viernes, 17 de junio de 2022

Los porteros madrileños (IV) Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos (1929)

El 1º de mayo de este año 2022, todas las antiguas Sociedades de porteros de Madrid renacieron simbólicamente en la pancarta de la Asociación de empleados de fincas urbanas de la Comunidad Autónoma de Madrid (EFUCAM) durante la marcha del Día internacional de los trabajadores. La lucha y logros de las porteras y porteros de otras épocas se veían representados, después de muchos años, en la figura de sus iguales del siglo XXI. 
 
En esta cuarta parte de los Porteros madrileños nos ocuparemos de la segunda y principal Sociedad de porteros, fundada en 1929 para defender los intereses de estos trabajadores ante el cambio de rumbo de “La Honradez”. A diferencia de esta, fundada en 1891 para el socorro mutuo y la beneficencia, la que hoy conoceremos deriva de la Sociedad de Profesiones y Oficios Varios, cuya finalidad era la de aglutinar a todo tipo de trabajador por el bien común.
 
 
La Sociedad de Profesiones y Oficios Varios, del Centro de Sociedades Obreras, con domicilio en la calle Jardines, 20, venía de la Sociedad de Oficios Varios, constituida a finales del siglo XIX y de carácter gremialista. En marzo de 1895 sus miembros se reunían con el objeto de «Crear dentro de la Sociedad una sección de propaganda, en la que puedan ingresar Individuos de todas las profesiones y oficios y de todas las ideas políticas que aspiren al mejoramiento de la clase trabajadora, hasta lograr su completa emancipación». 
Con ayuda de la Sociedad, la nueva sección tendría autonomía para reunirse en diferentes puntos de Madrid, además de un local en el Centro de Sociedades Obreras. Este Centro, que como dijimos estaba en la calle Jardines, se trasladará en noviembre de 1898 a la de la Bolsa, 14, principal. Poco después, en enero de 1899, Pablo Iglesias dará un discurso en ese local aconsejando a sus correligionarios dejar «el retraimiento para mezclarse en la vida política del país». 
 
La noche del 24 de enero de 1900 se verificará la inauguración de la nueva sede de la Sociedad en la calle Relatores, 24, principal. Fue allí donde nació en 1906, a iniciativa de la Sociedad de albañiles “El Trabajo”, la idea de adquirir un local en propiedad para su domicilio social. 
El 2 de agosto de 1907, ante el notario Rafael Martínez, una Comisión de cuarenta y cinco sociedades obreras compraban para esa finalidad una finca de la calle Piamonte. 
 
 
Casa del Pueblo 
Por ironías de la vida, los obreros del siglo XX adquirirán parte de la propiedad que en el siglo XVI había cedido Carlos I de España al III Condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza, por vencer a los Comuneros de Castilla. Entre los títulos de este señor estaban los de IV conde de Haro y II duque de Frías. 
 
El Emperador Carlos I le otorgaba "… una casa con huerta y jardín, a una calle que le dicen del Barquillo, cuya casa estará libre de toda clase de impuestos y contribuciones creados o por crear, incluso el de aposentamiento de huéspedes...". 
 
El ducado de Frías tuvo un rancio linaje, comprendido por la casa de los Fernández de Velasco, la de Pacheco Téllez-Girón y la de Soto, emparentadas a su vez con el ducado de Béjar a través de las casas de Zúñiga, de Osuna (Téllez-Girón) y Roca de Togores. 
 
En la siguiente imagen podemos ver el plano de fachada del palacio en 1807; para entonces propiedad del XIII duque de Frías, XIX conde de Luna, IX duque de Uceda y XVII conde de Haro, Diego Pacheco Téllez-Girón Fernández de Velasco y Enríquez. 
 
 

 
Cien años más tarde, se convertiría en la Casa del Pueblo con la compra de parte de la propiedad a Jaime Tirso Roca de Togores y Téllez-Girón, XVII duque de Béjar, emparentado con el ducado de Frías y otras personas que —según publicaciones antiguas— figuraban en la escritura; sean estos el “marqués de Peñafiel, condesa de Melgar, condesa de Oliva y condesa de Luna”.
 
 
 
El número 2 de la calle Piamonte fue dado de alta en el callejero madrileño el 1º de enero de 1874. 

En la Gaceta de Instrucción Pública y Bellas Artes del 5 de noviembre de 1908, la Asociación Nacional de Magisterio Primario ponía como ejemplo para sus socios el gran esfuerzo realizado por las Sociedades obreras para tan noble causa: 
«Dentro de muy pocos días leeréis en los periódicos que se ha inaugurado en Madrid la “Casa del Pueblo”, nombre modesto que encubre la realidad suntuosa de un soberbio, magnifico edificio, cuya adquisición ha costado muchos centenares de miles de pesetas. Pues bien; sabed que esa fortuna ha sido reunida por la acumulación de fondos sobrantes de varias Sociedades obreras, que no por ello han desatendido sus fines sociales, y cuyos asociados, que no son más ricos que nosotros, pagan con mucho trabajo, y algunos con grandes privaciones, sus pequeñas cuotas».
Y así fue como quedó inaugurada la noche del 28 de noviembre de 1908, presidida por Mariano Galán Sabina, del Gremio de carpinteros. En el acto dieron sendos discursos el socio número 1 del Arte de Imprimir, Medardo Estada; el compañero Saturnino González, de la Sociedad de Albañiles "El Trabajo"; el tipógrafo portugués Agedo Gnecco, y Francisco Mora, que pertenecía a la Internacional. 
El último en hacerlo fue Pablo Iglesias, arengando a los obreros a «que no se debe descansar en la lucha, para la que no hay edades», incitándoles a que «se instruyan y se eduquen, a fin de poder ejercer la acción política». 
 
Miguel Salvador, presidente de la Universidad Popular, y el maestro Villar interpretaron con gran maestría, a cuatro manos en el piano, la obertura Egmont (Beethoven) y Kaiser mach, de Wagner entre otras obras del repertorio en el que estuvieron acompañados por la cantante Amparo Moreno. 

Será en la Casa del Pueblo donde comience la historia de la Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos. 
 
 
Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos 
De la citada Sociedad de Profesiones y Oficios Varios nace el 20 de octubre de 1929 la Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos, con 753 afiliados. El acto de constitución se celebró en el salón terraza de la Casa del Pueblo. 
 
El 7 de noviembre, el periódico La Libertad publicaba la carta recibida de la nueva Sociedad de porteros. En ella manifestaban: 
«Se ha constituido legalmente en Madrid una Sociedad de Porteros para la defensa de nuestros derechos.
Un grupo de porteros hemos dado comienzo a la tarea de organizarnos, y ya está conseguido el propósito.
Al igual que todos los trabajadores, los porteros de fincas urbanas necesitamos una organización que sea portavoz de nuestros derechos, que procure mejorar nuestra situación. 
La legislación social en nuestro país nos reconoce a los que vivimos de nuestro trabajo el derecho a asociarnos, y, amparándonos en la ley, nos hemos constituido. 
Queremos que nos alcancen los beneficios de los Comités paritarios. 
Queremos alcanzar los beneficios de la ley de Accidentes del trabajo. 
Queremos que se nos Incluya en la ley del Retiro obrero. 
Queremos, en fin, conseguir una situación mejor que la presente, y creemos que si los porteros todos se dan cuenta de su situación, pensarán como los que hemos organizado la Sociedad. 
¡Camaradas porteros! La Sociedad de Porteros es un hecho real, y tiene ya aprobado su reglamento por la autoridad. 
Estamos conviviendo con nuestros hermanos los trabajadores, pues nuestra Sociedad está domiciliada en la Casa del Pueblo, y en el reglamento se declara que hemos de pertenecer a la Unión General de Trabajadore. 
¡Porteros de Madrid! Venid todos a la Sociedad. Os esperamos con los brazos abiertos, pues con la unión de todos hemos de conseguir tener salvaguardados nuestros derechos. Así lo espera de todos. La Junta directiva. 
El domicilio de esta Sociedad está situado en la Casa del Pueblo, calle de Piamonte. 2, secretaria número 14.» 
Comenzaba así un largo periodo de lucha obrera que se estrenaba con la protesta por el horario de cierre de los portales, el horario nocturno del alumbrado de las escaleras y funcionamiento de ascensor ordenado por el Ayuntamiento, cuyos afectados directos eran los porteros madrileños. 
 
