domingo, 28 de junio de 2015

Coplas del domingo. ¡Que calor!

Copla dominguera de D. Antonio Casero para inaugurar el verano abrasador de hoy y los cotilleos de las vecinas antiguas en las noches de estío.
A noventa y nueve años de su publicación en el Heraldo de Madrid, domingo 23 de junio de 1916, recuperamos esta copla en la que don Antonio se queja del calor en voz de la Señá Dolores y su compañera de chismorreos.
Lo cierto es que aquel día la temperatura alcanzó un máximo de 31,4º a la sombra, y los días anteriores apenas había superado los 30º. ¡Qué hubiese sido del coplero y sus personajes en este domingo canicular del 2015!


Coplas del domingo, por Antonio Casero

¡QUE CALOR!
Como aprieta la cuca,
Señá Dolores.
—Yo estoy entontecía
con las calores;
Esto es un horno.
—¡Si se respira fuego!
—¡Vaya un bochorno!

—Yo he bajao los colchones
de la bohardilla,
porque está qu'es talmente
una parrilla;
hasta el morrongo
duerme junto al botijo.
—¡Sí qu'es candongo;
— Pos tu marío duerme
qu'es un encanto.
—No me extraña naita;
trabaja tanto,
qu'el pobrecillo
se queda en dos minutos
como un ladrillo.

Yo no sé cómo duerme,
porque, señora,
está la callecita.
que da la hora;
hay mucha guasa,
y está lo peorcito
de cada casa.

Manolita, la chica
del tabernero,
platica dulcemente
con el barbero,
que, dicho sea
de paso, es un mocito
que «parpadea».

Y que le toma el pelo,
si a mano viene,
a Sansón y Dalila,
qu'es lo que tiene
la creatura,
qu'es un siete d’enero
por su frescura.

«El Bólido» y el pollo
de la Fermina
nos dan la serenata
con la ocarina;
Paco «el Tranquilo»
que canta por levante,
y que tie estilo,
se pasa la existencia
marcando cante,
y allí toda la noche
sopla levante,
y él también «sopla»
un vaso de morapio
de copla a copla.

La codorniz del ocho,
qu'es un portento,
da diecisiete golpes;
y Sacramento,
la del «Tullido»
le da muchos más golpes
a su marido.

Las señoritas cursis
del entresuelo
vienen de la Bombilla
con un agüelo;
me huele a timo;
el agüelo del margen
debe ser «primo»...

A la puerta del «tupi»
de Teodoro
están Paco «el Garrafa»
y el Isidoro
jugando al tute
con dos de Valdepeñas
y una de Rute.

-Na, que veraneamos
como marqueses;
cinquito de mojama,
diez d'alcahueses
y el agua a morro
por mor de que el botijo
no tie pitorro.

Como aprieta la cuca,
Señá Dolores.
—Yo estoy entontecía
con las calores;
Esto es un horno.
—¡Si se respira fuego!
—¡Vaya un bochorno!
ANTONIO CASERO


© 2015 Eduardo Valero García (GARCIVAL) - HUM 015-006 ILUST


© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-006 COPLAS AC
ISSN 2444-1325

Fototeca. Puerta del Sol y Café de Levante. Madrid, 1916

Día de huelga general en el Madrid de 1916. El objetivo de la cámara capta el instante anterior a la llegada de las fuerzas de Caballería que desalojaron la plaza en un satiamén.
Por las calles andaba poca gente pero, como sigue ocurriendo hoy, cuando había que protestar todo el mundo se agolpaba en Sol.

Archivo HUM [1]

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VER UBICACION


Era el lunes 18 de diciembre de 1916. El periodista Eduardo Gómez de Baquero ("Andremio"), describía así la atmósfera de aquel día:
"La huelga general [...] alarmó un poco al buen pueblo de Madrid. La villa y corte parecía haber retrocedido cincuenta años en su historia. A no ser por las características del paisaje urbano moderno, diríase que nos encontrábamos en la época en que había jaranas y tiros en las calles y en que los hombres, temerosos de Dios y del prójimo, se encerraban en su casas a piedra y lodo y hacían provisiones de boca por lo que pudiera suceder. También en osta ocasión las amas de casa prudentes han hecho acopio de artículos de comer, beber y arder para que el día de la huelga no fuese día de dieta y día de tinieblas, si la electricidad llegaba a cruzarse de brazos.
Por las calles andaba poca gente. En cambio, se veían muchos guardias, infantería y caballería. Sólo faltaba la artillería para que estuvieran representados todos los fundamentos del orden social, que democráticamente proclamó en su día nuestro excelso demócrata Castelar."

En la imagen podemos ver el ministerio de la Gobernación y más allá la calle Mayor bastante concurrida. Más cerca, pasada la calle Carretas, el mítico Café de Levante.
Para hablar de él cedemos el testigo a M. R. Giménez, autora del blog Antiguos Cafés de Madrid y otras cosas de la Villa, y colega en esto de contar historias con rigor histórico.

