jueves, 7 de mayo de 2015

Desayuno en el Museo Cerralbo con la Tweed Ride Madrid 2015

El Museo Cerralbo participa en los Tweed Ride Museum, dentro del circuito de eventos de bicicletas de Madrid, la Tweed Ride Madrid 2015, que se celebrará el próximo 10 de mayo en uno de los espacios más emblemáticos y exclusivos de Madrid: El Museo del Traje. Se trata de la V edición de este exitoso evento. 




Todas y todos están invitados a esta especial edición para disfrutar desde primera hora de la mañana de los reconfortantes Desayunos Tweed Ride en los Tweed Ride Museum, seguido del ya tradicional paseo en bicicleta y de la gran fiesta Tweed Ride en los jardines del Museo del Traje. Una celebración por todo lo alto en un festival inolvidable, con música en vivo, photocall, clases de baile Charleston y Swing, picnics, cócteles, concursos, mercadillos y Djs hasta bien entrada la tarde.

Desde las 10:00 de la mañana con los Tweed Ride Museum hasta la clausura a las 20:00, este domingo será un no parar con un sin fin de actividades Tweed Ride, que incluye la tradicional paseo en bici por las calles de Madrid de 12:00 a 13:00 horas.


PROGRAMA

10:00 – 11:30 h. Tweed Ride Museum y Desayunos Tweed Ride
Empieza el día Tweed Ride con un delicioso desayuno Tweed Ride y una visita guiada a cualquiera de los museos de época de Madrid que más te apetezca ver.
La red de museos “Tweed Ride Museum” ofrece una mañana cultural con una visita guiada a los Tweed Riders más madrugadores.

Elige tu museo más cercano y déjate envolver en la época romántica. Museo Cerralbo, el Museo Lazaro Galdiano y el Museo Artes Decorativas.

Horario de vista sólo para inscritos en la Tweed Ride de 10:15 a 11:15 horas. Grupos de visita limitados.

12:00 – 13:00 h. Paseo en bicicleta por las calles de Madrid

12:00 h. Salida de la ruta – Plaza de Colon (Jardines del Descubrimiento).

12:00 – 13:00 h. Ruta en bici hasta el Museo del Traje por carriles bici y ciclocarriles.

13:00 – 21:00 h. Fiesta Tweed Ride

13:00 h. Recibimiento Tweed Ride en los jardines del Museo del Traje.

13:30 – 14:30 h. Visita guiada al Museo del Traje (colección de Jaulas Doradas) grupo limitado.

13:00 – 14:00 h. Photocall, y música Charleston y Swing.

14:00 – 17:00 h. Picnic + Foodtrucks.

17:00 – 20:00 h. Fiesta Tweed en los jardines – Juegos, música, conciertos, Djs, baile swing, regalos, premios y mucho más.

20:00 h. Clausura

FORMULARIO DE INSCRIPCIÓN

REGLAMENTO




© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-004 TWEEDRIDE

domingo, 3 de mayo de 2015

Feliz día de la madre

Del año 1907 recuperamos unas palabras a modo de felicitación para las madres de hoy; de todos los rincones y latitudes del mundo que nos lee. Sincero reconocimiento cargado de gratitud que regalamos en textos antiguos; tanto como el amor de la madre a sus hijos, que viene de lejos y perdura por los siglos de los siglos.


Bajo el título "La mujer en la familia. La hija-La esposa-La madre, por la condesa de A*", sus autores: Juan Bautista Enseñat y Nicanor Vazquez, ofrecen un manual de enseñanza para la mujer en todas las etapas de su vida.
Elegimos el capítulo segundo, que habla de las madres, y lo ilustramos con el precioso cuadro del maestro Joaquín Sorolla titulado "La Madre". Se trata de una reproducción publicada en la revista La Esfera de abril de 1915.



LA MADRE
No es madre aquella que impide
con interés el amor.
FRAY GABRIEL TÉLLEZ.

"Al nacer, la naturaleza nos confía, no á los cuidados de un maestro, sino al amor y á las caricias de una madre que reúne en torno de nuestra cuna las formas más graciosas y los sonidos más armoniosos, pues la dulce voz de la mujer adquiere aún mayor dulzura para la infancia.
Todo lo que hay de encantador en la tierra, la naturaleza lo prodiga á nuestra primera edad: el regazo de una madre para mecernos, su dulce mirada para guiarnos y su ternura para instruirnos.

La madre, la maestra natural, la educadora por excelencia, se identifica con el niño por el corazón, por la gracia, por la hermosura y hasta por la ligereza de espíritu. En esa estrecha unión, la paciencia responde á la curiosidad y la dulzura á la petulancia, sin que la ignorancia tropiece con el pedantismo: diríase que ambas razones crecen juntas, de tal modo el amor suaviza la superioridad de la madre; esa frivolidad misma, esa inclinación al placer, esa afición á lo maravilloso, que inconsideradamente censuran muchos en las mujeres, es una armonía más entre la madre y el niño; y en la distribución que ha hecho de la ternura, de la paciencia y de la vigilancia, la naturaleza indica á quién pretende confiar nuestra debilidad.

En general, no se tiene bastante en cuenta que los niños no entienden más que lo que ven, ni comprenden más que lo que sienten; en ellos, el sentimiento precede siempre á la inteligencia; por eso quien les enseña á ver y despierta su ternura es quien ejerce las mejores influencias en su alma.
La virtud no solamente se enseña, sino que también se inspira, y en esa inspiración brilla sobre todo el talento de las mujeres.

Éstas nos hacen querer lo que desean, y así identifican nuestra voluntad con la suya.
El mejor pedagogo ¿hará algo que no pueda hacerlo una mujer? ¿Quién, mejor que una madre, puede enseñarnos á preferir el honor á la fortuna, á amar al prójimo, á socorrer á los desgraciados, á elevar nuestra alma hasta el manantial de lo bello y de lo infinito? Un maestro vulgar aconseja y moraliza: lo que una madre ofrece á nuestra memoria, lo graba al mismo tiempo en nuestro corazón; ésta nos hace amar lo que logra infundir en nuestro conocimiento ó en nuestra fe, y por vía del amor nos conduce a la virtud.

Para un maestro, el niño es un ignorante á quien se trata de instruir; para una madre, es un alma que se trata de formar. El cuidado de educar á la infancia pertenece á las madres, y si los hombres lo han usurpado, ha sido porque confundían la educación con la instrucción, cosas esencialmente distintas, que importa separar, pues la instrucción puede interrumpirse y pasar sin ningún peligro de unas manos á otras, mientras que la educación no puede abandonarse después de empezada, sin exponerse á que el niño caiga en las divagaciones del error ó en la indiferencia de la verdad.