El 17 de octubre de 1930, a escasos días del primer aniversario de su constitución, la Junta directiva enviaba una senda nota a la prensa en la que, con inteligente ironía, parecían estar a favor de la ordenanza municipal; sin embargo, se descolgaban con razonamientos como estos: 
«… en cuanto al cierre de los portales, francamente creemos que se va a dar una mejora a los inquilinos que no es tal mejora, pues el problema está completamente resuelto en cuanto la iluminación de las escaleras después del cierre de los portales sea un hecho, pues todo quedaría reducido a la pequeña molestia de abrir la puerta, molestia que queda muy reducida en las casas de nueva construcción, porque las cerraduras son de llave pequeña, que puede llevarse sin molestia en el bolsillo, y, sin embargo, si se cierran los portales una hora más tarde es una hora más de jornada que al portero se le aumenta, y téngase en cuenta que la compensación de que ha hablado la Prensa de que los dueños subirían el sueldo mensual, o que los inquilinos dieran una mayor gratificación, no deja de ser un buen deseo; pero la realidad es otra, pues, en general, los porteros estamos muy mal pagados, y en cuanto a las gratificaciones, somos enemigos de este sistema de retribución, que aparentemente es muy remunerador, pero que en la realidad no ocurre así». 
«Nosotros creemos, pues, que el Ayuntamiento debe acordar que los ascensores funcionen toda la noche; con la garantía debida, pues hay medios para ello, y que las escaleras tengan luz a disposición de los inquilinos una vez cerrado el portal; pero que no debe acordar cerrar los portales más tarde, porque eso obliga a los porteros a una jornada extenuadora. 
Ya sabemos nosotros que hay, generalmente, una opinión contraria a este deseo; pero precisamente por esto tenemos que lamentarnos que esa misma opinión no conozca y apoye las peticiones que llevamos al ministro del Trabajo, consistentes en que se cree un Comité paritario o un organismo en el que se elaboren, con la intervención de los porteros, las condiciones de trabajo de estos y todo lo relacionado con los accidentes de enfermedad y mala vivienda, pues en la actualidad no tenemos ningún derecho y sí todos los deberes, como lo prueba que ahora mismo en el Ayuntamiento se haya abordado nuevamente el problema; se haya oído el criterio favorable del cierre a las once de la noche; se atienda a la Cámara de la Propiedad Urbana cuando plantea alguna petición, y, sin embargo, no se ha tenido en cuenta a nuestra sufrida clase, que presta, sin embargo, servicios de importancia, aunque muchas veces somos escarnecidos y también injuriados, y no se tiene en cuenta ninguno de estos servicios».
El Comité paritario se hizo realidad el 7 de agosto de 1931 con la disposición del ministro de Trabajo, Francisco Largo Caballero. La Orden fue publicada en la Gaceta de Madrid, número 221, del 9 de agosto. 



[Origen del documento: Agencia Estatal del Boletín Oficial del Estado]
 
 
Como no podía ser de otra manera, aquello se celebró con una suculenta merienda.


 
El 9 de marzo de 1933, Casimiro Calderón, secretario de la Sociedad, en representación del Comité de vocales obreros del Jurado mixto de porteros, anunciaba: 
«Ponemos en conocimiento de todos los porteros madrileños que en el pleno celebrado por el Jurado mixto el día 8 del actual, y con el fin de aclarar algunos puntos de las bases que a los señores propietarios ofrecían dudas, tomó los acuerdas siguientes: 
1. Ningún propietario podrá alegar como causa justificada de despido el que un portero no esté constantemente prestando servicio cuando éste viniera siendo desempeñado por mujer con anterioridad a las bases. Es decir, que las porterías de mujer seguirán siendo desempeñadas por mujeres, cualquiera que sea el sueldo que les corresponda con arreglo a las bases. 
2. Que no podrán los propietarios cobrar alquiler por casa a los porteros. Es decir, que seguirán disfrutándola completamente gratuita. 
3. Que los propietarios no podrán prohibir tomar propinas de los inquilinos, y que cuando se produzca despido, éstas se considerarán como parte integrante del sueldo a los efectos de la indemnización». 
Los acuerdos tomados no tardaron en crear conflictos con la Cámara de la Propiedad Urbana, que comunicaba a los propietarios y porteros su disconformidad con los acuerdos adoptados por los vocales obreros y el presidente del Jurado, mostrada con la abstención y protesta de los vocales patronos. Para la Cámara constituían modificaciones fundamentales de las bases de trabajo, y como su adopción implicaba una extralimitación de facultades cometida por el Jurado mixto, eran jurídicamente nulas y contra ellas interpondrían los recursos que las leyes autorizaban. 
Por otra parte, algunos propietarios, como el de la calle Ferraz, número 73, había agredido a su portera y tratos vejatorios hacia su portero la ex condesa de Alpuente. 
 
 
La situación en 1934 y después 
Para resumirlo, aquel año trajo una huelga general y la insurrección obrera derivada del nuevo Gobierno de la Segunda República, del que formaban parte tres miembros de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). La situación se tornó muy complicada y la Sociedad de porteros tuvo que cancelar la celebración de Juntas. 
 
Hubo muchas detenciones, principalmente en las Casas del Pueblo de casi todas las ciudades españolas, incluso con declaraciones de pena de muerte, condena reinstaurada por el nuevo Gobierno.
Recomendamos la lectura del artículo que Sandra Souto Kustrín (Instituto de Historia, CSIC) elaboró para Solidaridad Obrera. 
 
La clausura de la Casa del Pueblo de Madrid y la detención de su Junta administrativa por haberse hallado en su interior un alijo de armas, obligó a que las Sociedades buscaran otros espacios para sus futuras reuniones; la Sociedad de porteros lo hizo en un local de la calle Augusto Figueroa, 29. 
Desde aquel domicilio, en 1935 la nueva Junta directiva de la Sociedad ratificará su adhesión a la Unión de Trabajadores de España (U.G.T.) y a la Junta administrativa de la Casa del Pueblo. Y también desde allí solicitarán los indultos de pena de muerte para varios obreros de toda España, en nombre de los 7.119 afiliados que la integraban. 
 
Las historias son cíclicas. Con mayor o menor semejanza, las ideologías políticas defienden a unos u otros, y en aquellos años la clase obrera no era la más beneficiada. 
 
