lunes, 17 de febrero de 2020

Galdós, el joven periodista desde la veleta de Santa Cruz. Madrid, 1865

El 3 de febrero de 1865 Benito Pérez Galdós publicará su primer artículo en el diario progresista La Nación. Ya conocía Madrid al detalle; mentidero seccionado en barrios, fuente inagotable de información y de recursos literarios que, para el gran observador y ahora periodista, habían representado su mayor aprendizaje.

Meses más tarde, el domingo 29 de octubre, en el habitual espacio que ocupaba su Revista de la Semana, Galdós recomendará a los novelistas modernos elevarse a las torres más altas. Él lo hará, con el sugerente título de «Desde la veleta» como introducción a los temas de la semana. Tan conocedor del paisaje madrileño, se le antojará imaginarse veleta en el campanario de la iglesia de Santa Cruz.


La Plaza Mayor desde la Torre de Santa Cruz.
Parcerisa Boada, Francisco Javier.
Biblioteca digital memoriademadrid. Núm Inventario: Inv. 2491.
Descripción: "CASTILLA LA NUEVA. / Dibº. del nat. y litª por F. J. Parcerisa -- Lit. de J. Donon.
MADRID: PLAZA MAYOR. / desde la torre de Sta. Cruz". Litografía. 21 x 29,2 cm


La iglesia de Santa Cruz
Don Ramón de Mesonero Romanos, aquel curioso parlante que fue su amigo, contará en 1861 la historia de la iglesia parroquial que daba nombre al arrabal de Santa Cruz. La primitiva ya no existía. Su torre, aunque muy antigua, tampoco era la original. Había sido derribada en 1632 por su estado ruinoso y reconstruida a costa del Ayuntamiento y los vecinos de la parroquia. De planta cuadrada y sin ornato, por sus 144 pies de altura (43,89 metros) predominaba en una de las zonas más elevadas del antiguo Madrid, lo que la hacía digna de ser llamada «la atalaya de la corte».

Se dice que la veleta de Santa Cruz estaba en línea recta con el cerrojo de la puerta de Santa Bárbara.

La iglesia, después de varios incendios tuvo que ser reedificada en 1767 y en ocasiones restaurada durante el siglo XIX hasta su completa desaparición.

La Correspondencia de España del día 11 de junio de 1860 publicaba un premonitorio artículo en la columna Diario de las familias. Emulando el diálogo con un parroquiano, decía que se había cerrado la iglesia «para derribar su media naranja porque está desplomada. Esto quiere decir que se van a gastar 25,000 duros en renovarla para que dentro de dos o tres años la piqueta deshaga esta obra como todo el templo». Además, se insinuaba que Santa Cruz debía ubicarse en el templo de Santo Tomás, que estaba en frente, sobre la calle de Atocha…, y así ocurriría años más tarde.

El 22 de marzo de 1861 el mismo periódico anunciaba que ya había finalizado la construcción de la cúpula y que probablemente en unos meses terminarían «las obras de reparación, ornato y restauración de este templo».

Tal como había anunciado La Correspondencia de España en 1860, la iglesia será trasladada a Santo Tomás y derribada en 1869. Sólo se conserva el muro lateral, sobre la calle de la Bolsa (antigua plazuela de la Leña), donde estuvo la capilla de los Ajusticiados.

El joven Benito conocerá este templo y verá el trasiego de gente que acudía a sus oficios; oirá sus campanas, y quizá presencie la salida de los cortejos fúnebres, especialmente los más suntuosos, como el de Antonio María del Valle, exministro de Hacienda y primer subgobernador del Banco de España.


La Correspondencia de España. 16 de mayo de 1863

A la plaza homónima, vecina de la de Provincia, concurría la sociedad madrileña en Navidad por su mercado y el Domingo de Ramos por la presencia de la comitiva del Ayuntamiento. Lejos había quedado la costumbre de poner en la esquina de la plaza un altar con el crucifijo que acompañaría al suplicio a los reos sentenciados.

Y en aquel escenario de arrabal medieval y de los Austrias, el joven Galdós trazará años más tarde un mapa detallado del Madrid que identificamos como galdosiano.


Parroquia de Santa Cruz
Carlos MÚGICA y PÉREZ
Biblioteca digital memoriademadrid. Núm Inventario: Inv. 1965.
Descripcion: "MADRID ARTISTICO. / Mujica litº. PARROQUIA DE STA. CRUZ Litogª de Perez Bº "
Litografía. 17,2 X 22,6 cm


Pero hasta aquí llegamos con esta historia, porque nos ocuparemos ahora de la de dos casadas, con nuestro interés puesto en la iglesia que hasta el año 1869 estuvo en la plaza homónima.

Muchos años pasarán, además de unas cuantas exitosas novelas y dos series de los Episodios Nacionales, hasta que Galdós vuelva a ser veleta sobre la torre de la iglesia para introducirnos en Fortunata y Jacinta.

Barbarita y Baldomero
Barbarita Arnaiz había nacido en la calle de Postas, esquina con el callejón de San Cristóbal. Por su parte, Baldomero I Santa Cruz tenía una tienda de paños del Reino en la calle de la sal.

Fue en tiempos de la regencia de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, el 3 de mayo de 1835, cuando Barbarita Arnaiz y Baldomero II Santa Cruz contrajeron matrimonio en la iglesia de Santa Cruz. Vivirán primero en la casa de Baldomero, que estaba en la plazuela de la Leña y más tarde en la plaza de Pontejos. De la unión nacerá diez años más tarde su único hijo, Juanito, el Delfín. Será en septiembre de 1845, reinando Isabel II.

Plácido Estupiñá
Citado Mesonero Romanos, es propio mencionar, porque así lo refiere Galdós, que Plácido Estupiñá había nacido en 1803 y «se llamaba hermano de fecha de Mesonero Romanos, por haber nacido como éste, el 19 de julio del citado año».

Personaje peculiar, Estupiñá era fiel servidor de los Arnaiz desde su juventud, y más tarde de Barbarita. No era hombre de misa diaria, sino de varias misas al día; además de hermano de la Paz y la Caridad, cofradías que junto con la de las Ánimas y la de Confiteros, formaban las de la parroquia de Santa Cruz. Vivía, como todos sabemos, en los altos de la Plaza Mayor, a tiro de piedra de varios templos.

Era gran madrugador, y por la mañanita con la fresca se iba a Santa Cruz, luego a Santo Tomás y por fin a San Ginés. Después de oír varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla en capilla rezando diferentes oraciones. Al despedirse, saludaba con la mano a las imágenes, como se saluda a un amigo que está en el balcón, y luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle.

Cuando Santa Cruz y su torre desaparecieron bajo los escombros, Plácido y Barbarita lo pasaron muy mal. Y no mejor cuando se levantó una casa sobre el santo solar.

Por aquello de ser hombre no lloraba. Barbarita, que se había criado a la sombra de la venerable torre, si no lloraba al ver tan sacrílego espectáculo era porque estaba volada, y la ira no le permitía derramar lágrimas (…) Cuando el templo desapareció; cuando fue arrasado el suelo, y andando los años se edificó una casa en el sagrado solar, Estupiñá no se dio a partido. No era de estos caracteres acomodaticios que reconocen los hechos consumados. Para él la iglesia estaba siempre allí, y toda vez que mi hombre pasaba por el punto exacto que correspondía al lugar de la puerta, se persignaba y se quitaba el sombrero.

PLANO DE SITUACIÓN
Historia urbana de Madrid - ISSN 2444-1325



Galdós, desde la veleta
Transcribimos a continuación parte del texto publicado en el faldón de La Nación aquel día de octubre de 1865. Omitimos el contenido de los títulos Carta a la Academia de la Lengua - Teatros - Il Saltimbanco - La señora States y el tenor Fancelli - El barítono señor Merly; muy interesantes todos ellos.



Veintidós años tenía Benito Pérez Galdós cuando su mente creadora le llevó a encaramarse en lo más alto de la villa y corte, desde atalaya donde poder contemplar vidas anónimas, las mismas que más tarde plagarían de realidad sus novelas, sus cuentos y la historia de una España empequeñecida desde la veleta.




En tanto que las miradas no se apartan de las veletas que giran en los campanarios, las interrupciones que había sufrido la vida orgánica y política de la corte de España van desapareciendo, y pronto las funciones que caracterizan su existencia volverán a aparecer con los mismos determinados síntomas. Si las veletas, que son ahora el objeto que más atraen nuestra vista pudieran contemplar desde su altura el aspecto de la población y medir en su imperturbable círculo el movimiento de la multitud, ¡con cuánto placer olvidarían su tarea de señalar el caprichoso correteo de Eolo para fijar en la tierra su aguja inflexible como un dedo acusador; para escudriñar con veleidosa atención las posiciones que el viento de tierra hace tomar a los individuos que andan por esas calles sometidos a su versátil influencia!

