sábado, 21 de marzo de 2020

Corona y Virus (Parte I): Un episodio musical del Cólera. Galdós, 1865.

Corona y Virus. Un episodio musical del cólera. Galdós, 1865 se centra en los principales episodios ocurridos aquel año y de los que Benito Pérez Galdós fue protagonista y cronista. El juego de palabras Corona y Virus, asociado a la preocupante situación producida por el Covid-19, más conocido por el nombre de Coronavirus, no es un “meme” más de los que frivolizan sobre esta pandemia, sino el recuerdo de los momentos históricos narrados por el novelista.




Es nuestra intención unirnos a las tantas iniciativas que procuran darnos entretenimiento y bienestar mientras nos mantenemos confinados en nuestras casas. Lo hacemos llevando a los hogares la voz de Galdós a través de sus textos.
La sección Lectura en Casa con Galdós pretende cumplir con ese objetivo, ofreciendo al lector una visión de Madrid en la época del escritor y la relación con lo que narra, sean estas de su etapa periodística o como novelista, o con la combinación de ambas.

Esta primera parte de Corona y Virus os sorprenderá por las similitudes que presenta con la actualidad.


Corona y Virus
PRIMERA PARTE
Un episodio musical del cólera. Galdós, 1865


I
Madrid, 1865

El año de 1865 comenzaba bien para Benito Pérez Galdós. El 3 de febrero se publicaba su primer artículo en el diario progresista La Nación. Poco más tarde, a finales del mismo mes aparece en La América el artículo «¿De quién es el Patrimonio Real?» y en La Democracia el titulado «El Rasgo», ambos de Emilio Castelar.

Si para Madrid y España entera aun resonaban los ecos de miserias anteriores, pocas cosas buenas ofrecería el año de 1865. Entre ellas, las malas artes de la corona y la llegada del cólera-morbo asiático. Para la primera se buscó antídoto en 1868 y la segunda acabo con solemnes y purificadores Te-Deum, anunciados con repique general de campanas y cohetes.

Por Dios, año, que no vuelva
el Cólera por aquí,
que creo que ya en el mundo
sobran modos de morir… [1]




El 20 de noviembre acababa Benito Pérez Galdós su artículo Una industria que vive de la muerte; episodio musical del cólera, publicado en La Nación los días 2 y 6 de diciembre. El último día del año, como resumen de todo lo acontecido, se publicaba otro de sus excelentes artículos que estará presente en la segunda parte de este trabajo.

En esos tiempos el joven periodista vivía en la pensión de la calle del Olivo, 9 (actual Mesonero Romanos), muy cercana a la Puerta del Sol. En el piso cuarto del desaparecido edificio había vivido el doctor José Negro y García, uno de los tantos profesionales de la medicina que arriesgaron su vida atendiendo a los enfermos afectados por el cólera. Sea esta mención un homenaje al personal sanitario que hoy actúa en los hospitales de España.

Además del citado artículo, se insertan fragmentos de otros escritos por Galdós para La Nación en 1865 y que están relacionados con el desarrollo de los acontecimientos que narramos.



II
Corona
«La crisis financiera, la bancarrota de un Gobierno tiene una grandeza que no se advierte en la bancarrota individual: es la sublimidad del desfalco, el trueno reducido a su más augusta expresión». [La Nación, 8 de enero de 1865]
El reinado de Isabel II se encontraba en el pico más alto de su abrupta caída. Continuaba en el desgobierno el duque de Valencia, Ramón María Narváez y Campos, quien era sustituido en junio por el duque de Tetuán, Leopoldo O’Donnell y Jori. Este cambio de Gobierno venía dado por una serie de acontecimientos, entre ellos, la trágica Noche de San Daniel.

Mal andaba la Hacienda española y descalabrados los Bancos. La desamortización de los bienes del Patrimonio era una solución para campear la crisis financiera. Esa solución llegará con la enajenación de bienes del Patrimonio Real.
«La desamortización de los bienes del Patrimonio salvará al país. Esta idea feliz, que a nadie se le había ocurrido y que indica la gran iniciativa del Gobierno, da al mismo tiempo indicios de que su dignidad le permite retirar hoy lo que presentó ayer; adoptar por la noche lo que por la mañana creyó absurdo; de que en un fracaso de tal naturaleza, un contratiempo de tan poca monta, no le impide continuar en candelero para felicidad de España». [La Nación, 23 de febrero de 1865]

Felicidad que en poco tiempo marcaría los más tristes destinos de Isabel II, porque si el erario ingresaba una sustanciosa cantidad, la reina se embolsaba el 25%, muy a pesar del informe de la Real Academia de Jurisprudencia sobre que el Patrimonio Real no era un bien privativo de la Soberana.
Aun así, parte de la prensa y los allegados a la corona alabaron este noble rasgo de la Corona, y algunos lo imitaron, como fue el caso de los capellanes de honor, el Patriarca de Las Indias y el arzobispo Antonio Claret, quienes, «conmovidos por el rasgo de inmensa generosidad de S.M.», acordaron donar la mitad de sus haberes en pro del tesoro.

Como ejemplo de elogios hacia Isabel II, estas palabras de El Cascabel: «S. M. la Reina ha dado una alta significativa prueba de la hidalguía de su carácter y de sus generosos sentimientos, cediendo en favor del Estado, y con objeto de contribuir a conjurar la crisis que atravesamos, gran parte de su patrimonio. Este hecho no necesita encarecimientos, y la nación apreciará en todo lo que vale el rasgo de S. M. la Reina».

Como hemos comentado, Emilio Castelar utilizará el “noble rasgo” como bandera y título de sus duras críticas a Isabel II en La América y en La Democracia. Recogemos fragmentos de estos artículos.

¿De quién es el Patrimonio Real?
No podemos comprender como se dice en este momento que la reina cede generosamente al país su propio patrimonio. No. El patrimonio real es del país, es de la nación. La casa real devuelve al país una propiedad que es del país, y que por los desórdenes de los tiempos, y por la incuria de los gobiernos y de las Cortes, se hallaba en sus manos. Es más: de esa inmensa masa de bienes, la casa real se reserva doscientos millones; se reserva un 25 por 100, á que en sentir del Consejo de Castilla, de las Cortes de Cádiz y del mismo rey D. Fernando VII, no tiene ningún derecho. La casa real, de estos doscientos millones empleados en papel de la Deuda pública, recibe un interés que nunca pudo recabar de los bienes patrimoniales.
Poniendo, pues, las cosas en su punto, por amor á la verdad, superior á todos; por amor á la ley, á que debemos acatamiento; por amor al país, cuyos intereses y derechos son lo primero, porque solo él es inmortal; por amor á todo lo que hay de santo, no desconozcamos los intereses públicos hasta el punto de hollarlos. La reina, pues, debe agradecer al país esos doscientos millones que generosamente le regala, y con los cuales puede constituir una renta muy superior á los mezquinos intereses que le redituaba su mal administrado patrimonio. Cuenta que nosotros no nos dirigimos personalmente á la reina; nos dirigimos al presidente del Consejo de ministros, al administrador de la real casa, al diputado señor Gisbert, á los que están en el deber imprescindible de responder de esto ante el país, ante la posteridad, ante las leyes.


El Rasgo
Los bienes que se reserva el Patrimonio son inmensos: el veinticinco por ciento, desproporcionado; la Comisión que ha de hacer las divisiones y el deslinde de las tierras, tan tarda como las que deslindan de los bienes del Clero; y en último resultado, lo que reste del botín que acapara sin derecho el Patrimonio vendrá a engordar a una docena de traficantes, de usureros, en vez de ceder en beneficio del pueblo. Véase, pues, si tenemos razón; véase si tenemos derechos para protestar contra ese proyecto de Ley, que, desde el punto de vista político, es un engaño; desde el punto de vista legal, un gran desacato a la ley; desde el punto de vista popular, una amenaza a los intereses del pueblo, y desde todos los puntos de vista uno de esos amaños de que el partido moderado se vale para sostenerse en un Poder que la voluntad de la nación rechaza; que la conciencia de la nación maldice.

Por estas declaraciones el Gobierno ordenó al rector de la Universidad Central, Sr. Juan Manuel Montalbán, la destitución del catedrático Emilio Castelar. Al negarse, fue separado de su cargo y puesto en su lugar al marqués de Zafra.
Hubo destituciones, dimisiones y una serenata de desagravio de los estudiantes a su rector, celebrada el 8 de abril a pesar de su prohibición. La serenata fue disuelta por las fuerzas del orden y en la huida los manifestantes se dirigieron hacia la Puerta del Sol, donde la represión fue mayor, con muertos, heridos y detenciones.
El 10 de abril tomaba posesión de su cargo el nuevo rector y comenzaban los disturbios en el propio paraninfo de la Universidad. Los estudiantes, apoyados por obreros y los partidos Demócrata y Progresista, se manifestaron por la tarde en la Puerta del Sol. La Guardia Civil y unidades de infantería y caballería cargaron contra los manifestantes, repitiéndose la sangrienta escena.

En el periódico político satírico Gil Blas del 15 de abril, Eusebio Blasco retrató con su humor tan fino algunas escenas de esos días.

Cuando gritaba Narváez
con voz estridente: - ¡Fuego!
decía González Bravo:
- ¡Soltad las mangas de riego!

---

Una portera. - Ya se armó, Dios mío, ya se armó, y yo no lo encuentro ¿Dónde se habrá metido? ¿Estará por aquí? (Alzando la voz) ¡Herodes! ¡¡Herodes!!
Un guardia. - La voy a partir a Vd., si vuelve a insultar al general.
La portera. - ¡Virgen María! ¿Pues yo que he dicho?
El guardia. - Le está Vd. llamando Herodes.
La portera. - Hombre de Dios, si busco al gato (Alzando la voz) ¡Herodes! ¡Mis, mis!...

---

- ¿Estuvo Vd. en la serenata la otra noche?
- ¿Qué serenata?
- La que dieron los estudiantes al Sr. Montalvan.
- Hombre, sí.
- ¿Y qué tal? ¿le gustó a Vd.?
- Qué me había de gustar, si todo era música de Verdi… Trompetazo limpio.

---

- A mí me dieron un linternazo en las costillas.
- Y a mí una cuchillada en el sombrero.
- ¿Qué hacías tú?
- Nada. Aumentar la renta pública, fumándome un coracero del estanco.
- Para que veas, ¡si no puede uno proteger al gobierno!

Esta última humorada de Bravo habla del engorde de la renta con el impuesto del tabaco. Galdós, cuando hace referencia al anticipo forzoso que Hacienda pretendía imponer para salvar la situación del país, dice del tabaco en su artículo del 23 de febrero:
Pero cuando ya Madrid se disponía a echar mano a la tranca y parapetarse tras de la puerta con intención de quebrantar los huesos al primero que se apareciese armado de cédula hipotecaria, he aquí que la Hacienda cae de su burro y comprende que no está el país en disposición de aflojar su peculio, por más que los españoles se fumen al año la friolera de cuatrocientos millones, convertidos en esas sabrosas tagarninas que nos proporcionan los estancos.

El proyecto de ley de anticipo forzoso, presentado en el Congreso por el ministro de Hacienda, consistía en un anticipo reintegrable de 600 millones en billetes hipotecarios de a 2000 reales, con un interés del 6%, o cartas de pago a favor de los que pagaban menos de 2000 rs. de contribución. Esos billetes y cartas podrían venderse en la plaza, con el riesgo de ver disminuidas las cantidades aportadas.

