domingo, 18 de octubre de 2015

Comiendo en Lhardy. Madrid, 1892. IV Centenario del Descubrimiento de América


Pero en Madrid me gusta correrlo todo y verlo todo, y almorzar en Lhardy, y comer en Fornos ó en el Inglés, y tomar chocolate en casa de Doña Mariquita, y, en fin, hacer la vida del calavera derrochador, y sustituir el vino del Priorato, que uso de ordinario, con el Jerez y el Burdeos, y media botellita de Champagne.
Carlos Frontaura, 1887 [1]



Este es el relato del viaje realizado al Madrid de 1892 por mi amigo Ángel y yo. Asistíamos al banquete celebrado en el ya famoso restaurante “LHARDY”, con motivo del IV Centenario del Descubrimiento de América.

Si bien todo lo que vamos a contar es verdadero, el citado banquete se verificó en fecha y lugar distintos a los hechos históricos conocidos. Nos permitimos esta licencia para dar protagonismo al restaurante, y aseguramos que al final de la crónica todo quedará aclarado.




Introducción
Mi acompañante y yo llegamos al Madrid decimonónico cuando se estaba celebrando el IV Centenario del Descubrimiento de América. Era el año de 1892 y por Real Decreto, firmado el 23 de septiembre por la reina regente, se declaraba Fiesta Nacional el 12 de octubre en atención al histórico aniversario.

Aparecimos en la Plaza de Cibeles, entonces también llamada "Nueva Plaza de Madrid". En la zona se estaban realizando obras de pavimentación, y nuestra diosa continuaba en la esquina de Alcalá con el Paseo de Recoletos, aneja al Ministerio de Guerra (Palacio de Buenavista).


"Recuerdo de Madrid: en el IV Centenario del Descubrimiento de América"
Postal 13: Calle de Alcalá (Vista desde la Plaza de Cibeles)
© BDCAM-Biblioteca Regional de Madrid
© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-013 RECUPAPEL
© 2015 Historia Urbana de Madrid - ISSN 2444-1325

"Recuerdo de Madrid: en el IV Centenario del Descubrimiento de América"
Postal 5: Banco de España
© BDCAM-Biblioteca Regional de Madrid
© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-013 RECUPAPEL
© 2015 Historia Urbana de Madrid - ISSN 2444-1325

En esta fotografía de la Cibeles, tomada por J. Rodríguez en 1895 (?), vemos unas casas que formaban parte de las huertas del Corregidor Juan Fernández. Lindaban con el Altillo de Buenavista, donde el Cardenal Quiroga tenía una casa que cedió a Felipe II como lugar de retiro. El lugar es conocido hoy como Palacio de Buenavista o Cuartel General del Ejército.
Las edificaciones, otrora de Juan Fernández, pasaron a ser dependencias de la Inspección de Milicias, y más tarde formarán parte de la Presidencia del Consejo de Ministros. Un incendio las hizo desaparecer. [LEER +]
Caminamos por la calle de Alcalá, más o menos de la misma guisa que el señor de chistera que se dirige hacia la calle de Virgen de los Peligros.

Calle de Alcalá
(1892)
©AFCAM. Archivo Jaime Murillo Rubiera
© 2015 Eduardo Valero García-HUM 015-013 RECUPAPEL
© 2015 Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

Y en esa calle nos detuvimos un momento para contemplar la esquina de la de Sevilla con Alcalá y el imponente edificio de La Equitativa. No pudimos hacer comentario alguno; sólo nos limitamos a suspirar.
Aprovechamos el momento para entrar en el Café de Fornos y observarlo en estado natural, antes de la reforma acometida en 1902.

Continuamos nuestra ruta por la calle de Alcalá hasta la Puerta del Sol.
La Villa y Corte mostraba varios cambios desde mi anterior visita, en 1880, cuando disfruté de un banquete en el mítico Café Universal. Y justamente allí, frente al café, observamos la plaza y su actividad. Tartanas, coches de punto, jardineras, y algún guardia montado, discurrían por el amplio espacio en armonía con el hormigueo constante de transeúntes.