Es preciso confesar que el nido de la cigüeña es una magnífica tribuna donde más de un orador pudiera anatematizar la corrupción de la villa, y sería el más feliz de los mortales aquel que pudiera asirse a la campana como el buen Quasimodo, y contemplar dando volteletas en el aire el inmenso panorama que se extiende bajo el horizonte que describe la veleta en su incesante movimiento. Imaginemos una escursion a vista de pájaro; y ya que no podemos como el diablo Cojuelo levantar los tejados para registrar con nuestra mirada las interioridades de las habitaciones, ya encontraríamos asunto para divertirnos en la simple contemplación de las calles y de los dramas, sainetes y comedias que desenvuelven su complicada acción en más de una esquina.

Qué magnífico sería abarcar en un solo momento toda la perspectiva de las calles de Madrid; ver el que entra, en que sale, el que ronda, el que aguarda, el que acecha; ver el camino de este, el encuentro, la sorpresa del otro; seguir al simón que es bruscamente alquilado para dar cabida a una amable pareja; verle divagar como quien no va a ninguna parte; verle parar depositando sus tórtolos allí donde un ojo celoso no se oculte entre el gentío; ver el carruaje del ministro, pedestal ambulante de dos escarapelas rojas, dirigirse a la oficina o a Palacio, procurando llegar antes que el coche del nuncio; mirar hacía la Castellana y ver la vanidad arrastrada por elegantes cuadrúpedos, midiendo el reducido paseo, como si el premio de una regata se prometiera al que da más vueltas; sorprender las maquinaciones amorosas que en aquel laberinto de ruedas se fraguan durante el momentáneo encuentro de dos vehículos; ver al marido y a la mujer arrastrados en dirección contraria, rodando el uno hacia el naciente y la otra hacia el poniente, permitiéndose, si se encuentran, el cambio de un frío saludo; ver la gente pedestre en el paseo de la izquierda contemplando con envidia la suntuosidad del centro; seguir el paso incierto del tahur que encamina al garito; ver descender la noche sobre la villa y proteger en su casta oscuridad la pesca nocturna que hacen en las calles más céntricas las estucadas ninfas de la Calle de Gitanos; oír la serenata que suena junto al balcón y contemplar la rendija de luz que indica la afición musical de la beldad que vela en aquella alcoba; esperar el día y ver la escuálida figura del jugador que tiritando y soñoliento entra en el café a confortarse con un trasnochado chocolate; ver los mercados abriendo al público sus pestíferos armarios; ver al sacristán moviendo el pesado cerrojo de la puerta santa y contar las primeras mogigatas que suben las sucias escaleras del templo; ver de quién es el primer cuarto que recoge el ciego en su mano petrificada; ver salir de una puerta un ataúd gallegamente conducido, y saber dónde ha muerto un hombre; ver salir al comadrón y saber dónde ha nacido un hombre; ver… pero a dónde vamos a parar.

¡Cuántas cosas veríamos de una vez si el natural aplomo y la gravedad de nuestra humanidad nos permitieran ensartarnos a manera de veleta en el campanario de Santa Cruz que tiene fama de ser el más elevado de esta campanuda villa del oso! ¡Cuántas cómicas o lamentables escenas se desarrollarían bajo nosotros! ¡Qué magnífico punto de vista es una veleta para el que tome la perspectiva de la capital de España!

Recomendamos a los novelistas que tan a saber explotan la literatura moderna el uso de este elevadísimo asiento, donde sus ojos podían ver de un sólo golpe lo que jamás pudieron ver ojos madrileños; donde sus plumas podrán tomar, oportunamente remojadas, toda la hiel que parece necesaria a sazonar el amargo condimento de la novela moderna. Suban a las torres, y allí colocados a horcajadas en el cuadrante, con un pie en el Ocaso y otro en el Oriente, podrán crear un género literario remontadísimo, que desde hoy nos atrevemos a bautizar con el nombre de literatura de veleta.
B. PÉREZ GALDÓS


Así describió Galdós la vida madrileña desde una supuesta altura. Suave crítica, delicado humor e ironía en este texto más semejante a una obrita o cuento que a un artículo de prensa.

Aquella «literatura de veleta» será para el escritor y dramaturgo la auténtica renovación de la novela española; la fotografía de una sociedad; el mapa exacto del Madrid decimonónico; la crónica e historias de la urbe y sus gentes; la historia de una España no tan diferente, de la que todo cuanto Galdós dijo continúa vigente.


El presente artículo, donde se muestra a Galdós como un joven periodista, es el fruto de la conversación mantenida con D. Germán Gullón hace unos días. A él se lo dedico.

Eduardo Valero García

 

Bibliografía y Cibergrafía

MESONERO ROMANOS, Ramón de, El Antiguo Madrid (1861). Madrid, Asociación de libreros de lance, 1990.

PÉREZ GALDÓS, Benito, Fortunata y Jacinta. Madrid. Madrid, Aguilar S. A. de Ediciones, 1971.

Biblioteca Nacional de España (Hemeroteca y Biblioteca digital hispánica)
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Historia Urbana de Madrid
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domingo, 26 de enero de 2020

La pensión de Lavapiés en la que dicen vivió Galdós

Últimamente se está contando en los medios de comunicación, y desde algunos sectores, una historia no contrastada. Sitúan al joven Benito Pérez Galdós en una pensión del barrio de Lavapiés a su llegada a Madrid en 1862.

En el presente trabajo plantearemos algunas dudas razonables sobre las circunstancias previas al viaje y su establecimiento en la villa, seguidas del estudio de los usos y costumbres decimonónicos como ejemplo determinante para encontrar una realidad distinta de la que se cuenta.

Conocemos la existencia de una casa del barrio de Salamanca donde vivió y que no aparece en sus biografías hasta 2019 [1], pero poco o nada se sabe sobre la pensión que situan en la calle del Olivar, del populoso barrio de Lavapiés.





El viaje a Madrid
Se supone que «Benitín» es enviado a Madrid con la intención de alejarle de su prima «Sisita», quien al parecer no gozaba de la simpatía de doña María de los Dolores Galdós y Medina, madre del escritor. El viaje a la Península fue, para algunos autores, una decisión premeditada; pero, según otros, tomada con premura para poner fin a un romance no deseado.

«Sisita» había nacido en 1843 y llegó a Las Palmas en 1850. Durante los siguientes doce años de convivencia familiar; juegos infantiles con su primo Benito; complicidad y primeros ardores de la incipiente pubertad, posiblemente hicieran saltar las alarmas en una madre sobreprotectora ante un hijo apocado y enfermizo. Quizá entonces se fraguase la idea de enviarle a la Península…, cuanto más lejos, mejor.

¿No existían mayores peligros en la Villa y Corte? Esta pregunta puede plantear otras tantas; unas más novelescas y otras más razonables. Pero insistimos, siempre deben ser analizadas desde la realidad de su tiempo.

«… mis padres me mandaron a Madrid a estudiar Derecho, y vine a esta Corte y entré en la Universidad…», nada más cuenta sobre este asunto el insigne escritor en sus desmemoriadas memorias, ni se aprecia en esas palabras ningún rencor.

En otro artículo de la sección Madrid y Galdós, hicimos referencia al coste exagerado que suponía estudiar en la Universidad Central y las críticas que ya en 1822 vertían sobre la decisión de instalarla en la capital del reino, «... alegando la distracción que las diversiones de la Corte ocasionarían a los estudiantes, y el mayor dispendio que causarían estos a sus familias en un pueblo tan caro».
En efecto, Madrid era una ciudad cara, y demostrado está que esa «distracción que las diversiones de la Corte ocasionarían» fue para el joven Galdós su mayor aprendizaje; no por falta de interés en los estudios, sino por esa curiosidad innata que le permitió ser el mayor observador de todo cuanto ocurría en la sociedad matritense.
«Ello es que no podía resistir la tentación de lanzarme a las calles en busca de una cátedra y enseñanza más amplia que las universitarias; las aulas de la vida urbana, el reconocimiento visual de las calles, callejuelas, angosturas, costanillas, plazuelas y rincones de esta urbe madrileña, que a mi parecer contenían copiosa materia filosófica, jurídica, canónica, económico-política y, sobre todo, literaria».
Por consiguiente, conociendo las críticas del momento, las familias debían sopesar el importante dispendio que representaba dar carrera a los hijos, esperanzados en el beneficio que se esperaba de ellos.

