viernes, 10 de abril de 2015

Pérez Galdós, la Noche de San Daniel y la Semana Santa de 1865

"Por la calle de Sevilla y Carrera de San Jerónimo había pasado la tragedia, dejando en las baldosas huellas de sangre. Los que allí perecieron, no eran gente díscola y bullanguera, sino pacíficos señores que en nada se metían; iban a sus casas; salían del Casino o del café de la Iberia, pensando en todo menos en su fin inminente..."[1]

Finalizada la Semana Santa y con motivo de la conmemoración del 150 aniversario de la trágica "noche de San Daniel" o "noche del Matadero", publicamos, como lo hicimos anteriormente con "Pérez Galdós y el Carnaval de 1865", otro de los artículos costumbristas escritos por el jovencísimo Benito Pérez Galdós en su incursión como periodista para el diario progresista La Nación.

En su columna "Revista de la Semana", del 23 de abril, Galdós retrata la Semana Santa con cierta ironía, mostrando su antipatía hacia la fiesta religiosa y dejando caer pinceladas de reprobación hacia los acontecimientos ocurridos días antes en la Puerta del Sol, conocidos como "la noche de San Daniel".


"Madrid. Aspect de la Puerta del Sol pendant les troubles suscités
par les étudiants dans la soirée du 11 avril."



Años más tarde, en 1902, Galdós recordará el trágico suceso en la cuarta serie de los Episodios Nacionales, en el titulado "Prim".
"A cada hora se animaban más el pasillo y el Senado. No eran pocos los que opinaban, como el teniente coronel Pavía, que contra la estudiantil asonada bastaba la artillería de las mangas de riego. Otros creían ver ya chorros de sangre; quizás los deseaban... con tal que no fuera la suya la que se derramase... Pasó el día 9, que era domingo, sin grandes novedades por estar cerrada la Universidad, y el lunes 10, día en que celebran su santo los profetas Daniel y Ezequiel, presentó antes de mediodía síntomas de borrasca. La tarde fue bochornosa, relampagueante. Todo Madrid divagaba en las calles, con la esperanza, el temor y el deseo de sucesos trágicos. El menor ruido hacía correr a los transeúntes. En la Puerta del Sol grupos de gente risueña con grupos de gente ceñuda se cruzaban. Creyérase que aquellos decían a estos: «Atreveos. ¿Qué teméis? Aquí estamos nosotros para elogiaros y decir que sois la salvación de la patria». Los grupos risueños requerían los portales a la menor ondulación de los que venían ceñudos. [...] A poco de arrellanarse ambos en los divanes del Senado, entró jadeante Luis Navarro, diciendo: «¡Menuda bronca en la calle del Arenal! Corre la gente desalada; los hombres braman; las mujeres chillan; algunos caen... Pisadas, estrujones, batacazos...». No había concluido esta relación, cuando llegó Tubino limpiándose el sudor: «Señores, la Puerta del Sol es un volcán. Ha salido González Bravo a exhortar a la multitud. Le han contestado con silbidos horrorosos... Y a toda tropa o autoridad que pasa, allá van silbidos, insultos... una cosa atroz...». Manifestó don Antonio Fabié que él había observado los grupos al pasar por la calle del Carmen. No eran ya estudiantes los amotinados; era el pueblo, la plebe... se veían esas caras siniestras que sólo aparecen camino del Campo de Guardias en los días de ejecución de pena capital... Se veían caras de revoltosos de oficio y de patriotas alquilados. Era un horror...
Llegó don Laureano Figuerola con la habitual placidez de su rostro y su expresión austera y benigna. Acompañábale Gabriel Rodríguez, alto, barbudo, bien encarado y con antiparras de oro. Venían del Suizo. Desahogadamente pudieron llegar hasta la Academia de San Fernando; pero desde allí el paso era imposible. Hubieron de retroceder, dando un rodeo por la calle de la Aduana. En la Puerta del Sol, el tumulto y vocerío eran espantosos. Los dos esclarecidos economistas oyeron contar que una cuadrilla de obreros, que bajaba a la calle del Carmen por la de los Negros, apedreó a los soldados de Caballería, y que el Gobernador militar mandó hacer fuego... Figuerola y Rodríguez sintieron la descarga; pero ignoraban si había sido al aire... Las voces que de esto llegaban al Ateneo eran contradictorias. Pasó tiempo... declinaban las horas con lenta rotación que acrecía la ansiedad... Sanromá entró diciendo que la Guardia Veterana repartía sablazos en la Puerta del Sol... En efecto: oíase desde la Holanda española un rumor como de oleaje impetuoso, lejanos apóstrofes, estridor de silbidos...
Algunos ateneístas de los que se arremolinaban en el pasillo pensaron salir y aproximarse a la Puerta del Sol para ver de cerca la jarana; pero en esto llegó casi sin aliento un precoz filósofo, González Serrano, y dijo: «No salgan ahora; no salga nadie... Por poco me gano un sablazo... El dolor que tengo aquí, ¡ay! es de un golpe ¡ay!... Se me vino encima la cabeza de un caballo... Ya cargan, ya vienen cargando por la calle de la Montera...»*. Acudió a los balcones del Senado y de la Biblioteca gran tropel de curiosos. Calle arriba iban hombres, mujeres y muchachos huyendo despavoridos. Centauros que no jinetes, parecían los guardias; esgrimían el sable con rabiosa gallardía, hartos ya de los insultos con que les había escarnecido la multitud. No contentos con hacer retroceder a la gente, metían los caballos en las aceras, y al desgraciado que se descuidaba le sacudían de plano tremendos estacazos. Chiquillos audaces plantábanse frente a los corceles, y con los dedos en la boca soltaban atroces silbidos. Al golpe de las herraduras, echaban chispas las cuñas de pedernal de que estaba empedrada la calle costanera. Un individuo a quien persiguieron los guardias hasta un portal de los pocos que no estaban cerrados, cayó gritando: «¡asesinos!», y el mismo grito y otros semejantes salieron de los balcones del Ateneo. En la puerta de la sacristía de San Luis había dos muchachos que, después de pasar los últimos jinetes hacia la Red de San Luis, gritaban: «¡Pillos! ¡Viva Castelar... viva Prim!». Hacia la esquina de la calle de la Aduana, dos sujetos de buen porte retiraban a una mujer descalabrada... La noticia, traída por un ordenanza, de que en la Puerta del Sol y Carrera de San Jerónimo había muertos, hizo exclamar a Beramendi: «¡Sangre!... Esto va bien»." [1]