"Recuerdo de Madrid: en el IV Centenario del Descubrimiento de América"
Postal 8: Puerta del Sol (vista desde el Hotel de París)
© BDCAM-Biblioteca Regional de Madrid
© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-013 RECUPAPEL
© 2015 Historia Urbana de Madrid - ISSN 2444-1325

"Recuerdo de Madrid: en el IV Centenario del Descubrimiento de América"
Postal 9: Puerta del Sol (vista desde el Hotel Bristol)
© BDCAM-Biblioteca Regional de Madrid
© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-013 RECUPAPEL
© 2015 Historia Urbana de Madrid - ISSN 2444-1325

Puerta del Sol.
Hauser y Menet (Madrid)
(1892)
© Biblioteca Nacional de España
Tipo de Documento: Dibujos, grabados y fotografías
Signatura: 17/150/1/139
Con licencia
© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-013 RECUPAPEL
© 2015 Historia Urbana de Madrid - ISSN 2444-1325

Don Ángel –mi acompañante-, hombre cabal y de mente abierta, observaba con más curiosidad que asombro; Madrid se mostraba con todo lujo de detalles. El ojo avizor de nuestros lectores seguro que encontrará infinidad de detalles y descubrirá más sobre la idiosincrasia del pueblo madrileño.

En un vistoso kiosco de prensa pudimos comprobar que “Blanco y Negro” celebraba su primer aniversario. Echamos un vistazo rápido a las publicaciones y prestamos atención a los comentarios de la gente. Todos hablaban de la Exposición Histórico Americana que se inauguraría en el Palacio de la Biblioteca y Museos (Biblioteca Nacional de España).
Aquello nos hizo recordar el motivo de nuestra visita y raudos giramos sobre los talones rumbo hacia la Carrera de San Jerónimo.

Al pasar por la Librería San Martín hicimos alusión a que ese año Jacinto Benavente había publicado “Teatro fantástico”, su primer libro.
Como de costumbre, yo hablé de Galdós. Don Benito publicaba “Tristana” en enero, e incursionaba en el teatro estrenando la adaptación a la escena de “Realidad”. ¡Todo un éxito!
Además, mientras paseábamos por aquel mes de octubre del XIX, el escritor estaba acabando “La loca de la casa” y casi a la vez preparaba su adaptación para el Teatro de la Comedia, que se estrenaría el 16 de enero de 1893. ¡Otro éxito!

Ángel apuntó que, seguramente, un poco más allá, en el hotel de las Cuatro Naciones de la calle Arenal, Rubén Darío conversaba con Menéndez Pelayo.

Un “guindilla” frenó nuestro diálogo y marcha nada más acceder a la Carrera de San Jerónimo. Por encima de su hombro divisamos un bulto de carruajes, capas y sombreros de copa de siete brillos, todo ello aglutinado frente al restaurante de Agustín Lhardy y Garriguez. ¹

El encargado del orden público adoptó la postura de general de los ejércitos y con la mano nos indicó que debíamos retroceder.
Presentamos los salvoconductos pertinentes. El municipal se cuadró ipso facto, a su manera, más cómica que marcial, y nos abrió camino mostrando su mejor sonrisa. Algo dijo, pero no sabemos qué.

Había muchos guardias, a pie y montados, repartidos por la antigua arteria. También algún retén del ejército en las calles adyacentes a la Carrera hasta la plaza de las Cortes.

Asistíamos a un evento de gran relevancia: el banquete ofrecido por los ministros de las Repúblicas americanas al Gobierno y cuerpo diplomático español.
Por esas cosas de los privilegios, además de peces tan gordos, estaban invitados algunos comerciantes de la villa. Nosotros íbamos en calidad de industriales con negocio en la calle Mayor.
¹ Agustín Lhardy y Garriguez era hijo de don Emilio Huguenin “Lhardy” -fundador del negocio-, quien había fallecido a las siete y media de la tarde del lunes 17 de enero de 1887, a la edad de 81 años.
La Correspondencia de España, miércoles 19 de enero de 1887



Comiendo en Lhardy
Con el orden y boato que impera en los banquetes de postín, accedimos pausadamente al local codeándonos con grandes personalidades de la política interior y exterior.
De soslayo pudimos comprobar que el escaparate del Lhardy tenía fama desde siempre por su esmerada composición y calidad de productos; era un bodegón en toda regla. Vimos expuesto el famoso Rosbif al estilo inglés, los pasteles, el foie grase y otros tantos manjares.

Cuando se ponía tono de humor al hambre y la miseria, frívolamente la prensa cómica utilizaba el escaparate de Lhardy como argumento.

"El Mundo Cómico, Madrid, 1874
Diálogo:
-¡Hola! compañero, ¿se cena?...