En este sentido, nos remitimos a las palabras de Gloria Nielfa Cristóbal, profesora de Historia Moderna (Universidad Complutense): «Ahora bien, la atracción de la capital sigue funcionando también en la sociedad española con una fuerza insoslayable sobre aquéllos que desean llevar a cabo una carrera política o eligen la Universidad Central a la hora de cursar estudios. Martínez Cuadrado alude a la instalación en Madrid de personajes procedentes de diversas provincias con miras a su integración en la clase política».[2]

Así como Ignacio, subteniente de las Milicias Canarias, se encontraba desde 1858 en Madrid cursando estudios en la Escuela Superior del Ejercito del Estado Mayor para continuar una imparable carrera militar, su hermano menor es enviado a la Villa con la intención de hacer de él un abogado de altos vuelos. Benito no tendrá recursos propios, ni tan siquiera cuando comience su etapa de periodista en La Nación a partir de 1865.

Teniendo en cuenta estos datos, a los que sumaremos otros relacionados con las costumbres de la época, nos planteamos si el viaje a Madrid fue organizado precipitadamente por los motivos citados o pactado con antelación.

Que Galdós embarcase en el vapor-correo Almogávar días después de examinarse en el Instituto Provincial de La Laguna no parece tener nada de particular. El día 8 de septiembre zarpó el vapor desde el puerto de San Telmo (Las Palmas) rumbo a Tenerife, seguramente con parte del equipaje del estudiante a bordo. El día 9 embarcaba el joven bachiller rumbo a Cádiz [3], dando comienzo al pintoresco periplo que le llevará a Madrid en cinco etapas, topándose en alguna ciudad con Isabel II o desandando los pasos de esta en su viaje por tierras de Andalucía, Murcia y Cartagena.



El precio aproximado de los pasajes hasta Madrid, basado en las tarifas de los Vapores-Correos de A. López y Compañía, de septiembre de 1862, era de 270 reales para la Primera clase, 180 para la Segunda y 110 la Tercera. 

Ya instalado en la Villa y Corte, el día 30 de septiembre se matriculará en la Universidad Central, dejando atrás el cómodo ambiente familiar y todo lo demás.

Es habitual, para dotar de cierto dramatismo aquella llegada y el desarraigo amoroso, citar estas palabras del insigne escritor: «Al llegar a Madrid estuve algún tiempo atortolado, sin saber qué dirección tomar, bastante desanimado y triste».

Muchas interpretaciones se hacen de esta confesión, la mayoría de ellas asociadas a su relación con Sisita; sin embargo, dos acepciones tiene el verbo atortolar: 1 - Aturdir, confundir o acobardar. 2 - Enamorarse dulce y ostensiblemente.

Sugerimos la primera acepción como la que da significado a lo expresado por Galdós, porque con 19 años y alejado de su tierra natal y los cuidados familiares, la llegada a una ciudad desconocida tuvo que causar en él cierta confusión y, por supuesto, acobardarle. Aun sabiendo que en Madrid estaba su hermano Ignacio y un primo de su madre, además de su amigo Fernando León y Castillo, el desarraigo tuvo que afectarle por un tiempo.

El Madrid que encuentra no deja de ser un villorrio que intenta redecorarse y ensancharse. En 1862 los diez distritos madrileños sumaban una población de 269.174 personas y en aumento; muchos para su extensión, pocos para su condición de capital del reino. Sin embargo, para el jovenzuelo recién llegado quizá representaba una cantidad exorbitada.

La segunda acepción puede asociarse al amor por su prima si consideramos válido lo que se cuenta sobre su romance. Al decir que se sentía «bastante desanimado y triste», consideramos que es un sentimiento más próximo al alejamiento de muchas cosas y no de una en particular. Del mismo modo, al decir que no sabe qué dirección tomar, se muestra desorientado, desubicado, aturdido en la aun inexplorada urbe; sensación que se acerca a la primera acepción y a la que pondrá remedio con sus constantes y enriquecedores flaneos y su paulatino “enamoramiento” de Madrid.

Por otra parte, Ortiz-Armengol mezcla dos participios: «Y lo de «atortolado» por «atolondrado», ¿no es una traición del subconsciente, al hacer la penosa confesión?». [3] La definición de atolondrado en el Diccionario de la RAE indica: Que procede sin reflexión. Forma que se contiene en el verbo Atolondrar, de tolondro: Aturdido, desatinado.

Razonados estos primeros aspectos, podemos concluir que la decisión de enviarle a estudiar a Madrid fue meditada y consensuada por lo que representaba económicamente. Por otra parte, entendemos que, siendo un adolescente, a su llegada a la Corte experimentó sensaciones y sentimientos idénticos a cualquier persona que vive esa experiencia.

Lo que se dice sobre una pensión en Lavapiés
Desde septiembre de 2019 se suceden los artículos que rinden homenaje a Galdós, que dan cuenta de los diferentes eventos programados para el Centenario de su fallecimiento y los que hablan de la concesión del título de Hijo adoptivo de Madrid a Benito Pérez Galdós. La pensión en que supuestamente el joven Galdós habitará breve tiempo aparece como un hecho cierto en algunos periódicos. Esa aseveración –según nuestro criterio-, puede ser fruto de las investigaciones periodísticas no contrastadas o de la información ofrecida por otros.

Estos son algunos ejemplos de lo que se ha contado y que se repite:
«Galdós arribó a la ciudad, en pleno reinado de Isabel II, en una pensión de la calle Olivar en Lavapiés, y luego vivió en diferentes lugares: calle Fuentes, Serrano (el barrio de Salamanca todavía estaba en construcción), Colón o Alberto Aguilera». [4]
«Ensoñar, por ejemplo, cómo habría influido en sus obras y en sus personajes el Lavapiés de ahora que entonces le dio el cobijo de una pensión». [5]
«… abandonó las islas para continuar con sus estudios en la capital y alojarse en un primer momento en una pensión del barrio de Lavapiés». [6]

El caso de algunos Blogs es similar. La referencia más antigua que hemos encontrado es del año 2014, en ella se dice que «Pasó los dos primeros días alojado en una pensión del barrio de Lavapiés y luego se instaló en una pensión del número 3 de la calle de las Fuentes…». [7]

Los ejemplos aportados se utilizan como elementos necesarios para la investigación y la confrontación de textos. En ningún caso es nuestra intención menospreciar el trabajo ajeno ni incitar a discusiones distintas del tema que nos ocupa. 


Posible fuente de información
Una de las fuentes más utilizadas en internet para cualquier tipo de consulta es Wikipedia. Es opinión de muchos la existencia de algunos errores históricos y/o cronológicos en sus contenidos, pero no es el caso de las consultas que hemos realizado.

Las referencias sobre la pensión de Lavapiés las encontramos en las búsquedas Calle del Olivar y Madrid galdosiano, contenidos donde aparecen citas bibliográficas orientativas pero de escaso valor documental.

En Madrid galdosiano encontramos cierta confusión al intentar ordenar lo contado por D. José Pérez Vidal sobre las casas que habita el joven Galdós al llegar a Madrid. Transcribimos el contenido de Wikipedia y el texto de la cita bibliográfica:

«Recién llegado recaló por poco tiempo en el barrio de Lavapiés, en una pensión de la calle del Olivar; de allí se mudó a un segundo piso del número 3 de la calle de las Fuentes, a otra pensión más céntrica, cercana al Teatro de la Ópera de Madrid, donde se hospedaban sus paisanos Miguel Massieu y Fernando León y Castillo, compañero de colegio en Las Palmas, y que ya llevaba en la capital española dos años como estudiante de Derecho».
Se cita: Pérez Vidal, José. «En aquella casa.» CSIC/Congresos Internacionales de Estudios Galdosianos. Consultado en agosto de 2014.

Esta cita bibliográfica sólo hace referencia a la calle de las Fuentes.
«La documentación académica y otros papeles nos informan de que Galdós, al llegar a Madrid en septiembre de 1862, se alojó en la calle de las Fuentes, 3, 2.°, y de que allí mismo se hallaban hospedados dos estudiantes paisanos suyos: Fernando León y Castillo y Miguel Massieu.» [8]

En cuanto a la consulta sobre la calle del Olivar, en la que se especifica que Galdós vivió en una pensión de Lavapiés, Wikipedia indica:

«Algunos biógrafos del escritor canario Benito Pérez Galdós, lo citan como vecino de paso en esta calle recién llegado al Madrid decimonónico que luego inmortalizaría en el conjunto de su obra. Aunque no se ha confirmado, Galdós aterrizó en una pensión del popular barrio de Lavapiés antes de instalarse en otra de la calle de las Fuentes». [9]

Si bien advierten que «no se ha confirmado», citan la fuente que recoge tal afirmación: (Montero Alonso, José; Azorín, Francisco; Montero Padilla, José (1990). Enciclopedia General de Madrid. Madrid: Méndez y Molina Editores. p. 398. ISBN 8486686067).

