domingo, 28 de septiembre de 2014

Coplas del domingo: La señá Pepa

El domingo 29 de septiembre de 1912, se publican en portada del Heraldo de Madrid estas coplas. Desgarradora visión de las miserias de un pueblo sin recursos y sin ayudas. Escenario que 102 años después se repite-salvando las distancias, que parecen pocas-.

Antonio Casero suaviza su acostumbrado sarcasmo y nos ofrece una crónica de la vida misma, con el argot propio de la época, pero con su vena más sensible. Cruda realidad que nos invita a reflexionar sobre la situación actual de España y su pueblo. De la ayuda desinteresada y sincera que viene de un igual. De las tornas cambiadas, porque hoy no es el joven el que ayuda al anciano sino todo lo contrario. De la necesidad de avanzar con hechos y no retroceder con discursos.


NOTA:
Don Antonio nos trae noticias de la situación del país en ese momento. En dos palabras nos cuenta que había una huelga de empleados ferroviarios; huelga que se repartía por todas las provincias sin ser aún de carácter general.
La noche del 28 de septiembre de 1912, los empleados ferroviarios de Madrid se reunieron en la Casa del Pueblo para votar si declaraban la huelga.
A las doce de la noche terminó la votación, e inmediatamente se procedió a verificar el escrutinio, que empezó por el de la Compañía de Madrid a Cáceres y Portugal, y dio el resultado siguiente: 341 votos en pro de la huelga y cinco en contra.
Compañía de Madrid a Zaragoza y a Alicante, 1.654 en pro y 33 en contra.
Compañía del Norte, 598 en pro y 46 en contra.
Los escrutinios fueron presididos por los presidentes de los respectivos Sindicatos, que eran: Por el Norte, José María González; por Cáceres y Portugal, Carlos Rodríguez de Julián, y por la del Mediodía, Miguel Sastre.
Cerca de las tres de la madrugada terminó el último escrutinio, dándose vivas a la huelga y a la Unión ferroviaria española.



Coplas del domingo, por Antonio Casero

LA SEÑÁ PEPA
La abuelita que vende castañas
en la ronda, junto á la Arganzuela,
y se pasa los meses gritando:
—¡Castañitas asás, que ahora queman!—,
no vende este invierno;
¡pobre señá Pepa!
Está recogía
en ca de la Ugenia,
que tampoco trabaja su hombre
por motivo de no sé qué huelga,
y que gracias á algunos vecinos
comen pan; pero es grande y es güeña,
y con toa su alma
recogió á la vieja,
como si tuviese
para mantenerla.
Hay que entrar en la casa, ¡qué casa!..,
Cuatro sillas tronchás, y una mesa;
en un catre dos niños que duermen,
en sus caras se ve la miseria,
fatigosos respiran los pobres,
y su padre y su madre los velan;
¡pobrecitos, no tien más abrigo
que una capa del padre, mu vieja,
despreciada por un prestamista
que no dio ni pa un par de libretas!
¡Y es fácil que sueñen,
y si acaso sueñan,
será mu posible
que sueñen grandezas!
Más allá, en un rincón de la alcoba,
una anciana suspira y se queja,
recordando otros tiempos mejores
y que no aprovechó:—¡Quién pudiera,
dice entre sollozos,
volver á mi época
de vender castañas!—
¡Pobre seña Pepa!
Fué la moza de más campanillas
de la plaza del Rastro, la hembra
más juncal y de más alioli
de los barrios del trueno y la esencia;
la gachí de mejores andares;
la mocita que puso bandera
en el barrio de moza de rumbo,
y de tipo y hechuras de reina;
sólo quiso á un hombre,
le salió una piesa,
y desde aquel día
fué, y dijo: ¡Requiescan!
Hoy, después de pasaos muchos años,
y acabá del dolor y la pena,
ya no pué ni gritar:—¡Calentitas!—
A la pobre le faltan las fuerzas;
la gachi de mejores andares,
la mocita que puso bandera,
ya no pué trabajar, ya no sirve,
á la pobre le faltan las fuerzas,
ya no tié pulmones
pa gritar:—¡Qué güeñas!
¡Cuántas, calentitas!
¡Están que jumean!—
La vecina que la ha recogió,
y que no tié la pobre pa ella,
aun la abraza y la mima y la dice:
—A mi lao yo no quiero á usté verla
aunque pasen las cosas que pasan,
consumía por tanta tristeza;
á vivir, ya vendrán otros tiempos,
no ha de sernos la vida tan negra;
volverá mi marío al trabajo,
que mu pronto se acaba la huelga,
y mis hijos, y yo, y usté, y todos
viviremos; ¡alégrese, agüela!
Véngase á nuestro lao, si tie frío,
porque aquí hay sangre moza que espera
con los brazos abiertos al débil;
véngase á nuestro lao, señá Pepa,
¡mi pobre viejita,
no pase usté penas,
que usté pa nosotros
será cosa nuestra.—
……………………………
Y al abrigo de aquel matrimonio
durmióse la vieja,
y soñaba y decía soñando:
—¡Dios bendiga á las almas tan güenas!
¡Dios bendiga á los pobres que ofrecen
su honrada pobreza!
................................
¡Cuántas, calentitas!
¡Venid, que ahora queman!—
Suspiró entre sueños...
¡Pobre señá Pepa!
ANTONIO CASERO


© 2014 Eduardo Valero García (GARCIVAL)- HUM 014-007 ILUST



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