sábado, 12 de abril de 2014

Estampas. Madrid pueblo: Semana Santa y mantillas

Nada como la mantilla identifica el garbo y belleza de la maja madrileña de otros tiempos. Prenda verbenera, de liturgia, y porque sí, la mantilla se pasea este sábado previo al Domingo de Ramos por una calle de Madrid en la particular perspectiva del dibujante Bellón. Además, al ser merecedora de nuestro elogio y admiración, resucitamos un artículo publicado en la revista CRÓNICA del año 1935 para rendirle homenaje.




Transcribimos a continuación el artículo que firmaba Josefina Carabias en la revista CRÓNICA del 21 de abril de 1935, acompañado con entrañables fotografías de Videa.


No, no, lector, no es eso; tranquilícese. No se trata de colocarle ahora un articulito llorón a propósito de que la españolísima prenda, que, según dicen, tanto favorece a las mujeres, va a pasar a mejor vida. Nada de eso.
Yo creo que las cosas que tienen que suceder, suceden, y no pretendo evitarlo, ni ello sería posible con estas líneas.
Gran número de literatos les han dicho a las señoras ya, en todos los tonos de la prosa y del verso, que están guapísimas con la mantilla y que deber llevarla hasta para ir a la oficina. Sus razones tendrán ellas para no hacer caso, y, por tanto, me guardaré yo muy bien de insistir sobre semejante tema. La mantilla decae; es posible que dentro de poco desaparezca por completo. Pero no vale la pena de llorar por eso. Todo pasa y es inútil esforzarse en que perdure. Vamos, pues, a hacer un reportajito sobre la mantilla, tema obligado ea estos días de Semana Santa; pero sin el menor asomo de melancolía...

El comerciante, al hablar de la época de esplendor de la mantilla, 
muestra a nuestra colaboradora Josefina Carabias un ejemplar hecho a mano 
por las viejas encajeras de San Vicens dels Horts, en Cataluña. 
Representa esta mantilla más de un año de trabajo y un importante gasto 
en materiales muy ricos... Por eso vale sus buenas dos mil pesetas.


Aquellos tiempos...
El comerciante a quien me dirijo para que me hable de la mantilla sabe mucho de esto. Desde el año 1878 funcionan en Madrid sus almacenes, y desde entonces comenzó la Casa a proveer a las mujeres de la clásica mantilla española. Naturalmente, el comerciante que me habla hoy no conoció aquella época, porque es un hombre joven; pero su abuelo y su padre le hablaron de que por entonces, y mucho tiempo después, la mantilla era un artículo de primera necesidad.

Mantilla hecha a mano.
Precio, tres mil pesetas
—Aquí hemos vendido miles de mantillas al año. Todavía nos quedan algunas de aquellas de casco, que entonces se usaban: negras, para ir a la iglesia y para pasearse por las calles; blancas, para ir a los toros. Todas, absolutamente todas las mujeres, llevaban mantilla a fines del siglo pasado y principios de éste.
Lo único que variaba era el precio. La reina de España llevaba una mantilla de muchos miles de pesetas. La última menestrala se tocaba con una que valía siete u ocho. Pero fuera de la calidad, el color, la forma y el dibujo de la mantilla eran los mismos y de idéntica manera velaba y favorecía a todas las mujeres el rostro.
—¿Y cuándo se inició la decadencia de la mantilla?
Ahora es un primo del dueño de los almacenes, de más edad que él, quien me contesta.
—Pues verá usted... Yo comencé a trabajar en esta Casa hace cerca de treinta años. Entonces vendíamos muchísimas mantillas durante todo el año; pero especialmente en esta época de Semana Santa no dábamos abasto. Además, por aquella época, y aun mucho tiempo después, casi todas las mujeres se casaban con mantilla. Solamente las muy distinguidas lo hacían vestidas de blanco. La costumbre de casarse en traje de calle, y el haberse generalizado tanto el atavío blanco para las novias, han sido también causas de la paulatina desaparición de la mantilla española.
—De todos modos, yo creo que la venta de la mantilla no puede estar en relación [...] es una prenda que se estropea poco y que suele durar toda la vida.
—A pesar de eso, se vendía antes muchísimo, porque también en la mantilla cambiaba la moda. Primero fueron las de casco, que ya hace muchos años que no las lleva nadie. Aunque muchas señoras tuvieran esa mantilla heredada de sus madres o de sus abuelas, ahora no se las podrían poner. Después se llevaron mantillas lisas, pero estrechas. Al advenimiento de la peineta alta ya comenzaron a ser mantillas más anchas.
Y, por último, ha surgido hace poco tiempo la moda de las mantillas enormes. Hoy una mantilla, para ser moderna y bonita, tiene que medir un metro ochenta por dos y pico. Estas mantillas cubren por completo el cuerpo de la mujer y resultan maravillosas.