«El corazón de una madre, ha dicho Mantegazza, es el único capital del sentimiento que nunca quiebra, y con el cual se puede contar siempre y en todo tiempo con toda seguridad.»
«La madre, después de haber dado la vida física á la propia criatura, comparte con ésta la vida moral, plantando en ella los primeros gérmenes de la educación religiosa, moral é intelectual.»

«Muchas maravillas hay en el universo, dice Bersot; pero la obra maestra de la creación es el corazón materno.»
«¡Feliz el hombre que devuelve á su madre los contentos y las caricias qué de ella ha recibido! ¡Ojalá pueda un día sostener la vejez de aquella que sostuvo sus primeros pasos!»
Tierna madre, no te asusten las graves funciones de preceptora. Este título no implica estudios pedantescos ni austeros deberes. Bastan tus derechos, tus fuerzas y tu soberanía para guiar á la infancia por el camino de la virtud y del amor hacia la conquista de la paz del mundo, del orden de las familias y del honor del género humano."

¡Feliz día, Mamá!



© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-001 DMADRE

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sábado, 2 de mayo de 2015

Artículo de Galdós para el Centenario del 2 de Mayo. Madrid, 1908

A don Benito Pérez Galdós no se lo puede contemplar como a las fotos antiguas. A don Benito hay que leerlo; quizá por eso "Madrid y Galdós" sea una sección de nuestro blog para insaciables lectores.
Y es que no hay mejor manera de conocer a Galdós que leyendo lo que escribía. No solo sus novelas, también sus colaboraciones en la prensa; artículos cargados de imágenes de otro Madrid, donde ni sobra ni falta la crítica y siempre se perpetúa una realidad.

En 1908 se celebraba el Centenario del 2 de mayo. Insignificantes veinte lustros que habían diluido el sentimiento patriótico de muchos para dar paso a los emotivos y pomposos recuerdos, con monumento, placa y Banda municipal. Galdós es consciente de ello, duda y critica.
El artículo aparecido en El País del 2 de mayo de 1908 [1] es muestra de ello.  En portada se publicaba una fotografía del precioso monumento realizado por Aniceto Marinas, que se erigiría en breve en la Glorieta de San Bernardo. En la página interior... la bofetada proferida por Galdós a "la opulenta burguesía".


Don Benito escribe el artículo en el mes de abril; en mayo, el día 10, cumplirá 65 años. En junio estrenará la ópera Zaragoza en aquella ciudad, ocasión para el pueblo aragonés de agradecerle que recordase su epopeya en los Episodios Nacionales.
En el artículo que pasamos a transcribir, el escritor cita a Zaragoza y el patriotismo de aquel pueblo. Algunos se preguntarán, al finalizar el texto, si era un sentimiento o publicidad encubierta a propósito del estreno de la ópera; no lo sabemos-pero es posible-, más allá de las alabanzas a los aragoneses, que eran ciertas.

La esfinge del Centenario
"Centenario de 1808, Conmemoración de un cruento sacrificio, del alzamiento iracundo del pueblo español contra los usurpadores del ser y del suelo de esta raza, ¿qué sois, qué significáis, qué ejemplaridad ó enseñanza nos traéis? Fiestas de Mayo, de Junio y Julio, de diferentes fechas y lugares históricos, ¿qué grado de calor, de cívica efusión pondréis en vuestras alegres ó pomposas manifestaciones?
Esto preguntan los curiosos impertinentes, parlantes ó mudos, qué padecen la manía de palpar la vida nacional; los que un día la encuentran si a pulso, bien dispuesta para la esclavitud, otro día se precaven contra sus arrechuchos nerviosos suponiéndola con ganas de rebelión.
Lo que principalmente queremos saber de los propios labios marmóreos de la esfinge del Centenario es si subsiste en España el sentimiento fundamental llamado Patriotismo, y si al sacarlo de los polvorientos Archivos históricos, revive este sentimiento, trocándose de códice amarillo y glorioso en documento vivo que hable á la generación presente como habló á las antiguas, y levante las almas desmayadas y sacuda los músculos perezosos. Díganos la esfinge si el amor patrio conserva fuerza bastante para promover actos fecundos, y para dirigirnos y orientarnos en el largo viaje que debemos emprender desde los páramos insalubres á las regiones de vida y sanidad perdurables.
Dudamos de la robustez del Patriotismo de primer grado, fundamento de toda nacionalidad, porque en los preparativos del Centenario hemos advertido escaso fervor y el prurito de encerrarlo en moldes y formulismos arcáicos. La voz de agoreros lúgubres, que anticipan el fracaso de las fiestas antes que estalle el primer cohete, aumenta nuestras dudas.
Mal síntoma es también la indiferencia con que la gente adinerada, salvo raras excepciones, presta su concurso á este movimiento, dejándose llevar casi á rastras, y accediendo por compromiso á figurar en él. La opulenta burguesía, que vive aletargada en las blanduras económicas, no puede ocultar su desamor al Patriotismo de primer grado, en quien ve una fierecilla, ya que no fiera desmandada, cuyos manotazos debemos contener con discretas cadenas. Y digamos á esos patriotas tibios que la fiera creó la burguesía opulenta y la obsequió con los fáciles medios del bienestar.
Por no parecer hija ingrata, la generación de pudientes se agrega á los festejantes, y corea con un murmullo de pura fórmula los himnos oficiales.
Patriotismo de segundo grado, un poco rutinario y covachuelista, atiborrado de la bazofia expedientíl que llamamos precedentes, y ostentará toda la marchita magnificencia del viejo sistema: etiqueta y responso. Antes que imitar á los héroes y enaltecer sus hazañas y su sacrificio por la Patria, debemos pedir su indulto, gestionar que salgan del Purgatorio; y como del indulto, si acaso lo hay, no se tiene noticia, en el siglo venidero volveremos á llamar á las divinas puertas, pidiendo que sean perdonados aquellos pecadores que aseguraron la Independencia de su país, la liberación del suelo y los hogares. Muy santo y muy bueno es el rezar por los difuntos; pero sobre esta función anímica debemos poner algo más: la idea de la glorificación de los héroes, y de tenerles por santos, ya que no sea posible llamarles dioses.
Cierto que en Madrid, bajo las pompas de la etiqueta y funerales suntuosos, hay un pueblo que aún siente el Patriotismo de primer grado, y lo expresará con hondo mujido; pero éste no será vigoroso que se sobreponga á los oficiales canticios. Sólo en Zaragoza, cabeza y corazón del pueblo aragonés, que aún es lo que fué, y no ha querido desprenderse de su recto sentido de las cosas ni de la fiereza que le indujo á los más ejemplares triunfos de la voluntad; sólo en Zaragoza, decimos y creemos, descollará el Patriotismo fundamental sobre el oficinesco ó de segundo grado.
Todo lo que allí se ha hecho y se hará, el entusiasmo y fé con que se enaltecen las grandezas históricas, la efusión sublime con que se ha tendido la mano á Francia, la descomunal hazaña de Paraíso, improvisando la Exposición, la general alegría y el honrado orgullo de toda la gente aragonesa, demuestran que si allí hay también etiquetas y responsos, sobre la expresión de estas formas de festejos descollará la voz épica que engrandeció á los hombres y convirtió en fortalezas inexpugnables las casuchas míseras, la voz que no clama entre las ruinas para regarlas con vanos lloriqueos, sino para fundar sobre ellas las edificaciones futuras, y seguir viviendo, seguir creando.
B. Pérez Galdós"

Ahora sí, después de leerlo y asimilar lo que escribió, podemos contemplar a Galdós. Esta es la fotografía que acompaña al texto publicado en El País de hace 107 años.




