ramón de. El antiguo Madrid. 1861 p. 293
[11] Peñasco de la Fuente, Hilario; Cambronero, Carlos. (1889) Las calles de Madrid. Noticias, Tradiciones y Curiosidades. Madrid. P. 384
[12] Madoz…. “Santa Clara: estaba situado este convento entre la calle del Espejo y la que todavía lleva su nombre; pero habiendo sido demolido en la época de la invasión francesa de 1808, […] se levantó de nuevo en la calle Sancha de San Bernardo, núm. 80, casa del duque de Montemar […].”

En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2016) "La Fuente del Cura de la calle del Pez", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/ ISSN 2444-1325

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