Giménez publicó el 13 de agosto de 2012 una reseña histórica sobre el Café de Levante, desde sus orígenes hasta su desaparición en 1966, que recomendamos leer como complemento a nuestra fotografía de hoy.







Bibliografía
[1] La fotografía corresponde a una hoja suelta de la revista Nuevo Mundo (1916). No queda identificado el fotógrafo, pero pudo haber sido Cortés, Salazar o Campúa.

Todo el contenido de la publicación está basado en información de prensa de la época y documentos de propiedad del autor-editor. En todos los casos cítese la fuente.

· Citas de noticias de periódicos y otras obras, en la publicación. 
· En todas las citas se ha conservado la ortografía original.


© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-004 FOTOTECA
ISSN 2444-1325

sábado, 27 de junio de 2015

Fototeca. Madrileño y botijo

Acostumbrados a ver fotografías de calles y edificios del Madrid de otros tiempos -de las que hay infinidad y muy repetidas por hurto y abuso-, la Fototeca de Historia Urbana de Madrid trata de ofrecer otra visión de la villa y corte.

Ahora que el calor se ha quedado a pasar el verano, recordamos el de otros tiempos a través de una imagen tomada por el fotógrafo Piortiz en 1932. Y, a propósito de los edificios viejos y sus fachadas con ventanas, Piortiz nos muestra el interior de una de ellas.
Ahí está el madrileño que por paisaje veraniego tiene la estrecha balconada y unos geranios. Lejos quedan los tonificantes aires de la Sierra y los baños de sol en San Sebastián.


Fotografía de Piortiz
Archivo HUM
© Eduardo Valero García - HUM 015-004 FOTOTECA
© Historia Urbana de Madrid ISSN 2444-1325

Pongámosle un nombre; cualquiera de los que abundan en los sainetes; el que usted imagine o le agrade. Este lustroso espécimen, heredero de la antiguo Medina Mayrit; con sangre de chispero, majo, manolo, petimetre, o simplemente "isidro" y por adopción madrileño. ¿Quién sabe? Sea lo que fuere, él también es Madrid.

Ahí está, despatarrado y repanchingado en su sillita de enea; absorto en la lectura por si en algo ayuda a soportar la canícula. Para tal fin, en una mano sostiene una revista de la época; con la otra acompasa el movimiento del paipái, ese instrumento que al menos genera una brisa y queda estiloso.

Tiestos no faltan y la vegetación sobrevive en el paisajismo interior captado por la cámara.
Artesonada reja en el ridículo balcón que la ordenanza municipal exigía fuese así de absurdo. Celosías desvencijadas por el tiempo, abiertas al cotilleo y a la esperanza de refresco. Postigos de madera al uso, con su vetusta cerrajería.

En el suelo cuadriculado, el mayor de los ingenios, el indispensable botijo que mantiene el agua tan fresca como en las piscinas de El Paular.
"Vasija de barro poroso [...] de vientre abultado, con asa en la parte superior, a uno de los lados boca proporcionada para echar el agua, y al opuesto un pitón para beber", que dice la RAE.

Sabemos por los anuncios, que se vendían en el Madrid decimonónico botijos de calidad en la lonja de la Campana de la calle Hileras, número 3.

Diario de Avisos de Madrid, 1842

Diario de Avisos de Madrid, 1843

Un "botijo" puede ser el madrileño que aquí hemos presentado u otro del que se dijo:
"En esta época del año no hay asunto para escribir revistas ni para nada.
Por otra parte, el calor nos quita las tres potencias del alma, y probablemente acabaremos por imitar á aquel sujeto que nos decía:
—¿Sabe V. cómo combato yo el calor? Pues me envuelvo en una sábana mojada y me siento en el pasillo. He averiguado que en la presente estación el único ser feliz que existe es el botijo, y yo trato de imitarle.
Y es la verdad. Casi todos los botijos obtienen en este mundo la dicha.
¡Hay cada botijo ocupando puestos oficiales!" [Luis Taboada, 1887]

Como un "botijo" era el tren que llevaba a los vacacioneros en verano.

"De gente llegó, la mar...
en el tren del botijo,
como en coches-diligencias
y trenes correos y mixtos."


Hablamos de los trenes del diecinueve, que disponían de pocas comodidades y su velocidad era escasa; de ahí que los viajeros cargasen con vitualla y botijo al fresco.

EL TREN BOTIJO
(CROQUIS)
E. Navarro Gonzalvo, 1883
¡Qué bulla, qué animación,
qué insoportable charlar
y qué modo de asaltar
los coches en la estación!
¡Qué cuidados tan prolijos
para colocarse bien,
y qué aspecto el de ese tren,
con dos ó tres mil botijos!
¡Que chulapos tan compuestas
con su bata almidonada,
y qué olor á carne asada
y qué profusión de cestas!