En ocasiones también se utilizaba para criticar con cierto sarcasmo la situación política del momento.

"Madrid Cómico", 1893
Diálogo:
—Figúrate que nosotros estamos aquí, en la esquina de la calle de
Espoz y Mina, y que los moros avanzan por la Carrera de San Jerónimo.
¿Qué harías tú?
—¿Yo? Meterme á tomar un bocadillo en casa Lhardy.


Un pollo que salía de un portal de la acera opuesta, atisbó en nosotros un aire de desconcierto y desorientación; entonces nos gritó con mucha gracia:

- ¡Dan en las Tullerías
por medio duro
lo que no dan en Lhardy
por treinta y uno!

Otro guindilla le invitó a abandonar la zona, más a la carrera que andando.

Entendimos que el parroquiano se refería al restaurante Las Tullerías, de la plaza de Matute, número 6, donde el menú no era muy variado aunque contundente.

Madrid Cómico, julio de 1891

Las rivalidades de otros locales de comidas con el de Lhardy eran cosa antigua; cuando aún se le llamaba “fonda”, en la primera mitad del siglo XIX, ya se conocían estas tiranteces. Así, en el Diario de Avisos del 20 de diciembre de 1846, se publicaba el siguiente reclamo:



Accedimos, pues, a la antigua pastelería fundada en 1839, convertida con el tiempo en uno de los más afamados restaurantes de Madrid. Al ver don Ángel mi extasiado semblante, hizo un comentario afortunado:
-¡Sí! Ya te lo digo yo; aquí Galdós comía cocido, e inmortaliza el local en sus obras.

Volviendo a mi ser, respondí: 
-¡Así es! Que recuerde, en «Los Ayacuchos» y en «Lo prohibido». Si en el Universal le pusieron el mote de «el chico de las putas», por el cocido de aquí se llevó el de «garbancero».



Avanzamos, observando cada detalle del precioso decorado y los mostradores, hasta toparnos con el entrañable espejo que retuvo las figuras de cuantos pasaron por sus salones. Monarcas, políticos, literatos; miles de personas que asistían a sus lujosos banquetes, al cocido de los jueves, a merendar, y a su postinero “Diner Lhardy”, servicio inaugurado la noche del 12 de noviembre de 1886 y cuyo menú del día siguiente había sido este:


Aún se palpaba esa atmosfera de confabulaciones políticas, escarceos amorosos y otras intrigas.
Se respiraba el ambiente literario y romántico; las celebraciones de éxitos teatrales; los eruditos y filosóficos almuerzos; los señoriales banquetes. Cada paso que dábamos era un episodio de historias pasadas y presentes. Para nosotros, también historias futuras.

Como en mi visita al Universal, ahora mi acompañante podía disfrutar de un local casi recién estrenado, porque el Lhardy había sido reformado en 1885, como el Universal en 1880.

Mi memoria -que se activa cuando algo le provoca un recuerdo-, era un torbellino de datos e imágenes. Entonces se abrió el archivo “LHARDY” y comencé a narrar en detalle un texto que hacía referencia al restaurante y su menú. Lo firmaba José Fernández Bremón, y había sido publicado en la “Crónica General” de la revista La Ilustración Española y Americana un día de noviembre de 1886.

Ángel, mi acompañante, asentía con la cabeza mientras escuchaba con atención el relato de lo que nuestros ojos ahora veían. El texto, transcrito en esta ocasión, era el siguiente:
El restaurant y repostería de Lhardy es el Senado de los gastrónomos: su cocina es seria y clásica; sus salsas son indiscutibles, y no han estado nunca al alcance de todas las fortunas. Hace muchos años que sus hornillos no se encendían para el servicio individual: sólo el que encargaba con tiempo un banquete probaba sus guisos; el público conocía sus pastelillos, embutidos y los manjares de repostería que se expenden en la tienda del piso bajo; los hambrientos contemplaban en éxtasis las cabezas de jabalí que suelen exponerse en el escaparate, y diríase de ellos que estaban dispuestos á luchar contra las fieras; la casa, á pesar de tener cuarenta y siete años de antigüedad, parecía siempre de reciente fundación. […]
La exposición, que eran las ostras, la sopa y las carnes de saumon sauce crevelles, ó sean ruedas de salmón con salsa de langostinos, predispuso los ánimos favorablemente: era la salsa delicada y exquisita. Subió el interés creciendo en el enredo de la comida, con el filete de vaca á la maríscala, las pechugas de ave á la escarlata y los perdigones usados, con su legumbre después, según costumbre de la casa, para preparar el desenlace, que fueron los finísimos quesitos helados, la compota con el almíbar más transparente que el cristal, y postres variados. Todos felicitaron a Lhardy mientras saboreaban el café.

