lunes, 4 de julio de 2022

Las hijas de Gil Imón nunca fueron pollas. Datos históricos que desmontan la leyenda.

En este artículo, continuación del titulado En defensa de las hijas de Gil Imón, aporto más datos sobre el adjetivo calificativo "pollo" y su contexto histórico con la intención de renovar la tan manida leyenda que asocia a las hijas de Baltasar Gil Imón de la Mota con el adjetivo malsonante "gilipollas".
La exagerada reiteración de esa invención y la omisión de incorporar las aclaraciones existentes desde hace más de una década, además de la ausencia de datos históricos fidedignos en su narración, demuestran el poco interés o falta de conocimiento de quienes insisten en dar pábulo a hechos erróneos y al mensaje que transmiten.  

En la historia de Madrid destacan innumerables mujeres desde muy antiguo y en diversos ámbitos. A las hijas de Gil Imón—las Gilimonas—simplemente se las encasilla en un adjetivo desconocido en su época, obviando la actitud de las tres bellas damas frente a una Pragmática absurda que condicionaba la vida y costumbres de la sociedad matritense.
 
El presente trabajo, cuyo título es lo suficientemente aclaratorio, contiene todos los datos necesarios para construir una historia verdadera, con las conexiones que en algunos casos he creído oportunas como curiosidad y para su enriquecimiento.
 

 
No hace mucho tiempo me topaba nuevamente con la trillada historia en un artículo de El Confidencial, publicado en 2021, en el que se hacía referencia a otro del 2020, de la revista Lawyerpress, donde se aprecia una extraordinaria similitud con el mío, ya citado. Su autor, José Manuel Pradas, parece desconocer una ampliación que hice del mismo en Historia de Madrid en pildoritas (2018).  
 
Por la ausencia de las explicaciones que sí aparecen en mi libro, además de las que aporté en las IV Jornadas Madrileñas de Novela Histórica celebradas en la Biblioteca Regional de Madrid Joaquín Leguina en 2019, es evidente el poco conocimiento que tiene sobre la historia del popular insulto. 
 
Por otra parte, en el artículo de El Confidencial citaban a Pancracio Celdrán, autor de El gran libro de los insultos (2008), como responsable de la siguiente frase: 
«"gilipollas" fue por puño y letra de Rodríguez Marín, poeta y folclorista. Pero no se haría famosa ni formaría parte del léxico popular y común español hasta que Benito Pérez Galdós lo incluye en su novela 'Misericordia' (1897)». 
Pues bien, como parece que a la historia popular de las hijas de Gil Imón de la Mota se le quiere dar veracidad académica citando a Francisco Rodríguez Marín, no queda más remedio que refutar estas y otras aseveraciones con un estudio pormenorizado. 
 
 
Rodríguez Marín nunca escribió el adjetivo “gilipollas” 
Craso error el del periodista Enrique Zamorano o el de Pancracio Celdrán. Francisco Rodríguez Marín no escribió “gilipollas” entre 1882 y 1883 en Cantos populares españoles / recogidos, ordenados e ilustrados. 
 
Esta obra, compuesta por cinco tomos, nos ofrece una variadísima colección de versos clasificados por temas y referencias a las similitudes con otros cantos populares de lenguas extranjeras. 
 
Revisados los tomos encontré algunos versos en los que aparece “pollo” o “poyiyo”. En las notas del Tomo IV, Rodríguez Marín apunta en la cita número 38 del capítulo Teoría y consejos amatorios: «Pollos se suele llamar a los jóvenes», haciendo referencia a “poyiyos”». 
 
“Ventanas á la calle 
Son peligrosas 
Pâ las madres que tienen 
Sus hijas mosas. 
Y al estribiyo, 
Porque pelan la paba 
Con los poyiyos”. 
Tomo IV, pág. 35 [5917] - Teoría y consejos amatorios. 
 
De forma figurada, podemos decir que el siguiente canto hace referencia a la definición de la palabra en la séptima acepción de la RAE: «Hombre joven», tal y como indicaba el autor en la cita anterior. 
 
“El amor de la mujer 
Es como el de la gallina; 
Que en faltándole su gallo 
A cualquier pollo se arrima.” 
Tomo IV, pág. 85 [6206] - Teoría y consejos amatorios. 
 
Si buscamos un adjetivo malsonante aquí lo tenemos, escondido en una bella copla: 
 
“El columpio es un rosal; 
La que está dentro una rosa; 
La que le mece, un capullo; 
¡Ay, qué cara tan hermosa!” 
Tomo IV, pág. 289 [6977] - Columpio. 
 
Lo que decía Pancracio Celdrán difiere mucho de lo que apunta Rodríguez Marín —“de puño y letra”— en el capítulo Jocosos y satíricos del mismo Tomo. En la página 380 indica: 
«72 – Jilí (gily según QUINDALÉ) inocente, cándido. Por analogía, de los tontos se dice que están jilando y que están en Gilena*» refiriéndose a estos versos: 
“Con mi suegra me reñí,
Porque me dijo «tunante».
Yo le dije:—Tia jilí,
Bamos cayando, y adelante”. 
Tomo IV, pág. 380 [7380] - Jocosos y satíricos.
 
*Gilena es un municipio de Sevilla.
 
Ahora bien, en el Tomo I, capítulo titulado Las tres adivinanzas (Cuento popular), Rodríguez Marín transcribe uno de su autoría publicado en La Enciclopedia en 1879. En esencia, este cuento se asemeja a la Leyenda de Turandot y los enigmas que plantea la princesa a su pretendiente Calaf, príncipe de Persia. 
 
Si quieres conocer más sobre la leyenda y la ópera Turandot, de Puccini, recomiendo la explicación de Diego Manuel García. Clica AQUÍ 
 
Rodríguez Marín se vale de otros escenarios y distintos personajes, convirtiendo a Calaf en un aldeano llamado Gilote, al que describe como “tonto de remate”. Por un lado, tenemos gil (de gilí, persona simple) y ote/ota, “sufijo para formar aumentativos o despectivos a partir de adjetivos o nombres”, según definición del DRAE. 
Gilote era, al parecer, un tremendo “gilipollas”, pero la palabra como tal no aparece en el cuento. 
 
La catedrática de Lengua Española de la Universidad de Sevilla, Ana María Tapia Poyato, en un artículo académico publicado en la revista Cauce, indica que "gilote" es un gitanismo recogido en el Atlas Lingüístico y Etnográfico de Andalucía (ALEA, Granada, Universidad de Granada, 1961 - 74). 
 
Además, viene a reafirmar que Rodríguez Marín nunca mencionó el adjetivo gilipollas: 
«El DECH [Diccionario Etimológico Castellano Hispánico] hace proceder gilí 'tonto, memo' del gitano español jili 'inocente, cándido', derivado de jil 'fresco', jilar 'enfriar', sil 'frío' en el gitano de otros países. La primera documentación figura en los Cantos populares andaluces (1882-3) de Rodríguez Marín. La Academia no le dio entrada hasta después de 1899 y, en efecto, es voz más jergal que familiar, aunque en ciertos ambientes andaluces y madrileños pueda llegar a penetrar en este último tipo de lenguaje. En otras partes se pronuncia gilí».[1]
Tapia Poyato recuerda al librero Juan Cepas, autor del primero y único diccionario sobre el habla popular en Málaga (Vocabulario popular malagueño, 1973), quien documenta la voz gilí, aplicándola al ‘presumido’, ‘tonto’ o ‘cándido’ y añade gilipoyas ‘estúpido’, ‘inaguantable’. 
 
También cita al académico de la RAE Carlos Clavería, quien, en Miscelánea gitano-española, IV. Pagüé y sus sinónimos (1950), añade a los vocablos gilí y gilar los de «gilón ‘tonto’, jilando ‘bobo’, gilada ‘tontería’, agilado ‘alelado’ y gilipoyas ‘majadero’, ‘impotente’». 
 
Sentencia Tapia Poyato: 
«El término gilipoyas posee cierto aire vulgar e incluso grosero por combinar el vocablo gili ‘tonto’ con pollas ‘pene’, ‘órgano genital masculino’. Me recuerda en su contextura semántica a la expresión tonto del culo» (...) No quiero concluir el comentario de esta familia léxica sin dejar de aludir a una nueva posibilidad etimológica: el nombre propio Gil como representación del hombre dotado de pocas luces».
Vistos todos los vocablos y la opinión última de la académica, todo a hace suponer—independientemente del poder que tuvo Baltasar Gil Imón de la Mota en la Corte—que su primer apellido iba en consonancia con su escaso mando en el hogar familiar, haciéndole acreedor del título de "tonto del culo", atribución inviable en aquellos años en que se rectificó la leyenda para recaer todo su peso sobre las Gilimonas.  
 
Volviendo a los "pollos", la invención podría atribuirse a Plácido de Jove y Hevia (vizconde de Campo Grande), escritor y político del siglo XIX, autor de la poesía satírica La irrupción de los pollos; sin embargo, es imposible, porque—aun refiriéndose a los jóvenes imberbes—fue leída en el Ateneo de Madrid en 1848. Como veremos a continuación, el origen de la palabra es de 1846. 
 
También decía El Confidencial que Pancracio Celdrán aseguraba que el adjetivo malsonante se hizo famoso cuando Benito Pérez Galdós lo incluyó en Misericordia. Un error impresionante, porque Celdrán quizás lo confundía con el multifacético personaje "Benito" de Carta a Melbourne, de Chumy-Chúmez. 
 
 
Benito Pérez Galdós habló de pollos y pollas 
Nuestro más ilustre Hijo adoptivo había utilizado el sustantivo pollo en 1862 en la poesía jocosa El pollo, mucho antes que en Misericordia. 
 
¿Ves ese erguido embeleco, 
ese elegante sin par 
que lleva el dedo pulgar 
en la manga del chaleco; 
que, altisonante y enfático, 
dice mentiras y enredos, 
agitando entre sus dedos 
el bastón aristocrático; 
que estirando la cerviz 
enseña los blancos dientes,
atravesando los lentes 
sobre la curva nariz; 
que saluda con tiesura 
a todo el género humano, 
y lleva siempre la mano 
enclavada en la cintura; 
que, más obtuso que un canto 
y sin saber la cartilla, 
refiere la maravilla 
del combate de Lepanto; 
que va al teatro y pasea 
sus miradas ardorosas, 
contemplando a las hermosas 
jóvenes de la platea; 
que aplaude mucho al tenor, 
y aplaude a la Cavaletti 
y critíca a Donizzetti, 
y al autor del Trovador; 
que hallándose en la reunión,
sin modales elegantes, 
se va estirando los guantes 
por vía de distracción?... 
Ese estirado pimpollo 
que pasea y se engalana 
de la noche a la mañana: 
es lo que se llama un "pollo". 
 
