sábado, 17 de enero de 2015

Fiesta de San Antón en las Coplas del domingo

Utilizamos una copla dominguera de don Antonio Casero para ilustrar los festejos del día de San Antón y su desaparecida romería o "vuelta", que era la primera verbena del año.

Dice Casero:
"La romería está en todo su esplendor; por la calle de Hortaleza lucen su palmito las mozas de postín; engállanse al verlas los romeros que, cabalgando sobre sus corceles, enjaezados con cintas y madroñeras, recorren las calles derrochando majeza. Todo es en la fiesta alegría y bullanga."

Vestigio de la populosa fiesta es la bendición de animales y mascotas que se celebra el día 17 de enero en la iglesia de San Antón (San Antonio Abad), ubicada en la calle de Hortaleza, número 63, a la que se suma una procesión y la venta de los famosos panecillos del Santo.


San Antón hace cien años

HERALDO DE MADRID, 17 de enero de 1915

Así se desarrolló la Romería de San Antón de 1915: 

Lo religioso
Este era el culto del día 17 de enero de 1915:
"Se gana el Jubileo de Cuarenta Horas en la Escuela Pía de San Antón y habrá solemne función a su titular a las diez, predicando el P. José Calazan Rabasa, y por la tarde, a las cinco y media, estación, rosario, completas y procesión de reserva."

Lo pagano
Desde todos los puntos de Madrid venían a la calle de Hortaleza gran variedad de jinetes vestidos de domingo, montados sobre sus caballerías profusamente adornadas. Podemos decir que aquellos adornos llegaban a ser grotescos, por su cantidad y desatinado colorido. Lo mismo decimos del jinete, que además de hortera, marchaba sobre su corcel cual caballero en un torneo medieval, con cintas, lanza y estandartes absurdos.

Las calles de la Montera y Hortaleza se vieron muy concurridas aquel día de romería. Destacaban los sujetos que se paseaban con la cara pintarrajeada y el ánimo achispado, producto de las libaciones de su bota de vino.
En los balcones -a pesar del intenso frío-, se acumulaban los vecinos que querían disfrutar del desfile de caballos, mulas, burros, perros y -como en las antiguas "vueltas"-, cerdos.

También se paseaban preciosas manolas luciendo palmito, mantones de Manila y flores; algún que otro chulo postinero, y los más tristes jamelgos con sus embriagados jinetes.

En las puertas de la iglesia de San Antón se instaló un pequeño altar donde se bendecía y entregaba la cebada a los romeros. A diferencia de otros años, en 1915, escasearon los puestos de venta de los nada perecederos panecillos del Santo.

La añoranza
Ya poco quedaba de la medieval fiesta del "Cerdo del Concejo" o su símil del Siglo de Oro, la fiesta del "Rey de los cochinos", que se celebraba en la desaparecida ermita de San Blas, en Atocha.
Años mas tarde la celebración se convertiría en las "vueltas de San Antón", romería de mejor gusto y más pintoresca, que se reunía en las inmediaciones de la iglesia del santo, junto a las Escuelas Pías.

Los tiempos modernos; el progreso industrial en el campo, y los medios de locomoción mecanizados, hicieron que la tradicional verbena perdiese fuelle.

"La festividad de San Antón, no tiene ya en Madrid aquel relieve, animación y entusiasmo popular que tan característica la hacían en otro tiempo. ¡Todo cambia! Los caballos de vapor no tienen que llevar á bendecir la cebada; se alimentan de gasolina y caminan vertiginosamente, atropellando en su loca carrera cuanto se les pone por delante. Las antiguas cabalgatas, en galopar desenfrenado, aunque ofrecían algún riesgo, jamás han determinado hecatombes tan terribles como las que al presente ofrecen casi á diario los automóviles en sus diabólicas correrías.
En la transformación de los usos y costumbres, se gana y se pierde; y este parangón entre los caballos desangre y los de vapor, está demostrando que la poesía típica de otros tiempos, sustituida hoy por la prosa característica del modernismo, tenía su grandeza y su esplendor.
Los briosos corceles, tascando el freno y haciendo sonar los alegres cascabeles de sus colleras, difundían por doquier la animación y alegría, que hoy no pueden compensar las monótonas y destempladas llamadas de las bocinas, ni el árido ¡taf!, ¡taf! de los autos, máquinas exterminadoras, que lo mismo devoran kilómetros que existencias.
Con el tiempo, los 'chauffeurs' tendrán también, si no su San Antón correspondiente, su fiesta particular que libre á sus nervios de la tensión tiránica del vértigo."
[Santiago Arambiles. Revista Vida marítima. AÑO XIV - Núm. 470. 20 de enero de 1915]

Los panecillos
Nos remitimos a los "Tipos y Costumbres Españolas" (1844) en los que el costumbrista Antonio Flores dedica un artículo a los panecillos del Santo.