Publicaba Gil Blas unos versos de M. del Palacio que llevaban por título Conjugación de un verbo. Este es el de la primera persona del singular del verbo anticipar:

Yo me anticipo…

Yo me anticipo a decir,
pues la ocasión se presenta,
que lo que el gobierno intenta
no lo puede conseguir.
Que al freír será el reír,
y si se obstina en cobrar,
tendrá mucho que llorar
y no pocas desazones,
por más de cuatro razones
que no quiero anticipar.

Para esto del anticipo, Galdós también tuvo unas palabras muy ilustrativas:
La felicidad que gozan nuestros hermanos de provincias hace resaltar la consternación que ha reinado en la Corte. ¿Y todo por qué? ¿Por qué ha tocado a rebato las cien campanas de la opinión pública? Porque la Hacienda, empobrecida y adeudada, resolvió convertirse en bandolero y tocar, trabuco en mano, a la puerta de cada quisque, atacando a su bolsillo con la inocente frase «la bolsa o la vida».

Aquella idea no prosperó y dio paso al tan aplaudido y criticado rasgo de la Soberana.


- ¡Lucía! no sé lo que ha pasado, pero se concluyó el eclipse. -
Y ello era cierto: yo veía interpuesto el cometa Barzanallana*, y la
parte eclipsada del sol era de 0,600, tomando por unidad el diámetro del anticipo.
- Se habrá roto la cuerda…
- No seas idiota, Lucía. ¿Me querrás hacer creer que era una
cometa de papel hecha con billetes hipotecarios?
- No, hombre; sino que la cuerda se habrá roto por lo más delgado;
es decir: que el sol, como es el presidente de los planetas, ha
podido más. Eso debe ser, porque tiene la lengua fuera.

* Manuel García Barzanallana era ministro de Hacienda en aquel momento.

También mencionaba Eusebio Bravo el linternazo que se llevó un paisano en las costillas. Galdós lo recordará cuarenta y nueve años después en sus Memorias de un desmemoriado:
… presencié, confundido con la turba estudiantil, el escandaloso motín de la noche de San Daniel -10 de abril del 65-, y en la Puerta del Sol me alcanzaron algunos linternazos de la Guardia Veterana…

DURAND, Godefroy. Grabado: Madrid.– Aspect de la Puerta del Sol pendant les troubles suscités par les étudiants dans la soirée du 11 avril. Le Monde Illustré (Año IX, núm. 419) 22 de abril de 1865. En portada.
Colección: Eduardo Valero García


La Puerta del Sol había sido escenario de la primera manifestación estudiantil y muestra de la represión de aquellos gobiernos acostumbrados a las batallas, a las restricciones y a la censura. Históricamente conocidos como La noche de San Daniel, la prensa ofreció una crónica de los sucesos; unos a favor y otros en contra; con detalles más o menos ciertos dependiendo de la ideología.
Rescatamos el relato ofrecido por La Correspondencia de España del 11 de abril (segunda edición).



Cuando Galdós presenta a Juanito Santa Cruz al inicio de Fortunata y Jacinta (dos historias de casadas), hace referencia a los sucesos del 10 de abril:
Todos ellos, a excepción de Miquis que se murió en el 64 soñando con la gloria de Schiller, metieron infernal bulla en el célebre alboroto de la noche de San Daniel. Hasta el formalito Zalamero se descompuso en aquella ruidosa ocasión, dando pitidos y chillando como un salvaje, con lo cual se ganó dos bofetadas de un guardia veterano, sin más consecuencias. Pero Villalonga y Santa Cruz lo pasaron peor, porque el primero recibió un sablazo en el hombro que le tuvo derrengado por espacio de dos meses largos, y el segundo fue cogido junto a la esquina del Teatro Real y llevado a la prevención en una cuerda de presos, compuesta de varios estudiantes decentes y algunos pilluelos de muy mal pelaje. A la sombra me lo tuvieron veinte y tantas horas, y aún durara más su cautiverio, si de él no le sacara el día 11 su papá, sujeto respetabilísimo y muy bien relacionado.
¡Ay!, el susto que se llevaron D. Baldomero Santa Cruz y Barbarita no es para contado. ¡Qué noche de angustia la del 10 al 11!



El periódico El Tiempo decía que la reina no había salido de palacio y que lloraba «amargamente el derramamiento de sangre, y es natural que se halle tristemente afectada con las deplorables ocurrencias que han producido tan honda sensación en todos los ánimos».

Por otra parte, la salida del Gabinete de Narváez creaba una gran cifra de cesantes, mientras que nuevos empleados ocupaban los Ministerios de O’Donnell. Para El Cascabel esto era un virus tan trascendental como el cólera-morbo y denominaba «empleomanía» a ese vicio «que es la única virtud de casi todos los políticos» «Toda la fuerza de estos Gobiernos está en relación directa con los empleos que tienen para repartir». Librados algunos del despido, no se salvaron de la rebaja de sueldo.

Luego llegarán las leyes de imprenta, con periodistas en el Saladero y periódicos clausurados; la falsificación de dinero y, entre otras muchas cosas, la pérdida de notables figuras como Antonio Alcalá Galiano (11 de abril); Ángel Saavedra Ramírez de Baquedano, duque de Rivas (23 de junio); el exalcalde Juan Fouquet (21 de julio); el infante Francisco de Paula de Borbón, hijo de Carlos IV (13 de agosto); y el escritor Ventura de la Vega (29 de noviembre).
El duque de Rivas ha bajado al sepulcro con la solemne modestia de los grandes hombres, de los que dejan bastante recuerdo en los corazones amigos, bastante vacío en las letras españolas para no necesitar esa gloria trasnochada que se engalana con el oropel de exequias escandalosas. [La Nación, 2 de julio de 1865]

III
Virus
Al cólera del 10 de abril ha sustituido el cólera del 10 de octubre, y si antes se pronunció la palabra patriotismo, hoy se pronuncia con desdén la de partido. [La Nación, 15 de octubre de 1865]
En el siglo XIX España se verá afectada por varias epidemias de cólera-morbo. La primera en enero 1833 con inicio del foco en Vigo y desarrollado casi a la vez en Barcelona. En Andalucía el foco fue más virulento, lo mismo que en Madrid al comenzar la primavera.
En 1834 fue tal el índice de mortandad en la villa y corte que dio lugar a la matanza de frailes acusados de ser los responsables de la enfermedad por envenenamiento del agua. Esta epidemia duró un año y más de cinco meses.
En 1855 se producirá otro brote no tan agresivo pero que llevará al estudio de la manera en que se propagaba. Así, en Madrid se renovará el sistema de comunicación de las aguas y se creará el Canal de Isabel II.
En 1865 el foco se desarrollará en Valencia, al parecer proveniente de Francia. Se repetirá la epidemia en 1885 y en 1893, esta última con mayor virulencia en las Islas Canarias.


La barbarie et le choléra morbus entrant en europe
Collection numérique : Collection De Vinck (histoire de France, 1770-1871)
Bibliothèque nationale de France, département Estampes et photographie, RESERVE QB-370 (95)-FT4


La epidemia de 1865 afectó principalmente la zona Sur y Norte de Madrid, siendo la primera el foco más virulento por las condiciones de salubridad deficientes. En la Memoria de la Junta Municipal de Beneficencia lo dejaban muy claro: «[…] nos atrevemos a indicar que se modifique el modo de ser de esta parte de la población, cuyas malas habitaciones, cuyo hacinamiento, cuya falseada higiene, y tal vez cuya relajación de costumbres, son los elementos que sirven de germen y sostén para el desarrollo de todo género de enfermedades».

Según el informe, el número máximo de infectados se había producido durante octubre. Y en ese mes, mucho antes de la publicación de Una industria que vive de la muerte; episodio musical del cólera, Galdós dará su nota musical sobre la epidemia.
Ya no sentimos afortunadamente las tristes impresiones que en los últimos días de la anterior semana han quitado la tranquilidad a este vecindario; ya no se oyen las terroríficas relaciones de casos más o menos violentos, que van a aumentar la lista de proscripción que forma cada día el terrible viajero del Ganges; ya no escuchamos con cierta inquietud mezclada de espanto el continuo claveteo que en ciertas fábricas de cajas nos indicaban los últimos toques que la mano del carpintero daba a un féretro, sones acompasados que son los últimos que resuenan quizás en aquel lúgubre recinto condenado después a un silencio eterno…

D. Federico C. Sainz de Robles nos cuenta que el joven Galdós junto a unos cuantos amigos se reunían para hacer tertulia en la casa del periodista Chico de Guzmán. Decía que las casas tenían su pavimento azufrado y que los contertulios llevaban en la nariz tapones de algodón impregnados en alcanfor, bebiendo de vez en cuando purificadores copazos de ron. [2]

Galdós es más exacto y nos dice:
Felizmente las dosis de azufre y de fenianato (Sic) de amoniaco producen paulatinamente una salutífera reacción en su aterido cuerpo.



En el anuncio se menciona al doctor Vicente (Juan de Vicente y Hedo), facultativo muy conocido en Madrid, doctor en medicina y cirugía de la facultad de París, y licenciado en esta y la Universidad Central de Madrid; además de socio de mérito del Instituto médico valenciano, de otras corporaciones científicas y autor de varias obras de medicina. En septiembre de 1865 publicará Curación de las intermitentes, tratado de medicina sobre la importancia terapéutica del sesquicloruro férrico en el cólera y otras enfermedades.

Como ocurre hoy con las informaciones erróneas publicadas en las redes sobre prevención del Coronavirus, en aquellos tiempos también se conocían noticias dudosas o falsas.



Al igual que con el Covid-19, en aquellos tiempos la medicina ponía todo su empeño en buscar remedio a la epidemia. Como acabamos de ver, existían tratamientos diversos e indicaciones para prevenir el contagio; algunas muy similares a las actuales.

En Madrid, una de las primeras medidas fue la de establecer un cordón sanitario para controlar la entrada tanto por carretera como por ferrocarril. Se fumigaban muebles y enseres de los posibles portadores y se expedía una patente a aquellos que eran considerados no contaminados para exhibirla en los controles y así poder continuar su viaje o acceso a la ciudad. Todo esto era realizado por funcionarios acompañados por la Guardia Civil. A los posibles portadores de virus se les confinaba en lazaretos para pasar la cuarentena.
  
Y así como hoy escasea el material sanitario, indispensable para la protección del personal hospitalario y el cuidado de los contagiados, ciento cincuenta y cinco años atrás fueron más previsores. Se ordenó que en los lugares donde no había farmacia y residieran médicos y cirujanos, se estableciera por los ayuntamientos botiquines con los medicamentos esenciales para los coléricos.
Esta era la lista de los medicamentos primordiales, si bien los facultativos estaban autorizados a añadir «los que recomiende su experiencia personal»:


En un primer momento, Galdós es optimista e incluso da muestras de su impecable sentido del humor en el tratamiento de las noticias sobre el cólera. Tengamos en cuenta que en agosto de 1865 casi no existían infectados en Madrid y en septiembre, aunque los madrileños ya veían la chepa del Judío Errante, la epidemia no alcanzaba la gravedad que tuvo en octubre.

