lunes, 22 de diciembre de 2014

Madrileñistas os desea Felices Fiestas

Cada una de las secciones que componen Historia Urbana de Madrid quieren desearos muchas felicidades en estas fiestas, y un sin fin de parabienes para el año 2015, en la esperanza de que se vean cumplidos todos vuestros proyectos e ilusiones.

La categoría Madrileñistas, compuesta por cronistas de la Villa, quiere felicitaros las fiestas de Navidad y Año Nuevo con un cuento navideño de don Ramón Gómez de La Serna publicado en el número especial de la revista Villa de Madrid de 1959.




Cuento de Navidad con vidriera de colores
DON Santiago estaba asombrado de la nueva Nochebuena, pues en vez de morirse él se habían muerto sus hijos y nietos.
Sin embargo, la calidad de la noche era la misma, pues desde joven había sentido que esa noche se vive como un sueño alegre de muertos que sobreviven en una opción feliz.
En el comedor de su viejo palacio de las afueras de la ciudad, sonreía a las arañas, cuyos cristales son eternamente jóvenes, y miraba la platería del banquete cómo le encaneció tan noblemente que su argéntea vejez será también eterna.
Miraba el color tostado del asado, y le dedicó otra sonrisa, porque era el contraste de lo efímero con lo perenne.

El viejo criado daba vuelta a su alrededor, solícito, como un jefe de peluqueros, mientras los mozos jóvenes alcanzaban salseras, le servían entremeses y le llenaban las copas, más jóvenes y esbeltas que el resto de las cosas, porque las copas son siempre niñas recién seducidas, ya que se las repone con otras nuevas en cuanto se tronchan.
Todo estaba dedicado a recordar: los espejos, el viejo criado, él; pero todo tenía la aristocrática frialdad de callar sus recuerdos. Que aquella atmósfera paralizada aguantase todo su señorío como lo había aguantado hasta la fecha.
En resumen, aquel comer y escanciar del hombre solitario era una disculpa para acabar en su despacho después de despedir a los criados hasta el día siguiente y quedarse con la heladera enchufada y las botellas y las copas bien dispuestas.
La hora de esa retirada a su señorial despacho había llegado, y el señor, con leña suficiente y metido en medio del tácito rumor de los libros, dijo adiós a los criados, dándoles libertad para que festejasen en el sótano la Nochebuena, pero sin perturbar el silencio de la casa.
Sonó el cerrojo como el disparo de un cachorrillo, y el señor solitario se sentó junto a la chimenea y llenó su gran copa. Ya no tenía más que el orgullo de vivir, pues era tan viejo que resultaba el único representante de su generación, siendo por eso, quizá, por lo que ya no encontraba un amigo que le acompañase en la Nochebuena.
¿No era haber vencido en el gran concurso de la vida ser el último en morir de dos o tres generaciones?
El coñac que bebía era más viejo que él, y, sin embargo, tenía más gusto y regusto, según pasaban los años, como añadiéndose rubia juventud.
El frío apretaba fuera, y la ventisca lanzaba sus ósculos helados a la gran vidriera, en que un peregrino, medio santo, medio pastor, medio capitán, estaba plantado en su cumbre.
Aquella vidriera que le encubría el mundo con sus cristales de colores, en que dominaba el azul y el naranja, como proyectando con fondo de nubes y de piedras, el altar de las auroras y de los ocasos, había sido la mejor joya de encargo que había adquirido en su vida y con la que había encubierto el gran ventanal que le daba luz directa, salvándole de tener que contemplar el mundo exterior.
Desde el día en que la vidriera estuvo colocada, se quedó más aislado, sin contacto con sus vecindades, separado de su fealdad y su pobreza.
Aquel extraño caballero —un poco salido de los libros de caballerías— se interponía entre él y la gleba corriente.
Eran viejos amigos de miradas y contemplaciones, y los días de luna lo veía iluminado desde fuera como un emisario que quería decirle lo que opinaba de él el mundo y el cielo.
Aquella noche era muy oscura, y por eso le extrañó cierta luminosidad que había en el rostro del peregrino.

Como no tenía más compañía humana que la suya, se le quedó mirando fijamente, observando que le sonreía.
Sin poderlo evitar, le hizo un gesto invitador, y con gran sorpresa vio que, sin gran dificultad, la figura recortada en el cristal desprendía su silueta de las pestañas de plomo y, dando un salto sobre la mesa, se sentaba a su lado en el sillón del diálogo.
Como no había contraventanas ni cortinas, por el hueco vacío comenzó a entrar un frío bárbaro, pero como tenía un bosque en previsión de la larga noche, don Santiago puso más leños sobre los morillos y levantó el telón contra incendios del teatro inesperado en que iba a haber estreno de drama y debut de actor.