El título correcto es Diccionario General de Madrid, de los citados autores, en cuya página 398 se cuenta la historia de la calle y se añade al final: «En ella, en una pensión instalada en el número 9, vivió durante seis años Pérez Galdós». D. José Montero Alonso firma el texto.

Definitivamente, este párrafo es aclaratorio. La afirmación del tiempo que vive el joven en esa pensión y la numeración que se le atribuye en la calle del Olivar, es motivo suficiente para reconocer el error que se cometió en su momento y que ahora se toma como cierto.

Aclaramos que la pensión donde Galdós reside durante largo tiempo –más del que se indica- es la ubicada en la calle del Olivo, 9 – 2º, en la que se instalará en 1863 y allí vivirá hasta 1871.

De las menciones que en la prensa se hacen sobre la pensión de Lavapiés, hemos reservado para este momento la que ofrece más datos:

«En 1862, llega a Madrid para estudiar Derecho, más por empeño paterno que por interés propio. Se instaló junto con otros compañeros de instituto en una pensión en Lavapiés, no muy lejos de la Puerta del Sol, el recién inaugurado Teatro Real y el Ateneo Científico y Literario, del que poco después se haría socio».[10]

El siguiente plano nos muestra la ubicación de la supuesta pensión de la calle del Olivar y la verdadera de la calle del Olivo. Es evidente la cercanía de la segunda con la Puerta del Sol, Teatro y Ateneo.


La confusión entre la calle del Olivar con la del Olivo viene a demostrar que el joven estudiante no vivió en Lavapiés dos días, ni seis años. Tengamos en cuenta que en el citado Diccionario no se hace referencia a la calle del Olivo (entendemos que por no existir en el callejero actual); tampoco se incluye la de Mesonero Romanos, nombre que adquiere la antigua del Olivo en 1883.

A pesar de nuestra afirmación, puede surgir una duda razonable que formulamos con esta pregunta: Debido a la supuesta premura del viaje ¿pudo encontrarse Galdós sin casa donde pernoctar al llegar a la capital? Mantenemos nuestra postura. El viaje tuvo que ser organizado con antelación y cuidando todos los detalles.

El propio escritor le dice al Bachiller Corchuelo en una entrevista: «… me mandaron aquí con León y Castillo». Y así tuvo que ser, por los motivos que ofrecemos a continuación.


Vivir en una casa de huéspedes
En 1850 existían en Madrid unas 450 casas de huéspedes. El precio de este tipo de alojamiento oscilaba entre los 6 y los 40 reales diarios; las más corrientes costaban entre 14 y 16 reales. Los particulares alquilaban parte de sus estancias, incluyendo muebles, comida y buen trato en un ambiente decoroso. Los inquilinos gozaban de la compañía y las atenciones de los dueños, y disfrutaban de buenos guisos.

Era condición para hospedarse en estas casas contar con referencias, conocimiento o fianza del huésped a admitir. Así, como veremos más adelante, al ingresar el joven Galdós en una de estas casas, no bastará con ser conocido de un alojado, sino que necesitará el aval de un fiador.

La persona del fiador quedaba representada por sujeto conocido en la sociedad, de cierto renombre, pariente o amigo con aval suficiente que diese garantías del decoro y posibles de él mismo y del fiado.

En este primer periodo, Galdós se hospedará en la casa de la calle de las Fuentes, 3, piso 2º. La persona que responde como fiador es don Luis Francisco Benítez de Lugo, marqués de La Florida. Por su parte, León y Castilla se alojaba en esta casa de huéspedes desde 1860.

Entendemos que este último ya tenía conocimiento de la llegada de su amigo a Madrid y contó con la firma del marqués, es decir, con el trámite burocrático necesario. Por consiguiente, tuvo que existir comunicación previa indicando el propósito de enviarle a estudiar a «La Docta», como era conocida la Universidad Central por ser, desde 1857, la única autorizada en España para entregar el título de Doctor.

Solo unos meses estuvo en aquella casa de huéspedes. En 1863, Galdós se trasladará desde la calle de las Fuentes a esta pensión de la calle del Olivo, con esquina a la de Abada.

En 1912 se publicaba una biografía de Galdós para la colección Los garndes españoles. Sus redactores, Luis Antón del Olmet y Arturo García Carraffa, se habían reunido con el escritor en varias ocasiones. De lo contado por Don Benito, transcribimos el dato que aportan los citados biógrafos:
«Al llegar a la corte fue a vivir a una casa de huéspedes situada en la calle de las Fuentes, número 3. Allí tenía también su hospedaje otro ilustre canario, el Sr. León y Castillo, que en aquella época era camarada y compañero de carrera de Pérez Galdós.
El ilustre escritor permaneció sólo seis o siete meses en la casa de la calle de las Fuentes. Después se trasladó al número 9 de la calle del Olivo (hoy de Mesonero Romanos) y allí vivió seis o siete años». [11]


La pensión de la calle del Olivo, 9 – 2º
El edificio no era como el primero que habitó, sino de menor categoría; posiblemente, por lo que sabemos, se trataba de una fonda con pensión para estudiantes en diferentes plantas del edificio, de las que abundaban en los alrededores de la Puerta del Sol, y que era conocida con el nombre o apodo de «La pajarera», porque allí se hospedaban varios canarios.

Así la recordará Leopoldo Alas «Clarín» en el Tomo primero de sus Obras Completas - Galdós (1912):
«Un día del verano del 71, esperaba yo en el vestíbulo de una fonda de esta ciudad a que bajara un amigo mío a quien había avisado que le esperaba allí. Maquinalmente me puse a leer la lista de huéspedes que tenía delante, y vi que uno de ellos era D. Benito P. Galdós. Con ánimo de visitarle pregunté por él inmediatamente a un camarero que pasaba. «Ahí le tiene usted», me respondió señalando a un joven vestido de luto que salía del comedor». 

En ese lugar, polígono irregular con fachada a ambas calles, se levantará en 1962 el edificio de una emblemática firma comercial. Esto significa que desconocemos la fisonomía del edificio que ocupó la pensión; sin embargo, sí podemos confirmar que aparece en el plano de Teixeira de 1656 y posteriormente en la Planimetría de Madrid (1749-1770), con modificaciones en el terreno que la acercan a una construcción del siglo XVIII.



Entre los vecinos del edificio, además de la Administración de La Ciencia, revista universal dedicada a la clase industrial, encontramos a Don Fermín Urdapilleta, médico homeópata que tenía su consulta en el entresuelo derecha. Seguramente en la esquina con Abada, don Mateo Rivera tenía un puesto de pescado. En el piso cuarto vivía el doctor José Negro y García, quien actuó durante la epidemia de Cólera de 1865. También había una peluquería donde se vendía Agua de Barcelona, preparado por una tal Josefa Martínez.

La importancia de esta pensión es fundamental en los datos biográficos, pues Galdós comenzará allí su etapa como periodista y escribirá algunas obras de teatro. Estas serán La expulsión de los moriscos (drama); El hombre fuerte (drama), y la comedia Un joven de provecho. Además, escribirá La Sombra, comenzará a narrar los sucesos históricos representados en La Fontana de Oro y nacerá la idea de escribir novelas seriadas, históricas pero breves; patrióticas, pero entretenidas. Iniciativa ésta que será aplaudida por su amigo, el periodista José Luis Albareda, quien le sugerirá el título de Episodios Nacionales. Al entusiasmado Galdós le gustará el título, y acordará comenzar la serie con Trafalgar.

El insigne escritor hará referencia a esta pensión en El doctor Centeno, recreando la atmósfera y fisonomía del lugar, además de a su casera o pupilera, doña Virginia:

«Llegaron por fin a su casa, que era de las que llamamos de huéspedes, y estaba, según cuenta quien lo sabe, en una mala calle situada en un barrio peor, la cual si llevara nombre de varón como lo lleva de hembra, se llamaría del Rinoceronte. Subieron al cuarto, que era segundo con entresuelo, por la mal pintada, peor barrida y mucho peor alumbrada escalera, y antes de que llamaran abrió con estruendo la puerta una hermosa harpía…».

En ese ambiente que el escritor describe en la misma novela con olor a fritanga, peligroso y con un pasillo largo, «con tres vueltas, parecido a una conciencia llena de malicias y traiciones», comenzarán las novelas de la primera época.


Conclusión
Con este análisis no pretendemos ser los dueños de la verdad, pero este breve estudio nos posiciona muy cerca de ella.

Salvo la presentación de documentos o referencias concretas distintas a las aquí ofrecidas, descartamos como hecho cierto la presencia del joven Benito Pérez Galdós en una pensión del barrio de Lavapiés, por considerar que la fuente de consulta más habitual advierte que no es un hecho contrastado y por detectar una confusión en el nombre de la calle que se atribuye a la citada pensión.