 
Los Jurados mixtos de la Segunda República que aparecen en la noticia como de “Higiene”, también lo eran de porteros (Jurado Mixto de Servicios de Higiene y de Porteros). 
Independientemente de los Tribunales de Trabajo, los Jurados mixtos buscaban la mejora de las condiciones de trabajo, del poder adquisitivo de los trabajadores y las negociaciones colectivas, entre otras cuestiones. Sus capacidades conciliadoras fueron perdiendo fuerza a partir de 1934. 
 
El ambiente conflictivo que reinaba en aquellos años de politización del trabajo queda patente en la siguiente protesta de la Sociedad de porteros publicada en 1936.


 
Desbarajuste sindical
La tarea de investigar es ardua y en ocasiones farragosa. Si a esto sumamos el periodo comprendido entre 1936 y 1939, cuando España se vio inmersa en una Guerra Incivil, la situación se complica. Se produce un desmembramiento de la información y el hilo conductor de la investigación se entremezcla en la madeja con otros hilos. Así, lo que hasta principios de 1937 continuaba siendo la Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos se deshilacha y aparecen otros hilos; algunos identificables con un cambio de denominación, como es el caso del Sindicato de porteros (U.G.T.), que es el mismo. 
 
Del año 1939 es este anuncio en el que aparece con su denominación original. 


Otros pueden ser identificados como una separación de afiliados que conformarán la Unión Profesional de porteros y similares, de carácter puramente profesional y apolítica, constituida en septiembre de 1935 y con domicilio social en la calle Sacramento, 5. 
 
 
Los porteros y las Administraciones de fincas durante la Guerra 
El Portal de Archivos españoles (PARES) guarda al menos 17 cartas de la Sociedad de porteros de Madrid y sus contornos relativas a diferentes personas y fechadas entre enero y marzo de 1938. Tengamos en cuenta que las brigadas milicianas contaron con los porteros como ayuda para las operaciones de represión. 
 
Cuando se crearon los Comités de vecinos, en muchas ocasiones los empleados de la finca fueron necesarios por sus conocimientos previos sobre los habitantes del edificio. 
 
En los artículos anteriores de esta serie, titulada Los porteros madrileños, hemos conocido la animadversión que muchos tenían hacia la figura de los porteros desde el siglo XIX, independientemente de que fueran serviciales, educados y responsables o unos holgazanes, unos cotillas o seres alcoholizados y despreciables. Todos a la misma bolsa; exactamente igual que ocurrió cuando a la gran mayoría se les asoció con el Terror Rojo. 
Desde aquel momento, y por muchos años, la figura castiza y sainetera de las porteras y los porteros fue demonizada con exageración hasta mucho tiempo después de finalizada la contienda. 
 
El Juzgado Especial de Porteros se encargaría de depurar responsabilidades y hacer lo propio que antes se había hecho: obtener información sobre los vecinos, pero ahora del bando contrario. 
 
¿Juzgaremos nosotros las circunstancias que los llevaron a proceder de aquella manera? Desconociendo cada caso y los motivos que les convirtieron —una vez más— en policías de uno u otro Estado, no debemos culpar ni absolver, ni tampoco trasladar la ira o la conveniencia política a estos trabajadores, tal y como lo hicieron muchos escritores. 
 
En este sentido, la literatura de posguerra dejó infinitos ejemplos que continúan siendo un estigma para los empleados de fincas urbanas del siglo XXI. Quizás ahora más, con la reciente publicación del libro titulado Vecinos de sangre. Historias de héroes, villanos y víctimas en el Madrid de la Guerra Civil. 1936-1939, de Pedro Corral, quien sigue la estela de otros autores afines a su ideología. 
 
El hispanista Marco da Costa, de la Izmir University of Economics (Turquía), en su trabajo titulado Cuando el portero de edificio no daba ni los “buenos días”: una figura deshumanizada del terror rojo [1] cita a varios autores y ofrece fragmentos literarios como los que seleccionamos: 
«… vagos, con calefacción y sin hacer más que leer el periódico, y alfombras, y a las diez, al teatro o a dormir… Propinas, trajes, cosas a granel; venga chupar de los inquilinos… Proletarios, ¿de qué? Yo sí que era un proletario: ocho horas de manivela de tranvía…» 
Borrás, T., Checas de Madrid, Madrid, Escolar y Mayo editores, 2016 [1939], p. 91.
«¡Los porteros! Otra calamidad venenosa al igual de las víboras. Por venganza o resentimiento, la denuncia era lanzada sobre el tranquilo hogar, que casi acto seguido era saqueado y llevados a la muerte sus moradores. Las denuncias se aceptaban sin pruebas de ninguna clase. Solamente bastaba hacerla. Toda clase de derechos sobre la propiedad o la misma vida habían quedado nulos. El terror imperaba por el terror». 
López de Medrano, L., 986 días en el infierno, Madrid, Imprenta y Litografía del Asilo de Huérfanos del Sagrado Corazón de Jesús, 1939, p. 84. 
¡Ni tanto ni tan calvo! podríamos exclamar. Siendo cierto en alguna medida, el texto de López de Medrano no hace otra cosa que disimular aquello que también sería un hecho y con idénticas consecuencias después de la guerra. En esto estará involucrado el Sindicato Vertical. 
 
Muchos porteros se vieron obligados a esconder su ideología política y creencias por el sólo hecho de no perder su trabajo. Claro ejemplo de ello lo vemos a continuación al hablar de los administradores de fincas. Estos sumaron a su trabajo habitual el de gestionar propiedades incautadas. 
 
La Orden ministerial del 8 de agosto de 1937 establecía la organización de las Administraciones Especiales de Fincas Urbanas y Solares Incautados, lo que comprometía a los porteros en tareas especiales además del riesgo de ser despedidos. 
 
Una modificación de esta Orden, publicada en la Gaceta de la República del 28 de febrero de 1938, daba cuenta de la difícil situación de los empleados de fincas urbanas. 
Artículo 4º - Punto 5º 
La formación de las propuestas del personal de porteros de las fincas urbanas y solares incautados, las cuales, con la conformidad de los Administradores Especiales, se remitirán a la Dirección general de Propiedades y Contribución Territorial para su resolución oportuna, proponiendo los citados Administradores las medidas transitorias que fueren necesarias para que no queden abandonados estos cargos mientras no recaiga resolución definitiva. Los porteros que existan en la actualidad serán respetados, salvo que se demuestre su deslealtad al régimen, siendo necesario, para cubrir las vacantes que se produzcan, que los aspirantes estén avalados política o sindicalmente.
Punto 6º 
Bajo su inmediata dilección se formará un fichero de porteros en el que se destinará una ficha a cada uno de ellos, expresando su nombre, apellidos, fincas, números de teléfono, cantidad o cantidades a percibir según contrato, condiciones especiales del mismo, su firma y rúbrica y, en general, todos aquellos datos que se consideren precisos, entregándose a cada portero una tarjeta de identidad con los que se consideren necesarios. 
Como contrapunto, con la entrada del Ejército en Madrid en marzo de 1939, comenzaba otra depuración. Los porteros debían rellenar un formulario juntamente con algunos inquilinos, con la finalidad de obtener información para el procesamiento de culpables. 
El llamado en un primer momento Juzgado Especial de Porteros cumplía esa función documental. 
 
El formulario tenía carácter interrogatorio para los porteros y de declaración jurada para los inquilinos. Los porteros estaban obligados a declarar por escrito ante los inquilinos, quienes podían ratificar o refutar la información dada por este. Si en 48 horas no era cumplimentado y entregado a las autoridades militares, se incurría en delito de rebelión militar, actuando la autoridad de forma inmediata. 
 