 
El adjetivo malsonante no aparece en ninguna de sus obras, incluidos los Episodios Nacionales, en los que cita a los “pollos” y en Misericordia a las “pollas”, refiriéndose siempre a los jóvenes; o en Fortunata y Jacinta—por poner otro ejemplo—cuando Barbarita piensa en casar a Juanito: «Ahora le voy a poner a mi pollo una calza para que no se me escape más».
 
Por su parte, Baldomero dice al recordar sus años de juventud: 
«Hoy los jóvenes disfrutan de una libertad y de una iniciativa para divertirse que no gozaban los de antaño. Y no creas, no creas que por esto son peores. Y si me apuras, te diré que conviene que los chicos no sean tan encogidos como los de entonces. Me acuerdo de cuando yo era pollo. ¡Dios mío, qué soso era!»
 
En el capítulo XV del EN Narváez (1902), Don Benito nos ofrece un dato fundamental: 
«El llamar pollos a los muchachos es uso moderno, y data del 46; lo inventó, que invento es la novísima aplicación de las cosas, así vocablos como fuerzas naturales, una dama muy linda, en una reunión aristocrática, no sé si en casa de Montúfar o de Montijo, o de Santa Cruz (averígüenlo los eruditos). (…) Ha llegado a tener un uso constante y amaneradísimo la palabreja…». 
Galdós conoce el año en que se “inventó” la "palabreja", pero el relato del suceso difiere del contado por uno de sus protagonistas. 
 
 
Fernando Fernández de Córdova, los pollos y un marqués 
Fernando Fernández de Córdova, marqués de Mendigorría, en su libro Mis Memorias íntimas (1886), nos cuenta en el capítulo IV: 
«Todos los domingos recibía la Duquesa de Osuna, Condesa de Benavente, á la sociedad más selecta y escogida. Su base era el cuerpo diplomático extranjero y su propia y numerosa familia, en la cual parecía que, como por especial privilegio de la Naturaleza, las mujeres eran las más hermosas de la corte. En sus salones se oyó por vez primera el dictado de pollos, aplicado á los jóvenes de la aristocracia que formaban en el rango de esa dichosa edad en que el hombre es hombre sin haber dejado de ser niño. El mote lo creó uno de los caballeros de· más ameno trato que jamás ha tenido la sociedad española, y al que no puedo dejar de tributarle unos renglones de recuerdo, porque fué de mis íntimos amigos y el más gallardo carácter de nuestra época: refiérome al inolvidable Marqués de Santiago. Habíanse reunido cierto día, en efecto, en uno de los salones del palacio de la Puerta de la Vega, gran número de aquellos aristócratas mozalbetes, y hablaban todos con tanta algazara de descompuesto bullicio, inveterado hábito de las tertulias españolas, que Santiago, allí próximo, en alta voz les gritó: «¡Callen los pollos!» El apóstrofe fue apropiado é hizo fortuna: desde entonces la palabra llevó una acepción nueva al Diccionario de la Academia, pues ninguna otra puede describir más gráficamente· el sentido que expresa». 
El relato es esclarecedor y, al ser biográfico, merece que nos ubiquemos en el tiempo para conocer a sus protagonistas. 
 
 
El VII marqués de Santiago y los pollos 
Si la palabreja data de 1846, como indica Galdós, entonces su autor fue el VII marqués de Santiago, D. Antonio Hipólito Bernaldo de Quirós y Colón de Larreátegui. 
 
Antonio Hipólito Bernaldo de Quirós y Colón de Larreátegui.
VII marqués de Santiago.
Grabado publicado en Mis Memorias íntimas (1886) 
 
Existen discrepancias sobre el fallecimiento de este Grande de España que ostentaba, además, los títulos de marqués de Monreal y de la Cimada, VIII conde de Zweveghem, caballero de Santiago, maestrante de Valencia y la Gran Cruz de Carlos III.
 
Muchas de las fuentes consultadas aseguran que había fallecido soltero y sin descendencia el 23 de enero de 1848 en Madrid; sin embargo, el periódico El Popular, del 31 de diciembre de 1847, anunciaba: 
«A las cinco de la tarde de antes de ayer falleció en esta corte el Excmo. señor don Felix Torres Amat, obispo de Astorga y señor del reino, barón sabio y piadoso y uno de los prelados más distinguidos de la iglesia de España. El mismo día ha fallecido después de una larga enfermedad el Excmo. señor marqués de Santiago». 
El periódico El Clamor Público del 29 de diciembre de 1847 había dado a conocer que su enfermedad estaba tomando carácter de gravedad y se esperaba el peor desenlace. Y así ocurrió, el marqués falleció ese mismo día. Le sucederá su hermano, Pedro Pablo Bernaldo de Quirós y Colón de Larreátegui, por Carta Real de 1852. 
 
La exactitud de Galdós en lo referente al año queda refrendada por el comentario que hace Fernández de Córdova al citar el nombre del marqués: 
«No tardó mucho en saber el diplomático la pesada broma que había llevado á cabo Antonio Santiago, y se apresuró á enviar sus padrinos al maestro que tan mal había servido á su pretenciosa cortesía. Osuna fué padrino de Santiago, y mucho le costó cortar un lance cuya causa dió bastante que hablar y que reír á la corte y á toda la buena sociedad de Madrid». 
Efectivamente, el marqués, muy asiduo a los saraos más postineros de la sociedad madrileña, y anfitrión en muchas ocasiones, era bien conocido por sus bromas, situación que le llevaba a provocar aquellos lances. 
 
Por otra parte, no puede referirse a Antonio María Bernaldo de Quirós y Rodríguez de los Ríos, VI marqués de Santiago, porque había fallecido en 1836. 
 
 
¿Montúfar, Montijo o Santa Cruz? 
Surgen ahora dudas razonables que nos llevan al planteamiento de cuatro posibilidades, con conexiones en alguno de los casos. 
 
Para Fernández de Córdova todo aquello ocurrió en el palacio de la duquesa de Osuna y condesa-duquesa de Benavente situado en la Puerta de la Vega, que veremos después. Según su relato, el VII marqués de Santiago fue el autor de aquella exclamación.
 
Para Galdós sucedió en 1846 «en casa de Montúfar o de Montijo, o de Santa Cruz». Y dice Don Benito que la autora fue una dama muy linda. 
 
 
Casa de los Montúfar, marqueses de Selva Alegre 
De tratarse de la casa de Montúfar, y por el año, hablaríamos de Joaquín Montúfar y Larrea, III marqués de Selva Alegre, casado con María de los Dolores García-Infante y Vallecillo. 
Según la genealogía consultada, para unos este matrimonio tuvo dos hijos: Matilde y Juan Pío; para otros, se suma una tercera hija: Rosario. En todo caso, cuando la prensa daba cuenta de las fiestas celebradas en el Palacio Real o en otros de familias aristocráticas, se citaba a las damas de Montúfar en plural, identificándolas como “señoritas”. 
 
Sabemos más de las propiedades de los Montúfar en América, de donde eran originarios, que de sus posesiones en España. Si bien Joaquín permaneció en Madrid muchos años y llegó a ser ayuda de cámara de Fernando VII, poco podemos decir de su residencia en la villa y corte, aunque conocemos una posible casa en la carrera de San Jerónimo y otra en la calle Magdalena. 
 
GUÍA DE FORASTEROS, 1844. LA HABANA - CUBA

 
Casa-palacio de Montijo y Teba 
En el caso de los Montijo, se trataría de Eugenia, que para entonces tenía veinte años y vivía en la casa-palacio de Montijo y Teba, situado en la plaza del Ángel. 
 
En el Cap. XVIII de Misericordia, durante la conversación que mantienen Obdulia y Ponte Delgado, Galdós pone en boca de este: 
«Hace poco indicó usted que me vería paseando a caballo por la Castellana. ¡Ya lo creo que podría usted verme! Yo he sido un buen jinete. En mi juventud, tuve una jaca torda, que era una pintura. Yo la montaba y la gobernaba admirablemente. Ella y yo llamamos la atención en La Línea primero, después en Ronda, donde la vendí, para comprarme un caballo jerezano, que después fue adquirido... pásmese usted... por la Duquesa de Alba, hermana de la Emperatriz, mujer elegantísima también... y que también se le parece a usted, sin que las dos hermanas se parezcan. 
-Ya, ya sé... -dijo Obdulia, haciendo gala de entender de linajes-. Eran hijas de la Montijo. 
-Cabal, que vivía en la plazuela del Ángel, en aquel gran palacio que hace esquina a la plaza donde hay tantos pajaritos... mansión de hadas... yo estuve una noche... me presentaron Paco Ustáriz y Manolo Prieto, compañeros míos de oficina... Pues sí, yo era un buen jinete, y créame, algo queda». 
La casa-palacio de Montijo y de Teba—al que no debemos confundir con el palacio de los condes de Tepa—estaba ubicado donde hoy se encuentra el hotel ME Madrid Reina Victoria (antiguos Almacenes Simeón). 
 
Era famoso por las fiestas y tertulias que allí se celebraban, a las que acudía la "crème de la crème" de la sociedad madrileña. Entre ellas, podemos destacar la fiesta celebrada la Nochebuena de 1874, en la que se anunció la proclamación de Alfonso XII. 
 
El palacio había sido construido hacia 1810. Pascual Madoz dice que era obra del famoso arquitecto Villanueva. Por su parte, Ramón de Mesonero Romanos asegura que el arquitecto fue Silvestre Pérez, y lo ratifica más tarde Pedro de Répide. Lo cierto es que se levantó la casa-palacio de los Montijo sobre el terreno que habían ocupado las casas del conde de Baños y de don Pedro Velasco de Bracamonte. 
 
La fotografía, de 1910, corresponde en realidad al Casino Militar, institución que ocupó el edificio en 1886. 
 