* Recordamos que en esa época el Ateneo de Madrid se encontraba en la calle de la Montera [Ver "Galdós en el Siglo XIX. Capítulo IV (1863) Parte 1: Breve reseña sobre el Ateneo de Madrid"]


Aquella noche del lunes 10 de abril de 1865, el Gobierno, en lucha desigual, descargará su fuerza militar sobre los estudiantes de la Universidad Central que se manifestaban en la Puerta del Sol. La Correspondencia de España, en su segunda edición del día 11 de abril, relataba así lo sucedido:


Por su parte, El Contemporáneo, en su edición del 12 de abril se hacía eco de las preguntas del pueblo madrileño:
"Todo el interés del día ha estado concentrado en los tristes y deplorables acontecimientos de la noche del lunes; noche de alarma para todo el vecindario de Madrid; noche de luto y de amargura para muchas honradas familias.
¿Qué motivos, se ha preguntado por segunda vez todo el mundo, habrá tenido el gobierno para presentarse de nuevo rodeado de tal aparato de fuerzas? ¿Cómo legitimar las cargas y descargas de la fuerza pública, que como és sabido, han ocasionado sensibles y variadas desgracias en muchas personas de distinta edad, sexo y condición social? ¿La sangre que se ha derramado, habrá tenido por causa una de esas dolorosas pero ineludibles necesidades por que tienen que pasar, respetando las formas legales, alguna vez los gobiernos para mantener incólume el principio de autoridad, ó escudar de estraños ataques las instituciones ó los mas cardinales fundamentos de la sociedad?
¿Qué juicio deberá formarse de las lamentables escenas que todos, en mayor ó menor escala hemos presenciado, y cuál es el mas perfecto y justo fallo que sobre ellas debe pronunciarse?
¿Sobre quién descargará la tremenda responsabilidad de estos sucesos?"