Después de facilitar sus datos personales, correspondía a los porteros responder entre nueve y doce preguntas. La primera de ellas era facilitar las señas del dueño del edificio y del administrador de la finca. La segunda, la fecha desde que ejercían de porteros. 
La tercera iba encaminada a la recopilación de información sobre los hechos delictivos ocurridos en el edificio y sus autores. 
La cuarta estaba relacionada con el comportamiento del servicio doméstico. 
A partir de la quinta pregunta comenzaba la propia confesión, indicando si había pertenecido a algún partido del Frente Popular o, como en la séptima, su participación en tribunales, comités o milicias. 
En la sexta debía detallar su comportamiento durante la contienda y en la octava citar los nombres de personas que avalaran ese comportamiento, a sabiendas de que la información sería leída por los inquilinos. 
La novena era un espacio extra para que completase la información anterior con “algo más”. 
 
El cuestionario a los inquilinos iba directamente asociado al comportamiento del portero y entre sus preguntas estaban la de informar de los actos violentos sufridos por los vecinos; aportar datos sobre sus convecinos y los ajenos a la casa; añadir todos los datos posibles que fueran de utilidad para procesamientos; facilitar los nombres de testigos y, fundamentalmente, dar o no veracidad a lo declarado por el portero, su posible participación como delator o autor material, además de su conducta social y política. Esto se hacía extensible al servicio doméstico. 
 
La cuestión es que con este tipo de informes fueron muchos los porteros represaliados, sustituidos en la mayoría de los casos por los miembros del Cuerpo de Caballeros Mutilados, encargados de una segunda depuración. 
Los porteros cuya adhesión al régimen quedaba probada era bien recibida y acogidos con entusiasmo porque se unían a los procesos depurativos. 
 
Del trabajo realizado por Daniel Oviedo Silva (University of Nottingham) y Alejandro Pérez-Olivares (Universidad Complutense de Madrid), titulado ¿Un tiempo de silencio? Porteros, inquilinos y fomento de la denuncia en el Madrid ocupado [2], hemos recogido el cuestionario que precede, correspondiente a los conservados en el Archivo Histórico Nacional. 
 
Llegados a este punto, la Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos, que en 1939 hubiera celebrado el décimo aniversario de su creación, se diluye en este entramado de sucesos narrados. Desconocemos cuántos de sus afiliados fueron muertos, procesados o exiliados, independientemente de su afinidad con la República o el Régimen. 
 
Finaliza la historia de esta Sociedad con una breve introducción a la situación de los empleados de fincas urbanas a partir de la década de los cuarenta y la creación del nuevo gremio que los representaba, dependiente del Sindicato Vertical. Queda así la puerta abierta para un nuevo artículo en el que conoceremos más detalles.


Gremio de Porteros de Fincas Urbanas
Para ubicarnos en el tiempo, nos remontamos al domingo 21 de enero de 1940 y la imponente nevada que cayó en Madrid. Las autoridades competentes anunciaron que los porteros que no limpiaran las aceras serían sancionados. Esto nos recuerda la labor realizada por los porteros del siglo XXI y su actuación durante el temporal Filomena. 
 
Una noticia publicada en Hoja del Lunes del 20 de mayo de 1946 daba cuenta de la constitución de la Junta directiva del Gremio sindical de porteros de vecindad madrileños, dependiente del Sindicato Provincial de Actividades Diversas. Poco después pasará a denominarse Gremio de Porteros de Fincas Urbanas


 
En 1949 eran obligados a denunciar en declaración jurada detallando los perros que existían en las fincas a su cargo, con los nombres de los dueños y piso en que habitaban. Decía la Orden municipal: «Serán responsables y sancionados caso de comprobarse posteriormente cualquier ocultación».
 


 
Las Navidades de 1950 en los salones de la Central Nacional Sindicalista (Sindicato Vertical) se verificó un reparto de 33.000 pesetas en víveres entre los 250 afiliados más necesitados del gremio de porteros. 
 
Aunque para algunos autores el patrono de los porteros es el “Santo Ángel de la Guarda”[3], aclaramos que se refieren a los porteros municipales. Los porteros de fincas celebraron el 29 de junio de 1952 en la iglesia de San Martín la festividad de San Pedro, su patrono. Al acto asistieron representantes del Sindicato de Actividades Diversas de Madrid y otras jerarquías sindicales. 
 
Los porteros, como los gremios antiguos, también tenían su Hermandad, que era la de la Inmaculada y San Pedro. Ese mismo día se reunieron en la Casa de Hermandades, que estaba en la calle Juan de Austria, número 9, para celebrar una misa de comunión seguida de un desayuno y festival artístico. 
 
En 1954 este gremio, conformado por porteros, conserjes y similares, contaba con 15.000 afiliados. 
 
Para concluir, haremos referencia a los 33.000 porteros que había en Madrid en 1955. Debemos aclarar que en otras fuentes consultadas, la cifra desciende 26.000; en todo caso, podemos ajustarnos al nada despreciable número de unos 30.000 porteros. 
Por sus sueldos, se dividía los en tres categorías: los que ganaban poco, los que ganaban menos, y los que ganaban peor… Siempre ha habido clases. 
 

 
 
La mañana del 9 de enero celebró en la Cámara Oficial de la Propiedad Urbana la entrega del “Premio Simpatía y Amabilidad del Portero”, instituido por el Sindicato Nacional de Actividades Diversas. 
El galardonado fue don Matías Tejela Fragoso, portero de la casa 60 de la calle José María López, quien recibió de manos de don Ángel Sabador, jefe del Sindicato Nacional, un diploma y 500 pesetas; cantidad nada despreciable teniendo en cuenta lo que ganaban, pero tampoco como para superar el sueldo de los porteros llamados de “primera categoría”, cuya mensualidad era de 690 pesetas. 
Los de “segunda categoría” abarcaban un gran sector y eran los que cobraban entre 250 y 300 pesetas. Aún incluyendo propinas, estos porteros se veían obligados a ayudarse con otra profesión. 
Los de “tercera categoría” representaban el 70 % de los porteros de Madrid, con un sueldo que oscilaba entre las 75 y las 125 pesetas, con 16 horas de servicio continuado y con la exigencia de presencia en la portería. 
 
Con estos datos e historias concluye el presente artículo y da paso al siguiente, en el que conoceremos la evolución del Gremio de Porteros de Fincas Urbanas. 
 
 
El autor del presente trabajo sólo ha tenido el interés de recuperar una más de las sociedades de porteros madrileños que existieron y las vicisitudes que el gremio tuvo que afrontar durante aquellos años, como lo hizo con los de siglos anteriores. Por consiguiente, no es su voluntad abrir o cerrar heridas, ni la de justificar nada de lo ocurrido y mucho menos la de mostrar tendencias ideológicas.
 
Sirvan estos artículos, desde el primero hasta el presente, como comparativa de la vida y circunstancias de los porteros de antes con la de los porteros del siglo XXI y sus reivindicaciones. 
 