El consomé sólo lo olimos, puesto que, según entraban los invitados, unos estirados jefes de sala nos acompañaban al salón correspondiente.
Sobresalía la inspiración y buen gusto que Agustín Lhardy había puesto en su negocio. Pintor y litógrafo delicado y romántico, Agustín supo combinar la restauración con el arte. Algún crítico había dicho de él: “-Pastelero, a tus pasteles”, y otra clase de barbaridades.

Hay que decir que Agustín no era hombre de fogones, pues, a pesar de haber aprendido de su padre, su mayor interés estaba en el arte. Aún así, fue hombre inteligente que supo sacar el mayor provecho de la herencia recibida catapultando el restaurante hacia el éxito; éxito que aún hoy perdura.

En la década de los 80 del siglo XIX las noticias de la prensa sobre Lhardy se dividían casi a la par entre la activa vida del restaurante y las exposiciones y nuevas obras de Agustín.

Agustín Lhardy en su taller.
La Esfera, 1918


En la columna “De todo un poco” de la revista Madrid Cómico, publicada en marzo de 1888, Luis Taboada hacía referencia a un libro en el que colaborada Agustín Lhardy con uno de sus aguafuertes:
Hoy habrá sido puesto á la venta el precioso libro de Enrique Sepúlveda La Vida de Madrid en 1887. Quinientas veinte páginas, 250 dibujos de Comba, 10 alegorías de Souto; aguas fuertes de Lhardy; en fin, el libro es un verdadero prodigio de arte y está dedicado á la prensa de Madrid. Y no digo que además está primorosamente escrito por no ofender la modestia de mi querido amigo y compañero. Pero cuando V.V. lo compren me darán la razón."
Luis TABOADA


"La vida en Madrid en 1887"
Sepúlveda, Enrique (autor)
Lhardy, Agustín (aguafuerte)
(Madrid, 1888)
© Biblioteca Nacional de España
Signatura: 3/86716
© 2015 Eduardo Valero García-HUM 015-013 RECUPAPEL
© 2015 Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

Mientras los peces gordos –por poder y por volumen- eran guiados a los salones privados, nosotros fuimos ubicados en el lujosísimo salón Isabelino. Compartimos mesa con tres personajes decimonónicos anónimos, flor y nata del comercio madrileño. Gente adinerada que no había olvidado sus orígenes y se mostraban campechanos.

Uno era asturiano, el otro, hijo de belgas, y madrileño antiguo el tercero. Fue éste el que rompió el hielo hablando de la celebración del IV Centenario, festejo que se había verificado el 12 de octubre, pocos días antes de nuestro viaje por el tiempo.
-¡Señores, tenemos descubrimiento para rato! Todas las provincias de España se habían propuesto ser los mejores en esto de rendir honores a nuestra Isabel, la católica, y al bendito Colón. Y vaya si lo han conseguido.
El hijo de belgas replicó:
-Si se refiere usted al desfile del otro día… no estuvo mal, pero, desde mi punto de vista, Madrid va con retraso en las celebraciones.
-¡Quía! ¡En eso estamos de acuerdo!, añadió el madrileño.

Sobre el desfile
A las ocho de la mañana del 12 de octubre quedaba inaugurada la celebración del IV Centenario del Descubrimiento de América con la salida de su acuartelamiento de diecisiete bandas de música y trompetas de los cuerpos de la guarnición; además de las del Hospicio y Asilo de San Bernardino, que tocaron diana por las calles y plazas del itinerario previamente señalado para cada una.

Poco después, a las doce, quedaba formado en la calle de San Bernardo el multitudinario desfile que llamaron “escolar”.
El primer grupo estuvo integrado por cadetes de la Guardia Civil y alumnos de los Institutos del Cardenal Cisneros y de San Isidro, además de los sesenta y cuatro colegios incorporados a dichos establecimientos, así como los de los Institutos de Segovia y Cuenca, los de las Escuelas Pías de Madrid y los del Colegio de Huérfanos de la Guerra.
También los alumnos y catedráticos de la Escuela Normal Central de Maestros; Escuela de Guadalajara; de la Nacional de Música y Declamación; de la Superior de Pintura, Escultura y Grabado, y representantes del Ateneo Escolar de Badajoz. Todos ellos luciendo esplendidos estandartes y banderas.