En la Revista de la Semana de La Nación del domingo 17 de septiembre, el joven Benito escribirá:
Los rumores de cólera persisten. En las provincias continúa; pero en Madrid apenas se ha dado a conocer en algunos casos de poca monta, a quien el terrible Judío Errante ni aun se digna dar su nombre. Los médicos llaman a esa enfermedad vergonzante colerino. No mata; vuelve la máquina humana de arriba abajo; pone al individuo como nuevo, y se marcha a moler los huesos a otro paciente.

Y en tono de humor dará algunos consejos para evitar contagios:
Evitad, madrileños, en cuanto os sea posible, los atracones de pepinos, pimientos, escarola, y demás verduras que no estén en sazón. Tened cuidado no os tiente el aspecto de esas banastas de orondas y frescas uvas que se ostentan en los puestos de la plazuela de la Cebada o del Carmen; pasad junto a ellas exclamando con toda la gravedad de la mona: Están verdes.
Saturad vuestras casas con sendas fumigaciones de azufre, y cuidad de llevar sobre vuestro cuerpo toda la dosis de dicho mineral que permita esta efervescente estación; pero evitad que las miradas de alguna madrileña, pongan en combustión vuestra sulfúrica humanidad porque pareceríais una pajuela viviente o ambulante hoguera encendida por los chicos en las noches de San Juan y San Pedro.
También recomienda la higiene por boca de sueltos y gacetillas, que no se reciban impresiones fuertes.
Por consiguiente, es necesario que no vayáis al Circo, porque el aspecto de los leones os produciría los primeros síntomas estomacales. (…) La higiene prohíbe terminantemente el incomodarse. De modo que si el petardista os para en medio de la calle para estafaros, debéis abrirle los brazos; si el aguadero os deshace un pie, le debéis contestar con una sonrisa; si en el estanco os dan un pedazo de caoba por cigarro, debéis chuparle con fruición bendiciendo la mano providencial del director de Estancadas; si una carta escrita en Aranjuez el 1º del mes, llega a vuestras manos el día 30, debéis echar a correr y dar un apretón de manos al Sr. Mantilla; si os dejan cesantes, arrojaos a los pies de D. Leopoldo O'Donnell.

En el artículo, antes de pasar a cuestiones de la corte y a los conciertos de los Campos Eliseos y el Teatro de Rossini, finalizará el tema del cólera con unas recomendaciones:
En fin, procurad en cuanto os sea posible no temar incomodidades de ninguna especie; no perdáis el aplomo de la felicidad, aunque la picara fortuna enrede vuestros pasos y os haga tropezar a cada momento.
Aunque lluevan desdichas no os apuréis por nada; vivid entonando un perpetuo pange lingua al Dios de las felicidades. Nada de hipocondría, que es lo peor que pudiera ocurrirse en estos días; nada de desesperación; huid de las emociones fuertes; aun en el extremo más apurado evitad el suicidio, que es la peor de las impresiones; y ya sabéis que estas conducen lindamente al cólera.
Precavidos de esta manera, el cólera no llamará a vuestras puertas; y si acaso se atreve a cometer tal desacato, desde que sienta el olor del azufre, echará a andar hacia otros climas donde la filantropía pública no haya tomado tan enérgicas medidas.
Por lo demás nada hay que temer. Madrid es una balsa de aceite. Allá por los Pirineos pasan grandes cosas, acontecimientos reales que distraen suavemente nuestra atención de la perspectiva horrorosa que ofrecen Valencia, Alicante, Valdemoro y Palma de Mallorca.

Se menciona siempre a Electra como la mayor representación del Galdós anticlerical. Se citan muchas de sus obras como afines a esa idea; sin embargo, la crítica que el novelista hace de la iglesia y los neos ya aparece en sus primeros artículos para la prensa madrileña.
No: el cólera no es un castigo de Dios. Aun somos bastante buenos para merecer un diluvio o un incendio como Sodoma. Poblaciones hay en Europa que si hubieran sido juzgadas por la Divina Sabiduría con tanto rigor, habrían ya desaparecido de la faz del universo.
Antes de сгеer a Dios capaz de esta venganza, le creeríamos capaz de perdonar a los neos.
La idea de que el cólera es un castigo por el reconocimiento de Italia es la más impía de las blasfemias lanzadas, en nombre del Criador (sic) Supremo, a un pueblo que gime agobiado por la mayor angustia, que en su terrible agonía muere en el seno de la religión y con la vista fija en la eterna gloria, que es el premio de la resignación y el lenitivo de la desgracia. Esa idea reasume en sí la hermanación monstruosa que ellos han hecho de la religión y política, es dar a Dios un puesto al lado de los Palmerston y de los Metternich, y trascribirá una página del Evangelio el profano y árido estilo de los documentos internacionales. Ahí está la religión convertida en tráfico, el Evangelio convertido en blasfemia y Dios en traidor de melodrama.

Añade después:
Rindamos tributo de admiración y respeto al clero parroquial, que en los días aciagos no abandona el lecho del enfermo.
También merecen el agradecimiento público todas las sociedades de socorros, que соn una abnegación digna de ser imitada, ha organizado un sistema de beneficencia domiciliaria, que sin ser tan complicada como la oficial y sin tener la múltiple ramificación adornada con todo el expedienteo y la tramitación de las oficinas, surte efectos más directos, porque es más expontánea e hija tan solo de un sentimiento de caridad, que no es el que más abunda en las regiones burocráticas.

Clergé (Eglise). Mort. Femmes (genre). Épidémies. Choléra.
Université de París. Signatura: CISB0631
Collection BIU Santé Médecine


Y resultan curiosas estas palabras de hace siglo y medio en consonancia con lo ocurrido en la actualidad por algunas personas que escaparon de Madrid en busca de otros destinos:
Afortunadamente, como hemos dicho al principio, el mal que nos aflige disminuye notablemente, y el Judío Errante dirige sus pasos hacia otras regiones, quizá en persecución de los que han huido de Madrid.

Miles de personas de todas las edades y estratos sociales sucumbieron a esa epidemia que decían procedía del Ganges en forma de funesta nube. Galdós, como hemos visto, negaba que fuese un castigo de Dios por reconocer España al Reino de Italia ante la oposición del Papa Pío IX y su influencia sobre Isabel II. Leopoldo O’Donnell convencerá a la reina y el 15 de julio de 1865 la Corona española reconocerá a Italia y su rey, Víctor Manuel II.
El día anterior, O’Donnell había conferenciado con la reina. Así lo contaba el padre Claret: «[...] llegaron todos los ministros a La Granja a las nueve de la noche. El presidente O’Donnell se fue solo a palacio y estuvo hablando con S. M. desde las nueve a las once [...]. Al día siguiente, cuando fue la hora, se presentaron todos los ministros en palacio y todos juntos aprobaron lo que la noche antes había dicho el presidente».

En septiembre, cuando los reyes se encontraban en Zarauz, recibieron al marqués de Tagliacarne, ministro italiano que, por esas cosas del destino, presentaba sus cartas credenciales y al apuesto duque de Aosta, Amadeo de Saboya, futuro y breve rey de España.



IV
Un episodio musical del Cólera
«Al cruzar el lujoso féretro las calles del barrio, el pueblo exclama alegre: ahí va el último caso. Mas esta alegría del pueblo no era un impío sarcasmo. Aquel hombre era la personificación del cólera, y el cólera había muerto. Justo era que los vivos se alegraran».
En la columna de Variedades de La Nación del 2 y 6 de diciembre se publicaba el cuento Una industria que vive de la muerte; episodio musical del cólera. En él encontramos al escritor que se aleja del costumbrismo y el romanticismo para mostrar la realidad valiéndose de sus conocimientos musicales. El siguiente fragmento es suficiente para ubicarnos en el momento y la situación.
Figuraos un sonido seco, agudo, discordante, producido al parecer por un hierro que cae acompasadamente sobre otro hierro; un sonido que no produce vibraciones ni eco claro y determinado, en medio del silencio de una noche, durante la cual se adormece triste una población aterrada por una gran calamidad.
El cólera habita en nuestro barrio, y el barrio entero batalla con él sumergido en el silencio y en la oscuridad. Parece que el sueño eterno a que tantos se entregan, ejerce letal contagio sobre los que velan en el insomnio a la vida. Todo calla en el barrio: se padece sin ruido, se muere sin ruido: se cura en silencio: enmudece el dolor, el llanto, la desesperación: la plegaria se piensa solamente, y la esperanza no sale del corazón a los labios: el remedio no se pregunta; ya se sabe: el síntoma no se consulta; ya se prevé. Todo, desde la locuaz aprensión hasta el charlatán que cura sin diploma, calla esa noche. Pero se muere en cambio todo: cuando hay silencio es siempre mucha la actividad. El paciente se contrae en su lecho; se enrosca como para quebrarse y concluir de una vez: la naturaleza quiere hacerse pedazos y se sacude en movimientos convulsivos: el aprensivo corre de aquí para allí, como si errante pudiera evitar que el cólera le encontrase; el hermano, la esposa, el hijo del que ha muerto o del que va a morir, entran y salen de habitación en habitación, acumulando medicinas oportunas y recursos desesperados: el cura no se detiene junto al lecho del difunto; sale después de murmurar la oración y se dirige a otro, y después a otro, y a muchos en la noche: el médico entra, pulsa, mira, escribe tres líneas, y hace un gesto de esperanza o de duda; baja y sube de nuevo; y en la noche entra, pulsa, escribe, espera y duda infinitas veces. Todo el barrio se mueve; pero calla a la vez. Mil emociones se chocan; mil dolores son ahogados; mil lazos de amor y familia se quiebran; mil almas vuelan; pero todo esto se verifica en silencio, en medio de una calma horrorosa, en medio de un movimiento automático y vertiginoso. Todo el barrio se mueve; pero calla a la vez. Sólo un ser (¡fatal excepción!) descansa y ronca en esta noche de muerte: es la partera. En tales noches no nace nadie.
Pues bien, en medio de esta callada agitación se escucha un sonido seco, agudo, monótono, acompasado, producido por un hierro que percute sobre otro hierro. Al instante comprenderéis que una mano diabólica se ocupa en clavar las tablas de un ataúd; es la mano del fabricante de cajas de difunto que explota laboriosamente una industria que vive de la muerte; es el trabajo que busca la riqueza en el cólera, y cada vibración de aquel hierro indica un poco de oro conquistado a la miseria. Del seno pestilente de una epidemia nace una industria, y multitud de artesanos ganan el sustento.
¡Industria fatal que florece al abrigo de la muerte!
Mientras esa industria adquiere pasmoso desarrollo, el lúgubre martilleo que muestra su actividad nos horroriza: cada movimiento de ese péndulo fúnebre indica un paso hacia la otra vida: cada ataúd fabricado indica un aliento extinguido: cada obra concluida es una muerte.
Esos golpes traen a nuestra mente extrañas imágenes, y entre ellas, nuestra propia imagen el día en que aquel martillo nos labre el mueble fatal: vemos reunirse las mal pulidas tablas, tomar forma de trapecio: las vemos alargarse según nuestra talla, y estrecharse de un extremo presentando una forma repugnante: vemos que se desarrolla una tela negra, se repliega y las envuelve: vemos unos galones amarillos adaptarse a las aristas: vemos una articulación y una tapa que cubre el interior y una llave dispuesta a encerrarnos en aquel recinto por una eternidad: vemos la tumba en toda su repugnancia subterránea: sentimos el peso de la tierra: nos estremece el roce de esa fría tela de raso que nos adorna interiormente, y el peso de una mano tremenda, de una losa de mármol cuya inscripción llama al transeúnte: adivinamos sobre todo esto la corona de tristes flores que se secan adornándonos; presentimos la Misa y el Requiem; presentimos la mirada indiferente del revisador de epitafios, y adivinamos la naturaleza entera sobre nosotros sin que podamos verla: sobre nosotros cae el rocío; pero no nos refresca: sale la luna; pero no nos ilumina: sobre nosotros llora alguien; pero no sabemos quién es: vemos la muerte, en fin, representada en su parte de tierra, descomposición, lágrimas, exequias; representada en lo que tiene de este mundo. Nuestra imaginación llega a este punto por el ataúd, y llega al ataúd por ese pavoroso sonido que lo fabrica; por ese ruido metálico, agudo, penetrante, monótono que turba el silencio del barrio. ¡Qué horrorosas notas! Decid, señores músicos, Palestrina, Händel, Mendelssohn, cuándo habéis llevado la imaginación hasta ese punto. ¿Hay en vuestras cinco miserables líneas nada comparable a este dies irae cantado por un martillo?