Bibliografía
· Citas de noticias de periódicos y otras obras, en la publicación                                                      . 
· En todas las citas se ha conservado la ortografía original.


© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-010 MADGALDOS-ESP 2MAYO
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El 2 de Mayo contado por Galdós

Episodios Nacionales, 3. El 19 de marzo y el 2 de mayo


Escrita por Benito Pérez Galdós en 1873, la novela El 19 de marzo y el 2 de mayo es el tercer título de la primera serie de los Episodios Nacionales. Precede a La Corte de Carlos IV y Trafalgar, y es continuación de la historia  del gaditano Gabriel de Araceli, quien acabará fusilado por las tropas francesas.
Galdós reinterpreta las historias leídas -y las que se contaban-, sobre los trágicos acontecimientos de mayo de 1808, transformándolas en una novela épica cargada de pasiones.

Don Ramón de Mesonero Romanos fue protagonista de aquellos sucesos en su niñez, y más tarde cronista de lo que su memoria -o la de otros-, podía recordar. Conoció a Galdós; de él dijo, refiriéndose a su episodio "Un cortesano de 1815":
"Este mi propósito infantil, al que resistí constantemente toda mi vida por no rozarme con la política en mis modestos escritos, lo he visto realizado, sin celos, antes bien con gran contentamiento mío, por mi joven amigo D. Benito Pérez Galdós, en uno de sus preciosos Episodios nacionales, que titula «Un cortesano de 1815». -En él ha sabido trazar un cuadro acabado de aquella corte y de aquella época, en que no se sabe qué admirar más, si la misteriosa intuición del escritor, que por su edad no pudo conocerla, o la sagacidad y perspicacia con que, aprovechando cualquiera conversación o indicaciones que hubo de escuchar de mis labios, ha acertado a crear una acción dramática con tipos verosímiles, casi históricos, y desenvolverla en situaciones interesantes, todo con un estilo lleno de amenidad y galanura."
Esta afirmación del Curioso Parlante bien puede aplicarse a cualesquiera de los Episodios Nacionales y al que hoy nos ocupa.

Historia Urbana de Madrid, dentro de su espacio "Madrid y Galdós", elige este Episodio Nacional para rendir homenaje al valeroso pueblo madrileño, merecedor del recuerdo de todos, siempre, tanto en la realidad como en la ficción o manidas leyendas.

La crítica sobre cuánto tiene de veraz lo narrado por Galdós queda a criterio del lector.


El 2 de Mayo contado por Galdós
Se transcriben a continuación los capítulos XXVIII y XXIX de El 19 de marzo y el 2 de mayo, y las últimas líneas del capítulo XXX, final de la novela, en las que Galdós describe la milésima fracción de segundos que antecede a la muerte de Gabriel, quizá idéntica a la experimentada por tantas y tantos madrileños y españoles en los impactos mortales de todos los trágicos tiempos de España.

El texto va acompañado por ilustraciones de don Rafael Munoa, realizadas para el libro "EL DOS DE MAYO", de Antonio Jimenez-Landi [1965. Colección "El globo de colores" (Madrid) Editorial Aguilar]



CAPÍTULO XXVIII
Llegué a la calle en momentos muy críticos. Las dos piezas de la calle de San Pedro habían perdido gran parte de su gente, y los cadáveres obstruían el suelo. La colocada hacia Poniente había de resistir el fuego de la de los franceses, sin más garantía de superioridad que el heroísmo de D. Pedro Velarde y el auxilio de los tiros de fusil. Al dar los primeros pasos encontré uno, y me situé junto a la entrada del parque, desde donde podía hacer fuego hacia la calle Ancha, resguardado por el machón de la puerta. Allí se me presentó una cara conocida, aunque horriblemente desfigurada, en la persona de Pacorro Chinitas, que incorporándose entre un montón de tierra y el cuerpo de otro infeliz ya moribundo, hablome así con voz desfallecida:

-Gabriel, yo me acabo; yo no sirvo ya para nada.

-Ánimo, Chinitas -dije devolviéndole el fusil que caía de sus manos-, levántate.

-¿Levantarme? Ya no tengo piernas. ¿Traes tú pólvora? Dame acá: yo te cargaré el fusil... Pero me caigo redondo. ¿Ves esta sangre? Pues es toda mía y de este compañero que ahora se va... Ya expiró...  Adiós, Juancho: tú al menos no verás a los franceses en el parque.

Hice fuego repetidas veces, al principio muy torpemente, y después con algún acierto, procurando siempre dirigir los tiros a algún francés claramente destacado de los demás. Entre tanto, y sin cesar en mi faena, oí la voz del amolador que apagándose por grados decía: «Adiós, Madrid, ya me encandilo... Gabriel, apunta a la cabeza. Juancho que ya estás tieso, allá voy yo también: Dios sea conmigo y me perdone. Nos quitan el parque; pero de cada gota de esta sangre saldrá un hombre con su fusil, hoy, mañana y al otro día. Gabriel, no cargues tan fuerte, que revienta. Ponte más adentro. Si no tienes navaja, búscala, porque vendrán a la bayoneta. Toma la mía. Allí está junto a la pierna que perdí... ¡Ay!, ya no veo más que un cielo negro. ¡Qué humo tan negro! ¿De dónde viene ese humo? Gabriel, cuando esto se acabe, ¿me darás un poco de agua? ¡Qué ruido tan atroz!... ¿Por qué no traen agua? ¡Agua, Señor Dios Poderoso! ¡Ah!, ya veo el agua; ahí está. La traen unos angelitos; es un chorro, una fuente, un río...».

Cuando me aparté de allí, Chinitas ya no existía. La debilidad de nuestro centro de combate me obligó a unirme a él, como lo hicieron los demás. Apenas quedaban artilleros, y dos mujeres servían la pieza principal, apuntaban hacia la calle Ancha. Era una de ellas la Primorosa, a quien vi soplando fuertemente la mecha, próxima a extinguirse.