Mantilla hecha a máquina.
Precio, cinco duros.
Contestando concretamente a su pregunta acerca de cuándo se inició la decadencia de la mantilla. Le diré a usted que tal decadencia de venta se inició hace bastante tiempo. Pero siempre en estos días de Semana Santa vendíamos algunos centenares, sin contar las que nos compraban al por mayor para las Casas que se dedicaban a alquilarlas.
—¿Se alquilaban las mantillas?
—Sí... y se siguen alquilando, aunque en menor escala que antes, naturalmente. Pero la decadencia en serio ha comenzado hará cuatro o cinco años. Este año parece que se vende alguna más que en años anteriores, y el fabricante me dijo a mí que había recibido buen número de pedidos de Andalucía.
—¿Dónde se fabrican las mantillas?
—En Barcelona. De allí las traemos nosotros. Estas son las imitadas. Las legítimas se fabrican solamente en un pueblecito, también de Barcelona, que se llama San Vicens dels Horts. Muy pocas se hacen ya, muy pocas.
—¿Y en qué se diferencian las legítimas de las imitadas?
—Pues en que las legítimas están hechas a mano, y las imitadas se hacen en las fábricas. En el precio también se diferencian bastante. Una mantilla legítima, lo menos que puede valer hoy son dos mil y pico de pesetas. En las imitadas, nosotros las tenemos hasta de siete pesetas. Fíjese si hay diferencia.
—Naturalmente, las legítimas no las comprará nadie...
—¡Qué equivocación! Claro que ahora no se venden ni unas ni otras; pero nosotros, y no hace mucho tiempo, hemos vendido mantillas hasta de seis mil pesetas.
Y no una sola...
Como ustedes supondrán, mi curiosidad me ha llevado a pedir al comerciante que me enseñe esas maravillas, y él, amabilísimo, me ha complacido enseguida.
Ha puesto en mis manos, al mismo tiempo, una mantilla de tres mil pesetas y una de trescientas. Y si he de serles a ustedes franca, tengo que confesar que no he encontrado gran diferencia entre las que fabrican en serie los industriales catalanes y las que salen, después de años de trabajo, de entre las manos de las viejecitas de San Vicens dels Horts. Fijándose mucho, se ve que unas tienen los agujeritos del tul completamente simétricos, mientras que las otras los tienen un poco desiguales. Estas últimas son las legítimas, las hechas a mano.
—Las hacen en tiras, sobre unas almohadillas—me dice el comerciante.
—¿Y tardarán mucho tiempo en terminarlas?
—Para hacer a mano una mantilla perfecta hace falta más de un año y unos materiales muy ricos.
Por eso valen tanto. Pero ya se hacen muy pocas. Solamente las viejas de ese pueblo que antes he nombrado se dedican aún a este trabajo. La gente ya no sabe pagarse estos caprichos, como antiguamente.
Por mis manos va pasando la espuma de cien mantillas. Las hay de blonda, de chantilly, y de una mezcla de los dos estilos. Por lo que me dicen, estas últimas son las que ahora se llevan. Las veo de tres mil, de dos mil, de mil pesetas; de quinientas, de trescientas, de cien pesetas... Ahora tengo en las manos una mantilla de cinco duros. Un poco pequeña es para las que, según me dicen, se estilan ahora; pero se ve que no haría mal papel el Jueves Santo en la calle de Alcalá.
—Y para el teatro, para las artistas, ¿no venden ustedes mantillas?
—A veces hay una obra que lo requiere. Pero siempre son mantillas baratas las que se venden para estas ocasiones.
—Y en estos últimos tiempos, ¿cuántas mantillas han vendido ustedes el año que más?
—Pues quinientas, seiscientas, acaso mil...
—¿Y el año que menos?
—Cinco o seis. Este año parece que hay un resurgir de la mantilla. En provincias llegamos a vender unas veinte, acaso treinta, si las cosas se ponen muy bien.
Las mantillas me las van enseñando sobre un gran paño de raso amarillo, colocado sobre el mostrador. De este modo el encaje negro resalta magníficamente.
Sólo así se aprecia toda la esplendidez de una mantilla y sólo así se puede distinguir si es legítima o si es de imitación. Todas las mantillas que me han enseñado hasta ahora, lo mismo las buenas que las malas, son negras.