El argumento del cuento se centra en la historia de un carpintero que trabajaba día y noche para que no faltasen ataúdes; así le sorprende la muerte por el cólera, con martillo en mano y claveteando sobre el suntuoso ataúd de un duque. El carpintero debe ser enterrado sin féretro ante la imposibilidad de encontrar quien le haga uno, por ser el único de esa industria que había quedado vivo. Pero hete aquí que el duque se recupera de su mal y no muere, entonces el carpintero será enterrado en el magnífico ataúd que con tanto esmero había fabricado.
Los que le acompañaban aseguran que dentro del ataúd resonaba un golpe seco, agudo, monótono, producido, al parecer, por un hierro que percutía sobre otro hierro, como si el muerto remachara por dentro los clavos con el martillo que nadie había podido separar de su mano. Aseguran que aun encerrado en el nicho se oía la misma percusión, y los habitantes del barrio, que durante las sombrías noches del cólera se desvelaban al rumor de aquella sinfonía pavorosa, sienten aún las mismas notas agudas, discordantes, precisas, que turbaron el silencio de aquellas noches, y las oyen siempre, procedentes del mismo taller que hoy está cerrado, como si algo invisible viniera por las noches a agitar allí la herramienta fatal.
¡Ruido extraño, que sobrepuja en expresión al del arte de ritmos y compases! ¿Cuándo han podido esos envanecidos músicos crear notas de tan maravilloso efecto?
En nosotros han producido éste. El cólera se nos ha presentado por su lado musical. Todo lo creado tiene su armonía. Se ha estudiado el cólera en su influencia climatérica: se le ha estudiado económicamente: se le ha estudiado en su terror, en su contagio, en su histeria. ¿Por qué no se le ha de estudiar en su música? El ataúd es su caja sonora y el martillo su plectro. Algunos han visto el cólera de cerca, otros le han sufrido, otros le temen y otros le palpan. ¿Por qué no ha de haber quien le oiga? Sí, le ha oído quien tiene la manía de atender siempre a la parte musical de las cosas. 

Triste sinfonía de un tiempo en que no existía la Sanidad tal y como la conocemos, a pesar de esta precariedad que muestra ante la situación presente. Es obligado que los políticos abran los ojos para que consideren la gravedad de los hechos y reflexionen sobre lo mucho que recortaron la Sanidad pública, tan esencial para la ciudadanía.

Dicho esto, recordando nuestro primer capítulo y La noche de San Daniel, a colación del servicio que prestaron los carpinteros durante la epidemia del 65, bueno es citar a Remigio Laguna, Pedro Olivarro y Félix Puñales Alderete, maestros carpinteros que sufrieron el rudo ataque de las fuerzas del orden en la calle de la Montera y Puerta del Sol aquella trágica noche del 10 de abril.

Por otra parte, en la prensa de octubre comenzaban a publicarse esquelas y también listas de los socorros por la Beneficencia a personas que habían quedado en situación precaria por la muerte de quienes les daban sustento. Podían verse nombres de aristócratas, burgueses y gente del pueblo; porque como ocurre hoy, el terrible virus no distinguía de colores, ideologías o estratos sociales.


Le ministère attaqué du Choléra morbus
Grandville (1803-1847). Illustrateur
Collection numérique : Collection De Vinck (histoire de France, 1770-1871)
Bibliothèque nationale de France, département Estampes et photographie, RESERVE QB-370 (105)-FT4


En la columna de avisos por palabras de La Correspondencia de España del 6 de octubre, un anuncio daba cuenta de la venta de un «banco de carpintero y todas las herramientas pertenecientes al oficio», seguramente por fallecimiento víctima del cólera.

Otra noticia, publicada el 16 de octubre en el mismo periódico, tiene cierta similitud con el carpintero del cuento, pero con un final distinto: «En Villanueva y Geltrú, según refiere un periódico de aquella localidad, se ha cometido una equivocación, interpretando falsamente las palabras de un médico y abandonando a una enferma que se hallaba de bastante gravedad, la cual volvió en su conocimiento cuando el carpintero se hallaba tomando las medidas oportunas para la construcción del ataúd. La enferma murió a las pocas horas, y las medidas tomadas por el honrado menestral, aunque anticipadas, no fueron infructuosas».

El Cascabel del 26 de octubre publicaba la lista de socorros reunidos en ese periódico para las víctimas del cólera. Destacaba en la lista una persona de la que sólo conocemos las siglas de su nombre: «F. B. y G., de 84 años de edad, a quien mantenía M. R., su nieto, carpintero, muerto del cólera».

Teniendo en cuenta que Galdós termina el cuento el 20 de noviembre, es muy probable que el duque, moribundo y luego sanado, sea una alusión a José Osorio y Silva, duque de Sesto, quien había sido nombrado gobernador civil de Madrid el 24 de junio de 1865 por O’Donnell.
La actividad del duque fue mucha durante la epidemia y a mediados de octubre, después del fallecimiento de su madre, la marquesa de Alcañices, el duque y su padre enfermaron. A finales de ese mes volvió a la actividad política, pero tuvo una recaída en noviembre.

En el periódico La Época del 2 de noviembre podía leerse: «El duque de Sesto, convaleciente aun de la enfermedad reinante, ha visitado estos días y ayer mismo los hospitales de coléricos…».

En la Revista de la Semana de La Nación del domingo 17 de diciembre, el joven Galdós hará un breve resumen del año que va llegando a su fin.
El año de 1865 se acerca a su fin: fecundo en desastres de todos géneros, en revueltas políticas, en calamidades epidémicas, en defunciones de hombres ilustres y en acontecimientos nada vulgares, el año que corremos ha sido uno de los más dramáticos, si así puede decirse, que ha dado al mundo el ya sexagenario siglo XIX.


FINAL DE LA PRIMERA PARTE



Dedico esta primera parte a todos los profesionales de diversos ámbitos
que están poniendo en peligro su vida por salvar la nuestra y protegernos.

Eduardo Valero García
Madrid, 20 de marzo de 2020
Quinto día de confinamiento







Bibliografía y Cibergrafía

Los fragmentos de Una industria que vive de la muerte; episodio musical del cólera, corresponden a la edición digitalizada de la edición de La Nación (Madrid), 2 y 6 de diciembre de 1865. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2003. Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/una-industria-que-vive-de-la-muerte-episodio-musical-del-colera--0/html/ffc18922-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html#I_0_

[1] Anónimo, Juicio del Año. El Cascabel. Año IV Núm. 141. Madrid, 31 de diciembre de 1865.

[2] SAINZ DE ROBLES, Federico Carlos, Pérez Galdós. Vida, obra y época, Madrid, 1970, Vasallo de Mumbert editor.

Biblioteca Nacional de España (Hemeroteca y Biblioteca digital hispánica)
www.bne.es

Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor.


 La fotografía de Galdós corresponde al Museo Canario y puede descargarse desde https://www.picuki.com/media/2213846577323591045



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En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2020) "Corona y Virus (Parte I): Un Episodio musical del Cólera. Galdós, 1865.", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/ ISSN 2444-1325

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© 2020 Eduardo Valero García - HUM 020-004 MADGALDÓS
Historia Urbana de Madrid
ISSN 2444-1325


lunes, 2 de marzo de 2020

Banquete de homenaje a Benito Pérez Galdós en Madrid

El Bienio Galdosiano y este Centenario del fallecimiento de Don Benito Pérez Galdós han servido y sirven para ofrecer el tan merecido homenaje que le tributan algunas ciudades de España desde sus gobiernos e instituciones. Homenaje más que necesario y que se suma a los celebrados desde hace muchos años sin repercusión mediática ni pompa y boato.
En Las Palmas de Gran Canaria, su ciudad natal; y en Madrid, su ciudad vital, Pérez Galdós y su monumental obra llegan al público general y a sus admiradores desde multitud de eventos. Momento idóneo para recuperar la grandeza del novelista después de años de silencio, volver a la vida sus personajes y advertir la vigencia de su discurso.

Don Benito, homenajeado cien años después de su fallecimiento, recibió en vida innumerables muestras de afecto y admiración. Hoy queremos ocuparnos de un homenaje en particular, los banquetes celebrados en su honor hace ciento treinta y siete años.


Portada de Madrid Cómico del 15 de abril de 1883
Caricatura realizada por Ramón Cilla.
Texto:
NUESTROS NOVELISTAS
BENITO PÉREZ GALDÓS
Galdós, la gloria de España
sería mucho más célebre
á no llamarse Benito
y á más de Benito Pérez.
Historia urbana de Madrid ISSN 2444-1325
MADRID Y GALDÓS


Madrid, 1883
En enero de 1883 fallecía el marqués de Salamanca y en febrero uno de los cultivadores de las novelas por entregas, D. Ramón Ortega y Frías. En mayo nacía José Ortega y Gasset. Un año antes, en abril, había fallecido Don Ramón de Mesonero Romanos.
Con motivo de la Exposición de Minería, quedaba inaugurado el palacio de Velázquez de El Retiro. Otras inauguraciones de aquel año fueron el monumento a Isabel la Católica y la Cárcel Modelo. El 4 de abril, Alfonso XII colocaba la primera piedra del templo de Santa María de la Almudena.
Se editaba en un volumen La cuestión palpitante *, de Emilia Pardo Bazán, con prólogo de Leopoldo Alas Clarín, y en septiembre, Manuel y Antonio Machado ingresaban en la Institución Libre de Enseñanza.
* Señora y distinguida amiga: hace tiempo que pensaba escribir a V. felicitándola por los admirables artículos de La Cuestión Palpitante, en los cuales, adelantándose V. a los críticos más perspicaces, ha dicho cosas tan verdaderas, hermosas y oportunas, en un estilo que seguramente podrían envidiar a V.los que con más empeño han cultivado la dicción castellana. [1]

Marzo y el homenaje
Tiene este dichoso mes fama de inconstante, de ser muy dado a los vientos, que es como darse a los demonios; de ser frío y caliente, húmedo y seco, de reproducir, a veces, las cuatro estaciones en el breve término de un día.
Benito Pérez Galdós. Madrid, 1887.