-Mi general -decía a Daoíz-. Mientras su merced y yo estemos aquí, no se perderán las Españas ni sus Indias... Allá va el petardo... Venga ahora acá el destupidor. Cómo rempuja pa tras este animal cuando suelta el tiro. ¡Ah! ¿Ya estás aquí, Tripita? -gritó al verme-. Toca este instrumento y verás lo bueno.

El combate llegaba a un extremo de desesperación; y la artillería enemiga avanzó hacia nosotros. Animados por Daoíz, los heroicos paisanos pudieron rechazar por última vez la infantería francesa que se destacaba en pequeños pelotones de la fuerza enemiga.

-¡Ea! -gritó la Primorosa cuando recomenzó el fuego de cañón-. Atrás, que yo gasto malas bromas. ¿Vio Vd. cómo se fueron, señor general? Sólo con mirarles yo con estos recelestiales ojos, les hice volver pa tras. Van muertos de miedo. ¡Viva España y muera Napoleón!... Chinitas, ¿no está por ahí Chinitas? Ven acá, cobarde, calzonazos.

Y cuando los franceses, replegando su infantería, volvieron a cañonearnos, ella, después de ayudar a cargar la pieza, prosiguió gritando desesperadamente:

-Renacuajos, volved acá. Ea, otro paseíto. Sus mercedes quieren conquistarme a mí, ¿no verdá? -276- Pues aquí me tenéis. Vengan acá: soy la reina, sí señores, soy la emperadora del Rastro, y yo acostumbro a fumar en este cigarro de bronce, porque no las gasto menos. ¿Quieren ustedes una chupadita? Pos allá va. Desapártense pa que no les salpique la saliva; si no...

La heroica mujer calló de improviso, porque la otra maja que cerca de ella estaba, cayó tan violentamente herida por un casco de metralla, que de su despedazada cabeza saltaron salpicándonos repugnantes pedazos. La esposa de Chinitas, que también estaba herida, miró el cuerpo expirante de su amiga. Debo consignar aquí un hecho trascendental; la Primorosa se puso repentinamente pálida, y repentinamente seria. Tuvo miedo.

Llegó el instante crítico y terrible. Durante él sentí una mano que se apoyaba en mi brazo. Al volver los ojos vi un brazo azul con charreteras de capitán. Pertenecía a D. Luis Daoíz, que herido en la pierna, hacía esfuerzos por no caer al suelo y se apoyaba en lo que encontró más cerca. Yo extendí mi brazo alrededor de su cintura, y él, cerrando los puños, elevándolos convulsamente al cielo, apretando los dientes y mordiendo después el pomo de su sable, lanzó una imprecación, una blasfemia, que habría hecho desplomar el firmamento, si lo de arriba obedeciera a las voces de abajo.

 


En seguida se habló de capitulación y cesaron los fuegos. El jefe de las fuerzas francesas acercose a nosotros, y en vez de tratar decorosamente de las condiciones de la rendición, habló a Daoíz de la manera más destemplada y en términos amenazadores y groseros. Nuestro inmortal artillero pronunció entonces aquellas célebres palabras: Si fuerais capaz de hablar con vuestro sable, no me trataríais así.

El francés, sin atender a lo que le decía, llamó a los suyos, y en el mismo instante... Ya no hay narración posible, porque todo acabó. Los franceses se arrojaron sobre nosotros con empuje formidable. El primero que cayó fue Daoíz, traspasado el pecho a bayonetazos. Retrocedimos precipitadamente hacia el interior del parque todos los que pudimos, y como aun en aquel trance espantoso quisiera contenernos D. Pedro Velarde, le mató de un pistoletazo por la espalda un oficial enemigo. Muchos fueron implacablemente pasados a cuchillo; pero algunos y yo pudimos escapar, saltando velozmente por entre escombros, hasta alcanzar las tapias de la parte más honda, y allí nos dispersamos, huyendo cada cual por donde encontró mejor camino, mientras los franceses, bramando de ira, indicaban con sus alaridos al aterrado vecindario que Monteleón había quedado por Bonaparte.

Difícilmente salvamos la vida, y no fuimos muchos los que pudimos dar con nuestros fatigados cuerpos en la huerta de las Salesas Nuevas o en el quemadero. Los franceses no se cuidaban de perseguirnos, o por creer que bastaba con rematar a los más próximos, o porque se sentían con tanto cansancio como nosotros. Por fortuna, yo no estaba herido sino muy levemente en la cabeza, y pude ponerme a cubierto en breve tiempo: al poco rato ya no pensaba más que en volver a mi casa, donde suponía a Inés en penosa angustia por mi ausencia. Cuando traté de regresar hallé cerrada la puerta de Santo Domingo; y tuve que andar mucho trecho buscando el portillo de San Joaquín. Por el camino me dijeron que los franceses, después de dejar una pequeña guarnición en el parque, se habían retirado. Dirigime con esta noticia tranquilamente a casa, y al llegar a la calle de San José, encontré aquel sitio inundado de gente del pueblo, especialmente de mujeres, que reconocían los cadáveres. La Primorosa había recogido el cuerpo de Chinitas. Yo vi llevar el cuerpo, vivo aún, de Daoíz en hombros de cuatro paisanos, y seguido de apiñado gentío. D. Pedro Velarde oí que había sido completamente desnudado por los franceses, y en aquellos instantes sus deudos y amigos estaban amortajándole para darle sepultura en San Marcos. Los imperiales se ocupaban en encerrar de nuevo las piezas, y retiraban silenciosamente sus heridos al interior del parque: por último, vi una pequeña fuerza de caballería polaca, estacionada hacia la calle de San Miguel.

Ya estaba cerca de mi casa, cuando un hombre cruzó a lo lejos la calle, con tan marcado ademán de locura, que no pude menos de fijar en él mi atención. Era Juan de Dios, y andaba con pie inseguro de aquí para allí como demente o borracho, sin sombrero, el pelo en desorden sobre la cara, las ropas destrozadas y la mano derecha envuelta en un pañuelo manchado de sangre.

-¡Se la han llevado! -exclamó al verme, agitando sus brazos con desesperación.

-¿A quién? -pregunté, adivinando mi nueva desgracia.

-¡A Inés!... Se la han llevado los franceses; se han llevado también a aquel infeliz sacerdote.

La sorpresa y la angustia de tan tremenda nueva me dejaron por un instante como sin vida.


