miércoles, 2 de junio de 2021

La visera de la Puerta del Sol, su estanco y la agencia de colocaciones

Uno de los lugares más concurrido de esta villa y corte es la Puerta del Sol. Lo es hoy como lo fue antaño, con su incesante pulular de personas oriundas y foráneas, de todo tipo de ralea, profesión o arte.
 
Fotografía de J. Laurent (hacia 1870) FPH VN-02871 Archivo RUIZ VERNACCI
 
Como muchos sabéis, entre la calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo estuvo situada la iglesia del Buen Suceso hasta 1854, año en que comenzó su demolición. Desaparecido el templo y hospital, su espacio, tomado como referencia geográfica, fue llamado por los madrileños “el sitio del Buen Suceso”, solar desangelado integrado a la plaza que tuvo a bien denominarse “el patio de Manzanedo”. 
 
El periódico universal La Ilustración, del 25 de marzo del mismo año del derribo, publicaba la descripción del ensanche y alineación para la Puerta del Sol propuesto al Gobierno por la Junta consultiva de Policía urbana. En lo referente a la Manzana 207, decía: 
«Las casas de la Puerta del Sol números 1 y 3, 5, 7, 9 y 11, así como las de la Carrera de San Gerónimo números 2, 4 y 6, se alinearán y decorarán en su día a medida que se vayan reedificando». 
Además, indicaba que, donde se cortaba con el Buen Suceso, quedaba «una fachada de 24,5 metros (87,95 pies)». 
 
En el deshabitado solar se estaba construyendo una “nueva casa” que sería fonda de los hermanos Fallóla, adquiriendo el título de «Grand Hotel de París», tal y como lo anunciaba en diciembre de 1863 La Correspondencia de España. Según información del mismo periódico, el 15 de agosto de 1864 abriría sus puertas con esa denominación. 
 
Publicidad de 1868

Publicidad de 1886

Publicidad de 1920

 
La fotografía que encabeza este artículo fue tomada por J. Laurent hacia 1870. En ella podemos ver el hotel en todo su esplendor y un ambiente tranquilo, excesivamente tranquilo para la plaza y “la visera” de la Puerta del Sol, donde estuvo el café Imperial, que fue después el de la Montaña y más tarde se convertiría en la cafetería Haití.
 
También ocuparon aquella fachada una papelería; una camisería; la perfumería del señor Fortis; la tienda de abanicos, paraguas y sombrillas de D. Luis Colomina; un puesto de periódicos y un limpiabotas (posiblemente, Juan Martínez Gómez, “Juanito”, quien después lo fue del Ateneo por medio siglo).
 
Fotografía de Piortiz (1930) En la Camisería contigua a la Papelería se instaló el puesto de periódicos.
 
Hubo desde sus comienzos famosas tertulias y fue punto de encuentro de toreros y aficionados a la fiesta nacional, muy relacionados con el estanco que allí pervivió por más de treinta años. 
 
 
Estanco “El permanente 
En 1887 se estableció en la visera la expendeduría número 44, establecimiento que funcionó hasta 1923, año de su cierre. Aquel estanco era conocido por todo Madrid como “el permanente de la visera” por estar abierto las veinticuatro horas del día. 
Fue su único dueño D. Ángel Herrero, un hombre bajito y con gafas, muy simpático y gran aficionado a los toros; tanto, que apoderó al diestro Cayetano (Pepeíllo). El semanario satírico El Mentidero lo consideraba, con sorna o sin ella, “centro taurino”.
 
 
 
Fallecido el señor Herrero regentaron el estanco su viuda y sus dos hijas hasta aquel año del cierre, que lo fue por clausura al descubrirse que un empleado traficaba con tabaco falso. En el recuerdo queda “el permanente”, retratado en estas palabras de Rafael Solís: 
«Parece algo de la Puerta del Sol, arraigado en la popular plaza por el tiempo y la costumbre como una farola más o como otra cartelera. En las altas horas de la madrugada, cuando los faroles hacían su aparición en la céntrica plazoleta y surgía el apagón, la luz del estanco, reflejada en la amplia acera, daba en ese momento fantástico aspecto, y su público, renovándose constantemente, cambiando como las horas del día, en curioso desfile, constituía una variación detallada e interesante del Madrid de todos los días». 
Luis Araujo-Costa, autor de Hombres y Cosas de la Puerta del Sol (1952), en el capítulo donde habla del Hotel de París hace referencia a la visera, sin citarla, y a los personajes que la frecuentaban: 
«Abajo, el zurupeto, el cesante de la casa de los Miaus con el tacón comido, la vendedora de lotería, el mendigo, el hampón, el sablista, el pregonero y vendedor de baratijas que los franceses llaman camelot, el descuidero, el petardista, el que se calienta al sol». 
Además de esta colección de personalidades hubo otras, como los mozos de cuerda directores de la pintoresca agencia de colocaciones establecida en el puesto de periódicos de la visera. 
 
 
Agencia de colocaciones para el servicio doméstico 
Fácil era dar con el señor Bienvenido, Paco "el Troncho" y Salvador "el Charlot", mozos de cuerda e improvisados agentes de empleo que en la visera se les encontraba a cualquier hora del día y de la noche. En las siguientes fotografías podemos conocer a los citados. En la primera, a la izquierda, el veterano Bienvenido; en la segunda, al Troncho y al Charlot.
 