Como colofón, estas palabras de Benito Pérez Galdós que dan inicio a sus Memorias de un desmemoriado:

«-Simplón, no temas dar a la publicidad los recuerdos que salgan luminosos de tu fatigado cerebro y abandona los que se obstienen en quedarse agazapados en los senos del olvido, que ello será como si una parte de tu existencia sufriese temporal muerte o catalepsia, tras de la cual resurgirá la vida con nuevas manifestaciones de vigorosa realidad».


Para la contestación:
Eduardo Valero García


Bibliografía y Cibergrafía

[1] VALERO GARCÍA, Eduardo, 2019. Benito Pérez Galdós. La figura del realismo español. Valencia: Editorial Sargantana, pp. 95-99. ISBN: 978-84-17731-36-6
NOTA: La otra casa de Galdós es un descubrimiento dado a conocer por el autor en la Biblioteca Regional de Madrid Joaquín Leguina el 13 de marzo de 2018 durante la conferencia titulada La llegada de Galdós a Madrid y casas que habitó.

[2] NIELFA CRISTÓBAL, Gloria, et al., 1986. Madrid en la sociedad del siglo XIX. Vol. I. Madrid: Cosejería de Cultura CAM - Revista ALFOZ, p. 273. Obra completa: I.S.B.N.: 84-86635-00-4 p. 273

[3] Ortiz-Armengol indica que el joven bachiller regresó a Las Palmas después de graduarse; sin embargo, teniendo en cuenta que su último examen se realiza el día 6 y que el vapor zarpa del puerto de San Telmo el día 8, poco tiempo tuvo para regresar a su ciudad natal. En este sentido, la mayoría de los biógrafos hacen referencia al 9 de septiembre como fecha de partida, lo que le sitúa en Tenerife.
- ORTIZ-ARMENGOL, Pedro, 2000. Vida de Galdós. Barcelona: Editorial Crítica. ISBN: 84-8432-073-1 

[4] FANJUL, Sergio C., 2019. EL PAÍS. Madrid presume de Galdós. EL PAÍS. 18 de octubre. Disponible en: https://elpais.com/ccaa/2019/10/18/madrid/1571392983_822160.html [Consulta: 19 de octubre de 2019]
NOTA: En esta entrevista se cita a Eduardo Valero, autor de la iniciativa para la concesión del título de Hijo Adoptivo de Madrid a Benito Pérez Galdós. En ningún caso Valero dio esa información ni la ratifica.

[5] DELGADO, Adrián, 2020. El Madrid agradecido a un «madrileño» nacido en Las Palmas. ABC. 1º de enero. Disponible en: https://www.abc.es/espana/madrid/abci-madrid-agradecido-madrileno-nacido-palmas-202001010236_noticia.html [Consulta: 1 de enero de 2020]

[6] ROCES, Pablo R., 2020. Tres paseos por el Madrid de Galdós en su centenario: de las casas de Fortunata y Jacinta a los Episodios Nacionales. El Mundo. 4 de enero. Disponible en: https://www.elmundo.es/madrid/2020/01/04/5e0f8e99fdddff27208b4620.html [Consulta: 4 de enero de 2020]

[7] CASTAÑO, Santiago, 2014. Benito Pérez Galdós, un Madrid de novela. En: Cosas de los madriles.Disponible en: https://cosasdelosmadriles.blogspot.com/2014/10/benito-perez-galdos-un-madrid-de-novela.html [Consulta: Diciembre de 2019]

[8] Sin autor. Madrid galdosiano. Wikipedia. Disponible en: https://es.wikipedia.org/wiki/Madrid_galdosiano [Consulta: Diciembre de 2019]

[9] Sin autor. Calle del Olivar. Wikipedia. Disponible en: https://es.wikipedia.org/wiki/Calle_del_Olivar [Consulta: Diciembre de 2019]

[10] BERNAL, Iratxe, 2020. Galdós, el pulso de la vida. El Comercial. 4 de enero. Disponible en: https://www.elcomercio.es/culturas/libros/galdos-pulso-vida-20200104000407-ntvo.html [Consultado: 4 de enero de 2020]

[11] OLMET, Luis A. y GARCÍA CARRAFFA, Arturo (Autores secundarios) 1985. Benito Pérez Galdós, el canario más universal. Boletín informativo: Aguayro. Las Palmas de Gran Canaria: Caja Insular de Ahorros de Gran Canaria, núm 163, p. 8. ISSN: 0212-5021



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jueves, 26 de diciembre de 2019

La Navidad del joven Galdós. Madrid, 1865

Este artículo no es un estudio de los inicios de Benito Pérez Galdós en el periodismo, pero sí de un artículo publicado la Navidad de 1865, año en que comenzará a redactar columnas en el diario La Nación.
Llegado a la villa y corte a finales de septiembre de 1862, el joven estudiante tendrá el tiempo suficiente para conocer Madrid de puerta a puerta y observar al pueblo y sus costumbres. El resultado, más tarde reproducido en su monumental obra, se nos presenta fresco y actual en La Nación del 24 de diciembre de 1865.
Será en la columna Revista de la Semana, bajo el subtítulo «Navidad - Glotonería universal - La plaza Mayor - Nacimientos». El Galdós periodista y cronista nos muestra un retrato fiel de la realidad humana en el que no faltan pinceladas de exquisito humor e ironía.




Navidad - Glotonería universal - La plaza Mayor - Nacimientos.

Es inútil hacerse ilusiones: las Pascuas se nos vienen encima, ó mejor, nosotros tropezamos en ellas por más que nos empeñamos en dar un rodeo y entrar en el próximo año, sin pasar por estos días fatales de turrones, pavos, aguinaldos, tambores, pitos y nacimientos.

Es preciso que nos alegremos, que apretemos la mano á todo el mundo en señal de feliz enhorabuena; es preciso que tengamos apetito y hagamos prodigios de voracidad. Lo contrario nos haría parecer salvajes, incultos, paganos. Es de todo punto indispensable olvidar penalidades, tener buen humor, y sobre todo comer, comer á mandíbulas batientes. Reunámonos en un concurso gastronómico y rindamos culto al, más espiritual de los pescados, el besugo; á la más simpática de las aves domésticas, el pavo; á la mas ingeniosa de las argamasas azucaradas, el turrón. Un confuso ruido de mandíbulas resuena en todos los puntas de la tierra donde hay civilización. Un retintín sordo y continuado, como de platos que chocan con cucharas y cucharas que tropiezan con dientes, resuena en todos los puntos donde hay cocinas. Diríase que sobre el ámbito de las grandes poblaciones se extiende el majestuoso y al par incitante aparato de las bodas de Camacho. Las especias, que son al condimento lo que el perfume á la hermosura, esparcen por la atmósfera deliciosos aromas, capaces de abrir el apetito al surtidor de la puerta del Sol. Osténtanse en las tiendas todos los apetitosos detalles de la composición culinaria que son puro lujo del paladar, y al par que recrean el estómago, adulan con dulces sabores los espirituales órganos de la deglución.

La gula tiene su poesía. El arte de cocina parece llevarse á la categoría de arte, en la genuina acepción de la palabra. Todas las teorías de Savary parecen destinadas á realizar ideales hermosos, y las elucubraciones de todos los que á tan difícil arte se han dedicado se nos presentan con formas estéticas que fascinan la vista y producen vértigos de entusiasmo artístico al estómago. Sí: teda esta poesía masticatoria y digestiva nace al calor de la inspiración que sopla en las tragaderas humanas la décima musa, el hambre. Muere el cerdo épicamente, y sobre la tabla fatal destinada á recoger sus despojos cadde come un che souno piglia: muere la falange de pavos, prorrumpiendo á coro en un himno de graznidos que enternecerían á todo el que no fuera aficionado á la carne del animal de Juno: exhíbense las frutas en toda su frescura, bellas, olorosas, orondas, como si el cuerno de Amaltea las derramara sobre la tierra. Todo es poesía: es bello el sacrificio de inocentes bichos domésticos; bello el rumor del agua que hierve; bello el voltear dе1 asador; bello el humo que despide la marmita; delicioso el olor de las especias; encantadora la diligencia de la cocinera; hermosísimo el aspecto de una familia entregada á las delicias del besugo; sublime la abnegación del cerdo, el martirio del pavo.