Los primeros días de marzo de 1883 se anunciaba en los periódicos la celebración de un banquete en honor a Pérez Galdós. La comisión encargada de la organización convocaba a todos los entusiastas de la obra del escritor para tributarle un homenaje de admiración y respeto. Todas las adhesiones se recibían en la Librería de Fernando Fé hasta el día 10 de marzo, al precio de cinco duros (25 pesetas). Con el pago se les entregaba una tarjeta, indispensable para acceder al local donde se celebraría el evento.
Aquella comisión estuvo formada por Eugenio Sellés, Triso Rodrigañez, Mariano Araus, Antonio Sánchez Pérez, Eduardo Santana, Andrés Mellado, marqués de Valdeiglesias, Alfredo Escobar, Isidoro Fernández Florez, Joaquín Martín de Olías, Mariano de Cavia, Félix González Llana, Pedro Bofill, Conrado Solsona, Luis Alfosno, Leopoldo Alas, Manuel Reina, Emilio Sánchez Pastor, José Navarrete, Armando Palacio Valdés y José Ortega Munilla.

Por su parte, la colonia canaria de Madrid, entre las que se encontraban distinguidas damas, iniciaba una suscripción para ofrecer al novelista una obra de arte de la que hablaremos más adelante.


La invitación
Los citados comisionados firmaban la invitación en la que se decía:
Como homenaje de admiración a un ilustre novelista que gloria de España desde que entregó á la publicidad sus primeras obras, es conocido y aclamado hoy en toda Europa, nació entre varios de sus devotos y entusiastas la idea de ofrecerle un banquete semejanza de los que en otros países cultos se realizan en honor de los hombres eminentes en las letras, en las artes y en la política.
Tal manifestación de respeto y entusiasmo nunca se pudo llevar á cabo con más razón que ahora. D. Benito Pérez Galdós, por su genio incomparable y por su asombrosa fecundidad, que resaltan vivamente sobre una singular modestia, es uno de los españoles que más honra y prez están dando a su patria. Al reunirse hoy en honor suyo, que ardientemente le admiramos, no solo respondemos a nuestros propios sentimientos, sino también, estamos segures de ello, a los de la gran mayoría de las personas cultas que con delicia han saboreado sus hermosas creaciones.
A todas ellas, pues, convocamos, y de todos esperamos un apoyo eficaz para efectuar la manifestación que se prepara.
No sólo los literatos y artistas deben honrar á los hombres que en artes y letras descuellan, sino igualmente a los que, sin profesarlas, las aman.
Los que suscriben, pues, acogerán con gratitud las adhesiones de cuantas personas tengan gusto en concurrir al banquete que se ha de realizar en honor de Pérez Galdós en día y lugar que oportunamente se anunciará en los periódicos.
La idea había nacido durante un banquete ofrecido a Eugenio Sellés, quien un año antes figuraba como miembro del comité de redacción de la revista naturalista Arte y Letras junto con Galdós. Según la prensa, Sellés será el promotor del homenaje; sin embargo, como veremos más adelante, Galdós menciona a Clarín como autor de la iniciativa.


Dos banquetes
Como hemos comentado, el precio de las adhesiones era de 25 pesetas, cantidad que no todos los admiradores de Galdós podían permitirse. Por tal motivo, los que tenían posibles la adquirían en la Librería de Fernando Fé (Carrera de San Jerónimo, 2), mientras que los menos adinerados se suscribían a un almuerzo popular en idéntica manifestación de admiración; lo hacían al precio de 3 pesetas en la Librería de Gutemberg (Calle del Príncipe, 14, teatro de la Comedia).

Hubo, pues, un almuerzo y una cena. La burguesía y el pueblo llano, cual novela de Galdós, eran protagonistas y parte de un capítulo más en la vida del escritor.
En la lista de inscripción quedaban asentadas personas de todas las clases sociales. Desde el obrero, el dependiente y la verdulera, hasta los políticos, jurisconsultos, militares, representantes de la Banca, de la aristocracia y de la sociedad elegante. Periodistas, poetas, escritores, arquitectos y lo más granado del arte pictórico, además de representantes de Universidades, Colegios, Institutos y diversos Círculos.


Madrid, lunes 26 de marzo.
Inauguración del Círculo Ayala
El lunes 26 de marzo fue el día señalado para tan sincero homenaje celebrado en el Círculo Ayala. El local, de escasa fachada pero con gran capacidad, era inaugurado ese mismo día por el señor José Novi y Pereda en el entresuelo y planta baja de la Carrera de San Jerónimo, 33.
Novi y Pereda fue director y empresario editor de las publicaciones El Pensamiento, La Ilustración de los Niños y Álbum Artístico-Teatral.

El edificio, medianero con el palacio de Miraflores, fue demolido en la década de los 60 del siglo XX. En el espacio que ocupaba, junto con el situado en el número 31 (antiguo), se encuentra hoy la Consejería de Justicia de la Comunidad Autónoma de Madrid (actual número 13).


Aquel día, la temperatura máxima fue de 14º y la mínima de 4º, con cielo cubierto y lluvias intermitentes. Las observaciones sobre el clima se hacían entonces desde la calle del Príncipe, Óptica del Sr. Aramburo.


Homenajes en la prensa
El Glogo publicaba en portada un extenso artículo biográfico sobre Galdós. Destacaba un retrato del escritor que podemos apreciar en detalle más adelante, en este trabajo. Pero de mayor calidad era la fotografía nítida y perfecta que quedaba impresa en estas palabras:
Modelos de perfecto realismo son las novelas de Pérez Galdós; pero no de ese realismo que está reñido con toda belleza y todo ideal, sino de aquel otro que sin traspasar nunca los límites de la verdad sabe idealizar discreta y delicadamente lo que la realidad nos ofrece. Sus personajes, llenos de carácter y da vida, arrancados a la realidad palpitante, tan distantes de la abstracción y de la alegoría como de la imitación servil del modelo, interesan y conmueven sin traspasar la esfera de lo ordinario ni perderse en los tiempos de la idealidad romántica.
Nunca necesita apelar a lo inusitado para producir el apetecido efecto: antes sabe interesar con sencillísimos recursos y conmover sin mengua de la belleza y de la verdad, ni daño notorio de la sensibilidad del lector. Cuadros de historia o de género, trazados con realismo admirable, llenos de delicados detalles y de acabados efectos, y siempre encerrados en los infranqueables límites da la belleza y del gusto; tales son las novelas de Pérez Galdós.
No menos que sus méritos literarios, las avaloran el pensamiento y la intención que de ellas se advierte. Sin sacrificar jamás la forma a la idea, ni caer en los extravíos del arte docente, en todas ellas ha sabido encerrar su autor un pensamiento filosófico, moral o político de tanta profundidad como trascendencia. (...) Tal es Pérez Galdós. Pintor admirable de la vida humana, observador minucioso y reflexivo, pensador de notables alcances, escritor fácil, correcto y elegante en ocasiones, más rico en ingenio que en imaginación, y más en imaginación que en sentimiento, es, sin duda, uno de los más notables novelistas contemporáneos, y en España el primero de los que hoy viven. Modesto hasta la exageración, trabajador infatigable, apacible en su trato, sencillo en sus costumbres, el hombre vale en él tanto o más que el escritor. Tan imposible es tratarle y no quererle, como leer sin interés y deleite sus bellas producciones, de las cuales arranca el movimiento de regeneración de la novela española, antes tan abatida y miserable, hoy en vías de prosperidad y progreso, merced al discreto ingenio de Pérez Galdós.

Portada de El Globo. Año IX (Segunda época) Núm. 2711
Madrid, 26 de marzo de 1883

Otros periódicos, como La Época, también publicaban ese día amplias reseñas sobre Galdós en su portada. En el caso de este periódico, seguía al texto la publicación del capítulo XVIII de La Cuestión Palpitante.


Los banquetes
Por la mañana se celebró el almuerzo para las 200 personas que pagaron 3 pesetas. El menú estuvo compuesto por paella, carne y jamón en dulce, postre, café, copa y cigarros.
Don Benito asistió a los postres y recibió los vivas y aplausos propios de quienes le apreciaban y admiraban. Recorrió el salón mesa por mesa, estrechando manos y aceptando abrazos. No hubo brindis, y cuando Galdós se retiró fue escoltado hasta el Ateneo por muchos comensales, entre ellos, jóvenes y escolares.

Por la tarde, a las siete, se reunieron los otros 230 invitados que pagaron cinco duros. A las siete y media las mesas ya estaban ocupadas por señores de frac y corbata blanca, militares con sus brillantes uniformes y otras personas vistiendo con menos pompa. Según un corresponsal de La Correspondencia de España, en una misma mesa podía verse «a un ex ministro, un teniente coronel, un actor dramático, un librero, un poeta, un periodista, un cónsul, un médico, un alcalde, un pintor y un magistrado».

Presidiendo el banquete, en el centro de la mesa, estaba sentado Pérez Galdós; a su derecha Sellés y a su izquierda el escritor y periodista José de Castro y Serrano. A la derecha de Sellés, el pintor José Casado de Alisal; frente a Galdós, D. Emilio Castelar; a la derecha de este, José Echegaray; a la izquierda, el señor Riaño, director de Instrucción pública. Antonio Cánovas del Castillo llegó a los postres y Galdós le cedió su asiento.

El banquete fue suculento; platos bien guisados y bien servidos, a pesar de la cantidad de comensales. Según contaron, en el menú figuraba la mano experta de un cocinero del rey, autor de los siguientes platos:


Casi finalizada la pantagruélica cena, comenzaron a repartirse unas cuartillas impresas; en ellas, el discurso que leería Galdós en el momento del brindis.


Discurso de Galdós
Descorchadas las botellas de Champagne, el insigne escritor se puso en pie pero no leyó el discurso, en su nombre y con voz alta y clara lo hizo el señor Ramos Calderón. Demás está decir que el interlocutor fue interrumpido en varias ocasiones por los vítores y aplausos.
Señores:El temor de no ser bien oído ante tan numerosa concurrencia, por lo escaso de mí voz y por la natural emoción que no puede menos de embargarme a la hora de dirigiros la palabra, me muevo a introducir este inusitado pero eficaz modo de expresar mi gratitud, aunque a la vez haya de acompañarlo con una protesta.
Sí, señores: yo protesto del honor insigne que Vuestra bondad me tributa. Protesto en nombre de privilegiados ingenios, aquí presentes, a quienes hace mucho tiempo venero y admiro. Protesto en nombre de otros que aquí faltan, pero que donde quiera que se hallen, merecen, no sólo mis simpatías, sino mi sumisión y mi entusiasmo. Protesto en nombre de cariñosos amigos y afectuosos colegas que, ya oculten su gloría en el modesto rincón de una provincia o la paseen por el esplendor de una corte, me han tenido siempre por discípulo y yo los contaré siempre como modelo. Protesto, en fin, a nombre de celebridades literarias que hace poco hemos perdido, y a las cuales, señores, ni aun se ha otorgado todavía el honor de una solemne tumba. De Bretón de los Herreros, el padre de nuestro teatro moderno; de Hartzenbusch, el padre de nuestra lengua y de nuestra crítica contemporánea; de Mesonero Romanos, no ya el padre, sino el preceptor de todos nosotros en la práctica de la literatura amena, maestro en gracejo y el donaire de los escritos; maestro en la verdad y lozanía de los cuadros; maestro en la intención y trascendencia de los asuntos; de Fernán Caballero, en fin, cuyas admirables narraciones, impregnadas de un espíritu tan nacional como cristiano, han introducido con honor la literatura española de nuestros días en el concierto de las literaturas europeas.
Todos estos han debido merecer antes que yo, y muy por encima de mí, honores como el presente.
Dígolo en verdad y sin falsa modestia. Si pues, en el día de hoy abrís la senda de públicas distinciones a ingenios literarios, y referís ésta de que soy pretexto a todos los que las merecen, y me dejáis, que yo se las adjudique en nombre vuestro, reservándome la mínima parta que me toque, entonces sí que puedo decir con satisfacción y con orgullo: Señores asistentes al banquete de 26 de Marzo, gracias, muchas gracias.
BENITO PÉREZ GALDÓS.
Hete aquí la humildad de Don Benito, su nobleza, su sobriedad y modestia.


