miércoles, 9 de julio de 2014

Un día de 1898 en el Parque de El Retiro


En estos recuerdos de papel se tratan de forma muy somera algunos espacios del Parque de El Retiro hoy casi desaparecidos o sin uso. También curiosidades y otros asuntos que bien podríamos desarrollar por separado y de forma más extensa -cosa que no dudamos en hacer- pero más adelante y en una serie de artículos que estamos preparando.


Un día de 1898 en el Parque de El Retiro
Introducción
Mañana soleada del mes de julio en el Madrid decimonónico. Es el año de 1898 y la ciudad ya cuenta con más de medio millón de almas. Es el tiempo de los ensanches, el nacimiento de barrios y las reformas. Época de novedosos mercados, estaciones ferroviarias y elegantes edificios; uno de ellos, el recién estrenado Ministerio de Fomento. Magnífica mole de puro arte lindando con el regio, por ser de reyes, Parque de El Retiro.

Fotografía del Ministerio de Fomento hacia 1906.
Sello en hueco con las iniciales "JL" en margen inferior derecho.
Papel fotográfico sepia, Albúmina 29 x 36 cm
© Museo de Historia Inv. 2001/38/13



También es el tiempo -y la moda- de la higiene y la puericultura para erradicar de la Villa y Corte tantas epidemias, tanta suciedad y excesivas muertes. Por eso aquel año se celebró en la capital el IX Congreso Internacional de Higiene y Demografía. Y por eso la gente se paseaba por El Retiro, donde el aire era puro y los baños de sol venían a cuento para subirse al vapor del estanque o ir a remo. Muchos, y de parné, emigraban en la temporada estival a Santander, San Sebastián o Gijón; entre estos se encontraba la familia Real. Otros potentados preferían los balnearios extranjeros.

Desde aquel saludable día de julio de 1898 vienen los recuerdos de papel de hoy que, os aseguramos, están nutridos de imágenes.


Por la Puerta del Príncipe
Del presente entramos al pasado por la señorial Puerta de la Independencia. Unos pasos antes de comenzar el relato nos topamos con un puesto de juguetes y tonterías.




Un año más tarde, en 1899, por la misma puerta hacían su entrada un grupo interesante de madrileños disfrazados que celebraban el Carnaval en los jardines, teatro y estanque. Casi nos rozamos con ellos en esa atmósfera de tiempo que concentra recuerdos en cada esquina de Madrid.



Parque, Teatro y más
Y es que El Retiro fue siempre -incluso cuando estuvo vetado al pueblo- lugar de diversión y gran escenario para las representaciones teatrales palaciegas. Así en 1640 se inaugura el Coliseo del Buen Retiro, donde el rey y la nobleza disfrutan del teatro de la época, permitiendo, en algunas ocasiones y cobrando, la asistencia del pueblo. Puede decirse que esta mezcla de estratos sociales convertía al Coliseo en un corral de comedias a lo grande; en definitiva, era un espacio privado de la realeza pero también teatro público.

Más tarde, en estos tiempos que nos ocupan, estuvo el Teatro del Jardín del Buen Retiro. Pero también estuvo el de Felipe Ducazcal.
Las fotografías de Compañy muestran a la troupe de los Jardines del Buen Retiro que actuaban en 1898 con la Compañia del Sr. Serra. La estrella principal era el siluetista O'Connor, a la izquierda del grupo en la imagen.



"...y ya no nos queda otro refugio que los Jardines del Buen Retiro. Allá, siquiera, hay música, baile, couplets, horchata de chufas, juego de coin, y no sé cuántas más diversiones honestas y económicas. Los dí­as de moda suelen sacudirse el polvo algunos apreciables y elegantí­simos sujetos, y esto no deja de contribuir al solaz de la concurrencia. Dentro de poco habrá también ópera barata,..." [F. Navarro y Ledesma. "Comentarios". La revista moderna. Año I Número 22 - 31 julio 1897]

¡Y pensar que por una miserable peseta todas las noches, se puede disponer de un Carlo-Magno!
EL MUNDO CÓMICO, AÑO IV. NÚM. 143 (1875)


En ocasiones se hacían celebraciones tan extrañas como la de un sábado de junio de este año 1898 que tratamos, por la que en el paseo circular de los jardines se subastaban las cabezas de los toros lidiados en una corrida patriótica, las moñas, banderillas, rejoncillos y carteles de raso anunciadores de dicha corrida. El fotógrafo Compañy retrató el evento.