Seguía el grupo de los alumnos de las Escuelas Superiores de Comercio, Diplomática y Veterinaria. Los del Colegio de Sordo-Mudos y Ciegos; de Artes y Oficios; Academias Militar de Toledo, Caballería de Valladolid, Artillería de Segovia y de Ingenieros de Guadalajara.
Cerraba la comitiva una compañía del Colegio de Huérfanos de María de Cristina, de Aranjuez.

Pero eso no es todo. Dos pajes vestidos con dalmáticas, que seguían al primer grupo, portaban en una gran bandeja el tambor y los clarines usados en la Universidad de Salamanca en las ceremonias de graduación hasta finales del siglo XVIII. A continuación, los maceros de dicha Universidad, precediendo a cuatro estudiantes de Derecho, Medicina, Ciencias y Letras.
También desfilaban estudiantes de Universidades belgas y de la de París, Coímbra, y de las repúblicas hispanoamericanas. Les seguían tres estudiantes de la Academia de Santo Tomás de Aquino.



La última sección de la comitiva estaba formada por alumnos y catedráticos del Seminario Conciliar de Madrid; de las Universidades de Valencia, Santiago, Sevilla, Oviedo y Granada.

Más de 3.000 fueron los alumnos de la Universidad Central de Madrid, pertenecientes a las Facultades de Ciencias, Derecho, Medicina, Filosofía y Letras y Farmacia.

Cerraban el desfile los carruajes que llevaban las coronas y estandartes destinados a los monumentos de Isabel la Católica y Colón; una sección de carabineros jóvenes y un coche de respeto de la Casa Real.

Avanzó la inmensa columna por la calle de San Bernardo hasta la cuesta y plaza de Santo Domingo, plaza de Isabel II, calle del Arenal, Puerta del Sol, calle de Alcalá y Paseo de Recoletos hasta la plaza de Colón.



Los cronistas dan por finalizado el desfile en ese punto, pero debieron continuar hasta el paseo de la Fuente Castellana (Pº de la Castellana) hasta el monumento a Isabel la Católica.

"MADRID- Monumento a la memoria de Colón en Recoletos"
J. Laurent y Cía.
(Entre 1880 y 1900)
© BDCAM-Biblioteca Regional de Madrid
Colección: BR01
Signatura: Mg.XXVIII/36
Nº de registro: 15522
© 2015 Eduardo Valero García-HUM 015-013 RECUPAPEL
© 2015 Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

"Recuerdo de Madrid : en el IV Centenario del Descubrimiento de América (ca. 1892)"
J. Laurent y Cía.
(Entre 1880 y 1900)
© mcu-FPH-Archivo RUIZ VERNACCI
Nº de inventario: VN-21169
© 2015 Eduardo Valero García-HUM 015-013 RECUPAPEL
© 2015 Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

Retomamos la conversación
El asturiano hizo referencia a los fuegos artificiales, sufragados por el Ayuntamiento, que se quemaron la noche del día 12 en la plaza de Alonso Martínez y campillo de Las Vistillas al día siguiente. Finalizó su discurso, que había incluido aspectos técnicos, anunciando:
-Esta noche los queman en la Cibeles