"Los panecillos del Santo, escitan el charlatanismo, como las ostras el vino, como los buñuelos el aguardiente, como las sardinas el agua.... como las digresiones el sueño; los diarios de avisos vienen llenos de anuncios, á cual más pomposos y retumbantes:
«En la confitería de.... dice uno, se despachan los panecillos de mazapán y coco -mejores que se han comido desde que Adán pecó.»
El otro dice:
«En mi casa se venden unos panecillos de mostachón, tan ricos, que el Santo (si fuera posible preguntar á San Antonio Abad lo qué era mostachón, no lo sabría) los ha probado desde la región celeste y ha dicho, non plus ultra.»
Á ese tenor son todos los anuncios que los confiteros españoles, que llaman charlatanes á los estrangeros, emplean para dar salida al género sobrante de Navidad. Los bolleros ambulantes, ó gente ele todos sexos, que se dan á la fabricación de los panecillos, fijan sus reales en la calle de Hortaleza, se estienden también por la de la Montera, hasta la Puerta del Sol lo más, y allí pregonan á su sabor, los legítimos del Santo, los de limón y canela, qué ricos; y los del Santo Bendito. [...] Llegan á la reja, construida de intento en la Escuela Pia de San Antonio Abad, entregan allí un celemín ó dos de cebada, reciben en cambio una centésima parte de panecillos, ó la misma cebada, sin dar limosna, en plata, por ella, y vueltos á sus casas, reparten la cebada bendita, á panecillo por barba, ó por pesebre, que tanto dá, si están llenas todas las plazas de la cuadra, y hay tantos panecillos como cabezas."

En 1915 aún se vendían los panecillos del Santo, aunque en nada se parecían a los de otros tiempos.






La copla dominguera en sábado
Hecho este breve repaso por la romería de San Antón de hace cien años, disfrutemos de esta copla escrita para sainete en tres cuadros del genial madrileñista Antonio Casero.


Coplas del domingo
EL BUEN HUMOR
BOCETO DE SAINETE EN TRES CUADROS

CUADRO PRIMERO
Es el día de la fiesta de San Antón. La tarde es espléndida. En un patio de vecindad del barrio de Lavapiés entra Cirilo, un mozalbete hijo de la Señá Celedonia, lavandera, y del Señor Gamboa, verdulero. El mozo hace su entrada en el patio cargado con el serón de las verduras. Señá Celedonia, al verlo, se santigua, suelta un ¡ay, mi madre! muy significativo y dice:

—¿Ande está tu padre?
Contesta, Cerilo;
¿ande está ese perro?-.
—Pos con el borrico;
pidió seis pesetas
al señor Remigio,
el bodegonero
c'hay en el portillo;
adornólo al burro
con lazos y pingos,
quitóle la carga,
me la dio, y me dijo:
«Un día es un día;
hay que vivir, chico;
ve y dile a tu madre
que estoy decidido
a alternar con hombres
y a beberme cinco
por la de Hortaleza,
c'hoy es día típico
y nos pide el cuerpo
a mí y al pollino
el ir a la fiesta
del Santo a lucirnos.»
Encendió un habano
de los de quincito,
se montó en el burro
que, por cierto, hizo
muestras de indiznarse;
arreó a «Perico»,
y al punto marchóse,
cantando bajito.
—Mu bien; tú te quedas
en casa ahora mismo.
—¿Ande va usté, madre?
—Ya lo verás, hijo.
—¡Deje usté la escoba,
por favor!
—¡Chitito!...

Vase Seña Celedonia en pos de un ideal y como para pedirla dos duros. Telón rápido.