CAPÍTULO XXIX
-Una vez que tomaron el parque -continuó Juan de Dios-, entraron en esa casa de la esquina y en otra de la calle de San Pedro para prender a todos los que les habían hecho fuego, y sacaron hasta dos docenas de infelices. ¡Ay, Gabriel, qué consternación! Yo entraba en la taberna para echarme un poco de agua en la mano... porque sabrás que una bala me llevó los dos dedos... entraba en la taberna y vi que sacaban a Inés. La pobrecita lloraba como un niño y volvía la vista a todos lados, sin duda buscándome con sus ojos. Acerqueme, y hablando en francés, rogué al sargento que la soltase; pero me dieron tan fuerte golpe que casi perdí el sentido. ¡Si vieras cómo lloraba el pobre ángel, y cómo miraba a todos lados, buscándome sin duda!... Yo me vuelvo loco, Gabriel. El buen eclesiástico subía la escalera cuando lo cogieron, y dicen que llevaba un cuchillo en la mano. Todos los de la casa están presos. Los franceses dijeron que desde allí les habían tirado una cazuela de agua hirviendo. Gabriel, si no ponen en libertad a Inés, yo me muero, yo me mato, yo les diré a los franceses que me maten.




Al oír esta relación, el vivo dolor arrancó al principio ardientes lágrimas a mis ojos; pero después fue tanta mi indignación, que prorrumpí en exclamaciones terribles y recorrí la calle gritando como un insensato. Aún dudé; subí a mi casa, encontrela desierta; supe de boca de algunos vecinos consternados la verdad, tal como Juan de Dios me la había dicho, y ciego de ira, con el alma llena de presentimientos siniestros, y de inexplicables angustias, marché hacia el centro de Madrid, sin saber a dónde me encaminaba, y sin que me fuera posible discurrir cuál partido sería más conveniente en tales circunstancias. ¿A quién pedir auxilio, si yo a mi vez era también injustamente perseguido? A ratos me alentaba la esperanza de que los franceses pusieran en libertad a mis dos amigos. La inocencia de uno y otro, especialmente de ella, era para mí tan obvia, que sin género de duda había de ser reconocida por los invasores.

Juan de Dios me seguía, y lloraba como una mujer.

-Por ahí van diciendo -me indicó- que los prisioneros han sido llevados a la casa de Correos. Vamos allá, Gabriel, y veremos si conseguimos algo.

Fuimos al instante a la Puerta del Sol, y en todo su recinto no oíamos sino quejas y lamentos, por el hermano, el padre, el hijo o el amigo, bárbaramente aprisionados sin motivo. Se decía que en la casa de Correos funcionaba un tribunal militar; pero después corrió la voz de que los individuos de la junta habían hecho un convenio con Murat, para que todo se arreglara, olvidando el conflicto pasado y perdonándose respectivamente las imprudencias cometidas. Esto nos alborozó a todos los presentes, aunque no nos parecía muy tranquilizador ver a la entrada de las principales calles una pieza de artillería con mecha encendida. Dieron las cuatro de la tarde, y no se desvanecía nuestra duda, ni de las puertas de la fatal casa de Correos salía otra gente que algún oficial de órdenes que a toda prisa partía hacia el Retiro o la Montaña. Nuestra ansiedad crecía; profunda zozobra invadía los ánimos, y todos se dispersaban tratando de buscar noticias verídicas en fuentes autorizadas.

De pronto oigo decir que alguien va por las calles leyendo un bando. Corremos todos hacia la del Arenal, pero no nos es posible enterarnos de lo que leen. Preguntamos y nadie nos responde, porque nadie oye. Retrocedemos pidiendo informes, y nadie nos los da. Volvemos a mirar la casa de Correos tras cuyas paredes están los que nos son queridos, y media compañía de granaderos con algunos mamelucos dispersan al padre, al hermano, al hijo, al amante, amenazándoles con la muerte. Nos vamos al fin por las calles, cada cual discurriendo qué influencias pondrá en juego para salvar a los suyos.

Juan de Dios y yo nos dirigimos hacia los Caños del Peral, y al poco rato vimos un pelotón de franceses que conducían maniatados y en traílla como a salteadores, a dos ancianos y a un joven de buen porte. Después de esta fatídica procesión, vimos hacia la calle de los Tintes otra no menos lúgubre, en que iban una señora joven, un sacerdote, dos caballeros y un hombre del pueblo en traje como de vendedor de plazuela. La tercera la encontramos en la calle de Quebrantapiernas, y se componía de más de veinte personas, pertenecientes a distintas clases de la sociedad. Aquellos infelices iban mudos y resignados guardando el odio en sus corazones, y ya no se oían voces patrióticas en las calles de la ciudad vencida y aherrojada, porque los invasores dominábanla toda piedra por piedra, y no había esquina donde no asomase la boca de un cañón, ni callejuela por la cual no desfilaran pelotones de fusileros, ni plaza donde no apareciesen, fúnebremente estacionados, fuertes piquetes de mamelucos, dragones o caballería polaca.

Repetidas veces vimos que detenían a personas pacíficas y las registraban, llevándoselas presas por si acertaban a guardar acaso algún arma, aunque fuera navaja para usos comunes. Yo llevaba en el bolsillo la de Chinitas, y ni aun se me ocurrió tirarla, ¡tales eran mi aturdimiento y abstracción! Pero tuvimos la suerte de que no nos registraran. Últimamente y a medida que anochecía, apenas encontrábamos gente por las calles. No íbamos, no, a la ventura por aquellos desiertos lugares, pues yo tenía un proyecto que al fin comuniqué a mi acompañante; pensaba dirigirme a casa de la marquesa, con viva esperanza de conseguir de ella poderoso auxilio en mi tribulación. Juan de Dios me contestó que él por su parte había pensado dirigirse a un amigo que a su vez lo era del Sr. O'farril, individuo de la Junta. Dicho esto, convinimos en separarnos, prometiendo acudir de nuevo a la Puerta del Sol una hora después.

Fui a casa de la marquesa, y el portero me dijo que Su Excelencia había partido dos días antes para Andalucía. También pregunté por Amaranta; mas tuve el disgusto de saber que Su Excelencia la señora condesa estaba en camino de Andalucía. Desesperado regresé al centro de Madrid, elevando mis pensamientos a Dios, como el más eficaz amparador de la inocencia, y traté de penetrar en la casa de Correos. Al poco rato de estar allí procurándolo inútilmente, vi salir a Juan de Dios tan pálido y alterado que temblé adivinando nuevas desdichas.

-¿No está? -pregunté-. ¿Los han puesto en libertad?

-No -dijo secando el sudor de su frente-. Todos los presos que estaban aquí han sido entregados a los franceses. Se los han llevado al Buen Suceso, al Retiro, no sé a dónde... ¿Pero no conoces el bando? Los que sean encontrados con armas, serán arcabuceados... Los que se junten en grupo de más de ocho personas, serán arcabuceados... Los que hagan daño a un francés, serán arcabuceados... Los que parezcan agentes de Inglaterra, serán arcabuceados.

