domingo, 1 de junio de 2014

Coplas del domingo: En el tranvía


Preciosa copla de Antonio Casero que relata el encuentro de dos personas mayores en el tranvía número 17, que hacía el recorrido Progreso-Puerta del Sol-Cuatro Caminos. No falta la chispa y ocurrencia madrileñas en los diálogos que Casero reproduce con gracia y maestría.
Acompaña a la copla una ilustración de lo que era Cuatro Caminos en 1912, cuando aún no se había instalado en la glorieta el pilón de la Puerta del Sol.


Coplas del domingo, por Antonio Casero
Publicado el 10 de marzo de 1912 en el Heraldo de Madrid (Portada)

EN EL TRANVÍA
—Usté perdone, señora,
la frescura ú lo que sea;
pero me viene picando,
la curiosidaz malévola.
Dende que he visto á la amiga
subir al coche en Carretas,
su cara de usté m'ha sío
mu conocida.
—¿De veras?
—¿Usté ha tenío algún puesto
de churros en la Ribera?
—No; pero tengo un pariente
sordo, que reside en Cuenca.
—No es mi medida.
—Lo siento.
—Sí que es chungona la hembra;
vamos, tengo por memoria
una bandurria sin cuerdas.
¡Mia que es lo grande, señores;
vamos, qué memoria esta!
Su papá de usté, ¿fué curda
de profesión?
—Sí, una cepa;
bebía lo que dejaba
su agúelo de usté.
—No es ella.
¿Tie usté un lunar, y perdone
la pregunta, donde empieza
lo inverosímil?
—¡Qué chusco!
Este tío, de por fuerza
m'ha tomao por la señora
de los siete bucles; ¡ea!,
mire usté pa otro edificio,
que este está aiquilao.
—Morena.
no lo tome usté en Herodes,
que no soy nengún chavea.
—Pos, ahora que yo me fijo,
también en usté me suena
mucho su voz, ¿Por casual
ha sío usté trapero?
—Negra,
no lo he sío; pero bajo
por gangas á las Américas.
—Le azvierto á usté que hablo en serio.
—Ya se ve que es usté seria.
—Más que un San Lucas.
—¡Mi madre!
(¿De qué conozco yo á esta?)
—(¿De qué conozco yo á este?
Porque le conozco.)
—Prenda,
na, que no caemos.
—Eso
digo yo; pero de veras
es usté el vivo retrato
de un rey de espás que abiyela
una baraja que tengo
yo en casa.
—¡Cuidao, maestra!...
¡Ah, sí; no me cabe duda;
ya di con la clave, Ureka!
¡Mire usté p'aquí! ¡La misma!
¿Tú te llamas Baldomera?
—Cascajares y Minguito.
—Mírame bien; ¿no t'acuerdas?.
—¡Anda Dios! ¿Tú eres Polonio?
—Melgares Cantalapiedra.
—¡Chico, qué bien te das coba!
—¡Chica, qué bien te conservas!
—En almíbar mismamente.
—Vamos, calla; qué sorpresa.
—¡Mil años que no te vía!
—¡Calla, mujer; tú estás hecha
una Isabel la Católica!
—Y tú un...
—¡Colón!
—¿Se guasea el cobradorcito?
—Vamos,
vaya una pregunta suelta:
¿con el completo y el nene
pa bromitas?, usté sueña;
dije Colón porque así
se llama la calle esa.
—Usté perdone.
—De nada.
—Chico, ¿pero qué me cuentas?
—Chica, que te estoy mirando
y me paeces una vieja.
—Como que lo soy, mia este.
—Toma, y yo también, mia esta;
¿y qué?
—Na, calamidades;
que después de aquella gresca
que me quitaste de un golpe
seis dientes y cuatro muelas,
que por cierto el otro día
te menté, míalas, por estas,
porque fui á que me sacaran
la última que ya me queda,
y dije: ¡miá si Polonio
la cogiese por su cuenta!;
pos na, que después de aquello
te marchaste á la francesa;
yo me casé.
—Ya lo supe.
—¡Y me quedé viuda!
—¡Arrea!
—Hijo, sí; se murió el pobre
de melancolía interna
y de aburrimiento. ¿Y tú?
—Pos yo, una historia mu negra,
calamidades, disgustos,
amarguras y tinieblas.
—Eso paece un mes de Enero
del Zaragozano.
—Deja
que te diga que ca día
me gustas más, Baldomera.
—¡Ay, hijo, dímelo á trozos
pa que dure más!
—¡Gacela!
—¡Comendador, que te pierdes!
—¡Qué importa, si tú me encuentras!
¡¡Cuatro Caminos!!
Pero oye,
¿adónde ibas tú?
—Yo, á Fuenca.
 ¿Y tú?
—Yo, á Bilbao.
—¡Mi madre!
—No te apures tú, morena,
que aun tengo yo un duro en plata
pa invitarte á lo que quieras.
—¿Y á qué, si yo ya no bebo?
—Te comes una chuleta,
—Si estoy á régimen, chico.
—Toma y yo también, ¡mia esta!
Vamos, para al merendero,
que ahora están con la habanera.
—¡Las veces que hemos bailao
nosotros eso! ¿Te acuerdas?
—¡Y qué bien!
—¡Y qué ceñío!
—¡Vamos, pasa!
—¡Me da pena!
Además, me mata el ruma.
—Y á mí me mata la anemia.
—Eso es na más pa chavales
como esos.
—Míalos, se ceban.
—Qué fantisiosos van ellos.
—Y qué orgullosas van ellas.
—No saben los pobrecitos
toavía qué son tristezas.
—También nosotros nos hemos
querío mucho, ¿te acuerdas?
Vamos, pasa.
—Que no paso.
—Pos tira por la vereda
y daremos un paseo
los dos por frente á la Sierra.
—¡Miala que blanca!
—¡Qué blanca!
—Así están nuestras cabezas.
—¡Los años, hija, los años!
—¡Las penas, hijo, las penas!
................................................
A la oración de la tarde
ya tocan, allá, en la iglesia;
el Sol, que vistió de gala,
ya se oculta por la Sierra;
se oyen, allá, de muy lejos,
los sones de la habanera,
y llorosos los escuchan
los dos viejos, que se besan,
y se miran, y se dicen
con una amargura inmensa
—¡Los años, hija, los años"!
—¡Las penas, hijo, las penas!
Antonio CASERO


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