Eduardo Valero García 
madridblog@gmail.com
 
 
Artículos anteriores de la Serie: Los porteros madrileños
 


 
Bibliografía y Cibergrafía
 
Fuentes consultadas y citas:

[1] DA COSTA, Marco, Cuando el portero de edificio no daba ni los “buenos días”: una figura deshumanizada del terror rojo. BROCAR, 44 (2020): 67-89. DOI: http://doi.org/10.18172/brocar.4514

[2] OVIEDO SLIVA, D. y PÉREZ-OLIVARES, A. ¿Un tiempo de silencio? Porteros, inquilinos y fomento de la denuncia en el Madrid ocupado. Ediciones Universidad de Salamanca / CC BY-NC-ND. Stud. hist. Hª cont., 34, 2016, pp. 301-331 ISSN: 0213-2087
 
[3] El Santo Ángel de la Guarda es el patrono de los porteros del Ayuntamiento de Madrid. En 1605 los porteros municipales fundaron la ermita del Santo Ángel, situada donde hoy se encuentra la Iglesia de Santa Cristina, y llevaron allí la imagen del Ángel de la Guarda que hasta 1582 había estado en la Puerta de Guadalajara.

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miércoles, 30 de marzo de 2022

Los porteros madrileños (III) Las Sociedades de porteros de Madrid. “La Honradez” (1891)

Antes de la Revolución industrial y la economía capitalista, los trabajadores se asociaban en Gremios reguladores de la actividad artesanal de un oficio determinado. Muchos de estos antiguos Gremios fueron desapareciendo entre los siglos XVII y XVIII, y definitivamente en el siglo XIX. La paulatina industrialización y, en consecuencia, la proletarización, fomentaron el nacimiento de las asociaciones de trabajadores. 

Hubo que esperar hasta las postrimerías del siglo XIX para que los porteros madrileños tomasen la iniciativa de agruparse y constituir la primera Sociedad del sector —en parte comparables a las antiguas Hermandades—, con la finalidad de ampararles y cubrir sus necesidades más urgentes. 

La gran variedad de porteros y ordenanzas que existieron en lo público y privado llevaron a la creación de nuevas Sociedades en el siglo XX. Ya conocimos en nuestro primer artículo a los porteros de la Real Biblioteca en el siglo XVIII, pero también estaban los de los Ministerios y los de las casas aristocráticas. Para estos dos últimos se crearon la Asociación General de Porteros de Ministerios Civiles de España (1925) y el Sindicato Católico de Sirvientas y Porteros (1917), respectivamente.  

Los empleados de fincas urbanas del siglo XXI, huérfanos de patronal y sindicato propio, intentan seguir los pasos de sus antecesores aglutinándose en una asociación moderna e identificativa del Gremio al que pertenecen. Un logro que se consolida con la creación de la Asociación de Empleados de Fincas Urbanas de la Comunidad Autónoma de Madrid (EFUCAM), primera en el Madrid de este tercer milenio constituida íntegramente por trabajadores del sector. 

 


 
En esta tercera parte de Los porteros madrileños conoceremos la primera de las dos principales sociedades que formaron parte de la actualidad matritense de otros tiempos. En todo caso, omitiremos referencias al Sindicato Independiente de Trabajadores de Fincas Urbanas (SITFU), ya desaparecido, por no ser el cometido este capítulo. 
 
 
Sociedad de porteros de Madrid “La Honradez”. 
Primeros años.
En febrero de 1891 un grupo de trabajadores del sector celebraban Junta en la que quedaba constituida legalmente la Sociedad de socorros mutuos denominada “La Honradez”, después de haber recibido del gobernador civil la aprobación de sus Estatutos y reglamento. 
 
La Honradez tenía por objeto «estrechar los vínculos de compañerismo entre los individuos de la clase con auxilios en casos de enfermedad, fallecimiento y cesantía». 
Sin sede social en sus inicios, los porteros de la villa y corte podían hacerse socios en las porterías de la plaza de Celenque, 3, y de la calle conde de Aranda, 5. 
 
El domingo 16 de agosto del mismo año, en el café de la calle Barrionuevo, número 8, se celebró la Junta general por la que quedaba definitivamente constituida su directiva. Estos son los nombres de los pioneros fundadores:
 
Presidente: Natalio Fernández 
Vicepresidente: José Fernández Nespral y Coto 
Tesorero: Pedro Regueira 
Contador: Laureano García 
Secretario primero: Ricardo Fernández 
Secretario segundo: Higinio García 
Vocales: Emilio Rodríguez, Hilario Gómez, Ramón Seller, José Castro, Rafael Gómez, Manuel Campa, Mario Villar, José Gallego, Faustino Jimeno y Florencio Iracheta. 
 
Además, en aquel acto se aprobaron las cuentas y se hicieron importantes mejoras en el reglamento, ampliando la asistencia médica a las esposas de los socios. 
La siguiente Junta general se celebró el 7 de agosto de 1892 en los salones de El Obrero Español, en la calle Atocha, 34. En esa ocasión se añadieron nuevas mejoras, como la de jubilar con 1,50 pesetas al socio que hubiera cumplido sesenta y cinco años, además de reintegrar con 70 pesetas para el sepelio al asociado en caso de fallecimiento o el de su esposa. La directiva fue reelegida por unanimidad. 
En 1893 sumaban a estos beneficios la atención médica a la familia de los socios. 
 

Como vemos en la noticia, la Sociedad no tenía una sede fija y en 1893 estaba domiciliada en una tienda de la calle Santa Catalina, número 1. Para las celebraciones de Junta los domicilios también eran distintos, aunque es lógico que así fuese por la necesidad de un espacio mayor para reunir a sus asociados. 
 
La Junta general del 15 de agosto de 1894 se verificó en el salón de actos de la Cámara de Comercio, ubicada en el palacio de la Bolsa. Esto implicaba la reducción de gastos por la que ese año de 1894 suspendieron el cobro de la cuota de afiliación. La Sociedad indicaba que garantizaba su compromiso con los fondos que tenían depositados en la Caja de Ahorros. 
 
En 1895 ya dispondrán de sede social con domicilio en la calle de Hileras, 4, escalera derecha, tercero, izquierda. Allí podían recogerse los pliegos de condiciones y modelo de contratación de la convocatoria pública abierta por el plazo de diez días para la provisión de dos plazas de médico que la Sociedad necesitaba, dotadas con el sueldo de 1.250 pesetas anuales cada una. 
 
A tenor de la siguiente noticia, publicada en El Imparcial de 28 de mayo de 1896, no cabe duda de que, por sus acciones, la Sociedad de socorros mutuos La Honradez llevaba bien puesto el nombre. La elocuencia de sus fundadores no era tan meritoria; la Sociedad de socorros mutuos de los fornidos mozos de cuerda llevaba por nombre el de “El Hércules”. 
 

En noviembre del mismo año destacaba en las noticias por su compromiso social, que iba más allá de sus asociados.
 

 
El nonato Reglamento de Porteros de 1898 
Los primeros días de enero 1898, siendo Gobernador civil de Madrid el popular político Alberto Aguilera, quedó redactado y publicado el reglamento por el que se reorganizaba el servicio de porteros; germen del citado Real Decreto de 24 de febrero de 1908 firmado por Juan de la Cierva y Peñafiel, ministro de la Gobernación. 
Por el reglamento de Aguilera las fincas urbanas quedarían obligadas disponer de puerta en el portal y portero o portera para la seguridad y vigilancia del inmueble y sus ocupantes. El nombramiento de estos dependería de los propietarios o administradores, pero serían confirmados legalmente por el gobernador de la provincia; por consiguiente, tendrían una numeración correlativa en el registro de inscripción de Gobernación y quedaban a las órdenes de los delegados de vigilancia e inspectores de zona. 
Los porteros pasarían a ser “agentes de la autoridad gubernativa”, cuyo horario, tan amplio como desde antiguo, comenzaba en verano a las siete de la mañana y finalizaba a las once de la noche; en inverno, el horario era de ocho de la mañana a diez de la noche. 
 