-¿Pero dónde está Inés? -exclamé con exaltación-. ¿Dónde está? Si esos verdugos son capaces de sacrificar a una niña inocente, y a un pobre anciano, la tierra se abrirá para tragárselos, las piedras se levantarán solas del suelo para volar contra ellos, el cielo se desplomará sobre sus cabezas, se encenderá el aire, y el agua que beban se les tornará veneno; y si esto no sucede, es que no hay Dios ni puede haberlo. Vamos, amigo: hagamos esta buena obra. ¿Dice Vd. que están en el Retiro?

-O aquí en el Buen Suceso, o en la Moncloa. Gabriel, yo salvaré a Inés de la muerte, o me pondré delante de los fusiles de esa canalla para que me quiten también la vida. Quiero irme al cielo con ella; si supiera que sus dulces ojos no me habían de mirar más en la tierra, ahora mismo dejaría de existir. Gabriel, todo lo que tengo es tuyo si me ayudas a buscarla; que después que ella y yo nos juntemos, y nos casemos, y nos vayamos al lugar desierto que he pensado, para nada necesitamos dinero. Yo tengo esperanza; ¿y tú?

-Yo también -respondí, pensando en Dios.

-Pues, hijo, marcha tú al Retiro, que yo entraré en el Buen Suceso, por la parte del hospital, que allí conozco a uno de los enfermeros. También conozco a dos oficiales franceses. ¿Podrán hacer algo por ella? Vamos: las diez. ¡Ay! ¿No oíste una descarga?

-Sí, hacia abajo; hacia el Prado: se me ha helado la sangre en las venas. Corre allá. Adiós, y buena suerte. Si no nos encontramos después aquí, en mi casa.

Dicho esto, nos separamos a toda prisa, y yo corrí por la Carrera de San Jerónimo. La noche era oscura, fría y solitaria. En mi camino encontré tan sólo algunos hombres que corrían despavoridos, y a cada paso lamentos dolorosísimos llegaban a mis oídos. A lo lejos distinguí las pisadas de las patrullas francesas y de rato en rato un resplandor lejano seguido de estruendosa detonación. Cómo se presentaba en mi alma atribulada aquel espectáculo en la negra noche, aquellos ruidos pavorosos, no es cosa que puedo yo referir, ni palabras de ninguna lengua alcanzan a manifestar angustia tan grande. Llegaba junto al Espíritu Santo, cuando sentí muy cercana ya una descarga de fusilería. Allá abajo en la esquina del palacio de Medinaceli la rápida luz del fogonazo, había iluminado un grupo, mejor dicho, un montón de personas, en distintas actitudes colocadas, y con diversos trajes vestidos. Tras de la detonación, oyéronse quejidos de dolor, imprecaciones que se apagaban al fin en el silencio de la noche. Después algunas voces hablando en lengua extranjera, dialogaban entre sí; se oían las pisadas de los verdugos, cuya marcha en dirección al fondo del Prado era indicada por los movimientos de unos farolillos de agonizante luz. A cada rato circulaban pequeños tropeles, con gentes maniatadas, y hacia el Retiro se percibía resplandor muy vivo, como de la hoguera de un vivac.

Acerqueme al palacio de Medinaceli por la parte del Prado, y allí vi algunas personas que acudían a reconocer los infelices últimamente arcabuceados. Reconocilos yo también uno por uno, y observé que pequeña parte de ellos estaban vivos, aunque ferozmente heridos; y arrastrábanse estos pidiendo socorro, o clamaban en voz desgarradora suplicando que se les rematase. Entre todas aquellas víctimas no había más que una mujer, que no tenía semejanza con Inés, ni encontré tampoco sacerdote alguno. Sin prestar oídos a las voces de socorro, ni reparar tampoco en el peligro que cerca de allí se corría, me dirigí hacia el Retiro.


En la puerta que se abría al primer patio me detuvieron los centinelas. Un oficial se acercó a la entrada.

-Señor -exclamé juntando las manos y expresando de la manera más espontánea el vivo dolor que me dominaba-, busco a dos personas de mi familia que han sido traídas aquí por equivocación. Son inocentes: Inés no arrojó a la calle ningún caldero de agua hirviendo, ni el pobre clérigo ha matado a ningún francés. Yo lo aseguro, señor oficial, y el que dijese lo contrario es un vil mentiroso.

El oficial, que no entendía, hizo un movimiento para echarme hacia fuera; pero yo, sin reparar en consideraciones de ninguna clase, me arrodillé delante de él, y con fuertes gritos proseguí suplicando de esta manera:

-Señor oficial, ¿será Vd. tan inhumano que mande fusilar a dos personas inofensivas, a una muchacha de diez y seis años y a un infeliz viejo de sesenta! No puede ser. Déjeme Vd. entrar; yo le diré cuáles son, y Vd. les mandará poner en libertad. Los pobrecitos no han hecho nada. Fusílenme a mí, que disparé muchos tiros contra Vds. en la acción del parque; pero dejen en libertad a la muchacha y al sacerdote. Yo entraré, les sacaremos... Mañana, mañana probaré yo, como esta es noche, que son inocentes, y si no resultasen tan inocentes como los ángeles del cielo, fusíleme Vd. a mí cien veces. Señor oficial, Vd. es bueno, Vd. no puede ser un verdugo. Esas cruces que tiene en el pecho las habrá adquirido honrosamente en las grandes batallas que dicen ha ganado el ejército de Napoleón. Un hombre como usted no puede deshonrarse asesinando a mujeres inocentes. Yo no lo creo, aunque me lo digan. Señor oficial, si quieren Vds. vengarse de lo de esta mañana maten a todos los hombres de Madrid, mátenme a mí también; pero no a Inés. ¿Vd. no tiene hermanitas jóvenes y lindas? Si Vd. las viera amarradas a un palo, a la luz de una linterna, delante de cuatro soldados con los fusiles en la cara, ¿estaría tan sereno como ahora está? Déjeme entrar: yo le diré quiénes son los que busco, y entre los dos haremos esta buena obra que Dios le tendrá en cuenta cuando se muera. El corazón me dice que están aquí... entremos, por Dios y por la Virgen. Vd. está aquí en tierra extranjera, y lejos, muy lejos de los suyos. Cuando recibe cartas de su madre o de sus hermanitas, ¿no le rebosa el corazón de alegría, no quiere verlas, no quiere volver allá? Si le dijesen que ahora las estaban poniendo un farol en el pecho para fusilarlas...