 
El Casino, conocido hoy como Centro del Ejército y la Armada, se trasladará en 1916 a su nuevo edificio de la Gran Vía. Un año más tarde comenzará el derribo del ya anticuado palacio. 
 
Allí vivieron Francisca y Eugenia de Sales Portocarrero, duquesa de Alba la primera ("Paca de Alba"), y emperatriz de los franceses la segunda. Además de emperatriz, Eugenia ostentó varios títulos nobiliarios, entre ellos el de X condesa de Santa Cruz de la Sierra. 
 
La Emperatriz Eugenia. 
Franz Xavier Winterhalter (1854)

 
¿Podríamos asociar a la joven Eugenia con lo que contaba Galdós al referirse al inventor de la palabreja, indicando que se trataba de “una dama muy linda, en una reunión aristocrática”? 
 
Juan Valera y la joven Eugenia de Montijo
Quizás la correspondencia desde Madrid de Juan Valera a su madre nos ayude a obtener la respuesta. En enero de 1847, Valera escribirá: 
«Anoche estuve en casa de Montijo. Esta señora me recibió muy cariñosamente y me convidó para el baile que tendrá lugar el domingo próximo, en celebridad de los días de la hermosa Eugenia, su hija menor, que es una diabólica muchacha que, con una coquetería infantil, chilla, alborota y hace todas las travesuras de un chiquillo de seis años, siendo al mismo tiempo la más fashionable señorita de esta villa y corte, tan poco corta de genio, y tan mandoncita, tan aficionada a los ejercicios gimnásticos y al incienso de los caballeros buenos mozos, y, finalmente, tan adorablemente mal educada, que casi, casi se puede asegurar que su futuro esposo será mártir de esta criatura celestial, nobiliaria y, sobre todo, riquísima».[2]
Por la descripción que hace de la joven Eugenia, no podemos adjudicarle el título de autora sino más bien el de promotora de la invención. 
 
Habíamos dicho que Eugenia fue, además, X condesa de Santa Cruz de la Sierra. Esta noble casa de Santa Cruz se dividía en varios condados y marquesados, entre ellos el marquesado de Santa Cruz de Mudela, del que era titular en aquellos años Francisco de Borja de Silva Bazán y Téllez-Girón. 
 
 
Palacio de Santa Cruz 
En 1846—año que indica Galdós como del nacimiento del “pollo”— Francisco de Borja de Silva Bazán y Téllez-Girón, XI marqués de Santa Cruz, es elegido concejal del Ayuntamiento y más tarde alcalde de la ciudad. Ese mismo año compra el palacio de la calle San Bernardo esquina a la del Limón, llamado "de las columnas”, propiedad de los herederos de Bernardo Tomé y Peñaranda. A partir de entonces, y después de una importante reforma realizada en 1870, será conocido como palacio del marqués de Santa Cruz, .
 
En la actualidad es sede de la Fundación Álvaro Bazán, I marqués de Santa Cruz, de quien Francisco de Borja era descendiente, y cuarto de los cinco hijos del matrimonio formado por José Gabriel de Silva-Bazán y Waldstein y Joaquina Téllez-Girón y Alfonso-Pimentel, hija de la XII condesa-duquesa de Benavente. 
 
Francisco de Borja de Silva Bazán y Téllez-Girón.
Lorenzo Llanos (1869)
Galería de retratos de Alcaldes de Madrid
 
Benito Pérez Galdós decía desconocer en qué palacio se había inventado la popular palabra, pero sabemos de su arte en el juego del despiste. Ofrecía tres posibilidades, siendo este palacio de Santa Cruz el más cercano a la realidad por la relación del apellido Téllez-Girón con el «de la duquesa de Osuna, condesa de Benavente», citada por Fernando Fernández de Córdova. 
 
 
El palacio de la Puerta de la Vega y la Casa del Infantado 
Para llegar al palacio donde supuestamente se desarrolla la escena contada por Fernández de Córdova debemos situarnos cerca de la antigua muralla de Madrid, no lejos del Alcázar y la Puerta de la Vega, en zona de casas nobles y poderosas, como, por ejemplo, los palacios de los condes de Bornos; de los duques de Medina de Rioseco; de los duques de Albuquerque; de los marqueses de Malpica y de Povar; las casas de Vozmedianos, y las de los duques de Pastrana, después de los duques del Infantado y más tarde de los de Osuna y Benavente. 
 

En la fotografía de Charles Clifford, tomada en 1856 desde el puente de Segovia, podemos apreciar el palacio y su extenso terreno, ya presentes en el plano de Texeira que veremos más adelante. La estampa corresponde a los archivos de la Biblioteca digital hispánica de la Biblioteca Nacional de España, identificada con la signatura 17/LF/87 (32). 
 
La citada dama, de la que sólo se dice que era «duquesa de Osuna, condesa de Benavente», se llamaba María Josefa de la Soledad Alfonso-Pimentel y Téllez-Girón. Sus títulos eran los de XII condesa-duquesa de Benavente por nacimiento y de duquesa consorte de Osuna por su casamiento con su primo hermano, Pedro de Alcántara Téllez Girón y Pacheco, IX duque de Osuna, X marqués de Peñafiel y XIII conde de Urueña, además de Grande de España y señor de varias villas. 
 
Lo duques de Osuna y sus hijos
Francisco de Goya (1796)
 
Aquí tenemos una conexión directa con el palacio de Santa Cruz. Como hemos visto, María Josefa de la Soledad era la madre de Joaquina María del Pilar Téllez-Girón Pimentel, quien a su vez era madre de Francisco de Borja de Silva Bazán y Téllez-Girón, XI marqués de Santa Cruz, fruto de su casamiento con José Gabriel de Silva Bazán, X marqués de Santa Cruz. 
 
Joaquina María del Pilar Téllez-Girón Pimentel.
Guillermo Ducker (1813)
 
Muchos títulos que sin duda dieron inmenso poder a este apellido Téllez-Girón que a nosotros nos resulta familiar al relacionarlo con el Parque de El Capricho, de la Alameda de Osuna. 
 
Otro de los hijos de María Josefa de la Soledad, Francisco de Borja Téllez-Girón y Alfonso-Pimentel, X duque de Osuna, contraerá matrimonio con María Francisca Beaufort-Spontin, hija de Pedro de Alcántara de Toledo Pimentel, XII duque del Infantado. De esta unión nacerá Pedro de Alcántara Téllez-Giron Beaufort-Spontin, XI duque de Osuna, XII duque de Lerma, XIII conde-duque de Benavente y XIV duque del Infantado. Fallecerá sin descendencia en 1844, heredando su hermano, Mariano Téllez-Girón, el gran despilfarrador. 
 
Con estos datos hemos llegado a la unión del llamado palacio de la duquesa de Osuna y condesa de Benavente con las propiedades de la Casa del Infantado. 
 
Un expediente de 22 de julio de 1794, conservado en los Archivos de la Villa, recoge la instancia del duque del Infantado (por fecha, tuvo que ser Pedro de Alcántara Álvarez de Toledo y Salm-Salm, XIII duque del Infantado) en la que solicita licencia para:
«Que a S.E. pertenecen unas casas en la Plazuela que llaman de las Vistillas, y hacen a la Calle de los Yeseros, en las que intenta construir para el mejor aspecto y aumentar la fábrica de Albañilería, lo que resulta del Plan que ha formado D. Juan Antonio Cuerbo y acompaña de este Memorial». 

 
De acuerdo con los planos de la época, se refiere a la edificación situada en la Manzana 127 de la Planimetría, conformada por las calles de Yeseros, Redondilla, Don Pedro y el cerrillo de las Vistillas. 
Con estas propiedades se pretendía completar el conjunto de casas, jardines y huertas del Infantado que discurrían por la calle de Buenaventura desde el convento de San Francisco hasta las Vistillas. 
 

 

 
En el plano topográfico de Madrid realizado en 1769 por Antonio Espinosa de los Monteros y Abadía podemos apreciar la trazada de las calles y sus manzanas, identificando en la 120 un edificio del Infantado no derribado cuya historia es de interés urbanístico. 
 

También el edificio derribado de la manzana 127 (cercenada años atrás por la trazada de la calle Bailén) en cuyo solar se edificó entre 1901 y 1902 el nuevo Laboratorio Municipal, gran centro de investigaciones científicas dirigido por el Doctor César Chicote. 
«Por iniciativa del Sr. D. Alberto Aguilera, siendo Alcalde Presidente, y á mediados del año 1901, acordó el Ayuntamiento la construcción del nuevo Laboratorio Municipal, eligiendo para su emplazamiento la manzana que, propiedad de aquél y procedente de las expropiaciones del antiguo palacio de Osuna, se encuentra entre las calles de Bailen, Don Pedro, Redondilla y Yeseros, comprendiendo una superficie de 598 metros cuadrados, que afecta una figura bien irregular». 

 
 
Conexión con un Gil Imón de la Mota 
El expediente citado contiene los documentos de 1777 por los que los duques del Infantado compraban al Ayuntamiento otra porción de suelo «para unirle a la Huerta de sus casas de las Vistillas: Expresando que la referida porción de tierra que se solicita va lindada con otra perteneciente al Marqués de San Juan, D. Jilimón de la Mota, y otros interesados, los que para el mismo fin intentaba comprar también S.E. …». 
En el plano de Texeira que vimos más arriba aparece la propiedad de Gil Imón de la Mota en color azul. 
 
La historia ofrece conexiones curiosas, porque resultó ser que Baltasar Gil Imón de la Mota, quien se llevaba muy bien con el duque de Lerma, y en cuya casa había estado Pedro Téllez-Girón y Velasco, III duque de Osuna, tendría un descendiente lidiando con Pedro de Alcántara Álvarez de Toledo y Silva Mendoza, XII duque del Infantado y X duque de Lerma. 
 
 
Desaparición del palacio de la duquesa de Osuna y condesa de Benavente 
Hemos citado a Mariano Téllez-Girón y Beaufort Spontin, XII duque de Osuna, llamándole “despilfarrador”; apreciación nada exagerada teniendo en cuenta que provocó la bancarrota de la Casa ducal. 
 