Pero es el hombre el protagonista de éste gran trozo de épica culinaria, el sugeto de este canto lírico inundado de todas las armonías de la masticación. El hombre es el que come: su inteligencia se reconcentra en el estómago: su sentimiento se localiza en el paladar: su voluntad reside en la mandíbula; el alma está ocupada en la percepción de les olores suculentos, en el temple de los sabores, en la acertada repartición de las concavidades del estómago. El hombre come y pudiera decir, parodiando á Descartes: yo como, luego existo.
El apetito es la conciencia del cuerpo, ha dicho un escritor moderno. En estos días queremos aplacar esa conciencia rebelde, que tal vez nos acusa de algunos pecados de lesa nutrición, y comemos por inspiración, si así puede decirse; comemos por fé, por cumplir un deber espiritual impuesto por la conciencia de nuestras flaquezas alimenticias. En lugar del Confiteor domini entonamos un gaudeamus que nos han enseñado las crápulas de los refectorios; en vez de flagelaciones tontas, empleamos el regalo del cuerpo, y en vez de penitencias y lecturas pías nos imponemos el sabroso ayuno de la glotonería. Bien: comamos y reunámonos en ruidoso festín que nos descargue de nuestras culpas pasadas y presentes: comamos para convencernos de que existimos: que nuestro ser se harte para que adquiera la noción de sí mismo. Resolvamos por la filosofía de Sancho Panza el conocido y vetusto lema nosce te ipsum. Pensar, querer, sentir: esta trinidad tiene su unidad misteriosa; ¡digerir!



Así se expresan los que rinden culto grosero a la deidad culinaria, los que se extasían ante los aparatos de repostería y de cocina que hoy presentan muchos escaparates de la villa. Nosotros vemos en esta comilona universal un objeto que no es la simple satisfacción de un apetito: aquí hay, por mas que lo nieguen, mucho de espiritual; un símbolo de nuestra religión viene á mezclarse aquí con la perspectiva del comedor y algún destello de la aureola que ciñe la frente del Dios-Hombre viene á iluminar el fondo sombrío del bodegón animado, vivo, palpitante. Los cristianos celebramos con frucciones estomacales la venida al mundo del Dios Redentor, y el recuerdo de aquella fría noche de Enero, en que un ángel anunció a ciertos pastores el nacimiento del hijo de María, parece que nos impone un deber de alegría imprescindible, de regalo suculento y de regocijo fraternal. Esta noche es la conmemoración de aquella, en que una luz divina iluminó el establo de Bethelem y en quo un ángel cantó sobre el corroído frontón de aquel portal desvencijado la ho (sic) manoseada estrofa Gloria in excelsis Deo.

Hace 1865 años descendió el Hijo de Dios á la tierra y los potentados que en ella dominaban se aprestaban á ponerse en camino para adorarle guiados por una discretísima estrella; pero dejemos á los señores Magos, de que nos ocuparemos pronto, y vengamos á la fiesta de Navidad.
Queremos que nos digan francamente nuestros lectores, si conocen en el trascurso del año unos días mas enojosos, mas insoportables que estos decantados días de Navidad, que todo el mundo ensalza y que á nosotros nos parecen los mas insípidos, tontos y fastidiosos después de los de Carnestolendas.
¿Cuáles de los trescientos sesenta y cinco consabidos se igualan en importuno bullicio, en impertinente propinatoria á los que están comprendidos entre el veinticinco de Diciembre y el dos de Enero? Es horroroso esto de oír continuamente el rumor discordante de mil tambores golpeados por manos infantiles, esto de oir toda la sinfonía de instrumentos desagradables que remedan cacareos, gruñidos y cencerradas, esto de tener siempre en el oído el pito traidor, el falaz instrumento revolucionario. Es atroz esto de no poder salir a la calle sin tropezar con barricadas de turrón, no poder mirar un escaparate sin encontrar mas que culebras enroscadas, dulces diestramente combinados, figuras que se comen y flores que se mascan. Es pavoroso esto de ser asaltado por un centenar de bocas que piden propinas lisa y llanamente y recibir los disparos de multitud de elegantes tarjetas que nos felicitan en nombre del barbero, del acomodador, del camarero, del limpia-botas, del cartero y de cuanto bicho se sustenta con menudas ganancias. Es horrible, espeluznante, mortal, esto de ver reír á todo el mundo, de ver alegría en todos los semblantes, por la sencilla razón de que estamos en días de jolgorio obligado y de alegría inevitable; porque hoy el divertirse es cosa de necesidad y el reír es de cajón. Sale uno á la calle y un torbellino de felicidades mal o bien espresada le arrastra hacia la gran bacanal; la dicha ficticia, sistemática de estos días concluye por amostazar al que no tiene humor de bromas, y, finalmente, entrega al desdichado a un spleen horroroso que no le abandona hasta el año venidero. ¡Maldita sea mil veces la fiesta de Navidad, que con sus crápulas y sus risas continuadas escarnece las melancolías de los que no nacieron sin duda para disfrutar tan inocentes placeres!
Así se expresa el misántrofo (sic), el hipocondriaco, ese individuo que se da el interesante nombre de hastiado y mira con desden al vulgo de la felicidad y de la paz, encumbrado en el trono de sus melancolías; ese ser que es triste por naturaleza, por filosofía ó por moda, y que hace de su tristeza un hábito y de su ceño adusto un arma.



Nosotros no encontramos en la fiesta de Navidad ese conjunto desagradable que el misántropo supone, ni nos molesta tanto la algarabía de pitos, tambores y cencerros, ni renegamos completamente de la turba propinanda.
¿Quién podrá negarnos que es magnífico el espectáculo que presenta la Plaza Mayor?
Llevemos allá á nuestros lectores.
Mas no intentemos hacer su descripción. Esto sería minucioso é importuno. Contentémonos con apuntar una coincidencia que se nos ocurre al contemplar el aspecto brillante, variado y alegre que hoy presenta esta Plaza y recordar su historia.
La Plaza Mayor, que hoy se encuentra adornada por bellísimos jardines, y tendrá bien pronto á sus costados dos elegantes fuentes, ha sido el sitio mas pavoroso de la heroica villa. Ese era el sitio destinado á las ejecuciones inquisitoriales: aquí se quemaba á los hombres, y en el balcón de la casa-panadería presenciaba, enmedio de su corte, la ceremonia el pobrecito de Carlos II: allí fué ajusticiado D. Rodrigo Calderón el año de 1627: en el siglo actual ha sido teatro de revoluciones sangrientas y de luchas heroicas, tales como la del 7 de Julio de 1822.

Hoy, salvo la intervención non sancta de algunos traviesos rateros, esta plaza presenta el aspecto mas risueño que pudiera imaginarse; sí no fuera por el caballo, cuyos hinchados hijares oprime el Sr. D. Felipe III, diríamos que era el sitio mas bello de la corte; pero basta con decir que es el mas risueño, por la variedad de objetos que en él se encuentran hacinados, por la multitud de personas que la cruzan en todas direcciones, y por los diversos rumores de tenaces regateos, de ofertas, de baraturas y carestías que le dan armonioso bullicio.
Renunciamos á detenernos ante las colosales cestas de frutas, ante las flores, ante todo lo que ya conocen perfectamente nuestros lectores; solo quisiéramos detenernos en los nacimientos, porque nos agradan sobremanera, tal vez por reminiscencias de cuando fuimos angelitos, ó tal vez porque el sacro misterio produce, aun toscamente expresado, inexplicabla deleite en nuestro espíritu.
Notamos que la Sacra Familia es igual á la del año pasado; el arte, creador de aquellos grupos, no se ha atrevido á corregir lo perfecto ni á trastornar lo inmutable; allí está el reciennacido tendido sobre las pajas, mirando con infantil candor á los pastores que vienen á verle; allí está la divina María orando, con la vista baja y el ademan modesto; allí está el mismo José de todos los años, enarbolando, como siempre, su vara de azucenas inmarcesibles y saludando con paternal sonrisa á los que le visitan, y no faltan tampoco la mula y el buey, que existen tras tantos años, rumiando siempre la santa paja que sirve de lecho al Hijo de Dios; allí está el mismo grupo feliz de siempre, petrificado al través de los siglos, vivo en la inacción del barro, del lienzo ó del mármol, inmutable con la регеnnе estabilidad de la obra artística.

Así decía unо un tanto aficionado á hablar con alguno de las cosas santas, uno de esos que tienen placer en ocuparse en lenguaje irónico de las cosas mas sérias. Nosotros nos estaxiamos ante los nacimientos, porque amamos los recuerdos de nuestra juventud y reverenciamos los símbolos de nuestra religión.
Entre los nacimientos los hay de todas clases y para niños de todas condiciones. Entre el que atrae la multitud curiosa en el escaparate de Sccropp [1] y los de la Plaza Mayor, hay una escala de pequeñas obras de arte destinadas á las esplotaciones de todas las clases de bolsillos paternales.
Jesús reciennacido, María orando, San José satisfecho y los pastores confusos. Hé aquí el único espectáculo de esta noche. Los carteles de los teatros os anuncian otros: no los creáis: esta noche no hay mas espectáculo que el del nacimiento de Jesús. Por eso renunciamos á entrar en los corrales públicos.
Mas vale que no nos ocupemos de los teatros. Hay poco bueno que contar, y los fiascos y las derrotas han sido mas numerosas que los aplausos.
Concluimos deseándoos una noche realmente buena,
В. PÉREZ GALDÓS



Bibliografía y Cibergrafía

Se ha conservado la escritura original, según lo publicado en La Nación (Año II, núm. 505. Madrid, 24 de diciembre de 1865. En portada).