El estrépito de otra descarga me hizo enmudecer, y la voz expiró en mi garganta por falta de aliento. Estuve a punto de caer sin sentido; pero haciendo un heroico esfuerzo, volví a suplicar al oficial con voz ronca y ademán desesperado, pretendiendo que me dejase entrar a ver si algunos de los recién inmolados eran los que yo buscaba. Sin duda mi ruego, expresado ardientemente y con profundísima verdad, conmovió al joven oficial, más por la angustia de mis ademanes que por el sentido de las palabras, extranjeras para él, y apartándose a un lado me indicó que entrara. Hícelo rápidamente, y recorrí como un insensato el primer patio y el segundo. En este, que era el de la Pelota, no había más que franceses; pero en aquel yacían por el suelo las víctimas aún palpitantes, y no lejos de ellas las que esperaban la muerte. Vi que las ataban codo con codo, obligándolas a ponerse de rodillas, unos de espalda, otros de frente. Los más extendían los brazos agitándolos al mismo tiempo que lanzaban imprecaciones y retos a los verdugos; algunos escondían con horror la cara en el pecho del vecino; otros lloraban; otros pedían la muerte, y vi uno que rompiendo con fuertes sacudidas las ligaduras, se abalanzó hacia los granaderos. -290- Ninguna fórmula de juicio, ni tampoco preparación espiritual, precedían a esta abominación: los granaderos hacían fuego una o dos veces, y los sacrificados se revolvían en charcos de sangre con espantosa agonía.

Algunos acababan en el acto; pero los más padecían largo martirio antes de expirar, y hubo muchos que heridos por las balas en las extremidades y desangrados, sobrevivieron después de pasar por muertos hasta la mañana del día 3, en que los mismos franceses, reconociendo su mala puntería, les mandaron al hospital. Estos casos no fueron raros, y yo sé de dos o tres a quienes cupo la suerte de vivir después de pasar por los horrores de una ejecución sangrienta. Un maestro herrero, comprendido en una de las traíllas del Retiro, dio señales de vida al día siguiente, y al borde mismo del hoyo en que se le preparaba sepultura: lo mismo aconteció a un tendero de la calle de Carretas, y hasta hace poco tiempo ha existido uno que era entonces empleado en la imprenta de Sancha, y fue fusilado torpemente dos veces, una en la Soledad, donde se hizo la primera matanza, después en el patio del Buen Suceso, desde cuyo sitio pudo escapar, arrastrándose entre cadáveres y regueros de sangre hasta el hospital cercano, donde le dieron auxilio. Los franceses, aunque a quema-ropa, disparaban mal, y algunos de ellos, preciso es confesarlo, con marcada repugnancia, pues sin duda conocían el envilecimiento en que habían repentinamente caído las águilas imperiales.

Casi sin esperar a que se consumara la sentencia de los que cayeron ante mí, les examiné a todos. Las linternas, puestas delante de cada grupo, alumbraban con siniestra luz la escena. Ni entre los inmolados ni entre los que aguardaban el sacrificio, vi a Inés ni a D. Celestino, aunque a veces me parecía reconocerles en cualquier bulto que se movía implorando compasión o murmurando una plegaria.

Recuerdo que en aquel examen una mano helada cogió la mía, y al inclinarme vi un hombre desconocido que dijo algunas palabras y expiró. Repetidas veces pisé los pies y las manos de varios desgraciados; pero en trances tan terribles, parece que se extingue todo sentimiento compasivo hacia los extraños, y buscando con anhelo a los nuestros, somos impasibles para las desgracias ajenas.

Algunos franceses me obligaron a alejar de aquel sitio; y por las palabras que oí me juzgué en peligro de ser también comprendido en la traílla pero a mí no me importaba la muerte, ni en tal situación hubiera dejado de mirar a un punto donde creyera distinguir el semblante de mis dos amigos, aunque me arcabucearan cien veces. Corrí hacia otro extremo del patio, donde sonaban lamentos y mucha bulla de gente, cuando un anciano se acercó a mí tomándome por el brazo.

-¿A quién busca Vd.? -le dije.

-¡Mi hijo, mi único hijo! -me contestó-. ¿Dónde está? ¿Eres tú mi hijo? ¿Eres tú mi Juan? ¿Te han fusilado? ¿Has salido de aquel montón de muertos?

Comprendí por su mirada y por sus palabras que aquel hombre estaba loco, y seguí adelante. Otro se llegó a mí y preguntome a su vez que a quién buscaba. Contele brevemente la historia, y me dijo:

-Los que fueron presos en el barrio de Maravillas, no han venido aquí ni a la casa de Correos. Están en la Moncloa. Primero los llevaron a San Bernardino, y a estas horas... Vamos allá. Yo tengo un salvo-conducto de un oficial francés, y podemos salir.

Salimos en efecto, y en el Prado aquel hombre corrió desaladamente y le perdí de vista. Yo también corrí cuanto me era posible, pues mis fuerzas, a tan terribles pruebas sometidas por tanto tiempo, desfallecían ya. No puedo decir qué calles pasé, porque ni miraba a mi alrededor, ni tenía entonces más ojos que los del alma para ver siempre dentro de mí mismo el espectáculo de aquella gran tragedia. Sólo sé que corrí sin cesar; sólo sé que ninguna voz, ninguna queja que sonasen cerca de mí me conmovían ni me interesaban; sólo sé que mientras más corría, mayores eran mi debilidad y extenuación, y que al fin, no sé en qué calle, me detuve apoyándome en la pared cercana, porque mi cuerpo se caía al suelo y no me era posible dar un paso más. Limpié el sudor de mi frente; parecíame que se había acabado el aire y que el suelo se marchaba también bajo mis pies, que las casas se hundían sobre mi cabeza. Recuerdo haber hecho esfuerzos para seguir; pero no me fue posible, y por un espacio de tiempo que no puedo apreciar, sólo tinieblas me rodearon, acompañadas de absoluto silencio.


FINAL DEL CAPÍTULO XXX
[...] Y al ver esto sentí un estruendo horroroso, después un zumbido dentro de la cabeza y un hervidero en todo el cuerpo; después un calor intenso, seguido de penetrante frío; después una sensación inexplicable, como si algo rozara por toda mi epidermis; después un vapor dentro del pecho, que subía invadiendo mi cabeza; después una debilidad incomprensible que me hacía el efecto de quedarme sin piernas; después una palpitación vivísima en el corazón; después un súbito detenimiento en el latido de esta víscera; después la pérdida de toda sensación en el cuerpo, y en el busto, y en el cuello, y en la boca; después la inconsciencia de tener cabeza, la absoluta reconcentración de todo yo en mi pensamiento; después unas como ondulaciones concéntricas en mi cerebro, parecidas a las que forma una piedra cayendo al mar; después un chisporroteo colosal que difundía por espacios mayores que cielo y tierra juntos la imagen de Inés en doscientos mil millones de luces; después oscuridad profunda, misteriosamente asociada a un agudísimo dolor en las sienes; después un vago reposo, una extinción rápida, un olvido creciente e invasor, y por último nada, absolutamente nada.