 
Las críticas no se hicieron esperar y la primera protesta vino de la Asociación de Propietarios de Madrid, tal y como podemos ver en la noticia publicada en La Correspondencia de España del 13 de enero:
 

 
Por su parte, la Sociedad de porteros “La Honradez”, así se manifestaba en El Imparcial del domingo 16 de enero:
 

Se sumaba a las protestas la mismísima escritora Doña Emilia Pardo-Bazán con un artículo publicado en la revista La ilustración Artística del 24 de enero de 1898. Bajo el título de "Porteros y cédulas. Reglamento del Gobierno Civil sobre funciones policiales de los porteros", la condesa decía: 
 
«El reglamente que ha ideado el gobernador civil de Madrid, erigiendo á los porteros de las casas en agentes de policía, ó mejor dicho, en espías asalariados por los mismos á quienes deben espiar, ha producido un efecto especialísimo, que conviene advertir para darse cuenta del estado de alma colectivo de una generación, en el mismo umbral del siglo xx». 
«¡Y qué policía, Dios santo, la que se componga de individuos poseídos de sentimientos casi siempre hostiles, indiscretos, dañinos por necesidad! ¡Qué dirán, qué contarán, cómo interpretarán las acciones, pasos y movimientos de sus inquilinos y amos! ¡Qué explicaciones las suyas, al llegar los días en que la policía, según lo estatuido en el reglamento, venga á “cambiar impresiones” acerca de lo que en la casa sucede! Lo repito: en abreviatura y caricatura, tendremos Inquisición doméstica, la Inquisición de la chismografía, con la diferencia de que los familiares del Santo Oficio eran escogidos entre lo más granado, social, intelectual y moralmente, entre los ingenios, los nobles, los grandes señores, los sacerdotes virtuosos é ilustrados de aquel tiempo, y los familiares de esta Inquisición nueva se reclutan en clase humildísima y forzosamente destituida de cultura, entre los que desempeñan las modestas funciones de pipelés, ganando un sueldo á proporción de su oficio». 
«Que el portero ejerza sobre el inquilino superior inspección y vigilancia rigurosa, será una impertinencia intolerable (y no tolerada, lo presumo), pero no remediará ningún daño, no disminuirá el número de establecimientos equívocos ni de los robos domésticos en Madrid. Vigilara la verdadera policía, la que cuesta dinero á la nación, y otro gallo nos cantara, y los delitos no quedarían impunes.
Por contera, el reglamento hundirá en la miseria á innumerables familias que no tienen pan que llevarse á la boca sino el que la portería les vale. Excluyendo á los mayores de sesenta años, se deja sin empleo lo menos á una tercera parte de los porteros de Madrid. El de mi casa, por ejemplo, tiene quizás sus setenta cumplidos; en su portería se está, sin embargo, constantemente, sin guardar cama un día solo.
¿Qué haremos de este servidor, que ocupa su puesto desde hace veinte años ó más, si se pone en vigor el célebre reglamento? ¿Le echamos á la calle á pedir limosna? Y si no podemos pensionarle, ¿le concederá el gobernador una plaza en el hospital de inválidos de nueva creación, que debe ser complemento de sus disposiciones á roso y velloso? Porque un hombre pase de los sesenta, si tiene salud y ánimos para un trabajo que no requiere esfuerzo muscular, una labor sedentaria y mansa como la de guardar la portería, ¿va á quitársele el modo de vivir? Confieso que la perspectiva de unos cuantos centenares de viejos como el de mi casa, que en un día mismo se viesen precisados á tender la mano para no morirse de hambre, es lo que me solivianta y me impide tomar enteramente á broma el reglamento. 
¡Sesenta años! ¿Cuántos años tienen muchos altos empleados, muchos ministros, el mismo presidente del Consejo? Y ¿acaso se necesita menos fuerza, disposición, rejo y brío para llevar en peso los destinos de la nación (particularmente ahora) que para barrer las escaleras dos veces por semana, frotar con tiza los aldabones de las puertas y responder, en soñolienta voz, que el Sr. X... ó la señora de H... viven en el segundo y que hay entresuelo?»
 
A todo esto, Alberto Aguilera daba un paso atrás con la escusa de que «no se trataba de disposiciones definitivamente acordadas, sino de ideas que, publicadas en la prensa, pudieran servir de punto de partida para algo que, mejorando el servicio de vigilancia, redundase en el beneficio del vecindario de Madrid». Tal parece que un lapsus mental le impedía recordar las disposiciones transitorias del reglamento: 
 

 
En plena batalla de propietarios y porteros contra el Gobierno civil, el 15 de febrero Estados Unidos declaraba la guerra a España. Mientras ocurría todo esto, La Honradez celebraba un banquete el 1 de marzo para conmemorar el séptimo aniversario de su fundación.
 

 
Poco después, en abril, en el desaparecido Frontón Fiesta Alegre (calle Marqués de Urquijo) celebraba Junta extraordinaria en la que se acordaba contribuir con mil pesetas del fondo de sus ahorros a la suscripción nacional con motivo de la guerra hispano-estadounidense. Además, ofrecían sus servicios al ministerio de Guerra por si las circunstancias lo requiriesen, previa autorización de los propietarios.
También aprobaban la convocatoria a Junta general Magna para el domingo 1º de mayo, a cuyo acto se invitaba «a todos los porteros y ordenanzas de Madrid, tanto particulares como los que dependen de centros y establecimientos oficiales, rogando a los señores propietarios (que dado el carácter patriótico de la invitación) se dignen autorizar a los que de ellos dependan, con el fin de procurar que asistan el mayor número posible…» 
 
Vista del desaparecido Frontón Fiesta Alegre (Dibujo de Comba, 1892)

 
El conflicto bélico acabó con la pérdida de Cuba, Puerto Rico, las islas del Pacífico y Filipinas; el Reglamento de porteros fenecía antes de haber nacido; se afianzaban las relaciones con la Asociación de propietarios de Madrid y con el Palacio Real a través de José María López de Lerena, portero de banda del Rey y presidente de la Sociedad La Honradez, que finalizaba el año con más de 500 socios y unas 15.000 pesetas de capital remanente. 
 
 
1899 
El semanario La Portería y la buena relación de propietarios y porteros 
El 22 de enero de 1899 aparecía el primer número de La Portería, semanario defensor de los porteros.
La Redacción y Administración estaba en el principal de Palma Alta 41 y 43, bajo la dirección de D. Vicente Guillén y García. 
Entre sus redactores, un portero que firmaba con el seudónimo de El Portero Mayor. En la imagen podemos ver el primero y —al parecer— único ejemplar del semanario; se encuentra en los archivos de la Biblioteca digital memoriademadrid con la signatura 385/1 (Enc. en: Periódicos Varios de Madrid, t.5, n.42. Tipo: Publicaciones periódicas). 
 

 
Ofrecemos el texto íntegro del artículo titulado "¿Qué es un Portero?", redactado por El Portero Mayor. 
 