Y así podríamos continuar, ofreciendo los relatos y cuestionamientos de toda la prensa madrileña, que ya venía sufriendo la censura gubernamental desde que Emilio Castelar fuese destituido de su Cátedra de Historia en la Universidad Central junto al rector de la misma, Juan Manuel Montalbán. Este y otros sucesos propiciaron la trágica noche de San Daniel.


Pérez Galdós y la Semana Santa de 1865
Dividimos el texto de Galdós en tres partes bien identificables.
A modo de prólogo Galdós se refiere a la noche de San Daniel y hace una dura crítica social sin dejar de lado su repulsa hacia la acción gubernamental.

Noche de San Daniel
"La semana que acaba de pasar ha sido una de las más fecundas en acontecimientos que nos ha presentado el turbulento año 65. Una alteración de la tranquilidad pública, una descomunal batalla, que convirtió en campo de Agramente la Puerta del Sol, liza desigual entre el inofensivo pito y la bayoneta, sangrienta broma o simulacro serio que ha levantado densa polvareda en las regiones oficiales, inauguró la semana que el mundo cristiano ha bautizado con el nombre de Santa.

La religión alza anualmente un teatro o cadalso donde con más o menos verdad, con mayor o menor fe y entusiasmo, se representa el terrible drama de la redención del mundo. En el pórtico de este teatro ha tenido lugar una desastrosa riña, moti­vada por una travesura estudiantil: es decir, el Gobierno, con­vertido en dómine e infringiendo no sé qué ley de Institución Pública que prohíbe vapulear a los chicos, ha adoptado, para poner a raya su desenvoltura, el suave correctivo de las balas.
Y esto en Semana Santa, es decir, en las barbas de Jesucristo; en la época en que el mundo oficial debería arrodillarse ante el confesonario y recibir de Claret la absolución espiritual, así como en días normales recibe la absolución política y los sanos consejos gubernativos del autor de La llave de oro.
Por un anacronismo lamentable, por una inoportuna dislo­cación de las columnas del calendario, la degollación de los inocentes se ha celebrado en el vestíbulo del templo de Cristo. Y es en vano que los periódicos noticieros pretendan disculpar este hecho, y arrancar al pueblo la caña que el Gobierno le ha puesto después de escupirle y coronarle de espinas. Este delito de lesa humanidad no puede ser disculpado ni aun por el agua bendita de los hisopos neocatólicos."

Narrado el episodio trágico que tuvo como resultado 11 muertos y una gran cantidad de heridos (73 según los datos de las Casas de Socorro que no incluyen a aquellos que marcharon heridos a sus casas o fueron atendidos en la calle o en los bares), el joven Galdós dibuja cómo se desarrolló la Semana Santa de 1865.

Jueves Santo
"Por lo demás, el pueblo de Madrid, a pesar de la sangre derramada, se entregó como de costumbre a sus anuales distracciones, porque no otro nombre merece la convencional devoción que el Jueves Santo convierte las calles de Madrid en exposición ambulante de rostros, sedas, gasas, afeites y sonrisas; y todo hubiera salido a pedir de boca si el impío chaparrón que, contra todas las leyes cristianas, refrescó las calles de la Villa, no hu­biera impedido a las devotas madrileñas lucir con toda holgura las adornadas colas de sus vestidos, hallándose en la inmoral necesidad de levantar sus huecos faldamentos y exhibir las diminutas bases del corpulento edificio mujeril. Los grupos de curiosos que en las puertas de las iglesias abundan siempre han disminuido este año; el sitio designado para los hombres ha estado casi vacío, y, por consiguiente, en el interior de los templos ha escaseado la telegrafía amorosa, y, por lo tanto, el arrobamiento y el éxtasis. El Jueves Santo ha sido, por lo tanto, incompleto; el agua del cielo lo ha desnaturalizado completamente, impidiendo el lujo y la ostentación, no dejando más que la fe, que es lo que menos contribuye al esplendor de este célebre día. La fe ha atravesado las húmedas calles y los océanos de lodo. Aunque su traje no sea de lo más fashionable, ella espera ser bien recibida en los salones del Cristo, y aun­que su peinado no sea del último figurín, ni su vestido tenga la necesaria amplitud, ella no se avergüenza ni teme ser criticada por las espirituales tertulias del Divino Maestro.
La elegancia no ha salido de casa; ha preferido hacer com­pañía a las yeguas normandas que estos días están condenadas a una tirana reclusión."