La situación era embarazosa, pero por eso el viejo gentleman no quería perder su impasibilidad.
—¿Un poco de coñas?—dijo, para entrar en el amigable bis a bis con la antigua y alta imagen que hasta aquel momento había pertenecido al mundo quimérico de las nubes y los símbolos.
El peregrino se quitó del cinturón el cuerno que llevaba colgado y lo ofreció al escancie como un caballero la copa tallada.
Don Santiago, al ver aquello, no pudo menos de tener una exclamación ingenua:
—¡Y yo que siempre creí que ese cuerno era para hacerlo sonar!
—No, es el vaso que el caminante llevaba siempre colgado de su cadena, pues la caridad de vino suele ser más propicia que la de pan y carne.
Se hizo una pausa en que el hombre de la vidriera se desperezó en la bebida, y don Santiago le preguntó
—¿Y a qué se debe su desprendimiento?
—Tenía que suceder... Hace muchos años que estaba por dar este paso... Pero no estaba maduro el permiso providencial... Hoy, con ocasión de la fecha y dada la soledad en que estaba, mi misión tenía que ser cumplida... Me habías puesto entre el mundo y tú para desconocer la verdad de los hombres desorientados y desvalidos, pero esta noche te debo la verdad porque soy el intermediario.
—¿Te crees un santo de catedral?
—Eso es lo que no sabías, que toda figura de vidriera es un apóstol de Dios, vístalo como quiera el artista, pues recibe directamente el soplo de la luz del cielo... Te era grato recibir mi inspiración, pero no te paraste a comprender lo que quería decir.
Don Santiago tuvo un escalofrío, porque se dio cuenta de que la presencia de lo sobrenatural siempre quiere decir confusión de las cosas y los objetos.
Lleno de humildad, aunque sin dejar de beber, preguntó al peregrino de la vidriera:
—¿Y cuál es tu mensaje?
—Que has vivido olvidado de tu papel de colaborador en la armonía de tu ciudad.
—Yo no he paralizado mis trabajos ni mis negocios.
—Pero eso no es bastante... Hay que asomarse al gran teatro y templar sus desgracias, sus peticiones, hasta lo que parece más superfluo en la mezcla de seres y necesitados.
—Mi fábrica...
—La vida no es una fábrica, sino un teatro... Dios la hizo teatro con escenas religiosas, con escenas de amor, con reparto entre artistas y partiquinos... Nadie puede quedar caído y sin papel entre sus bastidores.
Para eso hay que asomarse a la vida y escuchar a los que tienen la ilusión de algo, sea lo que sea, ayudándoles en el sueño o en el proyecto más disparatado.
—Vamos... Me propones que sea un Mecenas.
—Claro... Porque aunque Dios premia con más amor a los Mecenas espontáneos, es una obligación inexcusable de todos los ricos el que sean Mecenas... Sólo el mecenazgo depura y salva el alma que acumuló riquezas. El que no haya cumplido esa caridad sin mezquinería no merecerá perdón ni felicidad...

Don Santiago fruncía el entrecejo sin acabar de comprender y miraba con temor a aquel emisario vidrieral, que ya se servía solo el coñac en el vaso de cuerno, como queriendo reaccionar contra el frío y contra la fricción sentimental de la noche.
La figura lañada y emplomada del peregrino relucía con reflejos amarillos y azules cuando traslucía por sus vidrios esmaltados el resplandor de la hoguera que ardía en la chimenea.

Un pájaro entró por el hueco que había dejado en el ventanal la figura sentada en la tertulia de la solitaria Nochebuena del viejo.
Don Santiago miró con reconvención al que había dejado la puerta abierta, pero al que no se podía decir nada porque era él mismo la reanimación de la inanimada puerta. Atacado por una súbita soberbia el anciano, hubo un momento en que tuvo la idea de ordenar al hombre alegórico que fuese a ocupar su sitio en la vidriera decorativa, pero se contuvo ante aquella especie de metamorfosis del ángel anunciador.
—Pero, en definitiva, ¿de qué me acusas?—preguntó don Santiago.
—De haberte olvidado por completo de los de fuera durante toda tu vida.
—¿Pero no es esa aislación el ideal del artista?
—Sí, pero tú no eres un artista... Además, el artista, en esa soledad, trabaja mejor para los de fuera... Tu ausencia del mundo ha sido estéril... No has llevado al mundo ni tu risa, ni tu comprensión, ni tu asistencia...
Te esperaban como espectador en muchos sitios, y no fuiste a ninguno...
Te esperaban como confesor munificente los desesperados, y tampoco prestaste ese servicio...

Don Santiago perdió la paciencia, y con las tenazas de la chimenea, ciego de ira, rompió la silueta de cristal como quien rompe un jarrón que se insubordinó o ejerce el derecho ruso de romper las copas que posee, por finas y buenas que sean...
Consternado, como si hubiese faltado a los dioses, atónito ante los pedazos rotos que conservaban vivos los rasgos de la figura en un puzle hecho añicos, veía la máscara rota del heraldo de la Nochebuena, sobre todo un trozo en que se veía un ojo, un pedazo de nariz y media barba.
Llenó su vaso, haciendo un esfuerzo para reanimarse, pero cayó desmayado y lívido sobre el respaldo del sillón.
Así lo encontraron a la mañana siguiente, achacando a un golpe de viento la rotura de la vidriera de colores, y su pulmonía doble a las ráfagas de frío que entraron por el desgarrón, muriendo sin recobrar el conocimiento al amanecer del día siguiente.
RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA


Feliz Navidad
y
Próspero
2015

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