 


La buena relación con la Asociación de propietarios con la Sociedad de porteros quedó refrendada en las elecciones municipales de mayo de 1899, cuando ambas asociaciones apoyaron las candidaturas de los señores Prieto (candidato por el distrito de Palacio) y Rubio (candidato por el distrito de La Inclusa), elegidos por la Asociación de propietarios «para defender los altos intereses de la propiedad». 
 
Los empleados de fincas urbanas de hoy, sin patronal que los represente, hubieran encontrado en la Asociación de propietarios de Madrid un aliado fiel para la actualización de su convenio. A las pruebas no remitimos con esta noticia publicada en El País del 27 de mayo: 
 

Finalizaba el año con una buena acogida por parte del ministro de la Gobernación, D. Eduardo Dato, quien valoraba los fines humanitarios de la Sociedad y el beneficio que venía prestando al vecindario de Madrid. Por Real Orden del mes de octubre, el Estado había declarado “Benéfica” a la ya conocidísima Sociedad La Honradez, pasando a denominarse Sociedad de Beneficencia y Socorros mutuos de Porteros y Ordenanzas. 
 
 
Siglo XX 
En 1900 la Sociedad tenía domicilio en la calle Hernán Cortés, número 8. Parte de su capital social estaba depositado en el Banco de España y el resto en acciones de la Compañía Arrendataria de Tabacos. El número de socios superaba los 900. 
La renuncia del ilustre presidente, José María López de Lerena, portero de banda del Rey; la renovación de la Junta directiva; el tesorero de la Sociedad que robó 3.500 pesetas; la presencia de afiliados conflictivos; la formación de otros grupos de porteros, entre otras cuestiones, hicieron que La Honradez atravesara momentos difíciles. 
Véanse estas dos noticias publicadas el mismo día y en la misma página de El Liberal del 27 de junio de 1901: 
 


 
A pesar de esos inconvenientes, en 1904 estaba aún más consolidada como Sociedad de Beneficencia y Socorros mutuos, contando con mil socios y el capital suficiente para volver a suspender la cuota de inscripción durante tres meses. Su sede se trasladaba a la calle Pelayo, 38 y 40, principal izquierda. 
Tan consolidada estaba que ese mismo año conformaban el Patronato fundacional de la Casa de Salud y Retiro denominada “Villa-Feliz” que se construiría en Ciudad Lineal. Este dispensario beneficiaría a todos los socios de La Honradez y, preferentemente, a los que hubieran sido donantes para su constitución.
 

No sabremos nada más de este dispensario hasta 1929, cuando una noticia hablará del Sanatorio Villa Salud, ubicado en la calle Francisco Silvela, número 50, y en el que La Honradez disponía de siete camas, más las de urgencias, para sus afiliados. El Sanatorio estaba dirigido por el médico cirujano D. Tomás Rodríguez de Mata
 
En 1905 sumaban más de dos mil socios y disponían de un capital de 80.000 pesetas, cifra que aumentaba con nuevas afiliaciones y las cantidades obtenidas en las varias representaciones teatrales que se hacían en su beneficio. 
La solvencia económica les permitía cubrir plazas de médicos especialistas; ofrecer beneficios farmacológicos a sus socios y, como ocurrió en 1909 con el envío de reservistas a la Guerra de Melilla, aprobar en Junta extraordinaria los siguientes acuerdos: 
«Satisfacer el importe de los recibos correspondientes á los socios que hayan tenido que ir á la guerra de Melilla con el carácter de reservistas; abonar á sus familias una peseta diaria mientras dure la guerra; pasarle tres pesetas de socorro, con arreglo á reglamento, en el caso de que aquéllos cayeran enfermos ó resultasen heridos, y si, desgraciadamente, fallecieran, abonar el importe del sepelio de segunda clase y 75 pesetas para lutos que concedo el reglamento á toda familia de socio que fallezca en tiempos normales». 
 
En noviembre de 1910 se celebró durante varios días la Junta general extraordinaria para la reforma de sus estatutos y reglamento. Las reuniones tuvieron lugar en el Círculo Católico de Obreros (Duque de Osuna, 3). El resultado de los acuerdos fue el Estatuto y Reglamento de la Sociedad de Beneficencia y Socorros Mutuos de Porteros, Ordenanzas y Empleados de Madrid “La Honradez”. Para entonces, la sede social estaba en la calle Reina, 9, principal. 
 

 
Si en 1899 había aparecido el semanario “La Portería”, en julio de 1914 comenzaba a publicarse el periódico “La Honradez”, boletín mensual de la Sociedad homónima que recibía los elogios de la prensa.
 
 
En la Biblioteca del Pavelló de la República (Barcelona) existe un ejemplar que nos indica la larga vida de este boletín, ya que corresponde al número 289, publicado en julio de 1938 (Año XXV). 
 
Llegados a este punto, es buen momento para poner rostro a los pioneros de las sociedades de porteros de Madrid gracias al objetivo del fotógrafo Manuel Cervera. En la imagen aparecen retratados algunos socios y la nueva Junta directiva de La Honradez después de la celebración de un banquete en los Viveros; era el mes de marzo de 1915. 
 

En octubre de 1918, con motivo de un banquete celebrado en el Ideal Retiro, el fotógrafo Salazar retratará a socios y Junta directiva posando junto al abogado de la Sociedad, el concejal Ángel Ossorio Gallardo. Al evento asistieron varios centenares de socios y el conocidísimo político, médico y periodista José Francos Rodríguez, quien había finalizado su cargo de alcalde de Madrid en abril de ese año. Para entonces La Honradez contaba con 5.748 socios. 
 

 
1920 - La Asociación de vecinos de Madrid y la Sociedad de porteros 
La Junta directiva de la Asociación de vecinos trató el problema de las viviendas para procurar al vecindario las garantías y comodidades necesarias, prestando atención a las porterías y al abuso de los propietarios sobre los porteros. Surgía en aquella reunión la idea de que el Municipio organizase el trabajo de los empleados de fincas urbanas. El texto de lo tratado no tiene desperdicio. 
«La Asociación de Vecinos de Madrid entiende que las porterías no deben estar a cargo de personas dependientes en absoluto de los propietarios, lo que motiva que por necesidad más que por vocación se conviertan casi siempre en sabuesos de los malos caseros, resultando de hecho, en vez de personas puestas para el servicio de los inquilinos en sus relaciones entre sí y con la casa. 
De aquí los abusos de unos y la animosidad de los otros, no siempre justa, porque hay que hacerse cargo que los porteros son por lo general gente desgraciada de cuya desdicha son los primeros en abusar los propios caseros, que con unas pocas, muy pocas pesetas, y un cuartucho por habitación pretenden tener una familia entera en vigilancia perpetua y haciéndola cargar frecuentemente con la odiosidad que supone el cumplimiento de exigencias molestas cerca de los inquilinos. 
En este sentido la Asociación de Vecinos de Madrid estima que no ha de faltarle la adhesión de la Sociedad de aquéllos, denominada La Honradez, y que juntas han de trabajar por la dignificación de esa modesta clase social y su emancipación del absolutismo despótico del casero. 
Aquella Asociación entiende que los porteros no deben ser dependientes de los caseros, sino que, llamados a intervenir en un orden de relaciones que puedan ser hasta de contradictorios intereses entre casero e inquilino y con las obligaciones municipales de cumplimiento constante, el Municipio debe garantizar al vecino y garantizarse a sí mismo, teniendo en todo momento un vigilante en cada casa que sepa que su obligación es atender a la buena conservación de la finca, con el cumplimiento en este punto de las Ordenanzas municipales, de que ellos responderán en caso de no denunciar su infracción; la de estar al servicio de los inquilinos en el grado y forma que hoy deben hacerlo, y el de auxiliarlos en caso necesario, revistiéndoles a este solo efecto de la debida autoridad que garantice la seguridad del vecindario de una manera permanente. 
Para esto sería necesario organizar el cuerpo de porteros, haciéndoles depender en su nombramiento, traslados, ascensos y cesaciones del mismo Municipio, quien para la rapidez en la organización, y hasta que se recabaran medios económicos para una mejor retribución establecería que en este período de organización siguiesen en análogas, distribuyendo el importe con cargo la mitad al propietario y la otra mitad al impuesto de inquilinato y obligando a aquél en todo caso a dar decorosa habitación a los porteros. 
En esta idea está la redención de esa humilde clase social, que incluso podría gozar en su día de los derechos de retiro y orfandades y viudedades del Montepío municipal, sus funciones serían más dignas que las de esbirro de caseros, que les hacen antipáticos a los inquilinos por ese solo hecho, y el vecindario estaría más garantizado en sus derechos y la misma propiedad mejor servida, porque se vería libre incluso de la propia incuria de los propietarios que desconocen sus intereses y creen que tener una casa no trae más ocupaciones que cobrar la renta todos los meses y que no hay que procurarse ni de su propia conservación. 
Estimamos que el proyecto es muy laudable; que los mismos porteros deben ayudar a tal iniciativa, que puede ser origen de su mayor mejoramiento moral y material, y que los mismos propietarios no deben tomar esto con la cantinela de la merma del sacratísimo derecho de la propiedad, ya que ello no les privaría incluso de fiscalizar por sí mismos no sólo su finca, sino también la gestión de los porteros municipales».
 