Otros brindis y discursos
Mr. Arthur Hougthon, corresponsal del Standard de Londres y del Temps de París, fue uno de los primeros en brindar y enaltecer la figura literaria del homenajeado. Siguieron después otros brindis y discursos.
El militar y escritor Federico Madariaga dijo en su discurso «Hemos venido a rendir tributo de admiración a una de las más puras glorias de nuestra patria, demostrando que los militares no somos opuestos al espíritu progresivo de este siglo, que colocamos sobre todas las conquistas las conquistas de la inteligencia, y sobre todas las fuerzas las fuerzas del saber».
Echegaray, subido en una silla, recordó en su discurso que «en otra época se cantaban las ruinas de Troya, se cantaba a Prometeo, se cantaba a Edipo. En la sociedad moderna hay también grandes luchas, hay también Prometeos, hay también Edipos, y el señor Galdós estudia y canta todas esas luchas, todos esos deseos, todas esas aspiraciones, recorriendo un campo vastísimo desde las desventuras de la pobre prostituta en La Desheredada, hasta el grito de guerra de un pueblo que se revuelve contra sus opresores».
El discurso de Emilio Castelar, elocuente y extenso, fue interrumpido en varias ocasiones por los aplausos. Había comenzado hermanando «todas las altas aspiraciones de la inteligencia en las múltiples manifestaciones en que se presentan, deduciendo de aquí que el hombre, al luchar por un ideal, se aproxima a Dios por lo grande del pensamiento».
Como había hecho Galdós en su discurso, Castelar también hizo referencia a las celebridades olvidadas.
La envidia ha sido siempre causa de que los hombres modestos que se han sacrificado toda su vida por un trabajo honrado no hayan flotado a la superficie en nuestra patria; y así como nuestros vecinos los franceses suelen responder con una carcajada burlona a los actos más serios y formales, nosotros también, por nuestra parte, solemos olvidarnos con frecuencia de nuestras glorias mas legítimas.
Parecen palabras premonitorias de lo que será, años más tarde y durante casi un siglo, el trato penoso y nada merecido que reciba Galdós por aquellos que le envidiaban y eran contrarios a su ideal. Por aquellos que aun en el siglo XXI continúan manchando la imagen del insigne novelista e infravaloran su monumental obra.

Finalizaba su discurso con estas palabras: «Puesto que todos venís aquí a rendir tributo al ilustre y modesto novelista, permitid que mi palabra sea la humilde luciérnaga que se esconda entre las hojas de laurel que habéis ceñido sobre su frente».

El último discurso fue pronunciado por Cánovas del Castillo, quien contestó a Castelar por no estar de acuerdo con algunos puntos de su disertación. ¡Estos políticos!
He venido aquí sólo con el intento de tener la dicha y la gloria de estrechar la ilustra mano del eminente Sr. Galdós. No pensaba hablar, pero las circunstancias y vuestra benevolencia me obligan a ello».
«Así como no hay patria sin literatura, no hay literatura sin patria, porque la una produce la otra, y esta fortalece a aquella. No son, no, términos antitéticos política y literatura, sino que ambas ideas son el modo de ser de la patria y ambas propenden al mismo fin; conquistar en lo material y en lo moral poder y gloria para la nación».
«No he de negar, pues, mi aplauso, mi entusiasta aplauso, mi admiración a los que cultivan la literatura con la conciencia, con el genio y con la gloria que el Sr. Galdós.

Los regalos
Entre un discurso y otro, fueron apareciendo los valiosos regalos presentados a Galdós. Uno de ellos ha dado motivo a la realización de este artículo después de una conversación mantenida con D. Luis Verde Muntan, bisnieto de Galdós. Se trata del entregado por una comisión de canarios residentes en Madrid. Plato mudéjar de hierro creado por Arturo Mélida en el que campeaban elegantes alegorías de las obras de Galdós.

Emilia Pardo Bazán visitará la casa del escritor en la Plaza de Colón, 2; describirá este precioso regalo en su artículo El Estudio de Galdós: «...y más arriba, descansando en un cuadro de felpa roja, domina el conjunto el gran plato de hierro forjado, esmaltado, repujado y nielado con que obsequiaron al novelista sus paisanos, los canarios residentes en Madrid». [2]
Podemos verlo en esta fotografía de Laurent. Valiosísimo documento que, junto a otra, muestran el lugar donde nacieron diecisiete novelas, entre ellas, Fortunata y Jacinta; varios cuentos; la segunda serie de los Episodios Nacionales y la monumental empresa de los Ilustrados; además, la adaptación de Realidad para el teatro.



La Junta del Círculo Nacional de la Juventud le regaló una edición de Fausto; la Librería de Córdova, un precioso mueble con las obras en miniatura del escritor escocés Walter Scott.
Por su parte, el escritor y dramaturgo Ricardo Blanco Asenjo, una pluma de oro y esmalte; y Agustín Querol, en nombre de la prensa valenciana, un colosal ramillete de tres cuerpos de camelias y rosas.


Cartas y telegramas de adhesión
Desde Ateneos, redacciones de periódicos y casas de solemnes personalidades, llegaron las cartas y telegramas de Santander, San Sebastián, Vitoria, Coruña, Oviedo, Barcelona, Burgos, Palencia, Murcia, Almería, Córdoba, Alicante y Valencia. También desde el ministerio de Ultramar, la Colonia americana de París, Centros literarios, libreros y editores.

A las once de la noche, después de los discursos, se rompió la solemnidad y el banquete se convirtió en una fiesta de admiración que se fue desvaneciendo en la fría noche de aquel lunes de marzo.

Tres días más tarde, Galdós comentará a Clarín en una carta: «La cosa resultó tan grande que casi no he vuelto de mi espanto, y no puedo pintarle a V. la confusión, el regocijo, la gratitud, la tontera, la vergüenza, el entusiasmo y el terror que yo sentía aquella noche (y aquel día, porque también hubo día)».


Difamando, como siempre
Los días anteriores y posteriores, hasta bien entrado el mes de abril, todos los periódicos del país hablaban del banquete; unos con muestras de admiración y otros, como era de esperar, menospreciando el evento y al homenajeado. Así, La Ilustración Católica, decía en su número del 5 de abril al referirse al banquete:
Debemos ser justos. Pérez Galdós protestó de su alabanza en nombre de otros ingenios que viven y que han muerto, sin que nadie haya pensado en tributarles tan ruidoso y solemne homenaje; se mostró modesto en apoteosis, haciendo resaltar la parcialidad sospechosa de sus admiradores, que no lo han sido tanto de otros escritores de más mérito, cuyas obras serán inmortales. En este punto Pérez Galdós merece sincera alabanza. 
Hasta aquí, todo bien; pero enseguida brotó la hiel de los que acusaban a otros de sus propios males.
Pero no diremos lo mismo de sus amigos, los cuales más que a las letras han rendido homenaje al espíritu liberal que anima las obras de Galdós, espíritu insidioso que bajo las bellas formas de la novela, inocula en el ánimo de los lectores el odio hacia las creencias e instituciones que hicieron grande y gloriosa a nuestra patria.
No diremos que el banquete del 26 haya sido una fiesta masónica, pero sin vacilar afirmamos que al festejar a Galdós se ha festejado al novelista liberal, preparando con este acto la serie de apoteosis de escritores de la misma escuela que iremos viendo, si Dios nos da salud, medio eficaz de contribuir a los éxitos confeccionados por el compadrazgo literario de este siglo, el más tonto y el más infeliz que se ha conocido, a juzgar por sus enormes tragaderas.
Sentenciaban:
De hoy en adelante no tendremos artistas laureados ni coronados, como los antiguos, que se alimentaban de mirtos y laureles; tendremos, para honor de nuestro siglo, artistas rellenos, fritos y trufados, que podrán enseñar a las generaciones futuras el arte sublime de hacer tripas corazón.

En noviembre aún sonaban algunos acordes desafinados, como los que se suelen interpretar hoy en día. El periódico El Día, del 4 de ese mes, hacía referencia al banquete y corona de oro que por suscripción nacional se ofrecía al maestro Emilio Arrieta. Apuntaba en el pentagrama:
La generación anterior veía el genio en la frente del poeta Ayala o en la del pintor Gisbert, y les ofrecía una corona; la actual quiere enaltecer a Pérez Galdós o Arrieta, y les obliga a aceptar unas chuletas a la parrilla o una ración de salmón a la mayonesa. La admiración se traducía antes en el aplauso de un pueblo: hoy se expresa apurando, como en la solemnidad de Colón, setecientas botellas. ¿Será este el realismo que defienden los partidarios de ciertas escuelas?.

El homenaje de José Alcalá Galiano
Después de esas manifestaciones de odio hacia el renovador de la novela española, volvemos a la realidad. José Alcalá Galiano había sido destinado en 1883 como cónsul en Newcastle-on-Tyne (Inglaterra). Desde allí enviará el mensaje de adhesión y admiración a su amigo. Lo hará en el poema titulado A Benito Pérez Galdós. Carta-brindis, ilustrada con el retrato de un poeta ausente que quiere brindar, ya que no puede comer.
Reproducimos un fragmento de la deliciosa carta, firmada el 8 de marzo de 1883.

Sigue, insigne novelista,
Sacando de tu cacumen
Lo que te inspire tu numen
De filósofo y artista.

Con el fuego de tu mente
Cual taumaturgo has logrado
Hacer presente el pasado,
y hacer futuro el presente.

Sigue mirando el abismo
Del corazón insondable,
Con tu puño formidable
Da azotes al fanatismo;

Quita la sucia careta
A la vil hipocresía,
Y al cinismo y la falsía
Hazles sentir tu palmeta.

Pinta de los torpes vicios
La raíz y los misterios;
De los locos adulterios
Descubre los precipicios.

Pinta….. pero basta ya,
Que el literario concurso
Con esta carta-discurso
Casi durmiéndose irá.

Delante de mi retrato
Llena una copa, Galdós:
Vamos á brindar los dos
Con vino de literato.

Tú brinda por mi memoria;
Yo brindo por tu renombre,
Que la gloria de tu nombre
Es ya de tu patria gloria.

Brinda con el corazón.
Cual yo con el alma entera.
Por tus hermanos, Valera,
Por Pereda y Alarcón.

Si te exaltas cuando ves
Vibrar en la escena el rayo.
Brinda también porTamayo,
Echegaray y Sellés.

Brinda con sed, con amor,
Por los dioses de la lira:
Zorrilla, que aún nos inspira,
Núñez de Arce y Campoamor.

Y por no quedar beodo
Con tantos brindis, á una
Brindemos por la fortuna
Y por la fama de todos.

Y ahora, artistas y poetas.
Perdonad al desterrado,
Si, charlatán, ha abusado
Dando su alma en sus cuartetas.

De una cosa estad seguros:
No soy intruso, y advierto,
Que he pagado mi cubierto
Mandando mis cinco duros.

