sábado, 7 de junio de 2014

Coplas del domingo: Los mantones del Heraldo


El 31 de julio de 1912 el Heraldo de Madrid lanzaba un nuevo concurso de cupones con el que regalaba cinco magníficos mantones de Manila de fleco Imperio. Casi a la par se estaban publicando los cupones para el sorteo de un automóvil LION, también regalo del periódico.

Antonio Casero no deja pasar la oportunidad de escribir una copla dominguera haciendo referencia a los mantones y, de paso, al sorteo del auto. Diálogo de una madre que desea lo mejor para su hija, incluído el primer premio de los mantones. ¡Soñar no cuesta nada!



Coplas del domingo, por Antonio Casero
Publicada en el Heraldo de Madrid el 11 de agosto de 1912 (Portada)



LOS MANTONES DEL "HERALDO"
—Vamos, ¿y no es una pena
que no me toque á mí eso?
—¿Y tú que sabes tavía?
—Es que me lo da el izquierdo.
—Pos yo soñé ayer con chufas,
que dicen que es buen agüero.
—¡Míalos, mia que son bonitos!
—¡Mialos, mia que tien empeño!
Con un mantón de Manila 
y esa cara y ese cuerpo
ibas a poner al barrio
calefacción.
—¡Ni por pienso!
—Lo mismo que tú decía
el del auto, y ya ves, luego,
tari, tari, por las calles.
Dios se lo aumente, viviendo.
—Verá usté cómo le toca 
á un guardia.
—¡Estará flamenco!
La vida está en viceversa,
y no es difícil, t'azvierto,
que á mí me tocó en la tómbola
de Chamberí un chisme de esos
d'hacer pitillos, y en cambio
á Dimas, el pirotéznico,
le tocó una enagua.
—¿Y qué?
—Hija, na; que permutemos
con permiso de tu tío.
Dios le de la gloria; pero
de que te toca á ti uno
no te ocupes tú, mi cielo.
¡Mia que vas á estar bonita
con un mantoncito de esos!
—Ponga usté sordina madre,
porque la están á usté oyendo.
—Pos y qué, ¡vaya una cosa!
Pos ties tú poco salero
pa echarte sobre los hombros
un mantón, ¡viva lo negro!,
¿ú es que á ti no te desquicia
por casual uno de flecos?
—Más que el de Trevélez.
—¡Ole!
hija de su madre, güeno;
tenías que haberme visto
allá, en mis mejores tiempos,
lucir uno de Manila,
que era herencia de mi agüelo,
y que se bebió tu padre,
porque se empeñó pa eso,
pa pagar yo no sé cuántas
arrobas de vino añejo.
Pos, sí, chica; iba tu madre
arrebuja en el Imperio
de China, que era de chinos
y flores, ¡vaya un pañuelo!
¡Y que no se daban tono
los chinos sobre mi cuerpo!
De tanto contonearme
se me sentían flamencos,
y un día me dijo uno:
«¡Ay, madre, que me mareo!
Pa qué tanto perejil,
si ahí hay salsa pa los restos?
Y me dio con la coleta,
lo cual que una china, luego
fué y le dijo: «¡Kin, Kan, Kun!» 
Total, na, cosas de celos. 
—¡Madre, que está usté soñando! 
—Deja que sueñe con eso, 
con el mantón que yo tuve 
allá, en mis mejores tiempos, 
conque te toque á ti uno 
de los que están ahí expuestos,
pa que lo luzcas y digan 
las gentes: «¡Vaya romero!»
Pa que lo lleves con gracia
y se te enreden los flecos
en el botón de algún mozo
dizno de tus ojos negros,
y pa que en ese ratito
de deshacer el enredo
le emborraches con miradas,
y se arranque por derecho,
y te lleve á la parroquia,
y me deis un par de nietos,
que le tenga yo al HERALDO
que estar siempre bendiciendo
por ser tú feliz, á causa
de la rifa del de flecos
conque, déjame que sueñe,
que aunque no nos toque luego,
nadie me quita este rato
de soñar lo que yo siento.
—¡No caerá esa breva, madre!
—U sí, vaya usté á saberlo;
ayer he soñao con chufas,
que dicen que es buen agüero;
de tocarte, que te toque
cuanto más el primer premio.
—Me conformo con el quinto.
—Hija, no, con el sargento,
con el de los pavos reales;
d'ahí no rebajes un céntimo.
Antonio CASERO


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