Mariano Téllez-Girón y Beaufort Spontin. XII duque de Osuna
De un grabado
 
«Los créditos hipotecarios suscritos bajo un interés anual del 12 por ciento por la Casa de Osuna suman entre 1866 y 1873 una cantidad ligeramente mayor a los 30 millones de reales», asegura Juan Carlos Rueda Laffond, Catedrático de Historia Contemporánea en la UCM, en su artículo Préstamos y finanzas durante la segunda mitad del siglo XIX: Una aproximación a la figura de los Urquijo [3]. 
Y añade: 
«Ya desde comienzos de la dé cada de los sesenta se inició la cadena de préstamos otorgados por un selecto grupo de acreedores, entre los que se encontraban Urquijo, Manzanedo y Fernández Casariego, con el objeto de financiar el abultado pasivo que había acumulado el Duque. 
En 1863 se proyectó la primera gran operación para reconvertir las deudas gracias por medio de un único empréstito hipotecario. Por escritura pública otorgada el 31 de octubre de aquel año se acordó conceder 90 millones de reales en metálico y en pagarés mediante la emisión de 6.500 obligaciones al cinco por ciento anual y bajo una amortización de 55 años». 
Los párrafos transcritos son orientativos de lo que ocurrió después de su fallecimiento, acontecido el 2 de junio de 1882 en Bélgica. Después de un largo proceso judicial, en 1894 se falló a favor de los acreedores de la Casa, denominados “Obligacionistas de Osuna”, con la incautación y enajenación del patrimonio ducal. Las propiedades de Madrid fueron vendidas y/o derribadas. 
 
Los siguientes anuncios hacen referencia al palacio de Las Vistillas y a la casa de la manzana 127. 
 

 

En el diario La Discusión, del 23 de diciembre de 1886, se anunciaba: 
«Con las formalidades de rúbrica, tomó ayer posesión el Ayuntamiento del antiguo palacio de Osuna. En Febrero próximo se procederá al derribo del edificio, para cuyo completo desalojo falta sólo sacar la biblioteca, compuesta por 23.000 volúmenes». 
Esta valiosa biblioteca que había estado instalada en el palacio de Osuna de la calle Leganitos, fue trasladada al de las Vistillas en 1841. 
 
El palacio donde nació esta historia verdadera del marqués de los pollos fue adquirido por la archidiócesis de Madrid y demolido para construir entre 1902 y 1906 el Seminario Conciliar, obra de Miguel de Olabarría. Los jardines de la finca se conservaron, comprándolos el Ayuntamiento para formar los jardines de Las Vistillas. 
 

 
Más conexiones 
Para aumentar los conocimientos de quienes no acostumbran a respetar los derechos de propiedad intelectual, sumo algunos datos que conectan al marqués de Santiago con otros espacios desaparecidos y otras personalidades, como la condesa Emilia Pardo Bazán. 
 
 
Palacio del marqués de Santiago
El palacio del marquesado de Santiago, construido en el siglo XVII, estaba ubicado en la acera de los impares de la carrera de San Jerónimo (29 y 31), entre la calle Ancha de los Peligros (después Sevilla) y la de Cedaceros. 
 
 
Fue residencia de los marqueses hasta 1845, momento en que el citado marqués decide trasladarse a su casa de la calle Cedaceros. Así lo anunciaba el periódico monárquico La Esperanza del 18 de abril de 1845: 
«Según se nos asegura, el señor marqués de Santiago va a desocupar su casa de la Carrera de san Gerónimo, trasladándose a la que tiene en la calle de Cedaceros. El objeto parece que es el de arrendarla, formando en ella habitaciones particulares, cuyo producto, tanto por su extensión, como por el parage que ocupa en el centro de Madrid, dará a sus rentas un aumento considerable. Algunos cuentan que la ha arrendado para el señor Salamanca». 
Relacionamos el texto con el marqués de Salamanca y el Casino del Príncipe, del que era socio. 
Conocido con ese nombre por haber estado situado en la calle del Príncipe, 12, tuvo varios emplazamientos hasta el definitivo de 1910 en la calle de Alcalá. 
Desde 1848, y durante cuarenta años, estará ubicado en el palacio de Santiago, donde años antes se había instalado el Café de la Iberia. Sobre este y el Casino escribirá Galdós en La desheredada (Parte I "Igualdad. Suicidio de Isadora" – Cap. XVII): 
«¡Cuánta gente en la Carrera! Es abierta lonja de noticias. El Congreso, donde se forja el rayo; el Casino, donde imperan los desocupados, y el café de la Iberia, que es el Parnasillo de los políticos, dan a esta calle, en días o noches de crisis, un aspecto singular».
Por cierto, Fernando Fernández de Córdova fue socio fundador y presidente del Casino de Madrid o del Príncipe. 
 
También estuvo en aquel palacio el Banco de la Unión y en la planta principal se hospedó Emilia Pardo Bazán de niña, cuando su padre era diputado en la Villa y Corte. Otras personalidades, como Napoleón III (marido de Eugenia de Montijo), disfrutaron de su estancia en aquel edificio. 
 
 
 
El suntuoso palacio de pórtico barroco albergó una importante colección de pinturas, principalmente de carácter religioso; entre ellas, obras de El Greco, Murillo y Velázquez. 
La V marquesa de Santiago, María de la Soledad Isidra Rodríguez de los Ríos y Lasso de la Vega, aumentó la colección con obras de Goya, quien la había retratado de niña y después en 1804, además de a su segundo marido, el marqués de San Adrián. 
 
María de la Soledad Isidra Rodríguez de los Ríos y Lasso de la Vega.
V marquesa de Santiago.
Francisco de Goya (1804)
 
 
Conexión con Baltasar Gil Imón de la Mota
Decía la noticia publicada en La Esperanza que el marqués se trasladaba a su palacio de la calle Cedaceros, edificio que hacía esquina con la del Sordo (actual calle Zorrilla).
 
En la calle Cedaceros, que discurre entre las de Alcalá y Carrera de San Jerónimo, existió un conjunto de casas pertenecientes al mayorazgo de Gil Imón de la Mota. Así lo contaba Mesonero Romanos en "Las calle y las casas de Madrid - Cuartel del Centro", recuerdos históricos publicados en el Semanario pintoresco español del 30 de octubre de 1853, refiriéndose a un tramo de la calle de Alcalá: 
«De todo aquel trozo de calle hasta el Prado, no ha quedado pues en pié de las casas antiguas mas que la señalada con el núm. 44 nuevo, que hace esquina y vuelve á la de Cedaceros, y fué del mayorazgo fundado por Baltasar Gil Imon de la Mota».

De la marquesa goyesca y de Colón desciende el marqués de los pollos. 
A la muerte de María de la Soledad Isidra, hereda el marquesado Antonio María Bernaldo de Quirós y Rodríguez de los Ríos, hijo de su primer matrimonio. Casado este con Hipólita Colón de Larreátegui y Ramírez de Baquedano, serán padres de Antonio Hipólito Bernaldo de Quirós y Colón de Larreátegui, VII marqués de Santiago. El matrimonio tuvo cuatro hijos más y siete hijas.
 
Curiosa es la extensa información consultada en Los descendientes de Cristóbal Colón (Obra Genealógica), libro de Rafael Nieto y Cortadellas (Sociedad Colombista Panamericana. La Habana, 1952), del que se desprenden ingentes ramas de descendientes de Colón, entre ellos los Bernaldo de Quirós, los Fernández de Córdova y, por supuesto, los Colón de Larreátegui. 
Indica Nieto y Cortadellas: 
«Del referido enlace de doña Hipólita Colón de Larreátegui con el VI Marqués de Monreal, Grande de España, IV Marqués de Santiago y V de la Cimada, fueron procreados doce hijos (…) Seguidamente mencionaremos a once de ellos, de los cuales hemos podido adquirir los necesarios aportes, nombrándolos en lo posible, de acuerdo con la cronología de sus nacimientos. Ellos fueron: Antonio; María de la Soledad Hipólita; Pedro; Carlos; Hipólito; Joaquín; María Dominga; Águeda; Francisca de Paula; Emilia, y María del Carmen Bernaldo de Quirós y Colón de Larreátegui, Rodríguez de los Ríos y Ramírez de Baquedano. Los cuales: 
1. Don Antonio Bernaldo de Quirós y Colón de Larreátegui, Rodríguez de los Ríos y Ramírez de Baquedano, falleció soltero en 1848 (sic), y en sucesión a su padre fue el VII Marqués de Monreal, Grande de España». 
Este es nuestro marqués, el inventor de la palabreja tan mal asociada a las hijas de Gil Imón de la Mota. Este, que por sumar algo pintoresco a la historia, tenía por antepasado al mismísimo Colón.
Pero hay más...
 
 
El marqués cerillero
Recordemos que el marqués de los pollos, VII de Santiago, había fallecido sin descendencia. 
Lo mismo ocurrirá con el X marqués de Santiago, Salvador Bernaldo de Quirós y Arenas, su sobrino, quien fallecerá en Río de Janeiro en 1891.
 
No será hasta 1912 cuando solicitará la sucesión de los marquesados de Monreal y de Santiago, ya caducados, Juan Bernaldo de Quirós y Acosta. Se trató de una "Sucesión diferida" aprobada por Real Orden, pero rechazada en 1915 por el propio interesado. El XI marqués de Santiago figuró sólo en los papeles.
 
Miguel Bernaldo de Quirós y Acosta, hermano de Juan, solicitará los títulos y le serán concedidos por Real Carta de 1915. Pagará los derechos de propiedad del marquesado de Santiago, pero no el de Monreal, que pasará a un primo suyo.
 
Miguel Bernaldo de Quirós y Acosta.
XII marqués de Santiago.
Fotografía de autor desconocido (1935)
 
Miguel, XII marqués de Santiago, será el marqués "cerillero". 
 
Por los negocios frustrados y la mala administración de los bienes, la situación económica del marquesado de Santiago estaba en declive cuando Miguel nació en 1895.
 
No podemos decir que haya sido el más afortunado de los de la Casa de Santiago. Cometió muchos errores en su corta vida y dilapidó parte de la fortuna de su mujer, Beatriz Aguilera y González-Sancho. 
Hombre alto y de buen porte, vivió acorde a su título durante un tiempo, pero con el dinero de Beatriz.

Por las buenas relaciones con algunos políticos, su padre consiguió que le ubicaran en el Ministerio de Fomento, de temporero, y más tarde en el de Instrucción pública. Se casó y dejó el empleo para invertir en algunos negocios el dinero de su mujer. Todo salió mal y Beatriz le abandonó después de seis años de matrimonio.