[1] Sccropp. Galdós se refiere a los almacenes Schropp, de la calle de la Montera, 4 (antiguo núm. 12), llamado también Almacén de los Alemanes de C. P. Schropp, donde se vendía un gran surtido de juguetes, juegos, lanas, bordados, cañamazos, banderolas, objetos escolares, etc. Aparece en varias novelas del escritor y en los Episodios Nacionales; también en cuentos como La mula y el buey y La princesa y el granuja, aunque en este último no lo cita pero sí lo utiliza para la ambientación. 
Es evidente que a Galdós le llama la atención este comercio proveedor de la Casa Real y muy frecuentado por la alta sociedad en Navidad y Carnaval.



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miércoles, 25 de septiembre de 2019

Benito Pérez Galdós. Solicitud del título de Hijo Adoptivo de Madrid


Después de la aceptación que tuvo la iniciativa presentada por Eduardo Valero García a los miembros del grupo de Facebook Madrid de Galdós y Mundo galdosiano, publicada el 22 de agosto de 2019, se invitó a otros grupos de temática Madrid, Historia y Literatura a participar en la solicitud del título de Hijo Adoptivo de Madrid como homenaje póstumo para D. Benito Pérez Galdós. 

Una vez redactado el documento que se presenta hoy al público, donde se desarrollan los fundamentos, argumentos y razonamientos sujetos a estudio por parte del Ayuntamiento de Madrid, el autor de la iniciativa solicitó la autorización de los administradores de otros grupos para lanzar una campaña de adhesión.

Con la intención de obtener mayor celeridad en la consulta, los días 13, 14 y 15 de septiembre se puso en conocimiento de usuarios de Twitter e Instagram, y de miembros de grupos de Facebook para que tuviesen la oportunidad de emitir su voto por medio de un "Like" o a través de un comentario. La respuesta fue multitudinaria y favorable a la iniciativa. Hoy se continúa recibiendo apoyos.

Por otra parte, se puso en contacto con Asociaciones culturales, Instituciones y publicaciones para invitarles a adherirse a tan merecido reconocimiento para el insigne escritor. Entre las Asociaciones, contó con el apoyo unánime de la Junta directiva de la Asociación Internacional de Galdosistas (Anales galdosianos).

Fueron llegando escalonadamente las adhesiones, tanto de forma colectiva como individual, además de los documentos que ratificaban su apoyo en forma de carta o mail.

El día 23 de septiembre, a un mes de la primera consulta, el autor de la iniciativa decidió dar por finalizada la campaña general y convino presentar el documento en el Ayuntamiento de Madrid el miércoles 25 de septiembre.

Así se ha hecho, en representación de todos los votantes, y cumpliendo con la promesa de publicarlo para conocimiento de los miembros y administradores de los grupos participantes.

Para Eduardo Valero García ha sido un honor poder actuar en nombre de todos ellos con la única finalidad de conseguir del Ayuntamiento de Madrid el reconocimiento que merece D. Benito Pérez Galdós, renovador de la novela española, mayor representante del Realismo en España y una de las figuras más relevantes de la literatura universal después de Miguel de Cervantes Saavedra.

Justo es, por lo que representa para este Madrid que denominamos galdosiano, que el Ayuntamiento ponga en valor el contenido del documento, cuyos razonamientos hacen factible la concesión de tal alta distinción para Galdós, de mayor honor para la institución y el pueblo al que representa.


En Pleno celebrado el 26 de noviembre de 2019, todos los grupos municipales aprobaron por unanimidad la concesión del meritorio título. En el siguiente vídeo os ofrecemos aquel emocionante momento.




Muchas gracias por vuestra valiosísima colaboración.
  









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viernes, 16 de agosto de 2019

Cuatro historias del Café Central. Madrid, 1884 a 2019.

El Café Central cumplió el 12 de agosto sus 37 años de vertiginosa vida. Ubicado en la plaza del Ángel, es uno de esos locales de jazz, pero de prestigio internacional y con solera, que aporta ritmo, luz y color a las noches madrileñas.

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ACTUALIZACIÓN

El 15 de abril de 2026 el Café Central dejará de existir en la Plaza del Ángel para renacer en el Ateneo de Madrid.
Así anuncia la dirección del local el "Funeral Resurrección de Jazz": 

"El próximo 16 de abril a las cinco de la tarde músicos, clientes, excompañeros y demás amigos están convocados a participar en una despedida abierta al público: un Funeral y Resurrección de Jazz que es, en sí mismo, un acto de transformación. Quienes lo deseen podrán sumarse, los músicos están invitados a acudir con sus instrumentos. Inspirado en la tradición de las marching bands de Nueva Orleans, el cortejo partirá desde la plaza del Ángel y recorrerá las calles hasta la nueva ubicación en la calle Santa Catalina. A través de la música, este ritual colectivo recogerá la energía, la historia y la memoria del viejo local para trasladarlas simbólicamente, liberando al Café Central de su vínculo físico con ese espacio y permitiéndole existir como proyecto vivo, desasociado y sin ataduras. Esa energía será depositada en el Ateneo donde el espíritu del Café Central será protegido, permitiéndole seguir creciendo".
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En 1991 ya era el octavo de Europa, según la revista Wire (Inglaterra), especialista en la materia, y uno de los cien locales del mundo donde se podía escuchar jazz de calidad, según la lista publicada en 2001 por la revista Down Beat (EE. UU.).

En 2005, la Academia de la Música le otorgaba el merecido Premio a la Difusión de la Música; y no era para menos, porque durante aquellos más de cuatro lustros habían pasado por los escenarios del pintoresco café grandes figuras del jazz nacional e internacional, además de otros géneros.

No hace mucho tiempo, el mítico café estuvo en peligro de desaparecer. Por fortuna no fue así y hoy podemos celebrar este aniversario con cuatro historias; la primera, asociada al lugar que ocupa; la segunda, por un estruendoso apercibimiento que la gerencia del Café Central hizo al programa Jazz entre amigos de Radio Televisión Española. La tercera, el recuerdo a Tete Montoliu en un momento difícil del Central, y la cuarta,  rememorando el trigésimo aniversario y el peligro de cierre.


1 - El elegante comercio de José Prat, antes de Eguidazu
Según los datos de Catastro, el edificio donde se encuentra el Café Central fue construido en 1880 y ocupa una superficie de 1229 m2 de parcela. Tiene acceso por la calle de Atocha, número 35 y por el número 10 de la plaza.




En abril de 1903 un comerciante abría las puertas del elegante comercio ubicado en la plaza del Ángel, número 11. Se trataba de don José Prat (1863-1932), muy conocido por el público madrileño al haber trabajado en el negocio del señor Ginés Pereantón.

Si bien el negocio de Pereantón estuvo destinado en la década de los 70 del siglo XIX al ramo textil, con tiendas en la calle Jacometrezo, 11; Tres Cruces, 8, y la Sociedad Pereantón Hermanos, también del ramo textil, en la calle del Pez, 17; en 1881 se embarcará en el negocio de la cristalería abriendo fábrica y tienda en la Cuesta de Santo Domingo, 1. Allí, José Prat adquirirá los conocimientos que le sirvan después para abrir su negocio en solitario.




Realizó Prat grandes modificaciones estructurales y de decoración en el local que desde 1884 había sido de Juan Eguidazu, comerciante de molduras alemanas, marcos, oleografías, cromos y grabados.




La tienda de Eguidazu era muy conocida por los artistas y la aristocracia madrileña; además, con mucha frecuencia se publicaba en la prensa la llegada de nuevas oleografías de motivos religiosos, al parecer muy demandadas y en ocasiones de venta por cupones en los periódicos.




El nuevo dueño continuará ofreciendo estos productos, además de extender el negocio al ramo de la cristalería, lunas y espejos. Después sumará las tarjetas postales y variedad de recuerdos de primera Comunión. Vivirá con su familia en el principal del edificio, justo encima de la tienda.

En aquellos tiempos el paisaje de la plaza difería mucho del que hoy conocemos. No existían los hoteles que flanquean las esquinas con la calle de San Sebastián y la plaza de Santa Ana. De hecho, donde se encuentra el hotel NH Collection Palacio de Tepa estaba la famosa relojería de Canseco; y antes de los almacenes Simeón (hoy hotel ME Madrid Reina Victoria), estuvo el Centro del Ejército y la Armada, en el edificio que había sido palacio de Montijo y de Teba.