CUADRO SEGUNDO
La romería está en todo su esplendor; por la calle de Hortaleza lucen su palmito las mozas de postín; engállanse al verlas los romeros que, cahalgando sobre sus corceles, enjaezados con cintas y madroñeras, recorren las calles derrochando majeza. Todo es en la fiesta alegría y bullanga. A la puerta de un «balneario vinícola» hace las delicias del público Señor Gamboa, que, con una gran chistera, vestido de mamarracho y montado sobre «Perico», que filosofa, pide vino, y coréale un selecto concurso de «golfos» y granujas. En tal momento aparece Seña Celedonia, que se abre paso por entre la multitud, y de primeras le arruga el de copa al jinete.

—¿Y eres tú, sinvergüenza maldecido
aquel hombre gentil que en la parroquia
me dio el sí natural una mañana
del mes de abril?
—El mismo, Celedonia.
—Pos bájate del burro, que te quiero
dar un recao de parte de la escoba,
¡grandísimo ladrón! ¿Y las verduras?
¿C'has hecho del negocio, di?
—Perdona;
me lo he bebido; pero no me riñas.
—¡Te debiera matar!
—¡Cuidao, paloma!
No te enfades, querube. ¡Tabernero:
a ver un mostachón pa mi señora!
Haste cargo, mujer; hoy es la fiesta
de los burros, y es tarde de cogorza.
¿Cómo iba yo a faltar, con lo que sabes,
morena, que me placen estas cosas?...
—Pos alivia pa casa.
—Y eres tú, sinvergüenza maldecido,;
—Mi sultana,
déjame que me sople un par de copas.
—Arrea, digo, u t'empavono a palos.
—Haste cargo, mujer; la vida es corta.
—¡Y el chocolate de los reverendos
a deciséis!...
—¡Que m'haces daño!
—¡Toma?
—¡Guardias!...
—¡So pingo!

El auditorio ríe: en las costillas del truhán, la escoba rompe, con furia, la ofendida dama; la gente en los tendidos se alborota, y ante la «juerga» palmotea y dice: «Muy bien, esta muy bien; siga la bronca». Los del Orden sujetan a la arpia; llévanse a trozos al señor Gamboa, y detrás va un cortejo de chungones gritando: «¡Que se bailen una polca!»

CUADRO TERCERO
El mismo patio del cuadro primero; ilumínalo Febea con su luz de plata, que dicen los poetas. El reloj de las monjas da dos solemnes campanadas; la noche es misteriosa; entréganse los gatos a sus rabiosos idilios de amor, que por algo es enero. En el cuarto del Señor Gamboa, Cirilo, lleno de inquietud al ver que aun no han aparecido sus progenitores, mira a un reloj de cuco. «¡Las dos!», gime el galán, que prusiente una catástrofe, y espera ansioso a la señá Pepa la portera y a varios vecinos que corren las Comisarías, Casas de Socorro y el Depósito judicial en pos de los verduleros... Una pausa.
El silencio del patio lo interrumpe la voz un tanto aguardentosa del sereno, que llama a Cirilo; al atribulado doncel le da un vuelco el corazón, y corre al encuentro del gusano de luz.

—¿Qué ocurre, señor Fulgueiras?
Señor Fulgueiras, ¿qué pasa?
—Que un rapaz de nu sé dónde
vinu y me traju esta carta.
—¡Dios mío, esto es que s'han hecho
cisco los dos, Virgen Santa!
—Lela a la luz del farol,
y serénate, caramba,
que te lo dice un sereno;
vamus, rapaz, lee y calla.
—¡Es de mi madre!
—Prusegue.
—«Cerilín, hijo del alma,
acuéstate, c'hace frío;
tu padre y yo, güenos, gracias;
hubo tempestad, y luego,
más tarde, vino la calma;
hemos vendió a «Perico»
en seis duros, una ganga;
hemos cenao en Botín;
después fuimos a una plaza;
de no sé dónde, a ese «cini»
que no sé cómo se llama;
ahora vamos a un té-tango
c'ha puesto la Baltasara
en Curtidores; iremos
cuando se acabe la pasta;
acuéstate, y que descanses.
Te quiere. Tu madre.»
—¡Agarra.!
—¿Qué le paece a usté, sereno?
—Que están juventiles. ¡Vaya,
acuéstate, no hagas casu,
y no llores, papanatas!
—¡No lloro por ellos! Lloro
porque no tuvieron alma;
porque han vendio a mi burro,
a lo mejor de la casa.
—¡Nun merecen tales padres
que malgastes tales lágrimas!...
(Y aquí da fin el boceto; perdonad sus muchas faltas.)
ANTONIO CASERO



© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-003 COPLAS AC
ISSN 2444-1325

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