Trabajó de albañil, de mecanógrafo y administrativo. Fue obrero de Vías y Obras del Ayuntamiento durante la Segunda República por un periodo de cuatro meses. Después, todas las penurias habidas y por haber.

Acabó vendiendo cerillas, tabaco y lotería en una taberna de la calle de San Roque, donde le daban de comer. Ganaba tres pesetas diarias.

En 1935 esta curiosa historia fue motivo de sendos artículos en la prensa nacional y extranjera. 

 
Desconocemos el año del fallecimiento del marqués. Sólo sabemos que cuando murió su mujer, en 1947, ya era viuda.


Los pollos en la prensa madrileña
Despejadas las dudas y halladas todas las referencias posibles, sólo falta encontrar el momento cronológico en el que la prensa madrileña se hace eco de la nueva "palabreja". 
 
La primera mención de "pollo" como adjetivo calificativo la encontramos en una noticia de la Gaceta de Madrid, del 27 de febreo de 1850, en la que se da cuenta de la representación en el Teatro de La Comedia de una comedia nueva, original, en tres actos y en verso titulada "El pollo". No indica nombre del autor.
 
Es en ese año cuando el pollo comienza a poblar las columnas de todos los tabloides, siempre refiriéndose a los que antes conocíamos como "petimetres" o a los jóvenes de la segunda mitad del siglo XIX. La palabra ya era popular y muchos escritores y periodistas la utilizan en sus folletines; principalmente, el costumbrista Ramón de Navarrete y Fernández y Landa.
«—Pero tan cerca... Fi donc!—
un pollo en francés esclama:...».
La Ilustración, 30 de marzo de 1950 - Revista de Madrid - Ramón de Navarrete.
 
«— ¿Y qué papel desempeñas tú allí, Carlitos? añadió un tercero dirigiéndose al pollo».
La Ilustración, 8 de junio de 1950 - Revista de Madrid - Ramón de Navarrete.
 Navarrete nos ofrece la costumbre francesa de aquellos pollos decimonónicos:
 «... a perfeccionarse en el francés, cosa de rigor en un pollo, y a consolidar después su reputación de fashionable con unos cuantos pantalones y fraques de Blain, de Humann, y de Saintise, los tres oráculos de la moda, los tres primeros sacerdotes de la tijera en la capital de Francia».
 Lo mismo ocurre con la columna "Placeres y miserias del invierno", publicada el 9 de noviembre de 1850 en La Ilustración. Su autor, del que desconocemos su nombre por no llevar firma, escribe:
«¡viva el invierno para el elegante pollo con bota de charol, guante de Dubost, y lente, lente cabalgando sobre la naríz».
La siguiente imagen, publicada en un suplemento de La Ilustración: periódico universal, de 1852, dice al pie: «El ajuste en una casa de huéspedes. Diálogo divertido entre una arpía y un pollo, que tiene de duración cinco horas y minutos, y acaba por la sumisión de la víctima».
 

En vista de la popularidad del adjetivo, el periodista y escritor Nicolás Ramírez de Losada, más conocido por el pseudónimo El Barón de Illescas, reflexionará sobre su origen:
«Todas la épocas y todos los tiempos han tenido su manera de calificar ridículamente a esa juventud superficial, casquivana y melindrosa, que afeminándose hasta confundirse en muchas ocasiones con el bello sexo, le hubiera estado mejor en sus delicadas manos, como dijo un escritor célebre, cuyo nombre se me ha olvidado, la rueca, que la pluma o la espada. De algunos años a esta parte, semejante afeminamiento ha tenido estraordinario desarrollo, especialmente entre algunos jóvenes de diez y ocho a veinte y dos años; de manera que los hombres un poco machuchos y no menos graves, pero que no han perdido todo su buen humor, no han podido resistir a la tentación de nombrar a tales señoritos de un modo que castigue con el ridículo sus estravagancias. Los que ya peinamos canas hemos conocido una porción de fluctuaciones y peripecias en este género, dándole siempre nombres de una etimología tan oscura que se pierde en la noche de los tiempos. Yo recuerdo, entre otros, los de petimetre, pisaverdes, currutacos, lechuguinos, peripatéticos, (no vayan Vds. a creer que se trata de los filósofos así denominados) elegantes, románticos, leones, dandys, silbantes, y finalmente pollos....».
La Ilustración: periódico universal. Tomo III, núm. 2. 
"Un pollo y un gallo". Madrid, 11 de enero de 1851
En los primeros años de la década de los cincuenta del siglo XIX los periódicos presentan contundentes estudios sociológicos sobre la figura del pollo y la polla, llegando a clasificarlos por orden riguroso según diversas situaciones. Así, encontramos dos grandes categorías: los pollos "sociables" y los "insociables", divididos a su vez en varias subcategorías. 
 

Conclusión 
En el palacio de los Osuna-Benavente el VII marqués de Santiago había exclamado en 1846 aquello de «¡Callen los pollos!», palabreja que tiempo después tuvieron a mal asociarla con las Gilimonas. 
 
Todo lo contado, fruto de una entretenida investigación de la que se da cuenta en este texto y en la bibliografía, sirve para volver a ratificar que la historia de las hijas de Gil Imón nada tiene que ver con las pollas ni con el adjetivo malsonante que se les adjudica. 
 
Las Gilimonas existieron y han sido denostadas desde el siglo XX por el sólo hecho de ser mujeres, adjudicándoles un mote que no existía en su época y añadiendo defectos físicos y mentales en algunas de las muchas versiones, desatendiendo por completo la descripción que de ellas hizo Ricardo Sepúlveda.
 
Seamos honestos con la historia de Madrid y sus habitantes. No la convirtamos en burda leyenda ni insistamos en repetirla. 
 
Muy bien por el gracejo madrileño. Muy bien por las ocurrencias, cuando estas son elegantes. Pero ya es tiempo de rectificar lo que se ha entendido mal y poner las cosas en su sitio con bases fundamentadas. 
No es de recibo que a estas alturas exista nula intención de hacerse eco de las nuevas investigaciones. 
 
Hallado el lugar y la persona que hizo popular el uso de “pollo” como identificativo de los que están en “la edad del pavo”, y conocida la repercusión social que tuvo en su momento, es hora de contar la historia verdadera, añadiéndola, si se quiere —como aconsejo— después de contar la errónea. 
 
Os he presentado todos los elementos necesarios: conexiones que hilan la historia; curiosidades que aportan renovadas notas de color; datos que incrementan los conocimientos sobre la historia urbana de nuestra ciudad y aclaraciones razonadas que merecen ser atendidas. Aprovechemos estos conocimientos para contar una buena y verdadera historia. 

Por favor, no seamos «gilivoltios». 
 
Para la contestación 
Eduardo Valero García 
madridblog@gmail.com
 
 
A continuación, se reproducen los textos relacionados con la investigación. Se trata de Las tres adivinanzas (Cuento popular), Rodríguez Marín, citado en el subtítulo Rodríguez Marín nunca escribió el adjetivo “gilipollas” y la historia titulada "Las hijas de Gilimón", contada por Ricardo Sepúlveda en su libro Madrid Viejo. Crónicas, Avisos, Costumbres, Leyendas y Descripciones de la Villa y Corte en los siglos pasados (1887).
 













 
Bibliografía y Cibergrafía
 
Fuentes consultadas:

[1] Tapia Poyato, Ana M., Gitanismos en el ALEA, Cauce: Revista Internacional de Filología, Comunicación y sus Didácticas, ISSN 0212-0410, ISSN-e 2603-8560, Nº 18-19, 1995-1996 (Ejemplar dedicado a: Homenaje a Amado Alonso), págs. 867-889
 

[3] Rueda Laffond, J. C., 1996. Préstamos y finanzas durante la segunda mitad del siglo XIX: Una aproximación a la figura de los Urquijo. Portal de revistas científicas (2018): Revista Historia Contemporánea, Nº 13-14. DOI https://doi.org/10.1387/hc.19802

 
Biblioteca Nacional de España - Hemeroteca digital
 
Archivos municipales. Memoriademadrid.
 
Biblioteca Virtual de Prensa Histórica
 
 
Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor.
 
 
Todo el contenido de Historia urbana de Madrid está protegido por:






En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2021) "Las hijas de Gil Imón nunca fueron pollas. Datos históricos que desmontan la leyenda.", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/ ISSN 2444-1325

o siga las instrucciones en Uso de Contenido.

[VER: "Uso del Contenido"]


• Citas de noticias de periódicos y otras obras, en la publicación.
• En todas las citas se ha conservado la ortografía original.
• De las imágenes:
Muchas de las fotografías y otras imágenes contenidas en los artículos son de dominio público y correspondientes a los archivos de la Biblioteca Nacional de España, Ministerio de Cultura, Archivos municipales y otras bibliotecas y archivos extranjeros. En varios casos corresponden a los archivos personales del autor-editor de Historia Urbana de Madrid.

La inclusión de la leyenda "Archivo HUM", y otros datos, identifican las imágenes como fruto de las investigaciones y recopilaciones realizadas para los contenidos de Historia Urbana de Madrid, salvaguardando así ese trabajo y su difusión en la red.
Ha sido necesario incorporar estos datos para evitar el abuso de copia de contenido sin citar las fuentes de origen de consulta.
 


© 2022 Eduardo Valero García - HUM 022-005 GILIMONAS
Historia Urbana de Madrid
ISSN 2444-1325



viernes, 17 de junio de 2022

Los porteros madrileños (IV) Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos (1929)

El 1º de mayo de este año 2022, todas las antiguas Sociedades de porteros de Madrid renacieron simbólicamente en la pancarta de la Asociación de empleados de fincas urbanas de la Comunidad Autónoma de Madrid (EFUCAM) durante la marcha del Día internacional de los trabajadores. La lucha y logros de las porteras y porteros de otras épocas se veían representados, después de muchos años, en la figura de sus iguales del siglo XXI. 
 
En esta cuarta parte de los Porteros madrileños nos ocuparemos de la segunda y principal Sociedad de porteros, fundada en 1929 para defender los intereses de estos trabajadores ante el cambio de rumbo de “La Honradez”. A diferencia de esta, fundada en 1891 para el socorro mutuo y la beneficencia, la que hoy conoceremos deriva de la Sociedad de Profesiones y Oficios Varios, cuya finalidad era la de aglutinar a todo tipo de trabajador por el bien común.
 