JOSÉ ALCALÁ GALIANO


Para el bello sexo


El periódico quincenal La Guirnalda rendía homenaje a su principal escritor con la publicación de dos pliegos, uno de dibujos y otro de bordados, en el que aparecían el retrato de Benito Pérez Galdós «bordado a litografía», y el patrón para bordar el marco del retrato «en sedas matices sobre terciopelo de color claro».
Las instrucciones eran las siguientes: «El retrato y marco se hace sobre terciopelo blanco, bordando de relieve con felpillas el ramo y mariposa a imitación de porcelana. El atributo literario se borda con torzales o de aplicación de raso con sedas. Si el marco fuese de gró, debe bordarse matizado. El retrato puede ponerse de fotografía o bordado a litografía. Debe tenerse cuidado de dejar tela bastante al marco para el montado del retrato».

A falta de conseguir el retrato bordado por alguna Jacinta o aquellas señoras de las Micaelas –porque de Fortunata seguro que no-, nos conformaremos con el retrato litografiado del Galdós casi cuarentón publicado por La Ilustración Española y Americana del 30 de marzo de 1883.




El doctor Centeno
Ya que hacemos referencia a La Guirnalda y al año de 1883, recordamos la publicación de la novela El doctor Centeno, aquel denonado compañero de Marianela que abandona su tierra y a su familia para probar fortuna en Madrid.
En el número del domingo 20 de mayo el periódico anunciaba que en esa misma semana se ponía a la venta el primer Tomo de la novela al precio de 3 pesetas. Los suscriptores podían pedirla a la Administración del periódico al precio de 2,50 pesetas. Además, como deferencia a sus lectores y admiradores de la obra de Pérez Galdós, publicaba un capítulo, hasta ese momento inédito.




Las cuartillas
Las cuartillas de los dos tomos que comprenden El doctor Centeno aparecieron a principios de 1984 en el Liceo Francés de Madrid y el 12 de enero del mismo fueron entregados por la Sra. Danielle Mitterrand, esposa del Presidente de Francia, al Gobierno español, presidido por Felipe González.
En 1897 Gladós regala estos valiosos manuscritos a don Juan de Macías y del Real y este en 1914 a «Alejandro Míquis», alias del doctor, escritor y periodista Anastasio Anselmo González y Fernández.
El 27 de febrero de 1984, el Director general del Libro y Bibliotecas los entrega a la Biblioteca Nacional de España, donde se conservan. [3]



«Introducción a la Biología
I
Con paso decidido acomete el héroe la empinada cuesta del Observatorio. Es, para decirlo pronto, un héroe chiquito, paliducho, mal dotado de carnes y peor de vestido con que cubrirlas; tan insignificante, que ningún transeúnte, de éstos que llaman personas, puede creer, al verle, que es de heróico linaje y de casta de inmortales, aunque no esté destinado á arrojar un nombre más en el enorme y ya sofocante inventario de las celebridades humanas. Porque hay ciertamente héroes más ó menos talludos que, mirados con los ojos que sirven para ver las cosas usuales, se confunden con la primera mosca que pasa ó con el silencioso, común é incoloro insectillo que á nadie molesta, y ni siquiera merece que el buscador de alimañas lo coja para engala-[nar su colección entomológica…]. [4]

En el ángulo superior derecho de la cuartilla podemos ver la fecha en la que Galdós comienza a escribirla. El 24 de mayo del mismo año comenzará el segundo Tomo.


Realidad…, del siglo XXI
En este siglo XXI seguimos leyendo y escuchando palabras camufladas, disonantes, de supuesta erudición, que esconden cierta animadversión hacia Galdós y su obra; un menosprecio que pretende situarle, a golpe de falacias arcaicas, por debajo de otros escritores de su tiempo.
También el encumbramiento de unos en busca de la invisibilidad de otros, como denunciaba Leopoldo Alas Clarín en una extensa crítica sobre El doctor Centeno, publicada en la Hoja literaria de El Día del domingo 5 de agosto de 1883.
Ni aún después del magnífico triunfo, sin igual en España, obtenido por Pérez Galdós en la célebre manifestación de entusiasmo que todos recuerdan, puede conseguir este novelista insigne, que ni reparte empleos, ni agencia bombos, lo que cualquier mequetrefe que se mete a literato alcanza, sin más que correr, ir y venir, de redacción en redacción, solicitando alabanzas impresas, patentes de ingenio que más bien son de corso. Triste cosa es que para los más de nuestros periodistas sea mayor incentivo para coger la pluma y escribir de asuntos literarios, el impertinente ruego del amigo sin méritos, pero intrigante y pesado que el verdadero talento, modesto, prudente y comedido, que espera a que la crítica juzgue, sin buscar recomendaciones para ganar el pleito.
El Doctor Centeno, que sólo por ser la más reciente obra de Galdós era digna de ocupar la atención pública y las crónicas de los revisteros y críticas, apenas ha obtenido, hasta ahora, más que sueltos vulgares, breves y del todo insignificantes, por lo que se prodigan.
Verdad es que el público, sin esperar a que la crítica se lo recomiende, ha leído el libro, ha consumido en pocos días las primeras ediciones. Pero esto mismo, que es gran satisfacción para el autor, es nuevo motivo de censura respecto de la crítica.
Yo recuerdo, y no quiero citar nombres, porque no hay para qué, novelas absurdas de autores resueltamente ineptos, que hace pocos meses llamaban la atención de toda la prensa y obtenían grandes alabanzas, bien sabe Dios que sin merecerlas...
Cambiamos lo de “novela” por muchos artículos de la prensa actual, algunas biografías, varios discursos y tanta charlatanería que se cuenta por las calles en un supuesto homenaje a Galdós.


Lo que dijo Galdós del banquete
Reproducimos un fragmento de la carta que Galdós envía a Clarín el 29 de marzo, tres días después del homenaje, en la que le agradece la autoría y lamentan su ausencia en el banquete.
Como digo, la cosa resultó tan grande, que no resulta hecha por mí, sino por todos. Ha sido la inauguración de una era nueva, el primer grito de la literatura nueva y progresiva contra la caduca, ajada, mustia ya descompuesta de aquellos sectores tan enamorados del pasado.
La cosa es grande, y da mucho que pensar. (…) Porque la del 26 tiene una significación profunda que no todos ven. Creo que el porvenir nos dirá muchas cosas que V. y yo y otros habríamos previsto.
Después, hace referencia a los ilustres invitados, D. Emilio Castelar, a quien llama «Carleta». De este dice que se había portado y había estado «sublime, como siempre». De D. Antonio Cánovas del Castillo, al referirse a su presencia en el acto, dice que había sido de «importancia inmensa». Elogia también a Echegaray, «que estuvo admirable, grande y modesto» y agradece a Castro y Serrano la idea de llevar a Cánovas.

Le recomienda a Clarín que si habla del banquete en la prensa de Madrid elogie a todos los citados, incluidos los militares, los médicos y los artistas. Le pide que no ataque a la Real Academia ni la nombre: «Es mejor el silencio».


Para finalizar
El martes 27 de marzo El Liberal dedicará página y media a relatar lo acontecido aquel lunes de homenaje a Galdós. El periodista, cuyo nombre desconocemos, acaba el extenso artículo con un subtítulo: «En su estudio». Pone en él toda su admiración hacia el insigne escritor, a quien imagina entrando en su estudio de la Plaza de Colón.
En lugar de transcribir ese relato, preferimos publicarlo tal y como se conoció, con sus letras de molde originales; negro sobre blanco; tinta embebida en la pasión por el novelista.



Constancia, tesón, sacrificio y voluntad de trabajo que hoy conforman un valiosísimo legado y la verdadera humanidad de D. Benito Pérez Galdós.




Finaliza aquí este artículo del que espero se acepte o se entienda la crítica añadida. He prescindido de las muchas noticias que se publicaron aquellos días sobre Galdós, su persona y su obra. Considero la muestra presentada como suficiente para tener una idea clara de lo que a favor o en contra se contaba.


Este trabajo va dedicado a D. Luis Verde Muntan como muestra de gratitud y respeto.

Eduardo Valero García




Bibliografía y Cibergrafía

Los fragmentos de la correspondencia de Benito Pérez Galdós que se citan corresponden a:
SMITH, Alan; RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, María A; LOMASK, Laurie, Benito Pérez Galdós. Correspondencia, Madrid, 2016, Ediciones Cátedra (Grupo Anaya, S.A.)

[1] B. Pérez Galdós – Fragmento de carta dirigida a Emilia Pardo Bazán, con fecha de 5 de marzo de 1883.

[2] PARDO BAZÁN, Emilia, Nuevo Teatro Crítico. Año I, núm. 8. Agosto de 1891.

[3] Según consta en la nota mecanografiada relativa a las procedencias del manuscrito. Forma parte del conjunto de cuartillas que atesora la Biblioteca Nacional de España, citado a continuación.

[4] Sede de Recoletos – Sala Cervantes. Signatura MSS/22227 V. 1
MSS/22227 V. 2. Puede consultarse online en la Biblioteca Digital Hispánica desde este enlace http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000252149&page=1


Biblioteca Nacional de España (Hemeroteca y Biblioteca digital hispánica)
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lunes, 17 de febrero de 2020

Galdós, el joven periodista desde la veleta de Santa Cruz. Madrid, 1865

El 3 de febrero de 1865 Benito Pérez Galdós publicará su primer artículo en el diario progresista La Nación. Ya conocía Madrid al detalle; mentidero seccionado en barrios, fuente inagotable de información y de recursos literarios que, para el gran observador y ahora periodista, habían representado su mayor aprendizaje.

Meses más tarde, el domingo 29 de octubre, en el habitual espacio que ocupaba su Revista de la Semana, Galdós recomendará a los novelistas modernos elevarse a las torres más altas. Él lo hará, con el sugerente título de «Desde la veleta» como introducción a los temas de la semana. Tan conocedor del paisaje madrileño, se le antojará imaginarse veleta en el campanario de la iglesia de Santa Cruz.


La Plaza Mayor desde la Torre de Santa Cruz.
Parcerisa Boada, Francisco Javier.
Biblioteca digital memoriademadrid. Núm Inventario: Inv. 2491.
Descripción: "CASTILLA LA NUEVA. / Dibº. del nat. y litª por F. J. Parcerisa -- Lit. de J. Donon.
MADRID: PLAZA MAYOR. / desde la torre de Sta. Cruz". Litografía. 21 x 29,2 cm


La iglesia de Santa Cruz
Don Ramón de Mesonero Romanos, aquel curioso parlante que fue su amigo, contará en 1861 la historia de la iglesia parroquial que daba nombre al arrabal de Santa Cruz. La primitiva ya no existía. Su torre, aunque muy antigua, tampoco era la original. Había sido derribada en 1632 por su estado ruinoso y reconstruida a costa del Ayuntamiento y los vecinos de la parroquia. De planta cuadrada y sin ornato, por sus 144 pies de altura (43,89 metros) predominaba en una de las zonas más elevadas del antiguo Madrid, lo que la hacía digna de ser llamada «la atalaya de la corte».

Se dice que la veleta de Santa Cruz estaba en línea recta con el cerrojo de la puerta de Santa Bárbara.

La iglesia, después de varios incendios tuvo que ser reedificada en 1767 y en ocasiones restaurada durante el siglo XIX hasta su completa desaparición.

