viernes, 24 de febrero de 2017

Carnaval de Madrid, cien años atrás (1917)

Este viernes, 24 de febrero de 2017, se inaugura el Carnaval de nuestra ciudad. Como cada año y para la ocasión, Historia Urbana de Madrid revive los festejos del pueblo madrileño de cien años atrás.



Días frescos en Madrid durante la celebración de los Carnavales. Las temperaturas mínimas no superaban los 4º, ni las máximas los 14º. Como cada año, desde 1915, se cuestionaba esta fiesta debido a la triste situación que vivía Europa, sumida en la Gran Guerra. Pero como veremos a continuación, Madrid cumplió con la profana tradición y rindió culto al dios Momo con alabanzas a lo ridículo y grotesco.

De esta guisa se manifestaba la revista La Ilustración Española y Americana sobre el asunto de la guerra:
¿Es posible que ese insensato cascabeleo del loco Carnaval pueda dejarse escuchar dominando los estruendos de la gigantesca tragedia de que es teatro el mundo entero y cuyas derivaciones afectan incluso a los pueblos que pudieron conservar su condición de espectadores?
¿No significa un cruel sarcasmo esa fiesta de la alegría, cuando la muerte impera en todo el universo? […] ¡Triste carnaval este carnaval de 1917, dibujando un cuadro de colorines sobre un fondo gris de muerte y desolación!” [1]

Pero el pueblo necesitaba fiesta. Bastante complicada era la situación política y social como para hacer duelo por los vecinos europeos. Así, pues, comenzamos nuestro trabajo con las crónicas del Carnaval de hace cien años.





Carnaval de 1917
Aquel año las Carnestolendas se celebraron en febrero, los días 18 a 21. La flor y nata de esta villa y corte venía organizando desde enero sus tradicionales bailes de máscaras; lo mismo que los Centros sociales, la burguesía y el pueblo llano.

También en enero, el día 15, el Ayuntamiento acordaba no conceder licencias a las comparsas de hombres disfrazados de bandidos. Por otra parte, corría el rumor sobre la decisión del alcalde Ruiz Jiménez de ordenar que las máscaras no circulasen por el Paseo de la Castellana y Recoletos (que era lo habitual), sino por el Paseo del Prado, instalando las tribunas sobre el de "Tragineros". Afortunadamente esto último no se cumplió.




A propósito de los disfrazados de bandidos, el ingenioso José Pérez Zúñiga aprovechó la ocasión para dar rienda suelta a sus habituales críticas humorísticas:

“Señor alcalde mayor:
Acabo de averiguar
(y no ha podido tomar
una medida mejor)
que en los disfraces prohibidos
para las fiestas que vienen
figura el de los que tienen
el aspecto de bandidos.
¡Bastantes vemos hoy día
vestidos de caballeros
que son unos bandoleros!”


Días más tarde la Comisión municipal de Espectáculos anunciaba la prohibición de las citadas comparsas de bandidos, además de todas aquellas que “no fuesen de buen gusto” o que pudiesen relacionarse o hiciesen alusión a la guerra europea.

Además, acordaban la entrega de premios de 3.000, 2.000 y 1.000 pesetas a las carrozas más bellas y originales. También habría premios para las máscaras de a pié.

El día 17, por la noche, recorrió las calles de la ciudad una cabalgata que anunciaba los festejos.


Trenes baratos
La Compañía de los Caminos de Hierro establecía un servicio especial de billetes de ida y vuelta a precio reducido desde el día 18 hasta el 22 para los “Isidros” que venían a disfrutar del Carnaval de Madrid. Estaba destinado a los viajeros desde Valladolid y estaciones intermedias.
Por otra parte, la Compañía del Mediodía ofrecía el mismo servicio para los viajeros de Guadalajara, Aranjuez y Toledo.


