sábado, 27 de junio de 2015

Fototeca. Madrileño y botijo

Acostumbrados a ver fotografías de calles y edificios del Madrid de otros tiempos -de las que hay infinidad y muy repetidas por hurto y abuso-, la Fototeca de Historia Urbana de Madrid trata de ofrecer otra visión de la villa y corte.

Ahora que el calor se ha quedado a pasar el verano, recordamos el de otros tiempos a través de una imagen tomada por el fotógrafo Piortiz en 1932. Y, a propósito de los edificios viejos y sus fachadas con ventanas, Piortiz nos muestra el interior de una de ellas.
Ahí está el madrileño que por paisaje veraniego tiene la estrecha balconada y unos geranios. Lejos quedan los tonificantes aires de la Sierra y los baños de sol en San Sebastián.


Fotografía de Piortiz
Archivo HUM
© Eduardo Valero García - HUM 015-004 FOTOTECA
© Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

Pongámosle un nombre; cualquiera de los que abundan en los sainetes; el que usted imagine o le agrade. Este lustroso espécimen, heredero de la antiguo Medina Mayrit; con sangre de chispero, majo, manolo, petimetre, o simplemente "isidro" y por adopción madrileño. ¿Quién sabe? Sea lo que fuere, él también es Madrid.

Ahí está, despatarrado y repanchingado en su sillita de enea; absorto en la lectura por si en algo ayuda a soportar la canícula. Para tal fin, en una mano sostiene una revista de la época; con la otra acompasa el movimiento del paipái, ese instrumento que al menos genera una brisa y queda estiloso.

Tiestos no faltan y la vegetación sobrevive en el paisajismo interior captado por la cámara.
Artesonada reja en el ridículo balcón que la ordenanza municipal exigía fuese así de absurdo. Celosías desvencijadas por el tiempo, abiertas al cotilleo y a la esperanza de refresco. Postigos de madera al uso, con su vetusta cerrajería.

En el suelo cuadriculado, el mayor de los ingenios, el indispensable botijo que mantiene el agua tan fresca como en las piscinas de El Paular.
"Vasija de barro poroso [...] de vientre abultado, con asa en la parte superior, a uno de los lados boca proporcionada para echar el agua, y al opuesto un pitón para beber", que dice la RAE.

Sabemos por los anuncios, que se vendían en el Madrid decimonónico botijos de calidad en la lonja de la Campana de la calle Hileras, número 3.

Diario de Avisos de Madrid, 1842

Diario de Avisos de Madrid, 1843

Un "botijo" puede ser el madrileño que aquí hemos presentado u otro del que se dijo:
"En esta época del año no hay asunto para escribir revistas ni para nada.
Por otra parte, el calor nos quita las tres potencias del alma, y probablemente acabaremos por imitar á aquel sujeto que nos decía:
—¿Sabe V. cómo combato yo el calor? Pues me envuelvo en una sábana mojada y me siento en el pasillo. He averiguado que en la presente estación el único ser feliz que existe es el botijo, y yo trato de imitarle.
Y es la verdad. Casi todos los botijos obtienen en este mundo la dicha.
¡Hay cada botijo ocupando puestos oficiales!" [Luis Taboada, 1887]

Como un "botijo" era el tren que llevaba a los vacacioneros en verano.

"De gente llegó, la mar...
en el tren del botijo,
como en coches-diligencias
y trenes correos y mixtos."


Hablamos de los trenes del diecinueve, que disponían de pocas comodidades y su velocidad era escasa; de ahí que los viajeros cargasen con vitualla y botijo al fresco.

EL TREN BOTIJO
(CROQUIS)
E. Navarro Gonzalvo, 1883
¡Qué bulla, qué animación,
qué insoportable charlar
y qué modo de asaltar
los coches en la estación!
¡Qué cuidados tan prolijos
para colocarse bien,
y qué aspecto el de ese tren,
con dos ó tres mil botijos!
¡Que chulapos tan compuestas
con su bata almidonada,
y qué olor á carne asada
y qué profusión de cestas!