 
La Sociedad de Profesiones y Oficios Varios, del Centro de Sociedades Obreras, con domicilio en la calle Jardines, 20, venía de la Sociedad de Oficios Varios, constituida a finales del siglo XIX y de carácter gremialista. En marzo de 1895 sus miembros se reunían con el objeto de «Crear dentro de la Sociedad una sección de propaganda, en la que puedan ingresar Individuos de todas las profesiones y oficios y de todas las ideas políticas que aspiren al mejoramiento de la clase trabajadora, hasta lograr su completa emancipación». 
Con ayuda de la Sociedad, la nueva sección tendría autonomía para reunirse en diferentes puntos de Madrid, además de un local en el Centro de Sociedades Obreras. Este Centro, que como dijimos estaba en la calle Jardines, se trasladará en noviembre de 1898 a la de la Bolsa, 14, principal. Poco después, en enero de 1899, Pablo Iglesias dará un discurso en ese local aconsejando a sus correligionarios dejar «el retraimiento para mezclarse en la vida política del país». 
 
La noche del 24 de enero de 1900 se verificará la inauguración de la nueva sede de la Sociedad en la calle Relatores, 24, principal. Fue allí donde nació en 1906, a iniciativa de la Sociedad de albañiles “El Trabajo”, la idea de adquirir un local en propiedad para su domicilio social. 
El 2 de agosto de 1907, ante el notario Rafael Martínez, una Comisión de cuarenta y cinco sociedades obreras compraban para esa finalidad una finca de la calle Piamonte. 
 
 
Casa del Pueblo 
Por ironías de la vida, los obreros del siglo XX adquirirán parte de la propiedad que en el siglo XVI había cedido Carlos I de España al III Condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza, por vencer a los Comuneros de Castilla. Entre los títulos de este señor estaban los de IV conde de Haro y II duque de Frías. 
 
El Emperador Carlos I le otorgaba "… una casa con huerta y jardín, a una calle que le dicen del Barquillo, cuya casa estará libre de toda clase de impuestos y contribuciones creados o por crear, incluso el de aposentamiento de huéspedes...". 
 
El ducado de Frías tuvo un rancio linaje, comprendido por la casa de los Fernández de Velasco, la de Pacheco Téllez-Girón y la de Soto, emparentadas a su vez con el ducado de Béjar a través de las casas de Zúñiga, de Osuna (Téllez-Girón) y Roca de Togores. 
 
En la siguiente imagen podemos ver el plano de fachada del palacio en 1807; para entonces propiedad del XIII duque de Frías, XIX conde de Luna, IX duque de Uceda y XVII conde de Haro, Diego Pacheco Téllez-Girón Fernández de Velasco y Enríquez. 
 
 

 
Cien años más tarde, se convertiría en la Casa del Pueblo con la compra de parte de la propiedad a Jaime Tirso Roca de Togores y Téllez-Girón, XVII duque de Béjar, emparentado con el ducado de Frías y otras personas que —según publicaciones antiguas— figuraban en la escritura; sean estos el “marqués de Peñafiel, condesa de Melgar, condesa de Oliva y condesa de Luna”.
 
 
 
El número 2 de la calle Piamonte fue dado de alta en el callejero madrileño el 1º de enero de 1874. 

En la Gaceta de Instrucción Pública y Bellas Artes del 5 de noviembre de 1908, la Asociación Nacional de Magisterio Primario ponía como ejemplo para sus socios el gran esfuerzo realizado por las Sociedades obreras para tan noble causa: 
«Dentro de muy pocos días leeréis en los periódicos que se ha inaugurado en Madrid la “Casa del Pueblo”, nombre modesto que encubre la realidad suntuosa de un soberbio, magnifico edificio, cuya adquisición ha costado muchos centenares de miles de pesetas. Pues bien; sabed que esa fortuna ha sido reunida por la acumulación de fondos sobrantes de varias Sociedades obreras, que no por ello han desatendido sus fines sociales, y cuyos asociados, que no son más ricos que nosotros, pagan con mucho trabajo, y algunos con grandes privaciones, sus pequeñas cuotas».
Y así fue como quedó inaugurada la noche del 28 de noviembre de 1908, presidida por Mariano Galán Sabina, del Gremio de carpinteros. En el acto dieron sendos discursos el socio número 1 del Arte de Imprimir, Medardo Estada; el compañero Saturnino González, de la Sociedad de Albañiles "El Trabajo"; el tipógrafo portugués Agedo Gnecco, y Francisco Mora, que pertenecía a la Internacional. 
El último en hacerlo fue Pablo Iglesias, arengando a los obreros a «que no se debe descansar en la lucha, para la que no hay edades», incitándoles a que «se instruyan y se eduquen, a fin de poder ejercer la acción política». 
 
Miguel Salvador, presidente de la Universidad Popular, y el maestro Villar interpretaron con gran maestría, a cuatro manos en el piano, la obertura Egmont (Beethoven) y Kaiser mach, de Wagner entre otras obras del repertorio en el que estuvieron acompañados por la cantante Amparo Moreno. 

Será en la Casa del Pueblo donde comience la historia de la Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos. 
 
 
Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos 
De la citada Sociedad de Profesiones y Oficios Varios nace el 20 de octubre de 1929 la Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos, con 753 afiliados. El acto de constitución se celebró en el salón terraza de la Casa del Pueblo. 
 
El 7 de noviembre, el periódico La Libertad publicaba la carta recibida de la nueva Sociedad de porteros. En ella manifestaban: 
«Se ha constituido legalmente en Madrid una Sociedad de Porteros para la defensa de nuestros derechos.
Un grupo de porteros hemos dado comienzo a la tarea de organizarnos, y ya está conseguido el propósito.
Al igual que todos los trabajadores, los porteros de fincas urbanas necesitamos una organización que sea portavoz de nuestros derechos, que procure mejorar nuestra situación. 
La legislación social en nuestro país nos reconoce a los que vivimos de nuestro trabajo el derecho a asociarnos, y, amparándonos en la ley, nos hemos constituido. 
Queremos que nos alcancen los beneficios de los Comités paritarios. 
Queremos alcanzar los beneficios de la ley de Accidentes del trabajo. 
Queremos que se nos Incluya en la ley del Retiro obrero. 
Queremos, en fin, conseguir una situación mejor que la presente, y creemos que si los porteros todos se dan cuenta de su situación, pensarán como los que hemos organizado la Sociedad. 
¡Camaradas porteros! La Sociedad de Porteros es un hecho real, y tiene ya aprobado su reglamento por la autoridad. 
Estamos conviviendo con nuestros hermanos los trabajadores, pues nuestra Sociedad está domiciliada en la Casa del Pueblo, y en el reglamento se declara que hemos de pertenecer a la Unión General de Trabajadore. 
¡Porteros de Madrid! Venid todos a la Sociedad. Os esperamos con los brazos abiertos, pues con la unión de todos hemos de conseguir tener salvaguardados nuestros derechos. Así lo espera de todos. La Junta directiva. 
El domicilio de esta Sociedad está situado en la Casa del Pueblo, calle de Piamonte. 2, secretaria número 14.» 
Comenzaba así un largo periodo de lucha obrera que se estrenaba con la protesta por el horario de cierre de los portales, el horario nocturno del alumbrado de las escaleras y funcionamiento de ascensor ordenado por el Ayuntamiento, cuyos afectados directos eran los porteros madrileños. 
 
El 17 de octubre de 1930, a escasos días del primer aniversario de su constitución, la Junta directiva enviaba una senda nota a la prensa en la que, con inteligente ironía, parecían estar a favor de la ordenanza municipal; sin embargo, se descolgaban con razonamientos como estos: 
«… en cuanto al cierre de los portales, francamente creemos que se va a dar una mejora a los inquilinos que no es tal mejora, pues el problema está completamente resuelto en cuanto la iluminación de las escaleras después del cierre de los portales sea un hecho, pues todo quedaría reducido a la pequeña molestia de abrir la puerta, molestia que queda muy reducida en las casas de nueva construcción, porque las cerraduras son de llave pequeña, que puede llevarse sin molestia en el bolsillo, y, sin embargo, si se cierran los portales una hora más tarde es una hora más de jornada que al portero se le aumenta, y téngase en cuenta que la compensación de que ha hablado la Prensa de que los dueños subirían el sueldo mensual, o que los inquilinos dieran una mayor gratificación, no deja de ser un buen deseo; pero la realidad es otra, pues, en general, los porteros estamos muy mal pagados, y en cuanto a las gratificaciones, somos enemigos de este sistema de retribución, que aparentemente es muy remunerador, pero que en la realidad no ocurre así». 
«Nosotros creemos, pues, que el Ayuntamiento debe acordar que los ascensores funcionen toda la noche; con la garantía debida, pues hay medios para ello, y que las escaleras tengan luz a disposición de los inquilinos una vez cerrado el portal; pero que no debe acordar cerrar los portales más tarde, porque eso obliga a los porteros a una jornada extenuadora. 
Ya sabemos nosotros que hay, generalmente, una opinión contraria a este deseo; pero precisamente por esto tenemos que lamentarnos que esa misma opinión no conozca y apoye las peticiones que llevamos al ministro del Trabajo, consistentes en que se cree un Comité paritario o un organismo en el que se elaboren, con la intervención de los porteros, las condiciones de trabajo de estos y todo lo relacionado con los accidentes de enfermedad y mala vivienda, pues en la actualidad no tenemos ningún derecho y sí todos los deberes, como lo prueba que ahora mismo en el Ayuntamiento se haya abordado nuevamente el problema; se haya oído el criterio favorable del cierre a las once de la noche; se atienda a la Cámara de la Propiedad Urbana cuando plantea alguna petición, y, sin embargo, no se ha tenido en cuenta a nuestra sufrida clase, que presta, sin embargo, servicios de importancia, aunque muchas veces somos escarnecidos y también injuriados, y no se tiene en cuenta ninguno de estos servicios».
El Comité paritario se hizo realidad el 7 de agosto de 1931 con la disposición del ministro de Trabajo, Francisco Largo Caballero. La Orden fue publicada en la Gaceta de Madrid, número 221, del 9 de agosto. 