La Correspondencia de España del día 11 de junio de 1860 publicaba un premonitorio artículo en la columna Diario de las familias. Emulando el diálogo con un parroquiano, decía que se había cerrado la iglesia «para derribar su media naranja porque está desplomada. Esto quiere decir que se van a gastar 25,000 duros en renovarla para que dentro de dos o tres años la piqueta deshaga esta obra como todo el templo». Además, se insinuaba que Santa Cruz debía ubicarse en el templo de Santo Tomás, que estaba en frente, sobre la calle de Atocha…, y así ocurriría años más tarde.

El 22 de marzo de 1861 el mismo periódico anunciaba que ya había finalizado la construcción de la cúpula y que probablemente en unos meses terminarían «las obras de reparación, ornato y restauración de este templo».

Tal como había anunciado La Correspondencia de España en 1860, la iglesia será trasladada a Santo Tomás y derribada en 1869. Sólo se conserva el muro lateral, sobre la calle de la Bolsa (antigua plazuela de la Leña), donde estuvo la capilla de los Ajusticiados.

El joven Benito conocerá este templo y verá el trasiego de gente que acudía a sus oficios; oirá sus campanas, y quizá presencie la salida de los cortejos fúnebres, especialmente los más suntuosos, como el de Antonio María del Valle, exministro de Hacienda y primer subgobernador del Banco de España.


La Correspondencia de España. 16 de mayo de 1863

A la plaza homónima, vecina de la de Provincia, concurría la sociedad madrileña en Navidad por su mercado y el Domingo de Ramos por la presencia de la comitiva del Ayuntamiento. Lejos había quedado la costumbre de poner en la esquina de la plaza un altar con el crucifijo que acompañaría al suplicio a los reos sentenciados.

Y en aquel escenario de arrabal medieval y de los Austrias, el joven Galdós trazará años más tarde un mapa detallado del Madrid que identificamos como galdosiano.


Parroquia de Santa Cruz
Carlos MÚGICA y PÉREZ
Biblioteca digital memoriademadrid. Núm Inventario: Inv. 1965.
Descripcion: "MADRID ARTISTICO. / Mujica litº. PARROQUIA DE STA. CRUZ Litogª de Perez Bº "
Litografía. 17,2 X 22,6 cm


Pero hasta aquí llegamos con esta historia, porque nos ocuparemos ahora de la de dos casadas, con nuestro interés puesto en la iglesia que hasta el año 1869 estuvo en la plaza homónima.

Muchos años pasarán, además de unas cuantas exitosas novelas y dos series de los Episodios Nacionales, hasta que Galdós vuelva a ser veleta sobre la torre de la iglesia para introducirnos en Fortunata y Jacinta.

Barbarita y Baldomero
Barbarita Arnaiz había nacido en la calle de Postas, esquina con el callejón de San Cristóbal. Por su parte, Baldomero I Santa Cruz tenía una tienda de paños del Reino en la calle de la sal.

Fue en tiempos de la regencia de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, el 3 de mayo de 1835, cuando Barbarita Arnaiz y Baldomero II Santa Cruz contrajeron matrimonio en la iglesia de Santa Cruz. Vivirán primero en la casa de Baldomero, que estaba en la plazuela de la Leña y más tarde en la plaza de Pontejos. De la unión nacerá diez años más tarde su único hijo, Juanito, el Delfín. Será en septiembre de 1845, reinando Isabel II.

Plácido Estupiñá
Citado Mesonero Romanos, es propio mencionar, porque así lo refiere Galdós, que Plácido Estupiñá había nacido en 1803 y «se llamaba hermano de fecha de Mesonero Romanos, por haber nacido como éste, el 19 de julio del citado año».

Personaje peculiar, Estupiñá era fiel servidor de los Arnaiz desde su juventud, y más tarde de Barbarita. No era hombre de misa diaria, sino de varias misas al día; además de hermano de la Paz y la Caridad, cofradías que junto con la de las Ánimas y la de Confiteros, formaban las de la parroquia de Santa Cruz. Vivía, como todos sabemos, en los altos de la Plaza Mayor, a tiro de piedra de varios templos.

Era gran madrugador, y por la mañanita con la fresca se iba a Santa Cruz, luego a Santo Tomás y por fin a San Ginés. Después de oír varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla en capilla rezando diferentes oraciones. Al despedirse, saludaba con la mano a las imágenes, como se saluda a un amigo que está en el balcón, y luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle.

Cuando Santa Cruz y su torre desaparecieron bajo los escombros, Plácido y Barbarita lo pasaron muy mal. Y no mejor cuando se levantó una casa sobre el santo solar.

Por aquello de ser hombre no lloraba. Barbarita, que se había criado a la sombra de la venerable torre, si no lloraba al ver tan sacrílego espectáculo era porque estaba volada, y la ira no le permitía derramar lágrimas (…) Cuando el templo desapareció; cuando fue arrasado el suelo, y andando los años se edificó una casa en el sagrado solar, Estupiñá no se dio a partido. No era de estos caracteres acomodaticios que reconocen los hechos consumados. Para él la iglesia estaba siempre allí, y toda vez que mi hombre pasaba por el punto exacto que correspondía al lugar de la puerta, se persignaba y se quitaba el sombrero.

PLANO DE SITUACIÓN
Historia urbana de Madrid - ISSN 2444-1325



Galdós, desde la veleta
Transcribimos a continuación parte del texto publicado en el faldón de La Nación aquel día de octubre de 1865. Omitimos el contenido de los títulos Carta a la Academia de la Lengua - Teatros - Il Saltimbanco - La señora States y el tenor Fancelli - El barítono señor Merly; muy interesantes todos ellos.



Veintidós años tenía Benito Pérez Galdós cuando su mente creadora le llevó a encaramarse en lo más alto de la villa y corte, desde atalaya donde poder contemplar vidas anónimas, las mismas que más tarde plagarían de realidad sus novelas, sus cuentos y la historia de una España empequeñecida desde la veleta.




En tanto que las miradas no se apartan de las veletas que giran en los campanarios, las interrupciones que había sufrido la vida orgánica y política de la corte de España van desapareciendo, y pronto las funciones que caracterizan su existencia volverán a aparecer con los mismos determinados síntomas. Si las veletas, que son ahora el objeto que más atraen nuestra vista pudieran contemplar desde su altura el aspecto de la población y medir en su imperturbable círculo el movimiento de la multitud, ¡con cuánto placer olvidarían su tarea de señalar el caprichoso correteo de Eolo para fijar en la tierra su aguja inflexible como un dedo acusador; para escudriñar con veleidosa atención las posiciones que el viento de tierra hace tomar a los individuos que andan por esas calles sometidos a su versátil influencia!

Es preciso confesar que el nido de la cigüeña es una magnífica tribuna donde más de un orador pudiera anatematizar la corrupción de la villa, y sería el más feliz de los mortales aquel que pudiera asirse a la campana como el buen Quasimodo, y contemplar dando volteletas en el aire el inmenso panorama que se extiende bajo el horizonte que describe la veleta en su incesante movimiento. Imaginemos una escursion a vista de pájaro; y ya que no podemos como el diablo Cojuelo levantar los tejados para registrar con nuestra mirada las interioridades de las habitaciones, ya encontraríamos asunto para divertirnos en la simple contemplación de las calles y de los dramas, sainetes y comedias que desenvuelven su complicada acción en más de una esquina.

Qué magnífico sería abarcar en un solo momento toda la perspectiva de las calles de Madrid; ver el que entra, en que sale, el que ronda, el que aguarda, el que acecha; ver el camino de este, el encuentro, la sorpresa del otro; seguir al simón que es bruscamente alquilado para dar cabida a una amable pareja; verle divagar como quien no va a ninguna parte; verle parar depositando sus tórtolos allí donde un ojo celoso no se oculte entre el gentío; ver el carruaje del ministro, pedestal ambulante de dos escarapelas rojas, dirigirse a la oficina o a Palacio, procurando llegar antes que el coche del nuncio; mirar hacía la Castellana y ver la vanidad arrastrada por elegantes cuadrúpedos, midiendo el reducido paseo, como si el premio de una regata se prometiera al que da más vueltas; sorprender las maquinaciones amorosas que en aquel laberinto de ruedas se fraguan durante el momentáneo encuentro de dos vehículos; ver al marido y a la mujer arrastrados en dirección contraria, rodando el uno hacia el naciente y la otra hacia el poniente, permitiéndose, si se encuentran, el cambio de un frío saludo; ver la gente pedestre en el paseo de la izquierda contemplando con envidia la suntuosidad del centro; seguir el paso incierto del tahur que encamina al garito; ver descender la noche sobre la villa y proteger en su casta oscuridad la pesca nocturna que hacen en las calles más céntricas las estucadas ninfas de la Calle de Gitanos; oír la serenata que suena junto al balcón y contemplar la rendija de luz que indica la afición musical de la beldad que vela en aquella alcoba; esperar el día y ver la escuálida figura del jugador que tiritando y soñoliento entra en el café a confortarse con un trasnochado chocolate; ver los mercados abriendo al público sus pestíferos armarios; ver al sacristán moviendo el pesado cerrojo de la puerta santa y contar las primeras mogigatas que suben las sucias escaleras del templo; ver de quién es el primer cuarto que recoge el ciego en su mano petrificada; ver salir de una puerta un ataúd gallegamente conducido, y saber dónde ha muerto un hombre; ver salir al comadrón y saber dónde ha nacido un hombre; ver… pero a dónde vamos a parar.

¡Cuántas cosas veríamos de una vez si el natural aplomo y la gravedad de nuestra humanidad nos permitieran ensartarnos a manera de veleta en el campanario de Santa Cruz que tiene fama de ser el más elevado de esta campanuda villa del oso! ¡Cuántas cómicas o lamentables escenas se desarrollarían bajo nosotros! ¡Qué magnífico punto de vista es una veleta para el que tome la perspectiva de la capital de España!

Recomendamos a los novelistas que tan a saber explotan la literatura moderna el uso de este elevadísimo asiento, donde sus ojos podían ver de un sólo golpe lo que jamás pudieron ver ojos madrileños; donde sus plumas podrán tomar, oportunamente remojadas, toda la hiel que parece necesaria a sazonar el amargo condimento de la novela moderna. Suban a las torres, y allí colocados a horcajadas en el cuadrante, con un pie en el Ocaso y otro en el Oriente, podrán crear un género literario remontadísimo, que desde hoy nos atrevemos a bautizar con el nombre de literatura de veleta.
B. PÉREZ GALDÓS


Así describió Galdós la vida madrileña desde una supuesta altura. Suave crítica, delicado humor e ironía en este texto más semejante a una obrita o cuento que a un artículo de prensa.

Aquella «literatura de veleta» será para el escritor y dramaturgo la auténtica renovación de la novela española; la fotografía de una sociedad; el mapa exacto del Madrid decimonónico; la crónica e historias de la urbe y sus gentes; la historia de una España no tan diferente, de la que todo cuanto Galdós dijo continúa vigente.


El presente artículo, donde se muestra a Galdós como un joven periodista, es el fruto de la conversación mantenida con D. Germán Gullón hace unos días. A él se lo dedico.

Eduardo Valero García

 

Bibliografía y Cibergrafía

MESONERO ROMANOS, Ramón de, El Antiguo Madrid (1861). Madrid, Asociación de libreros de lance, 1990.

PÉREZ GALDÓS, Benito, Fortunata y Jacinta. Madrid. Madrid, Aguilar S. A. de Ediciones, 1971.

Biblioteca Nacional de España (Hemeroteca y Biblioteca digital hispánica)
www.bne.es

Biblioteca digital memoriademadrid


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