Servidos unos pequeños aperitivos para ir abriendo boca, el madrileño dio un giro a la conversación y la centró en un tiempo lejano:
-¿Los señores aquí presentes recordaréis el viento huracanado que azotó la villa en febrero, verdad? Comenzó de madrugada. Yo regresaba del Círculo y el cochero tuvo sus inconvenientes para dominar a la bestia. La temperatura descendió repentinamente a un grado.
Los otros dos comensales hicieron comentarios al respecto, incluido alguno de connotaciones políticas más chistosos que de relevancia.
Nosotros nos excusamos alegando que estábamos de viaje en París y, aunque conocíamos la noticia, no la habíamos vivido.
Asintió con la cabeza el sesentón madrileño, aprovechando la oportunidad para explayarse:
-¡Pues aquello fue apocalíptico! En la plaza de las Vistillas voló una caseta de madera, y se llevó dentro al matrimonio que allí dormía. ¡Figúrense! ¡Fueron desplazados cuatro metros!
En el Puente de Toledo el viento empujó de una parte a otra a un mozo de cuerda que acabó con una pierna rota, y el cauce del Manzanares arrastró a un niño al que, por fortuna, le rescataron dos mujeres al pasar por unas bancas.
El asturiano añadió:
-Hubo pánico en la ciudad y se cortaron las comunicaciones telegráficas. En la Central de Telégrafos colgaron un cartel que avisaba de las anomalías en las comunicaciones con Andalucía, Cataluña, Extremadura, Castilla y Portugal. A Málaga solo por correo. Galicia y Asturias, sin comunicación. ¡Está visto que nuestro telégrafo solo es para las pocas y cortas temporadas que hace buen tiempo, rediosss!
El hijo de belgas comentó que en la calle de San Bernardo una mujer había sufrido heridas de gravedad al caerle una teja sobre la cabeza, y que en su casa se habían roto varios cristales.
-¡Para cristales los de la plaza de Oriente! ¡Casi todas las farolas de allí los perdieron!, añadió el madrileño.
Nos sorprendió a todos un dato aportado por el asturiano:
-El viento se desplazaba por momentos a 2 kilómetros por minuto, es decir, más de 30 metros por segundo. Esto, en la tabla de velocidad de los vientos, corresponde a algo más que una tempestad violenta… ¡Un huracán en toda regla!
Se habló también de otros daños ocasionados por el impetuoso viento. Se dijo que a las once de la mañana había cedido la techumbre del Lavadero número 28 de la Pradera del Corregidor, y que en la calle de la Ruda otra mujer sufrió lesiones al ser golpeada por una silla que venía volando.

Nos resultaba curiosa aquella conversación contada por tres protagonistas. Simpática crónica de un poblacho que era corte y capital de un reino, suspendida un instante para atender al menú confeccionado por Lhardy para la citada celebración:

© Biblioteca Nacional de España
(1892)
Tipo de Documento: Dibujos, grabados y fotografías
Signatura: Eph/15(1)-Eph/15(11)
Con licencia
© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-013 RECUPAPEL
© 2015 Historia Urbana de Madrid - ISSN 2444-1325

© Biblioteca Nacional de España
(1892)
Tipo de Documento: Dibujos, grabados y fotografías
Signatura: Eph/15(1)-Eph/15(11)
Con licencia
© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-013 RECUPAPEL
© 2015 Historia Urbana de Madrid - ISSN 2444-1325

Una vez elegido lo que íbamos a jamar, el madrileño continuó con lo que de seguro era el punto al que quería llegar:
-Pues estimados amigos, viajantes de París, os contaré (hizo una pausa para añadir dramatismo a su alocución), que en esta propia casa ocurrió aquel día de febrero un acto heroico.
Todos adelantamos nuestras cabezas al centro de la mesa para atender mejor al simpático señor. En el comedor habían comenzado grandes murmullos ante la llegada de Cánovas del Castillo, quien, junto con unos ministros, pasaba a otro salón.

"Retrarto de Antonio Cánovas del Castillo"
Autor y año desconocidos
© Biblioteca Nacional de España-BDH
Dibujos, grabados y fotografías. Signatura: 17/176/1
© 2015 Eduardo Valero García-HUM 015-013 RECUPAPEL
© 2015 Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

Nos resultó curioso que ninguno de nuestros acompañantes hiciese mucho caso a la escena. Nosotros pudimos verle de refilón y tuvimos que contener la emoción. Estábamos contemplando la noble figura de quien sólo conocíamos por retratos.

Más tarde, mi amigo Ángel me confesaría que, independientemente de las ideas políticas, le hubiese recomendado que nunca más asistiese al balneario de Santa Águeda.

Dijo el hijo de belgas:
-Por las tardes coincido aquí con don Antonio a la hora de la merienda. Toma una ración de Chester y un panecillo, con una copa de Madera o Burdeos. Merienda sobria la de este hombre de Estado que a las seis ya la ha acabado.

Volvimos la atención hacia el campechano madrileño, que puso la puntilla a su narración:
-Al asunto. Resulta que los vientos huracanados que tantos destrozos causaron en esta coronada villa afectaron a pobres y a ricos. Como les decía, en esta misma casa Eolo se entretuvo en intentar voltear la chimenea del edificio. El guardia número 642, a quien tengo el gusto de conocer, se había percatado del peligro y no dudó en subir al tejado ¡Con el riesgo que eso supone en tremendas condiciones meteorológicas! Pues bien, a riesgo de salir despedido por los aires atinó a arrancar la pesada chimenea. Al hacerlo rodó por el tejado y a punto estuvo de precipitarse al suelo.
Al artista Lhardy le tocó reponer la chimenea, y al heroico guardia unas cuantas contusiones y recibir la felicitación de los jefes del Cuerpo en su propio domicilio.