[Origen del documento: Agencia Estatal del Boletín Oficial del Estado]
 
 
Como no podía ser de otra manera, aquello se celebró con una suculenta merienda.


 
El 9 de marzo de 1933, Casimiro Calderón, secretario de la Sociedad, en representación del Comité de vocales obreros del Jurado mixto de porteros, anunciaba: 
«Ponemos en conocimiento de todos los porteros madrileños que en el pleno celebrado por el Jurado mixto el día 8 del actual, y con el fin de aclarar algunos puntos de las bases que a los señores propietarios ofrecían dudas, tomó los acuerdas siguientes: 
1. Ningún propietario podrá alegar como causa justificada de despido el que un portero no esté constantemente prestando servicio cuando éste viniera siendo desempeñado por mujer con anterioridad a las bases. Es decir, que las porterías de mujer seguirán siendo desempeñadas por mujeres, cualquiera que sea el sueldo que les corresponda con arreglo a las bases. 
2. Que no podrán los propietarios cobrar alquiler por casa a los porteros. Es decir, que seguirán disfrutándola completamente gratuita. 
3. Que los propietarios no podrán prohibir tomar propinas de los inquilinos, y que cuando se produzca despido, éstas se considerarán como parte integrante del sueldo a los efectos de la indemnización». 
Los acuerdos tomados no tardaron en crear conflictos con la Cámara de la Propiedad Urbana, que comunicaba a los propietarios y porteros su disconformidad con los acuerdos adoptados por los vocales obreros y el presidente del Jurado, mostrada con la abstención y protesta de los vocales patronos. Para la Cámara constituían modificaciones fundamentales de las bases de trabajo, y como su adopción implicaba una extralimitación de facultades cometida por el Jurado mixto, eran jurídicamente nulas y contra ellas interpondrían los recursos que las leyes autorizaban. 
Por otra parte, algunos propietarios, como el de la calle Ferraz, número 73, había agredido a su portera y tratos vejatorios hacia su portero la ex condesa de Alpuente. 
 
 
La situación en 1934 y después 
Para resumirlo, aquel año trajo una huelga general y la insurrección obrera derivada del nuevo Gobierno de la Segunda República, del que formaban parte tres miembros de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). La situación se tornó muy complicada y la Sociedad de porteros tuvo que cancelar la celebración de Juntas. 
 
Hubo muchas detenciones, principalmente en las Casas del Pueblo de casi todas las ciudades españolas, incluso con declaraciones de pena de muerte, condena reinstaurada por el nuevo Gobierno.
Recomendamos la lectura del artículo que Sandra Souto Kustrín (Instituto de Historia, CSIC) elaboró para Solidaridad Obrera. 
 
La clausura de la Casa del Pueblo de Madrid y la detención de su Junta administrativa por haberse hallado en su interior un alijo de armas, obligó a que las Sociedades buscaran otros espacios para sus futuras reuniones; la Sociedad de porteros lo hizo en un local de la calle Augusto Figueroa, 29. 
Desde aquel domicilio, en 1935 la nueva Junta directiva de la Sociedad ratificará su adhesión a la Unión de Trabajadores de España (U.G.T.) y a la Junta administrativa de la Casa del Pueblo. Y también desde allí solicitarán los indultos de pena de muerte para varios obreros de toda España, en nombre de los 7.119 afiliados que la integraban. 
 
Las historias son cíclicas. Con mayor o menor semejanza, las ideologías políticas defienden a unos u otros, y en aquellos años la clase obrera no era la más beneficiada. 
 
 
Los Jurados mixtos de la Segunda República que aparecen en la noticia como de “Higiene”, también lo eran de porteros (Jurado Mixto de Servicios de Higiene y de Porteros). 
Independientemente de los Tribunales de Trabajo, los Jurados mixtos buscaban la mejora de las condiciones de trabajo, del poder adquisitivo de los trabajadores y las negociaciones colectivas, entre otras cuestiones. Sus capacidades conciliadoras fueron perdiendo fuerza a partir de 1934. 
 
El ambiente conflictivo que reinaba en aquellos años de politización del trabajo queda patente en la siguiente protesta de la Sociedad de porteros publicada en 1936.


 
Desbarajuste sindical
La tarea de investigar es ardua y en ocasiones farragosa. Si a esto sumamos el periodo comprendido entre 1936 y 1939, cuando España se vio inmersa en una Guerra Incivil, la situación se complica. Se produce un desmembramiento de la información y el hilo conductor de la investigación se entremezcla en la madeja con otros hilos. Así, lo que hasta principios de 1937 continuaba siendo la Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos se deshilacha y aparecen otros hilos; algunos identificables con un cambio de denominación, como es el caso del Sindicato de porteros (U.G.T.), que es el mismo. 
 
Del año 1939 es este anuncio en el que aparece con su denominación original. 


Otros pueden ser identificados como una separación de afiliados que conformarán la Unión Profesional de porteros y similares, de carácter puramente profesional y apolítica, constituida en septiembre de 1935 y con domicilio social en la calle Sacramento, 5. 
 
 
Los porteros y las Administraciones de fincas durante la Guerra 
El Portal de Archivos españoles (PARES) guarda al menos 17 cartas de la Sociedad de porteros de Madrid y sus contornos relativas a diferentes personas y fechadas entre enero y marzo de 1938. Tengamos en cuenta que las brigadas milicianas contaron con los porteros como ayuda para las operaciones de represión. 
 
Cuando se crearon los Comités de vecinos, en muchas ocasiones los empleados de la finca fueron necesarios por sus conocimientos previos sobre los habitantes del edificio. 
 
En los artículos anteriores de esta serie, titulada Los porteros madrileños, hemos conocido la animadversión que muchos tenían hacia la figura de los porteros desde el siglo XIX, independientemente de que fueran serviciales, educados y responsables o unos holgazanes, unos cotillas o seres alcoholizados y despreciables. Todos a la misma bolsa; exactamente igual que ocurrió cuando a la gran mayoría se les asoció con el Terror Rojo. 
Desde aquel momento, y por muchos años, la figura castiza y sainetera de las porteras y los porteros fue demonizada con exageración hasta mucho tiempo después de finalizada la contienda. 
 
El Juzgado Especial de Porteros se encargaría de depurar responsabilidades y hacer lo propio que antes se había hecho: obtener información sobre los vecinos, pero ahora del bando contrario. 
 
¿Juzgaremos nosotros las circunstancias que los llevaron a proceder de aquella manera? Desconociendo cada caso y los motivos que les convirtieron —una vez más— en policías de uno u otro Estado, no debemos culpar ni absolver, ni tampoco trasladar la ira o la conveniencia política a estos trabajadores, tal y como lo hicieron muchos escritores. 
 
En este sentido, la literatura de posguerra dejó infinitos ejemplos que continúan siendo un estigma para los empleados de fincas urbanas del siglo XXI. Quizás ahora más, con la reciente publicación del libro titulado Vecinos de sangre. Historias de héroes, villanos y víctimas en el Madrid de la Guerra Civil. 1936-1939, de Pedro Corral, quien sigue la estela de otros autores afines a su ideología. 
 
El hispanista Marco da Costa, de la Izmir University of Economics (Turquía), en su trabajo titulado Cuando el portero de edificio no daba ni los “buenos días”: una figura deshumanizada del terror rojo [1] cita a varios autores y ofrece fragmentos literarios como los que seleccionamos: 
«… vagos, con calefacción y sin hacer más que leer el periódico, y alfombras, y a las diez, al teatro o a dormir… Propinas, trajes, cosas a granel; venga chupar de los inquilinos… Proletarios, ¿de qué? Yo sí que era un proletario: ocho horas de manivela de tranvía…» 
Borrás, T., Checas de Madrid, Madrid, Escolar y Mayo editores, 2016 [1939], p. 91.
«¡Los porteros! Otra calamidad venenosa al igual de las víboras. Por venganza o resentimiento, la denuncia era lanzada sobre el tranquilo hogar, que casi acto seguido era saqueado y llevados a la muerte sus moradores. Las denuncias se aceptaban sin pruebas de ninguna clase. Solamente bastaba hacerla. Toda clase de derechos sobre la propiedad o la misma vida habían quedado nulos. El terror imperaba por el terror». 
López de Medrano, L., 986 días en el infierno, Madrid, Imprenta y Litografía del Asilo de Huérfanos del Sagrado Corazón de Jesús, 1939, p. 84. 
¡Ni tanto ni tan calvo! podríamos exclamar. Siendo cierto en alguna medida, el texto de López de Medrano no hace otra cosa que disimular aquello que también sería un hecho y con idénticas consecuencias después de la guerra. En esto estará involucrado el Sindicato Vertical. 
 
Muchos porteros se vieron obligados a esconder su ideología política y creencias por el sólo hecho de no perder su trabajo. Claro ejemplo de ello lo vemos a continuación al hablar de los administradores de fincas. Estos sumaron a su trabajo habitual el de gestionar propiedades incautadas. 
 
La Orden ministerial del 8 de agosto de 1937 establecía la organización de las Administraciones Especiales de Fincas Urbanas y Solares Incautados, lo que comprometía a los porteros en tareas especiales además del riesgo de ser despedidos. 
 
Una modificación de esta Orden, publicada en la Gaceta de la República del 28 de febrero de 1938, daba cuenta de la difícil situación de los empleados de fincas urbanas. 
Artículo 4º - Punto 5º 
La formación de las propuestas del personal de porteros de las fincas urbanas y solares incautados, las cuales, con la conformidad de los Administradores Especiales, se remitirán a la Dirección general de Propiedades y Contribución Territorial para su resolución oportuna, proponiendo los citados Administradores las medidas transitorias que fueren necesarias para que no queden abandonados estos cargos mientras no recaiga resolución definitiva. Los porteros que existan en la actualidad serán respetados, salvo que se demuestre su deslealtad al régimen, siendo necesario, para cubrir las vacantes que se produzcan, que los aspirantes estén avalados política o sindicalmente.
Punto 6º 
Bajo su inmediata dilección se formará un fichero de porteros en el que se destinará una ficha a cada uno de ellos, expresando su nombre, apellidos, fincas, números de teléfono, cantidad o cantidades a percibir según contrato, condiciones especiales del mismo, su firma y rúbrica y, en general, todos aquellos datos que se consideren precisos, entregándose a cada portero una tarjeta de identidad con los que se consideren necesarios. 
Como contrapunto, con la entrada del Ejército en Madrid en marzo de 1939, comenzaba otra depuración. Los porteros debían rellenar un formulario juntamente con algunos inquilinos, con la finalidad de obtener información para el procesamiento de culpables. 
El llamado en un primer momento Juzgado Especial de Porteros cumplía esa función documental. 
 