1921 y el conflicto de los médicos 
En 1920 comenzaron los conflictos con los facultativos que atendían a los socios. Primero por las imposiciones del Colegio de Médicos y más tarde por las peticiones de aumento de sueldo. Un artículo en El Liberal del 23 de febrero de 1921 daba cuenta de la situación de la Sociedad y algunos detalles sobre sus afiliados. Ese año ya eran 5.915 los socios en activo y 197 los jubilados. 
 

En 1927 se creó el Comité paritario de practicantes y Mutualidades de Madrid que regularía las relaciones entre los practicantes de Medicina con las empresas, mutualidades, cooperativas y sociedades benéficas. El presidente de La Honradez desde 1925, señor Antonio Ayuga y Ros, formaba parte de la Junta directiva.
 
 
La presidencia de D. Antonio Ayuga y Ros 
Para el año 1928 La Honradez contaba con 8.026 socios y domicilio social en la calle de la Madera, 11. Su presidente continuaba siendo el señor Antonio Ayuga y Ros, portero de la casa donde vivía D. Francisco García Molinas, en la calle Arrieta, número 2. 
 

García Molinas, político español nacido en San Juan de Puerto Rico, fue el primer presidente de la Federación Española de Futbol y promotor del turismo en la ciudad como presidente de la Asociación de Fomento del Turismo de Madrid. Luchó contra la indigencia en las calles y la erradicación del tifus a través de la depuración del agua. Además, fundó una asociación para ciegos; fue presidente de la Asociación Madrileña de Caridad; vicepresidente de los Exploradores de España y presidente de la misma institución en Madrid. En 1919 le concedieron la gran cruz de la Beneficencia por sus obras de caridad. 
 
Antonio Ayuga participó activamente en las sesiones permanentes del Ayuntamiento de Madrid. En 1929 denunció «las deficiencias en el servicio de limpiezas» y pidió «que se revisen las viviendas de los porteros que en su mayoría no reúnen condiciones de salubridad». Siempre defendió la municipalización del servicio de porteros. 
En 1930 protestó contra la decisión del Ayuntamiento de cerrar los portales todo el año a las once de la noche, tarea que realizaban los porteros. 
Fue uno de los presidentes más activos de la Sociedad; tal es así que, en 1935, cuando aún la presidía, recibió del Gobierno la medalla de plata de la Orden de la República. 
 

 
Para entonces, después de veintiocho años de servicio en la portería del señor Francisco García Molinas, le habían hecho funcionario, es decir, portero del Congreso de los diputados.
 
Ese año La Honradez tenía 11.600 socios. No todos eran porteros (en Madrid había ya unos 30.000), también se afiliaban diversas profesiones, como fotógrafos, obreros, empleados, periodistas y hasta sacerdotes, entre otros. 
 
El disponer de servicios médicos de diferentes especialidades y los descuentos en farmacias para sus afiliados, les permitía recibir la subvención establecida en los Presupuestos generales del Estado para las Mutualidades y Cooperativas obreras. 
La Honradez recibió en 1933 una subvención de 5.496,08 pesetas. Las cifras más altas correspondieron a la “Mutualidad Obrera”, con 15.522 pesetas, seguida de la “Asociación Médica-farmacéutica”, ambas también de Madrid. El resto de las asociaciones, sociedades, mutualidades y cooperativas, que en total sumaban 178 en toda España, recibieron cantidades inferiores a las satisfechas a La Honradez. 
 
 
De Sociedad de porteros a Compañía de Seguros 
La primera Sociedad de porteros de Madrid acabó siendo una importante Mutua de trabajadores. Por Orden del 27 de julio de 1944 era clasificada como Entidad colaboradora del Instituto Nacional de Previsión para la aplicación del Seguro de Enfermedad con ámbito limitado a la provincia de Madrid. Firmaba la orden el entonces director general de Previsión, José Antonio Girón de Velasco. 
 
En 1963 queda inscrita en el Registro Oficial de Entidades de Previsión Social con el número 1832. Para entonces era denominada “La Honradez” Sociedad de Beneficencia, Socorros Mutuos y Asistencia Sanitaria; sexta en el ranking de este tipo de sociedades. 
En 1987 pasa a denominarse Clínica Cisne, Mutua de Previsión Social y Asistencia Sanitaria y en 1993 se convierte en “Cisne Aseguradora. Compañía de Seguros S.A.” 
En 2010 presenta concurso de acreedores y en 2013 entra en fase de liquidación. 
 
Aquella sociedad de porteros fundada en 1891 fue adquiriendo carácter de Mutualidad a finales de la tercera década del siglo XX, desvirtuándose tanto que, cien años después, acabo siendo una aseguradora. 
 
Coincidiendo con ese cambio de rumbo, el 20 de octubre de 1929 nacía la Sociedad de Porteros de Madrid y sus contornos, segunda de las que hubo en la villa y corte para defender los intereses de los empleados de fincas urbanas. Esta será la protagonista del próximo artículo. 
 

 
 
 
Bibliografía y Cibergrafía
 
Fuentes consultadas:

PONS PONS, Jerónia y, VILAR RODRÍGUEZ, Margarita. "El Seguro de Salud privado y público en España. Su análisis en perspectiva histórica". Zaragoza: Prensas de la Universidad de Zaragoza. ISBN 978-84-16272-49-5

BOE (Boletín Oficial del Estado) GAZETA https://www.boe.es/diario_gazeta/
 
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En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2021) "Los porteros madrileños (III) Las Sociedades de porteros de Madrid. “La Honradez” (1891)", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/ ISSN 2444-1325

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Historia Urbana de Madrid
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