Salud, esparcimiento... y lo que se tercie
Pero habíamos comentado que los madrileños de finales del diecinueve iban allí porque era un espacio saludable, y de eso no cabe la menor duda ni en los tiempos actuales.

Claro que no solo de salud vivían la mujer y el hombre; también el amor se paseaba por el Retiro en forma de tortolitos enamorados. Jóvenes ilusos que bajo las enormes arboledas se arrimaban en busca del beso; ese que no llegaba por timidez, por respeto, o porque aparecía el guarda.

Para evitar ser pillados -que el guarda estaba atento- se seguían ciertas normas de recato y decoro. Lejos de intentar arrumacos propios del deseo se divertían con el juego del viudo, tipo de flirteo encubierto que podía llegar a ser más pecaminoso que un beso. También estaba la socorrida sombrilla que protegía del sol y de las miradas indiscretas.



"Tregua y alivio a mis penas
buscando en las soledades
vagaba sin rumbo fijo
del Retiro por sus parques,
cuando en el más apartado
hallé a la pareja amante
aquella que hizo un día
con envidia la mirase."
Andrés Rodajo, 1897
 


Visitantes y lugares
Al Retiro acudía todo dios. El galante prohombre y el golfo. El primero con la familia, ayas y sirvientes; el segundo con la intención de conseguir una presa. Le daba lo mismo la fémina de alto copete que la más chula barriobajera.

Cohabitaban también otras especies: algún que otro millonario; el pollo estirado, de punta en blanco y engominado; el modesto obrero sin media perra, ni gorda ni chica; el duque o la condesa -o ambos a la vez; las jovenzuelas anémicas con recomendación de paseos por prescripción médica, y, cómo no, las casamenteras, que habitualmente iban acompañando a las citadas enfermas.
Y toda esta fauna había.




Fuentes y aguaduchos
Fuente de la Salud
De vez en cuando, por aquello de que el agua de Madrid era la mejor, algún hidrólogo, o amate de la hidrología como sanación de enfermedades, acudía a la Fuente de la Salud, cercana a la plazuela de la Pelota, y se echaba un buen "pelotazo"... de agua.



Allí estaba el aguaducho de "La Canuta", donde acudía D. Antonio Cánovas del Castillo a meditar sobre las cuestiones de Estado. Para esos altos pensamientos siempre será mejor beber agua, si no es ardiente.

Fuente Egipcia o de la Tripona
Otros amigos del líquido elemento se acercaban a la Fuente  Egipcia, más artística que la anterior por ser de estilo Imperio, y más mística por estar dedicada al dios Osiris. También se la llamaba "Fuente de la Tripona" y, como el Embarcadero Grande y otros espacios, fue capricho de Fernando VII para adecentar la zona, muy maltrecha después de la "visita" francesa.
Según un relato de A. Danvila Jaldero, publicado en La Ilustración Artística del 17 de mayo de 1897, junto a esta fuente se encontraba el aguaducho de una anciana llamada "Macaria", quien ofrecía agua, azucarillos, aguardiente, merengues, y hasta cognac.

"-¡Gracias a Dios y que mañanita tan hermosa!, exclama la anciana Macaria, dueña del aguaducho inmediato a la fuente monumental situada en uno de los extremos del estanque grande del Parque de Madrid, disponiéndose a colocar una docena de veladores de modesto pino en pintoresco desorden por las cercaní­as del puesto con el que gana «honradamente los garbanzos[...]
La aguadora interrumpe las reflexiones de la joven corista, poniéndole delante el vaso lleno de agua, en la que sobrenada un esponjoso azucarillo. -Estará fresca, ¿verdad usted?, pregunta Aurora. -No, señora, está a buen temple. Estas fuentes del Retiro dan siempre el agua muy agradable, porque como son obra de los moros, que sabían tanto, no sé qué mecánica tienen en las tuberí­as que sale así. Y esta agua es muy saludable y tiene mucha fama en todo el mundo y los médicos la recetan a todo el que quieren."