El formulario tenía carácter interrogatorio para los porteros y de declaración jurada para los inquilinos. Los porteros estaban obligados a declarar por escrito ante los inquilinos, quienes podían ratificar o refutar la información dada por este. Si en 48 horas no era cumplimentado y entregado a las autoridades militares, se incurría en delito de rebelión militar, actuando la autoridad de forma inmediata. 
 
Después de facilitar sus datos personales, correspondía a los porteros responder entre nueve y doce preguntas. La primera de ellas era facilitar las señas del dueño del edificio y del administrador de la finca. La segunda, la fecha desde que ejercían de porteros. 
La tercera iba encaminada a la recopilación de información sobre los hechos delictivos ocurridos en el edificio y sus autores. 
La cuarta estaba relacionada con el comportamiento del servicio doméstico. 
A partir de la quinta pregunta comenzaba la propia confesión, indicando si había pertenecido a algún partido del Frente Popular o, como en la séptima, su participación en tribunales, comités o milicias. 
En la sexta debía detallar su comportamiento durante la contienda y en la octava citar los nombres de personas que avalaran ese comportamiento, a sabiendas de que la información sería leída por los inquilinos. 
La novena era un espacio extra para que completase la información anterior con “algo más”. 
 
El cuestionario a los inquilinos iba directamente asociado al comportamiento del portero y entre sus preguntas estaban la de informar de los actos violentos sufridos por los vecinos; aportar datos sobre sus convecinos y los ajenos a la casa; añadir todos los datos posibles que fueran de utilidad para procesamientos; facilitar los nombres de testigos y, fundamentalmente, dar o no veracidad a lo declarado por el portero, su posible participación como delator o autor material, además de su conducta social y política. Esto se hacía extensible al servicio doméstico. 
 
La cuestión es que con este tipo de informes fueron muchos los porteros represaliados, sustituidos en la mayoría de los casos por los miembros del Cuerpo de Caballeros Mutilados, encargados de una segunda depuración. 
Los porteros cuya adhesión al régimen quedaba probada era bien recibida y acogidos con entusiasmo porque se unían a los procesos depurativos. 
 
Del trabajo realizado por Daniel Oviedo Silva (University of Nottingham) y Alejandro Pérez-Olivares (Universidad Complutense de Madrid), titulado ¿Un tiempo de silencio? Porteros, inquilinos y fomento de la denuncia en el Madrid ocupado [2], hemos recogido el cuestionario que precede, correspondiente a los conservados en el Archivo Histórico Nacional. 
 
Llegados a este punto, la Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos, que en 1939 hubiera celebrado el décimo aniversario de su creación, se diluye en este entramado de sucesos narrados. Desconocemos cuántos de sus afiliados fueron muertos, procesados o exiliados, independientemente de su afinidad con la República o el Régimen. 
 
Finaliza la historia de esta Sociedad con una breve introducción a la situación de los empleados de fincas urbanas a partir de la década de los cuarenta y la creación del nuevo gremio que los representaba, dependiente del Sindicato Vertical. Queda así la puerta abierta para un nuevo artículo en el que conoceremos más detalles.


Gremio de Porteros de Fincas Urbanas
Para ubicarnos en el tiempo, nos remontamos al domingo 21 de enero de 1940 y la imponente nevada que cayó en Madrid. Las autoridades competentes anunciaron que los porteros que no limpiaran las aceras serían sancionados. Esto nos recuerda la labor realizada por los porteros del siglo XXI y su actuación durante el temporal Filomena. 
 
Una noticia publicada en Hoja del Lunes del 20 de mayo de 1946 daba cuenta de la constitución de la Junta directiva del Gremio sindical de porteros de vecindad madrileños, dependiente del Sindicato Provincial de Actividades Diversas. Poco después pasará a denominarse Gremio de Porteros de Fincas Urbanas. 


 
En 1949 eran obligados a denunciar en declaración jurada detallando los perros que existían en las fincas a su cargo, con los nombres de los dueños y piso en que habitaban. Decía la Orden municipal: «Serán responsables y sancionados caso de comprobarse posteriormente cualquier ocultación».
 


 
Las Navidades de 1950 en los salones de la Central Nacional Sindicalista (Sindicato Vertical) se verificó un reparto de 33.000 pesetas en víveres entre los 250 afiliados más necesitados del gremio de porteros. 
 
Aunque para algunos autores el patrono de los porteros es el “Santo Ángel de la Guarda”[3], aclaramos que se refieren a los porteros municipales. Los porteros de fincas celebraron el 29 de junio de 1952 en la iglesia de San Martín la festividad de San Pedro, su patrono. Al acto asistieron representantes del Sindicato de Actividades Diversas de Madrid y otras jerarquías sindicales. 
 
Los porteros, como los gremios antiguos, también tenían su Hermandad, que era la de la Inmaculada y San Pedro. Ese mismo día se reunieron en la Casa de Hermandades, que estaba en la calle Juan de Austria, número 9, para celebrar una misa de comunión seguida de un desayuno y festival artístico. 
 
En 1954 este gremio, conformado por porteros, conserjes y similares, contaba con 15.000 afiliados. 
 
Para concluir, haremos referencia a los 33.000 porteros que había en Madrid en 1955. Debemos aclarar que en otras fuentes consultadas, la cifra desciende 26.000; en todo caso, podemos ajustarnos al nada despreciable número de unos 30.000 porteros. 
Por sus sueldos, se dividía los en tres categorías: los que ganaban poco, los que ganaban menos, y los que ganaban peor… Siempre ha habido clases. 
 

 
 
La mañana del 9 de enero celebró en la Cámara Oficial de la Propiedad Urbana la entrega del “Premio Simpatía y Amabilidad del Portero”, instituido por el Sindicato Nacional de Actividades Diversas. 
El galardonado fue don Matías Tejela Fragoso, portero de la casa 60 de la calle José María López, quien recibió de manos de don Ángel Sabador, jefe del Sindicato Nacional, un diploma y 500 pesetas; cantidad nada despreciable teniendo en cuenta lo que ganaban, pero tampoco como para superar el sueldo de los porteros llamados de “primera categoría”, cuya mensualidad era de 690 pesetas. 
Los de “segunda categoría” abarcaban un gran sector y eran los que cobraban entre 250 y 300 pesetas. Aún incluyendo propinas, estos porteros se veían obligados a ayudarse con otra profesión. 
Los de “tercera categoría” representaban el 70 % de los porteros de Madrid, con un sueldo que oscilaba entre las 75 y las 125 pesetas, con 16 horas de servicio continuado y con la exigencia de presencia en la portería. 
 
Con estos datos e historias concluye el presente artículo y da paso al siguiente, en el que conoceremos la evolución del Gremio de Porteros de Fincas Urbanas. 
 
 
El autor del presente trabajo sólo ha tenido el interés de recuperar una más de las sociedades de porteros madrileños que existieron y las vicisitudes que el gremio tuvo que afrontar durante aquellos años, como lo hizo con los de siglos anteriores. Por consiguiente, no es su voluntad abrir o cerrar heridas, ni la de justificar nada de lo ocurrido y mucho menos la de mostrar tendencias ideológicas.
 
Sirvan estos artículos, desde el primero hasta el presente, como comparativa de la vida y circunstancias de los porteros de antes con la de los porteros del siglo XXI y sus reivindicaciones. 
 
Eduardo Valero García 
madridblog@gmail.com
 
 
Artículos anteriores de la Serie: Los porteros madrileños
 


 
Bibliografía y Cibergrafía
 
Fuentes consultadas y citas:

[1] DA COSTA, Marco, Cuando el portero de edificio no daba ni los “buenos días”: una figura deshumanizada del terror rojo. BROCAR, 44 (2020): 67-89. DOI: http://doi.org/10.18172/brocar.4514

[2] OVIEDO SLIVA, D. y PÉREZ-OLIVARES, A. ¿Un tiempo de silencio? Porteros, inquilinos y fomento de la denuncia en el Madrid ocupado. Ediciones Universidad de Salamanca / CC BY-NC-ND. Stud. hist. Hª cont., 34, 2016, pp. 301-331 ISSN: 0213-2087
 
[3] El Santo Ángel de la Guarda es el patrono de los porteros del Ayuntamiento de Madrid. En 1605 los porteros municipales fundaron la ermita del Santo Ángel, situada donde hoy se encuentra la Iglesia de Santa Cristina, y llevaron allí la imagen del Ángel de la Guarda que hasta 1582 había estado en la Puerta de Guadalajara.

BOE (Boletín Oficial del Estado) GAZETA https://www.boe.es/diario_gazeta/
 
Biblioteca Nacional de España - Hemeroteca digital
 
Archivos municipales. Memoriademadrid.
 
Biblioteca Virtual de Prensa Histórica
 
El Obrero - Periódico transversal 
 
Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor.
 
 
Todo el contenido de Historia urbana de Madrid está protegido por:






En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2021) "Los porteros madrileños (IV) Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos (1929)", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/ ISSN 2444-1325

o siga las instrucciones en Uso de Contenido.

[VER: "Uso del Contenido"]


• Citas de noticias de periódicos y otras obras, en la publicación.
• En todas las citas se ha conservado la ortografía original.
• De las imágenes:
Muchas de las fotografías y otras imágenes contenidas en los artículos son de dominio público y correspondientes a los archivos de la Biblioteca Nacional de España, Ministerio de Cultura, Archivos municipales y otras bibliotecas y archivos extranjeros. En varios casos corresponden a los archivos personales del autor-editor de Historia Urbana de Madrid.

La inclusión de la leyenda "Archivo HUM", y otros datos, identifican las imágenes como fruto de las investigaciones y recopilaciones realizadas para los contenidos de Historia Urbana de Madrid, salvaguardando así ese trabajo y su difusión en la red.
Ha sido necesario incorporar estos datos para evitar el abuso de copia de contenido sin citar las fuentes de origen de consulta.
 


© 2022 Eduardo Valero García - HUM 022-004 OFICIOS
Historia Urbana de Madrid
ISSN 2444-1325