Viernes Santo
"Malogrado el jueves, se esperaba que el viernes brillaría en todo su esplendor la sociedad madrileña en la carrera de la procesión del Santo Entierro; pero también se ha frustrado esta esperanza merced a un bando o anuncio oportunamente adheri­do a las esquinas de la Villa.
Siempre me ha parecido escandalosa la tal procesión, Es un conjunto híbrido de fanatismo y de descaro; tiene algo de drama terrorífico y del sainetón abigarrado; es un símbolo que en vano trata de divinizarse, porque es lo más humano del mun­do; porque reúne al escarnio cierta repugnancia patibularia.
Compónese de quince o veinte imágenes, de las cuales algunas son de un gusto detestable, y otras pertenecen a ese extraño género de escultura en que el arte español ha trazado los rasgos del Hombre Dios, contraídos por el más humano de los dolores, ensangrentado y lívido el rostro, mirando al cielo en la actitud del ajusticiado, mostrando llagas en que se ve en toda su repugnancia la acción de los azotes; real hasta el punto de pa­recer, más bien que un Dios moribundo, algún contuso arrancado del lecho de un hospital. Estas imágenes, que son conducidas en hombros de penitentes asquerosos, llevan un séquito de gen­tes de todas clases, desde lo más alto a lo más bajo de la capa social; se agrupan confusamente en torno al vía crucis la coque­tería, la prostitución, a caza siempre de la protección masculina; la fatuidad ostentándose, la murmuración escudriñando, y los rateros poniendo el dedo por todo lo vedado.
Si a esto se añaden las turbas sacristanescas, inmensa multi­tud de hopa1andas negras que pululan alrededor de las andas, y que más bien parecen arrastrar en son de burla las divinas figuras, que conducirlas pomposa y dignamente para excitar la fe y el entusiasmo religioso, se comprenderá lo que es esta pro­cesión absurda, esa compacta masa de hombres, mujeres, chicos, clérigos, militares, mujerzuelas y rateros, que en una marcha precipitada parecen arrastrar una víctima a un auto de fe; pa­recen hacinados allí por un instinto sangriento de diversión; se creería que aquella gente escarnece en imagen una institución, o que pasea en trofeo símbolos que desprecia.
Afortunadamente, este año no ha habido nada de eso; temiendo que se repitieran los desagradables acontecimientos del 10, el Ayuntamiento, con laudable prudencia, ha prohibido esta aglomeración de gente."

Dos textos han servido para recordar el Madrid de otros tiempos. El artículo costumbrista del joven Galdós y el episodio de los Episodios Nacionales del ya famoso y laureado don Benito.
Una imagen vale más que mil palabras, se dice; en este artículo ha escaseado la primera y abundaron las segundas, porque don Benito Pérez Galdós supo ilustrar con la palabra la fisonomía de la Villa y Corte decimonónica.
  


Bibliografía

[1] Pérez Galdós, Benito. Episodios Nacionales. Cuarta serie, Prim (1902) Edición digital basada en la de Madrid, Perlado, Páez y Compañía, 1906.. Localización: Biblioteca General de la Universidad de Alicante, sig. ED FA/8/0934. Capítulo XIV, pp.: 139

[2] Ibíd.,Capítulo XIII, pp.: 134-138

Otras fentes consultadas:
Sainz de Robles, Federico C. Benito Pérez Galdós. Recuerdos y Memorias (1975) Madrid. Ediciones Giner. Editorial TEBAS

Andrades Ruiz, María Ascensión (2003) Los artículos costumbristas de Benito Pérez Galdós en “La Nación” y la influencia de los mismos en sus Novelas de la Primera Época : (Retrato de la sociedad madrileña del siglo XIX) Tesis doctoral. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2003. ISBN: 84-688-2167-5

· Citas de noticias de periódicos y otras obras, en la publicación
· En todas las citas se ha conservado la ortografía original


© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-006 MADGALDOS