jueves, 16 de septiembre de 2010

La Feria de libros viejos de la Cuesta de Moyano


La famosa Feria del libro viejo de la Cuesta de Moyano viene de muy antiguo.
En el año 1900 formaba parte de otra, que se instalaba en la verja del jardín Botánico, (por Paseo del Prado) a la que llamaban pomposamente 'Feria de Madrid'. En realidad se trataba de unas cuantas docenas de vendedores que plantaban allí sus destartaladas casetas.

Los puestos de frutas se agolpaban a las cajas de avellanas tostadas y acerolas, los sacos de torrados y nueces. Las tiendas de juguetes baratos colgaban sus muñecas de cartón, formando dobles filas en los altos de los barracones junto a miles y miles de cachivaches. Todo ello amenizado por el 'pim, pam, pum' y el Tío vivo. Y entre todo ese caos, la estrella de la feria, la verdadera atracción, la tienda del libro viejo.

Feria del libro viejo en la verja del jardín Botánico - 1900

Siguiendo el ideal de Cicerone "una biblioteca en un jardín", en este caso el jardín Botánico, muchos son los visitantes que acomodan la lectura a las posibilidades de su bolsillo o van en busca de una ganga mientras el vendedor se desgañita al grito de:

"¡A elegiiiir... a diez céntimos el tooomo! ¡El papel vale más!"

La Feria en el Salón del Prado - 1918

La Feria del Boquerón
Así la llamaba Ramón Gómez de La Serna, porque en su época los libros se vendían a 15 céntimos.
Las protestas recibidas por la administración del jardín Botánico sobre lo poco salubre que resultaba la feria en su verja, llevaron a que la buena voluntad del Ayuntamiento le cediera un espacio fijo.
En 1925 será emplazada en la Cuesta de Moyano (antiguo Paseo de Trajineros), a espaldas del Ministerio de Fomento.
La obra será monumental, unos cajones hechos con madera de pino a modo de casetas.

El Ayuntamiento fijó como número máximo el de treinta casetas, prohibió poner tinglados auxiliares, utilizar alumbrado o calefacción y subarrendar el puesto.
El canon municipal que oscilaba entre las treinta y las cincuenta pesetas al mes, debía abonarse en los ocho primeros días de cada trimestre.

La Feria en 1925 - Fot.: Diaz Casariego

El sueño del librero
Hacia los años 30 el aspecto de la Feria guardará similitud con el actual. El espacio fijo tan deseado ya era un hecho. Las casetas de 15 metros cuadrados fueron diseñadas por el arquitecto Luis Bellido y se asemejan a las de hoy.
Aún así aquel emplazamiento estaba casi a las afueras del centro de Madrid, en una cuesta empinada y expuesta al castigador sol.



El sueño de los libreros era ubicarla entre el Banco de España y el Museo del Prado, sueño que compartían muchos intelectuales de la época. Se formalizó una queja que fue desestimada por el Ayuntamiento.

En 1934 nacerá el proyecto de una nueva ubicación para la Feria del libro viejo. Muy ilusionados se sentían los libreros porque estaría ubicada a espaldas del barrio literario madrileño de nuestro Siglo de Oro.
Flanqueado por dos hoteles, y mirando hacia el Museo del Prado, se construiría un complejo con cuarenta casetas, proyecto realizado por el arquitecto Francisco Javier Ferrero.
De aquel sueño sólo quedan los planos.



La vida entre libros viejos
En el artículo aparecido en 'Mundo Gráfico' del 1 de enero de 1930, el periodista José Romero Cuesta hace un reportaje a los libreros de la Cuesta de Moyano.
Son muchos los datos que aporta sobre la Feria en aquellos años; anécdotas y curiosidades que enternecen y merece la pena recordar.

Por allí se paseaba Pío Baroja (hoy una estatua emplazada en la parte alta de la cuesta le rinde homenaje), Azorín, José Francés y un General aficionado al folletín, cuyo nombre no se cita, y que pasaba todas las semanas en busca de obras de Pérez Escrich,  Nombela, Fernández y González, entre otros.

Sobre los autores jóvenes de aquellos años, un librero decía: -"No me hable usted de autores jóvenes... Yo no sé para qué escriben los jóvenes... ¡Ganas de perder el tiempo y el dinero! Ni con un ochenta por ciento de descuento se colocan..."- Afortunadamente tenía buenas palabras para Jardiel Poncela -"que es de los más humoristas"-.

Los libreros pagaban según el nombre del autor y del título de la obra. Un Blasco Ibáñez se pagaba a una peseta con veinticinco céntimos, los autores de fácil venta a una peseta.
-"Lo corriente es que paguemos a la cuarta parte del valor del libro y lo vendamos a mitad de precio... pero ya le digo que eso varía según los casos"-


Las famosas dedicatorias de los libros les daban grandes disgustos. Algunos arrancaban previamente la hoja de la dedicatoria antes de vender el libro, otros no lo hacían: -"Y tenemos que andar con un cuidado... porque a veces el autor viene por aquí, encuentra su autógrafo... y se indigna con el librero... Como si el librero tuviera la culpa"-


La renovación
En el año 1969 el Ayuntamiento consideró la renovación de las casetas y encargó un nuevo diseño a los arquitectos Joaquín Roldán y José Ángel Rodrigo.
El proyecto coincidía con la renovación del Jardín Botánico diseñando una apertura en la esquina de la calle Moyano con el Paseo del Prado. Finalmente el proyecto quedó sin realizar. 

En 1984 se volvieron a estudiar las condiciones de habitabilidad y finalmente el Ayuntamiento concedió el permiso para que en las casetas se instalaran los servicios de agua, electricidad y teléfono.
Durante las obras de 1986 los libreros volvieron por segunda vez al Paseo del Prado. Las obras permitieron insertar entre las casetas existentes una con aseos, y otra para un vigilante. Se acordó mantener el aspecto clásico.

La Feria en el Siglo XXI
Tras el incendio de una estación eléctrica en la vecina calle de Almadén, ocurrido en julio de 2004, la Feria tuvo que trasladarse de forma provisional a su primitivo emplazamiento, la verja del jardín Botánico sobre el Paseo del Prado.
Debajo de la Cuesta de Moyano se instaló la nueva central eléctrica, circunstancia que se aprovechó para acometer una profunda remodelación en la Cuesta que se prolongaría durante más de dos años, como parte del Plan Especial Recoletos Prado.

El 19 de abril de 2007 se reabrió finalmente la Cuesta a los libreros y a los peatones, habiéndose eliminado la circulación de vehículos. La caseta número 1 fue reservada para el Ayuntamiento con el fin de vender sus propias publicaciones. Desde ese día la cuesta está presidida por el monumento a Pío Baroja, uno de los promotores de la feria, trasladado desde su primitiva ubicación en el cercano parque del Retiro.



"Yo guardo con amor un libro viejo..." (Marcelino Menéndez y Pelayo)
Los años han hecho que hoy la Feria no tenga el mismo trasiego de otros tiempos. Pocas son las casetas que permanecen abiertas y el libro viejo ha pasado a ser el de segunda mano, que se parece pero no es lo mismo.
La afluencia de público, a juzgar por las fotos que hemos visto, es similar. Unos van buscando, otros a cazar, algunos a ver y otros pocos a comprar.

Entre aquellos que nos acordamos de pasar a fisgonear por la Feria se encuentra Gema, buscadora de los libros viejos que "yo guardo con amor...", apasionada de la lectura, un libro abierto; a ella dedico este artículo. Y a Rolando, gran devorador de libros y escritor de historias mineras, ferviente investigador de ese tema y entusiasta admirador de los libros viejos.
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