Al poco tiempo, el negocio de Prat ya era uno de los más afamados de la villa y corte. Un reclamo publicitario aseguraba que ofrecía gran variedad «en gustos modernos, a precios sin competencia». Además, ostentará el título de proveedor de la Real Casa.




Los talleres estaban en la calle Olivar, número 22, donde se realizaban los biselados a máquina y la decoración de lunas y cristales en molduras nacionales y extranjeras.

Con respecto a la numeración de la calle no hay que sorprenderse. En aquellos tiempos, como muestra el siguiente plano comparativo, el 11 correspondía al actual número 10. Hacia octubre de 1921 cambiará de forma intermitente a número 12, conviviendo con el 11.




En 1906, con motivo de la boda de Alfonso XIII con Victoria Eugenia de Battenberg, se colocaron en el escaparate de la tienda dos hermosos retratos de estos, ampliaciones iluminadas al pastel manufacturadas por la Sociedad artística internacional J. A. Richiardi, de Londres.






En 1925 abrirá otra tienda en la calle de Atocha, números 45 y 47 (misma parcela). Allí el negocio estará destinado a la venta de objetos de arte, porcelanas y cerámicas. Y en 1926 será punto de venta, anuncios y subscripciones para la Revista de las Españas, además de sumar otro tipo de productos distintos a la decoración.





Y tan conocido era don José Prat y su comercio que llegó a organizar un baile de Folie en el hotel Ritz. Las invitaciones, como es lógico, se repartían en su tienda de la plaza del Ángel.

Pero don José fallecerá el 18 de mayo de 1932, a los sesenta y nueve años.



Su hijo se hará cargo del emporio Prat y un año más tarde fundará la Sociedad anónima CRISTAL MADRID, con oficina central en el longevo comercio.






Allí se comercializó en los años 70 el cristal CRISTAÑOLA, producido por la Cristalería Española, S.A.; también el cristal de aislamiento térmico y acústico ISOVER, fabricado por La Veneciana, S.A.

La antigua cristalería cerrará sus puertas a principio de los 80. El 12 de agosto de 1982 reabrirá sus puertas como Café Central.

Se pueden contar por miles los conciertos que desde entonces viene ofreciendo este café orientado principalmente al jazz, pero por el que han pasado artistas de otros géneros musicales, todos ellos de gran importancia.


Fotografía antigua: https://www.juancato.es/madrid/cafes.htm




2 - Televisión Española en el Café Central
Esta es una de esas historias que son anécdota y así la cuento, como una de las tantas curiosidades que ofrecen los comercios madrileños.

En 1990 el Café Central ya presentaba artistas del jazz de fama internacional. El reconocimiento más allá de nuestras fronteras llegaba pronto; quizá por eso TVE quiso grabar allí un episodio del programa Jazz entre amigos, presentado por el desaparecido Juan Claudio Cifuentes («Cifu, para los amigos», como él mismo decía en su programa de radio).

Jazz entre amigos estaba dedicado íntegramente al jazz en todos sus estilos. Se emitía por la Segunda Cadena semanalmente y su duración era aproximadamente de dos horas.

La grabación, en directo, se realizó el 28 de mayo de 1990 durante la actuación de George Adams Quartet y se emitió el 13 de octubre.

Lo curioso es que Cifuentes comenzó el programa haciendo una crítica destructiva hacia el Café Central. En el siguiente vídeo de los archivos de RTVE podemos ver al locutor despachándose a gusto sobre la que para él fue una deplorable actitud por parte del local.





«¡Qué fuerte!», dirá el común de los mortales. Pero más estridente fue la respuesta del Café Central en un comunicado remitido a la prensa. Inserto la publicada en el diario ABC del 30 de octubre de 1990 [1], donde se dan las explicaciones pertinentes:




Se puede responder más alto, pero no más claro.
Considero que Cifuentes no estuvo acertado y, siendo tan sabio como era en temas musicales, la partitura que le dieron desafinaba bastante. Él era la cara visible del programa, por detrás estaban Javier Díez Moro (director, guionista y realizador), y Alejandro Ruiz Sanz (Productor), por eso no merece que se le cargue toda la culpa.



3 - Tete Montoliu y la crisis del 94
Muchos de los que tuvimos empresa allá por los años 90, nos encontramos con una crisis complicada de afrontar. Así y todo salimos adelante, como lo hizo el Café Central gracias a la valiosísima colaboración del afamado pianista Tete Montoliu.

El verano de 1994 se presentaba desolador, poca gente en las salas de conciertos y mucha en las terrazas. Esto, sumado a la situación económica, ponía en peligro el futuro del café.

Gerardo Pérez, fundador del Café Central junto con Miguel Ángel (Nanye) Blázquez, siempre recuerda aquel momento de estrecheces y cómo Tete Montoliu se preocupó por la supervivencia del café.

El mes de agosto del sofocante 94, Tete Montoliu, a piano solo, tocó todas las noches en el Central. El pianista catalán había rebajado el caché y su presencia allí representó un lleno absoluto durante cinco semanas, más la primera de septiembre.





«Tete tenía una forma especial de producir felicidad en el público. Teníamos el agua a la altura de la frente y él nos la puso por debajo de la nariz para que pudiéramos respirar», había dicho Gerardo Pérez en una entrevista para el diario El Mundo del 21 de abril de 2005 [2].

Destaco el sabio razonamiento de Nanye Blázquez en la misma entrevista:
«A veces Madrid se pone introspectiva, pero también es cierto que nosotros no sabemos hacer otra cosa. Dependemos del público: mientras tenga ganas de música, le prepararemos un concierto cada noche».



4 - 30 años de historia y amenaza de cierre
Muchos años han pasado desde aquellos conatos de destrucción. Primero por la difamación desde TVE; después, por la crisis de los 90.

El cambio de siglo traerá otro aniversario, pero también malas noticias. Si en 2012 celebraba su trigésimo aniversario con un cartel excepcional, dos años más tarde, en 2014, se conocía la noticia de su posible desaparición.

El 1 de enero de 2015 se cumplirían 20 años de la entrada en vigor de la Ley de Arrendamientos Urbanos (LAU de 1994) por la que se extinguían los contratos de renta antigua y sus prórrogas. Para la gerencia del Central aquello suponía el cierre inevitable por representar un esfuerzo económico difícil de afrontar. De pagar un alquiler de 5000 €, la cifra se disparaba a 12000€.

A finales de septiembre de 2014 se realizaba una petición al Ayuntamiento de Madrid a través de Change.org con la intención de evitar el cierre. Bajo el título de «Salvemos el Café Central», la plataforma consiguió 33.708 firmas.

Afortunadamente, por una laguna legal, el Central conseguirá sobrevivir por cinco años más. La disposición transitoria tercera de la ley recoge que cuando se haya realizado un traspaso del local entre 1985 y 1995, los plazos contemplados se alargarán cinco años.

Confiamos en que, pasado ese lustro, las condiciones continúen siendo favorables para el Central; porque la especulación no puede seguir afectando a los comercios que con denuedo han ofrecido tanto al madrileño y visitantes.

Continuemos disfrutando de su pintoresca terraza por las mañanas y tardes. Gocemos de los conciertos que ofrece el Café Central cada noche. Y, sobre todo, que no veamos desaparecer del paisaje urbano madrileño este local de 139 años, en el que la transparencia del cristal dio paso a la armonía musical.

Ubicado en el histórico barrio de Las Letras, no encuentro frase mayor para identificarlo que un párrafo de don Benito Pérez Galdós en el que dice de un tejido tan sutil como la seda:
...tejido armonioso, cuyas hebras menudas y rígidas producen cierto ruido argentino, como el que produciría una cabellera de cristal agitada por el viento...

 

Eduardo Valero García


Bibliografía y Cibergrafía

[1] Café Central (30 octubre 1990). Jazz entre amigos, o entre clientes. ABC-Espectáculos, p. 104 [Consultado el 30 de julio de 2019] Disponible en: http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1990/10/30/104.html

[2] SANCHIDRIÁN, Antonio. (21 abril 2005). Vivir el Cafe Central. El Mundo, pp. 16-17. [Consultado el 30 de julio de 2019] Disponible en: https://www.cafecentralmadrid.com/wp-content/uploads/2013/04/El-Mundo-Vivir-el-Caf%C3%A9-Central-21-de-Abril-del-2005.pdf

Otras fuentes de consulta:
Café Central

rtve.es


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En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2019) "Cuatro historias del Café Central. Madrid, 1884 a 2019", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/ ISSN 2444-1325

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