Presenciando aquel jaleo,
cualquier mortal forma idea
de lo poco que recrea
ir en un tren de recreo.
Mucho polvo en el camino,
mucha chacota grosera,
muchos coches de tercera,
mucha bulla y mucho vino.
¡Cuánto lío innecesario!
¡Yo vi meter en un coche
una mesilla de noche
y dos jaulas de canario!
De esto resulta un insulto
ó una palabrota grave,
cuando algún necio no sabe
dónde colocar el bulto.
Coches hay, que con sandías,
y sartenes, y pucheros,
más que un vagón de viajeros
son furgón de mercancías.
¡Qué llanto el de los chiquillos
tan tenaz y abrumador,
y en las horas de calor
cuánta gente en calzoncillos!
Cuando en alguna estación
para el tren, es natural
que el elemento rural
le dedique una ovación.
Y este bromazo, harto franco,
produce una risotada...
y alguna que otra pedrada
que suele dar en el blanco.
Nunca allí faltan quimeras,
ni un barbián en cada coche,
que en cuanto llega la noche
no entone las peteneras.
¿Qué es descansar, ni impedir
aquel burdel sin segundo?...
¡Ole! ¡Arriba todo el mundo,
no se permite dormir!
grita un chulo, cuya voz
denuncia el vino á que huele,
y si alguien protesta, suele
recibir siempre una coz.
Y si el tren lleva retraso,
¡qué unánime protestar,
y qué fiero alborotar,
y qué... de no hacerles caso!
No recuerdo con fijeza
en qué estación ó lugar
—que pudiérase llamar
la estación de la limpieza,—
vense varias aldeanas
en correcta formación,
ofreciendo agua, y jabón,
y peines, y palanganas.
¡Un budoir improvisado
do, sin auxilios de Frera,
puede restaurar cualquiera
un desorden del tocado!
¡Y sigue la abrumadora
lentitud del tren carreta,
y sigue la turba inquieta
locuaz y alborotadora!
Y roncos de alborotar,
rendidos de no dormir,
sin fuerzas para reir,
ni alientos para gritar,
llegan al fin del viaje
rotos, sucios, polvorientos,
y lacios, y soñolientos,
y hecho una lástima el traje;
y con rostro compungido,
dichosos de haber llegado,
suelen exclamar: ¡Cuidado
si nos hemos divertido!



Ya veis cuantas variantes tiene el botijo; glorioso y antiguo cacharro de las españas, también llamado buttis, butticula, botija, boteja, botejo, búcaro, pimporro, piporro, pipo, pipote, pirulo, ñañe, pichilín, piche, rallo, txongila, càntir y albarrada. Y a estos sumamos el de la señora de Antón:

"La mujer de Antón
pone la olla en el sótano
y el botijo en el fogón."





Cientos de cosas podemos contar del botijo. Hasta que ha sido objeto de investigación por parte de dos científicos de la Universidad Politécnica de Madrid, D. Gabriel Pinto Cañón y D. José Ignacio Zubizarreta Enríquez, cuyos estudios llevaron a la conclusión de que:


En efecto, estas son las dos ecuaciones diferenciales que describen el proceso que tiene lugar dentro del botijo.
"En un botijo clásico se introdujeron 3,2 litros de agua a 39ºC y se sometió a un ambiente con esa misma temperatura y humedad relativa del 42%. Cada cierto tiempo se midió la masa total del botijo (para evaluar así la masa perdida por evaporación) y la temperatura del agua. Se observó que, en unas 7 horas el agua se enfría 15ºC, alcanzando los 24ºC. A partir de ese momento, el agua empieza a calentarse muy lentamente y, en la fase final, al cabo de tres días, la temperatura de las últimas gotas que quedan de agua es prácticamente la temperatura del ambiente. Se sugiere ver en el artículo original, citado al principio, los detalles y figuras de las variaciones con el tiempo de la masa de la temperatura del agua." [1]


Y aquí finaliza el texto que acompañó a la fotografía de un madrileño acalorado en las tardes de estío.
Deribó la cháchara en el botijo, recipiente de barros de Ocaña, con boca y pitorro, que desde los confines del tiempo viene refrescando gargueros e inspirando romances:

"Si te golvieras botijo
y tu lengüica el pitorro,
la noche me pasaría
sin parál bebiendo a morro."





Bibliografía
[1] Pinto Cañón, Gabriel y Zubizarreta Enríquez, José Ignacio. (2014, última actualización) Enfriamiento del agua contenida en un botijo. Fecha de consulta: 26-06-2015. http://quim.iqi.etsii.upm.es/vidacotidiana/botijo.htm

Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor. En todos los casos cítese la fuente.

· Citas de noticias de periódicos y otras obras, en la publicación. 
· En todas las citas se ha conservado la ortografía original.


© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-004 FOTOTECA
ISSN 2444-1325