Carnaval y comercios
En un Carnaval no puede faltar el confeti, las serpentinas y otras tantas cosas de arrojar; disfraces, caretas, antifaces y, cómo no, carrozas y coches engalanados. Muchos comercios e industrias ofrecían sus productos y servicios en esas fechas. Aquí algunos:















Días de Carnaval
Fueron días frescos pero soleados. Madrid amanecía con nieblas, pero Febo, o "Lorenzo", se dejaba ver a primera hora de la tarde para regocijo del pueblo fiestero.

La calle de Alcalá, Recoletos, Paseo de la Castellana y todas aquellas que confluían en el centro estaban atestadas de público y máscaras. La originalidad en los disfraces brilló por su ausencia; salvo algunas excepciones. Abundaron los trillados pierrots, zaparrastrosos, bebés, payasos (clowns, en esos tiempos), destrozonas y mamarrachos.




Aquel año las tribunas estuvieron muy animadas y se extendían desde la plaza de Colón hasta el monumento a Isabel la Católica. Eran las del Círculo de Bellas Artes, Casino Militar, Gran Peña, Centro de Hijos de Madrid, Círculo de la Unión Mercantil, Casas de Socorro de los distritos, Bomberos, Asilos municipales y Ayuntamiento. Las del Jurado y la Prensa estaban situadas junto al monumento de la católica reina.








Al atardecer comenzó el desfile. Veintiocho carrozas, veintidós coches adornados y multitud de máscaras de a pié discurrieron por el paseo.

Esperada y muy ovacionada fue la presencia de la infanta Isabel, acompañada de la inseparable señorita Juana Bertrán de Lis. La tan querida “Chata” no se perdía ninguna de las celebraciones y saraos de la sociedad madrileña. La gente se apiñaba junto a su coche y le lanzaban confeti.




El dibujante Marín retrató aquella escena con la exageración propia del caricaturista



También pasearon en sus coches, y por separado, las preciosas Pastora Imperio y La Goya, que fueron muy aplaudidas.

El Jurado, entre los que se encontraba nuestro respetado Antonio Casero, otorgó el segundo premio (2.000 pesetas) a la carroza titulada “Bodas de Camacho” y el tercero (1.000 pesetas) a la carroza “El Cigarral”. El primer premio quedó desierto, algo que fue muy criticado por ser injusto y por tener sólo una explicación: los recortes de hace cien años.









También hubo premios de 500 pesetas a carrozas, coches y máscaras. Nombrar a todos y cada uno de los premiados nos llevaría un tiempo, por eso hemos preferido ofrecer imágenes de cuan alegres y pintorescas eran. Las fotografías corresponden al reportero gráfico González, del periódico El Día.



















La nota curiosa del martes de Carnaval
El lunes 19 había llegado a Madrid un contingente de 238 indios ingleses y portugueses que iban de camino a Gibraltar para embarcarse rumbo a la india portuguesa. Fueron recibidos por el embajador inglés en la estación de Delicias y hospedados en el Palace Hotel. El aspecto de estos indios daba miedo; los clientes del Palace protestaron y los 238 fueron instalados en un solar de la calle Medinaceli. Entonces protestaron los indios, quienes, para evitar más escándalos, el día 20 fueron llevados a la estación del Mediodía a esperar allí la salida del tren.

Siendo sus vestimentas un tanto estrafalarias, con turbantes y zarcillos en las orejas, no llamaron la atención de los madrileños porque vieron el paso de los indios como si fuese un grupo más de disfrazados.





Bailes de máscaras
En los Círculos, Centros y casas aristocráticas se celebraban bailes de máscaras desde últimas horas de la noche y hasta despuntar el alba. Habitualmente no acababan antes de las cinco de la mañana y eran bastante animados.

A comienzos del siglo XIX estos bailes fueron prohibidos; ya lo habían sido en siglos anteriores. En 1834 volvieron a permitirse y la sociedad los recibió con gran aceptación. Así se fueron sumando a los celebrados en salones privados, teatros y casinos, una ingente cantidad de locales, destacando entre todos ellos el Capellanes. Su rival era el Circo de Paul de la calle Barquillo número 7.