FIN
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Velados los trágicos días de 1808 por los que se sucedieron en España durante los siglos XIX y XX, los madrileños de hoy nos esforzamos en recordar. Hemos elegido un dibujo del gran Antonio Mingote, perteneciente a la serie "Historia de la gente", que bien simboliza a qué puede quedar recluida la historia cuando se vuelve efímera.

"Historia de la gente. (2ª parte)"
Antonio Mingote
Los domingos de ABC, 1983



El 19 de marzo y el 2 de mayo en PDF
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El documento corresponde a la quinta edición, del año 1887, editada por La Guirnalda, y atesorado por la Biblioteca Nacional de España.

REGISTRO BIBLIOGRÁFICO EN EL CATÁLOGO BNE-BDH



© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-009 MADGALDOS-ESP 2MAYO

viernes, 1 de mayo de 2015

Fiesta del Trabajo. Madrid, 1915

Recuerdos de papel centenarios para saludar a todos los trabajadores en este 1º de mayo de 2015.
Fotografía de Salazar que trae las miradas del pasado a este presente estancado e inconstante.
Desde la calle de Alcalá nos saluda el pueblo madrileño, luchador y sufrido, que festejaba la llamada "Fiesta del Trabajo" del sábado 1º de mayo de 1915.




Los obreros venían de la Plaza de Isabel II, donde a los ocho de la mañana se había formado la manifestación. A las diez se ponían en marcha-cada uno bajo su bandera y en orden-, avanzando por la calle del Arenal y entrando en la Puerta del Sol. Allí se detuvieron, frente al Ministerio de la Gobernación, y una Comisión hizo entrega de las siguientes reclamaciones:
"Primero. Jornada de ocho horas, como punto principal de la legislación protectora del trabajo.
Segundo. Apertura de trabajos en la proporción necesaria para dar ocupación a los obreros parados.
Tercero. Acción eficaz contra los acaparadores, para obtener el abaratamiento de las subsistencias.
Cuarto. Terminación de la guerra en Marruecos.
Quinto. En tanto ésta dure, que vayan a ella los hijos de los ricos, como van los hijos de los pobres.
Sexto. Derogación de la bochornosa ley de Jurisdicciones y la no codificación de la misma en los Códigos penal, civil y militar.
Séptimo. Extensión de los beneficios de la ley de Accidentes del trabajo a los obreros agrícolas.
Octavo. Extensión también de los beneficios de dicha ley a los camareros, cocineros y similares.
Noveno. Reducción de la jornada de trabajo a los obreros de la dependencia mercantil.
Décimo. Supresión del trabajo nocturno en el ramo de la panadería.
Undécimo. Convertir en ley el decreto de 24 de Agosto de 1913 relativo al trabajo de la industria textil.
Duodécimo. Dar a los trabajadores de las minas el Código insistentemente solicitado por ellos.
Décimotercero. Amnistía para todos los condenados o procesados por delitos políticos y sociales."

Dice "El año político-1915", que el Sr. Dato manifestó a la Comisión la atención que prestaba el Gobierno a las cuestiones obreras, y lo mucho que le complacería poder atender a todas sus demandas. Dato rogaba a los obreros un poco de paciencia, pues "tan pronto como se restablezca la normalidad y puedan reanudarse las labores parlamentarias, este Gobierno someterá a las Cámaras una amplia labor legislativa en sentido obrero, la cual se halla en estudio en los momentos actuales". En marcha estaban los trabajos de una Comisión del Gobierno que estudiaba y redactaba el Código minero.

Continuó la manifestación rumbo a la Casa del Pueblo. En la calle de Alcalá se hicieron la fotografía, como testimonio de que ningún tiempo fue mejor pero la unión hace la fuerza. Después, con la esperanza puesta en reivindicar los derechos del trabajador, continuaron su recorrido por las calles de Barquillo hasta Piamonte, número 2, donde se encontraba la desaparecida Casa del Pueblo.

Allí congregados, y habiendo entonado "La Internacional", la masa obrera pudo escuchar las palabras del Sr. Julian Besteiro, entonces concejal del Ayuntamiento, dirigidas al pueblo desde un balcón del salón de actos de aquella casa.


Este fue el discurso del Sr. Besteiro al pueblo obrero de hace cien años:
"Compañeras y compañeros: Es natural que vosotros hayáis dado principio a este acto con vivas al «abuelo», que encarna el prototipo de los luchadores del día.
Su ausencia hace que yo, aunque sin méritos, os dirija la palabra por una carta suya que ha escrito desde Valencia encargándome de esta misión.
Nosotros no tenemos ídolos; pero somos justos y debemos devolver con agrado el saludo al veterano luchador.
Este 1.º de mayo no puede ser fiesta para nosotros, porque millones de compañeros se hallan entre el humo y la metralla; pero es acto para contar nuestras fuerzas y tender la vista a nuestras esperanzas crecientes y justas.
Lo aprovechamos, como de costumbre, para solicitar mejoras de los Poderes públicos, entre ellas la jornada de ocho horas para quo el trabajo, así metodizado, pueda ser una bendición y no una maldición y castigo, como es ahora.
También pedimos que se mejore la condición de los mineros, de cuyos sufrimientos nos dan cuenta hasta los periódicos burgueses, y el trabajo diurno de la panadería, que mejore la condición y salubridad de estos obreros.
Porque la imperfección de la sociedad capitalista produce paros forzosos, se pide la organización de trabajos de carácter público, y es necesario también, como lo hacetmos, pediir que no suba cada vez más él precio de la vida.
También debemos fijar nuestra atención en que hay problemas comunes que nos obligan a luchar contra la organización burguesa, y por eso se hace necasario modificar las leyes penales, que hoy dejan en libertad a los defraudadores influyentes y aprisionan al infeliz obrero, para el cual solicitamos una amplia amnistía.
Seguimos sosteniendo esa guerra injusta e insensata de Marruecos, sin que nadie nos llame a Tánger, como los políticos se empeñan en demostrar, y contra esta teoría tendrán a la clase trabajadora.
Se preparan días fuertes y duros para el proletariado; pero quizá en ellos encontremos la felicidad."

Palabras puestas con el énfasis de la época, que suenan lejanas en algún sentido, pero que conservan similitudes con el mundo obrero de hoy.
Así fue aquel 1º de mayo de 1915; hoy muchos lo celebramos "de puente".





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