Después de esto, los tres comerciantes intercambiaron opiniones sobre precios y tasas; blasfemando el asturiano en cada frase mientras nosotros asentíamos con la cabeza; afortunadamente ninguno nos pidió opinión.

Muy en confidencia, el madrileño comentó que los fusionistas estaban negociando con Agustín Lhardy para que se presentase como candidato por el distrito de Congreso en las elecciones municipales de 1893, pero, al parecer, éste no estaba muy dispuesto a dar su nombre.

Llegaron los primeros platos. La vajilla era de exquisita manufactura. No faltaba detalle; todo en la mesa era una obra de arte semejante a una composición aurea abocetada por Agustín Lhardy .

Mi acompañante y yo nos decantamos por un vinito de Burdeos, el Château Margaux. En el siglo XXI esa botella nos hubiese costado una fortuna. Con él regamos la sopa de acelgas (Potage Lucullus), las ancas de venado en salsa moscovita (Cussots de chevreuil sauce Moscovite) y el Filet mignons.

El hijo de belgas comió con fruición unas ostras (Huîtres) y después la pularda, acompañadas con Pommery Greno. Por su parte, el asturiano optó por el rodaballo (Turbots a la Régence) y espárragos (Asperges en Branches), con un Johannisberg.

El madrileño degustó un pastelito de hojaldre (Bûches a la Tyrolienne) y langostas (Langoustes a la Valliere), todo regado con Tío Pepe. Es normal que optase por un vino de Jerez. Como vimos en la lista de vinos del Café Universal, abundaban estos caldos y sus variedades. A diferencia de ese café, el Lhardy no incluía en el postinero menú ninguno de Valdepeñas. Sobre gustos no hay nada escrito.

Para los postres, todos pudimos disfrutar de una variada colección de los afamados pastelitos de la casa, café y licores.

Poco a poco fueron desalojandose los salones; el ambiente ya estaba un tanto cargado.
En la puerta del restaurante nos despedimos de nuestros casuales acompañantes y convenimos en vernos el día de la Cabalgata del Comercio y la Industria de Madrid. Entonces adelantamos los pasos hasta noviembre de aquel año.


IV Centenario del Descubrimiento de América
Los festejos para conmemorar el IV Centenario del Descubrimiento de América habían comenzado el mes de agosto. En pleno municipal de 4 de marzo de 1892 se presupuestó la cantidad de un millón de pesetas para sufragar los gastos de los festejos, cantidad escasa que propició la suspensión de funciones en el Teatro Real, así como la instalación de luz de gas en la Puerta de Alcalá y la eléctrica en la Casa Consistorial. A esto había que sumar la suspensión de muchas subvenciones.
Del desfile celebrado el 12 de octubre ya hemos hablado.

Noviembre
El 11 de noviembre asistimos a la inauguración de la planta baja del edificio de la Biblioteca Nacional de España, en esos momentos llamado Palacio de la Biblioteca y Museos. Con ese acto también quedaba inaugurada la Exposición Histórico Americana y Europea.
No será hasta cuatro años después, el 16 de marzo de 1886, cuando la institución abra sus puertas al público.

Los siguientes grabados corresponden a dibujos del natural realizados por Comba, e ilustran dos momentos relevantes de la inauguración.
El primero representa la escalinata de la Biblioteca momentos antes de la llegada de la familia Real y reyes de Portugal. 


“Desde antes de la una de la tarde, la soberbia escalinata, los anchos vestíbulos y escaleras contiguas y los salones cercanos, estaban ocupados por un público numeroso y selecto, en el que brillaban hermosas y elegantes damas y multitud de personajes españoles y extranjeros, singularmente americanos, representantes de naciones y Estados que formaron parte de la antigua y poderosa patria española, de la que recibieron civilización y progreso, y que ahora han concurrido noblemente á tributarla homenaje de afectuoso respeto […]”
La Ilustración Española y Americana, 22 de noviembre de 1892

A las dos y media llegaron S. M. la reina regente, los reyes de Portugal y la infanta Isabel, quienes fueron recibidos con el Himno de la Carta. Inmediatamente después accedieron al trono instalado en el salón de actos, dando comienzo al protocolario acto de inauguración.
Finalizado éste, la Regia comitiva, junto a los representantes del Estado español y Republicas extranjeras, visitaron las exposiciones.
A las cinco de la tarde, con los acordes del himno portugués, la familia Real abandonaba el recinto.