Emilio Arrieta en 1864 escribe para una obra definida como “revista cómico-lírica-fantástica”, una habanera que decía:

“No me lleves a Pol (sic)
que me verá papá.
Llévame a Capellanes
que estoy segura que allí no va."


Las columnas de sociedad de los periódicos anunciaban primero los bailes más postineros y al día siguiente publicaban un relato pormenorizado de lo bien que se lo habían pasado condes, marqueses, grandes y pequeños de España y señoras y señoritas de la clase más acomodada. Hasta se hacía una descripción detallada de sus disfraces.


En los teatros
Famosos eran los bailes de máscaras celebrados en el Teatro de los Caños del Peral, reinando Carlos III. El propio Giacomo Casanova había asistido cuando anduvo haciendo de las suyas por la villa y corte en 1767, y se quedó maravillado con el baile de moda: el fandango.

En 1917 teatros como el Español, Comedia, Zarzuela, Lara, Eslava, Infanta Isabel, Apolo, Cómico, Reina Victoria, Álvarez Quintero o Barbieri, ofrecían funciones por la tarde y noche; después, a partir de la una y media de la madrugada, inauguraban sus bailes.

En el cartel del Teatro Eslava un retrato de la actriz Luisa Puchol con disfraz propio del día domingo de Carnaval. La fotografía es de Larregia.





Disfraces
Las revistas de moda marcaban la pauta para los bailes de máscaras, basándose siempre en los cotilleos de la alta sociedad o las tendencias francesas e italianas.
Para 1917 se ofrecían los siguientes modelos:











Sin entierro de la sardina
Había llovido mucho en Madrid durante enero y también los días previos a Carnaval. La Pradera del Corregidor, lugar donde desde 1916 se celebraba el entierro, estaba casi inundada, más no era este el motivo de su supresión porque hasta allí se acercaron los madrileños para disfrutar del concurso de disfraces infantiles.

Las siguientes fotografías, de Salazar, muestran el aspecto que tenía el "aprendíz de río" después de las lluvias. La crecida destruyó la pasarela de reciente construcción que estaba frente a la Pradera del Corregidor.




De un plumazo el Ayuntamiento había suprimido la celebración del “sepelio de la raspa” sin mayores explicaciones. Y es que desde sus inicios, este festejo que es colofón de los Carnavales, fue blanco de las críticas. Alguno dijo, con el tono gracioso del madrileño en fiesta, que si la supresión era por motivos económicos. “¡Haber enterrado siquiera un boquerón!
No hubo sardina, pero el pueblo continuó con la tradición de ir a la pradera para continuar con la juerga. Allí también hubo jurado y concurso de comparsas, carrozas y disfraces, pero de premios más humildes: 50, 25 y 10 pesetas.

Los niños iban disfrazados, practicando para su celebración particular del domingo de piñata.





Así fue y así vivieron los madrileños de hace cien años el Carnaval. Fiesta pagana que sufrirá prohibiciones a lo largo de su historia, hasta quedar suprimida por completo en varias ocasiones, como durante la dictadura de Primo de Ribera y al acabar la Guerra Civil.
Madrid hará un esfuerzo por recuperarlo en la década de los ochenta del pasado siglo, y desde entonces continuamos con su celebración, con mayor o menor brío.

Nosotros nos quedamos preparando el disfraz de "destrozones", llenando huevos con líquidos olorosos y preparando "mazas" para "dacar".


¡Feliz Carnaval!



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Bibliografía
Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor.

[1] Cangas Argüelles, Ángel. Crónica general. La Ilustración Española y Americana. LXI (VI) p. 82. Madrid, 15 de febrero de 1917

En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2017) "Carnaval de Madrid, cien años atrás (1917)", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/ ISSN 2444-1325

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© 2017 Eduardo Valero García - HUM 017-001 CARNAVAL
Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325