El encaje impalpable y transparente de esta mantilla fue tejido y bordado a mano, 
punto por punto, en dos años de afanosa labor, por una de las pocas encajeras catalanas 
que aun se dedican a este oficio... ¿Valor de esta maravillosa obra de arte?...
Cinco mil pesetas.

—¿Es que la mantilla blanca ha desaparecido ya definitivamente?
—Sí. Ya nadie compra mantilla blanca. Antes se usaba para ir a los toros. Pero en estos tiempos las mujeres van a los toros con boina... Si acaso, llevan la mantilla a alguna corrida goyesca, de esas que se suelen dar una vez al año, Pero en estos casos, y también en los festivales taurinos benéficos, las mujeres prefieren la mantilla de madroños. Esa sí que se sigue usando: roja o negra, para las morenas; color malva, para las rubias.
—¿Y la madroñera se fabrica también en Barcelona?
—No. La madroñera se hace siempre a mano, y en Sevilla. Puede decirse que la madroñera es la mantilla que más favorece y tiene la ventaja de ser más barata.
Por cien pesetas se puede adquirir una buena madroñera.

La mantilla de madroños, que se fabrica a mano en Sevilla, es la que aun llevan algunas 
damas para asistir a las corridas de toros más o menos goyescas... 
Por lo demás, la mantilla blanca ha desaparecido en absoluto, y la gran mayoría 
de las aficionadas van hoy a los toros... con boina

Las extranjeras y la mantilla.
A las mujeres extranjeras las vuelve locas la mantilla española. No comprenden cómo nosotras no la llevamos puesta para todo.
—Antes vendíamos muchas mantillas a los turistas; pero hoy el turismo también está de capa caída.
Los americanos eran los que más nos compraban. Las cubanas solían llevarse unas mantillas pequeñitas, para usarlas a modo de bufanda o de chal. Pero ya hace tres años que no se ven por aquí turistas cubanos, ni tampoco los argentinos, que también compraban muchas mantillas.
Al salir de los almacenes de don Agustín Ferrer, que es el comerciante que me ha proporcionado los datos para esta información, veo en un rinconcito, muy oculta y muy tímida, una gran muñeca tocada con una hermosa mantilla negra. Las mujeres que entran en la tienda suelen mirarla de pasada, y después se acercan al mostrador y piden al dependiente que las saque un chaleco de punto, que resulta más práctico. ¡Qué tiempos estos!... Por eso la muñeca que luce la mantilla, cada año está más pálida y más triste.
Fijándose bien, parece que quiere decirnos: «Hay que ver lo guapa que estoy y hay que ver el poco caso que me hace la gente... Mis hermanas, aquellas muñecas de hace veinte años, con sus curvas delante y detrás, y aquellas horribles mantillas de casco, tuvieron más suerte...»
Josefina CARABIAS

Una mantilla de última moda. 
Tiene un metro ochenta de alto por dos metros de ancho, 
y envuelve completamente el cuerpo de la mujer...


Y para terminar con este especial dedicado a la mantilla, una ilustración del dibujante Bayo titulada "La mantilla, bandera de la Primavera española". Indica el dibujante: "Mantilla negra, para las solemnidades religiosas de Semana Santa; y mantilla blanca, para las corridas de Pascua."




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