Por el espacio intemporal nos movimos a nuestro antojo con la precaución propia del que camina por terreno desconocido; porque si una cosa es cierta, nuestra sabiduría del Madrid decimonónico venía de la lectura y la investigación, pero jamás de las vivencias. Entonces nos atrevimos a saltar al 14 de noviembre y nos situamos otra vez en la Puerta del Sol.

El espectáculo que teníamos ante nuestros ojos era digno de ver. Se trataba de la cabalgata histórica organizada por el Ayuntamiento de Madrid para conmemorar las Fiestas Colombinas.

Consultado con mi compañero, convenimos en que, de regreso al siglo XXI, yo me encargaría de relatar nuestras vivencias, reservando la de esta cabalgata y otras celebraciones para un segundo artículo.

Y así se ha hecho hoy, 18 de octubre de 2015, narrando la primera parte de todo lo vivido dentro y fuera de Lhardy.

Como siempre, nuestro viaje fue posible gracias a la Biblioteca Nacional de España y sus tesoros. Valiosa documentación utilizada para recrear esta historia en tiempo real, pero de aquellos tiempos, con la única finalidad de traer al madrileño de hoy memorias de otro Madrid.



Notas

Todo lo narrado es verdadero, más debemos aclarar que el banquete al que hacemos alusión fue servido en el salón de actos del Palacio de la Biblioteca y Museos y no en casa Lhardy.
Sí es verdad que el menú fue confeccionado y servido allí por el restaurante Lhardy, juntamente con los arreglos florarles.
Así lo anunciaba la Correspondencia de España del 27 de noviembre de 1892:
El banquete de los representantes de las repúblicas Americanas en la Exposición al Gobierno y al cuerpo diplomático se verificará en el grandioso salón de actos del Palacio de la Biblioteca, y será servido por Lhardy. Al banquete seguirá una recepción, a la que han sido invitadas muchas señoras.

Por su parte, el periódico La Época del lunes 28 de noviembre añadía:
"Habrá banquete (en el amplio salón central del edificio), al que serán invitados el presidente del Consejo y los ministros de la Corona, los presidentes del Senado y del Congreso y los de los Tribunales y los altos Cuerpos del Estado, Cristobal Colón y de la Cerda (duque de Veragua) y otros varios personajes, y después gran recepción (en los salones de la planta baja, donde se celebró la inauguración oficial de las Exposiciones), haciendo los honores de la fiesta, con lady Woolf, la esposa del embajador inglés; la baronesa Wedel, consorte del ministro de Suecia y Noruega y las demás señoras del
Cuerpo diplomático, damas tan ilustres de la sociedad madrileña como la duquesa viuda de Medinaceli, la condesa de Casa-Valencia y la duquesa del Infantado.
El banquete debe de ser magnífico. Será servido por Lhardy, quien tiene carta blanca para que no repare en gastos."

Lo narrado sobre el huracán fue cierto. Así lo anunciaba La Época del 3 de febrero de 1892:


También fue cierto el episodio del guardia que subió al tejado del edificio de Lhardy para arrancar la chimenea.

Antonio Cánovas del Castillo, presidente del Consejo de Ministros en 1892, será asesinado el 8 de agosto de 1897 en el balneario de Santa Águeda (Mondragón, Gupúzcoa). Sus restos descansan en el Panteón de Hombres Ilustres.

Durante el mes de noviembre de 1892 se celebraron más evento relacionados con el IV Centenario, que en el mes de octubre.



Bibliografía
[1] Fragmento del artículo “Espejo para viudas”, de Carlos Frontaura. Revista La Ilustración Española y Americana, julio de 1887.

Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor.

En todos los casos cítese la fuente: Valero García, E. (2015) "Comiendo en Lhardy. Madrid, 1892. IV Centenario del Descubrimiento de América", en http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/

• Citas de noticias de periódicos y otras obras, en la publicación.
• En todas las citas se ha conservado la ortografía original.

© 2015 Eduardo Valero García-HUM 015-013 RECUPAPEL
ISSN 2444-1325