La agencia había sido fundada quizás antes de la inauguración del Hotel de París por otro mozo de cuerda, el señor Galo. Fallecido este, cogió la dirección el tal Bienvenido, acompañado en la gestión por los otros dos. 
 
 
Puesto de periódicos utilizado como oficina de la agencia en la visera de la Puerta del Sol

 
A diferencia de los mozos de cuerda convencionales, con sus uniformes raídos y sus cuerdas gastadas y sucias, estos tres lucían impecables, con raya en el pantalón, gorra de plato nueva y en su visera el reluciente número de matrícula que tenían registrado en la Dirección General de Seguridad. Esto, y la cuerda intacta, sin uso, colgada del brazo, demostraba que no daban palo al agua en su oficio. 
 
Los mozos de cuerda Paco "el Troncho" y Salvador "el Charlot"
 
Los flamantes directores se paseaban a la espera de la llegada de señoritas necesitadas de trabajo. Las ofertas de empleo eran variadas: colocaban cocineras, planchadoras, lavanderas, pinches, doncellas, niñeras… todo un abanico de posibilidades.
Las demandas provenían de los anuncios publicados en los periódicos que vendía en su puesto un tal Baltasar, seguramente adscripto a la agencia. 
 
A primerísima hora de la mañana los tres revisaban los tabloides y apuntaban las direcciones de los demandantes y el empleo que ofrecían. Después, a esperar la llegada de las cándidas mozas. 
En ocasiones era la propia muchacha la que daba información al decir que había dejado la casa de tal señora y buscaba otra. Los hábiles agentes, con mucho disimulo, apuntaban en un papelito el domicilio y sumaban así un puesto más a su lista. 
 
La agencia ya era famosa y llevar la recomendación de estos mozos de cuerda representaba plena garantía para ser aceptada en una casa. Las propias muchachas les hacían publicidad… gratis. 
 
 
El mozo de cuerda Bienvenido dialogando con las demandantes de empleo

 
Eso sí, nadie daba duros a pesetas. La comisión por facilitar un empleo se valoraba según el puesto. Generalmente cobraban la primera mensualidad percibida por la doméstica, pagada con prontitud, porque de no hacerlo así, ya no podían contar nunca más con la agencia. Si se retrasaba, los mozos se encargaban de buscarla para exigir el pago. 
El cierre de las negociaciones solía hacerse en una taberna de la calle de Alcalá, a la que la moza era invitada a un chato de vino, pero pagaba ella. 
 
Y la cosa no quedaba ahí. La agencia también tenía servicio de hospedaje. Si una muchacha había dejado una casa y andaba con su petate a cuestas, ellos se encargaban de averiguar si llevaba dinero; entonces, con el engaño de no disponer de una casa y un sueldo acorde a su valía, a la espera de un supuesto buen trabajo la hospedaban en una casa que tenían en el Puente de Segovia. Así lo ofrecían, con la escusa de que no anduviese por las calles como una cualquiera o yendo a parar a una casa de mala reputación. 
 
¡Menudos eran estos tres! El petate de la muchacha lo cargaban otros mozos de cuerda ayudantes de los agentes, a los que le pagaban la mitad de lo cobrado a la pobre inocente. Y en aquella casa de Carabanchel quedaba hospedada hasta que se le acababa el dinero. Entonces, y sólo entonces, los agentes le daban un papelito con las señas de su nuevo empleo. 
 
Así funcionaba la agencia de colocaciones de la visera de la Puerta del Sol, lugar hoy muy frecuentado por los entusiastas de la alta tecnología. 
 
Si arriba lució durante muchos años una botella de Tío Pepe, abajo destaca en la actualidad una manzana mordida.
 
 
 
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En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2021) "La visera de la Puerta del Sol, su estanco y la agencia de colocaciones", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/ ISSN 2444-1325

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© 2021 Eduardo Valero García - HUM 021-002 FOTOTECA
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ISSN 2444-1325



4 comentarios:

  1. Enhorabuena Eduardo, todo lo relacionado con La Puerta del Sol, me chifla.

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    1. Muchas gracias, Pablo Somoza Ortega. Veo que desde los 80 parte de tu vida se desarrolla en la Puerta del Sol ¡Muchas historias tendrás para contar! Un saludo

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  2. Interesante y muy bien documentado artículo, Eduardo.
    En parte me da rabia leer este tipo de artículos porque me dan a conocer la paulatina desaparición de los establecimientos de nuestro querido Madrid. En fin, "las ciencias adelantan que es una barbaridad" y este progreso, inexorablemente, también arrastra la historia comercial de los madriles.
    Un abrazo.

    Manu Romo

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    1. Muchas gracias por el comentario, Manu! No creas que a mí me ocurre lo contrario cuando cuento estas historias. Suma a la desaparición del establecimiento también la de su fisonomía; son pocos los locales que mantienen su fachada original. La fotografía fue un gran progreso; tú mismo retratas espacios y gentes que forman parte de nuestra idiosincrasia, ahí quedan para el futuro, como mis artículos, aprovechándonos de esta otra ciencia que es internet. Es algo de lo bueno que tiene el progreso ¡Menos mal!. Un abrazo!

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