El dibujante Méndez Bringa ilustraba el relato con una preciosa composición donde podemos apreciar la fuente, el aguaducho y a una bellísima joven madrileña.



Embarcadero
Pero donde había más agua era en el Estanque Grande, y por ende, en el embarcadero que, como dijimos, se le antojó construir a Fernando VII. Construcción que parecía una pagoda china, bautizada por el pueblo como "de estilo chinesco", estaba dedicada al recreo y al arte de zampar manjares acompañados de chocolate; riquísimos soconucos del tan popular Matías López para el que la gente hacía interminables colas.



Estanque
Los más deportistas; los aventureros, y los enamorados, también hacían cola, pero en busca de un billete para el vaporcito que los llevaría de paseo por el inmenso mar madrileño. Otros enamorados, los del remo, esperaban para alquilar barcas individuales o colectivas.






La siguiente fotografía de M. Peiró, nos muestra cómo era la costa de ese mar en que antiguos reyes disfrutaban de batallas navales y regios paseos.


Como hecho curioso, nos remitimos a una noticia de los tiempos de Isabel II, recordada por La Crónica de Huesca en 1893 [Año II Número 279 11 de enero de 1893]

"En Madrid tuvieron los patines su apogeo en los últimos años del reinado de Isabel II. El Rey Francisco era muy aficionado a este ejercicio, y Carlos Schropp, el célebre alemán de la calle de la Montera, que era un maestro en este sport, daba lecciones a los personajes de la corte en unas charcas situadas en los Pozos de la Nieve, cerca de la puerta de Bilbao, al final de la calle de Fuencarral.
Se patinaba entonces en el estanque grande del Retiro, y una tarde en que Schropp conducía un trineo en el que iba el Rey D. Francisco, se rompió el hielo, tomando  el augusto esposo de Dª Isabel II un baño frío que le hizo perder mucho entusiasmo por su afición."

Grabado, ca. 1858

Otros espacios
Los hidrófobos encontraban mejor diversión en la Casa de Fieras, o en los paseos decorados con preciosos pabellones convertidos en palacios. Estos eran el palacio de Velázquez, construido para la Exposición Nacional de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales (1883) y el palacio de Cristal, diseñado para la Exposición de Filipinas (1887).
Había más cosas; enumerarlas y dar detalles de ellas no es nuestro objetivo, de momento. Lo cierto es que espacios para el relax los había a montones.

Los más sibaritas se acercaban a la vaquería García y Bastián, rival del embarcadero en el tema gastronómico, donde, además de llenar la andorga, podían beber un buen vaso de leche recién ordeñada.




Como no deseamos dejaros perdidos en El Retiro de 1898, disfrutando quizá de cualquiera de estos rincones fotografiados por Asenjo, Compañy y M. Peiró, avanzamos un poco en el tiempo hasta devolveros al presente.

De camino nos detenemos en el año 1902 para contemplar la gran torre de hierro que se elevaba treinta metros al cielo, cortando el horizonte madrileño. Nacía de la profunda cimentación que se escondía bajo el estanque y se apoyaba en cuatro fuertes pilares. Se comenzaba la construcción del monumento a Alfonso XII, allí donde había estado el embarcadero.



Otra parada; esta vez en el año 1914. La cámara de Calvet capta un momento en la construcción -ya muy adelantada- de la columnata general del monumento. Andamios, escaleras, rudimentarias grúas y enormes bloques de piedra; esos que Pedro Estany esculpió con maestría.



Nos detenemos ahora en 1920. Preciosa panorámica del fotógrafo Cortés con el flamante monumento que entonces aún no había sido inaugurado.



Finaliza el camino de regreso en el año 2011; por no hacer muy brusco el reencuentro. Maravillosa fotografía de nuestro amigo Carlos Viñas, a quien tanto agradecemos sus valiosas colaboraciones en este blog.




NOTA DEL AUTOR:
Creemos que algunas de las fotografías publicadas en este artículo ven la luz después de 116 años de olvido gracias a la investigación realizada.
Para cualquier consulta pueden comunicarse con el autor a través del correo electrónico madridblog@gmail.com


© 2014 Eduardo Valero García - HUM 014-022 RECUPAPEL