Presenciando aquel jaleo,
cualquier mortal forma idea
de lo poco que recrea
ir en un tren de recreo.
Mucho polvo en el camino,
mucha chacota grosera,
muchos coches de tercera,
mucha bulla y mucho vino.
¡Cuánto lío innecesario!
¡Yo vi meter en un coche
una mesilla de noche
y dos jaulas de canario!
De esto resulta un insulto
ó una palabrota grave,
cuando algún necio no sabe
dónde colocar el bulto.
Coches hay, que con sandías,
y sartenes, y pucheros,
más que un vagón de viajeros
son furgón de mercancías.
¡Qué llanto el de los chiquillos
tan tenaz y abrumador,
y en las horas de calor
cuánta gente en calzoncillos!
Cuando en alguna estación
para el tren, es natural
que el elemento rural
le dedique una ovación.
Y este bromazo, harto franco,
produce una risotada...
y alguna que otra pedrada
que suele dar en el blanco.
Nunca allí faltan quimeras,
ni un barbián en cada coche,
que en cuanto llega la noche
no entone las peteneras.
¿Qué es descansar, ni impedir
aquel burdel sin segundo?...
¡Ole! ¡Arriba todo el mundo,
no se permite dormir!
grita un chulo, cuya voz
denuncia el vino á que huele,
y si alguien protesta, suele
recibir siempre una coz.
Y si el tren lleva retraso,
¡qué unánime protestar,
y qué fiero alborotar,
y qué... de no hacerles caso!
No recuerdo con fijeza
en qué estación ó lugar
—que pudiérase llamar
la estación de la limpieza,—
vense varias aldeanas
en correcta formación,
ofreciendo agua, y jabón,
y peines, y palanganas.
¡Un budoir improvisado
do, sin auxilios de Frera,
puede restaurar cualquiera
un desorden del tocado!
¡Y sigue la abrumadora
lentitud del tren carreta,
y sigue la turba inquieta
locuaz y alborotadora!
Y roncos de alborotar,
rendidos de no dormir,
sin fuerzas para reir,
ni alientos para gritar,
llegan al fin del viaje
rotos, sucios, polvorientos,
y lacios, y soñolientos,
y hecho una lástima el traje;
y con rostro compungido,
dichosos de haber llegado,
suelen exclamar: ¡Cuidado
si nos hemos divertido!



Ya veis cuantas variantes tiene el botijo; glorioso y antiguo cacharro de las españas, también llamado buttis, butticula, botija, boteja, botejo, búcaro, pimporro, piporro, pipo, pipote, pirulo, ñañe, pichilín, piche, rallo, txongila, càntir y albarrada. Y a estos sumamos el de la señora de Antón:

"La mujer de Antón
pone la olla en el sótano
y el botijo en el fogón."





Cientos de cosas podemos contar del botijo. Hasta que ha sido objeto de investigación por parte de dos científicos de la Universidad Politécnica de Madrid, D. Gabriel Pinto Cañón y D. José Ignacio Zubizarreta Enríquez, cuyos estudios llevaron a la conclusión de que:


En efecto, estas son las dos ecuaciones diferenciales que describen el proceso que tiene lugar dentro del botijo.
"En un botijo clásico se introdujeron 3,2 litros de agua a 39ºC y se sometió a un ambiente con esa misma temperatura y humedad relativa del 42%. Cada cierto tiempo se midió la masa total del botijo (para evaluar así la masa perdida por evaporación) y la temperatura del agua. Se observó que, en unas 7 horas el agua se enfría 15ºC, alcanzando los 24ºC. A partir de ese momento, el agua empieza a calentarse muy lentamente y, en la fase final, al cabo de tres días, la temperatura de las últimas gotas que quedan de agua es prácticamente la temperatura del ambiente. Se sugiere ver en el artículo original, citado al principio, los detalles y figuras de las variaciones con el tiempo de la masa de la temperatura del agua." [1]


Y aquí finaliza el texto que acompañó a la fotografía de un madrileño acalorado en las tardes de estío.
Deribó la cháchara en el botijo, recipiente de barros de Ocaña, con boca y pitorro, que desde los confines del tiempo viene refrescando gargueros e inspirando romances:

"Si te golvieras botijo
y tu lengüica el pitorro,
la noche me pasaría
sin parál bebiendo a morro."





Bibliografía
[1] Pinto Cañón, Gabriel y Zubizarreta Enríquez, José Ignacio. (2014, última actualización) Enfriamiento del agua contenida en un botijo. Fecha de consulta: 26-06-2015. http://quim.iqi.etsii.upm.es/vidacotidiana/botijo.htm

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jueves, 25 de junio de 2015

Estampas. Madrid pueblo. Verano de categoría o viceversa

"Veranos de categoría" en el Madrid de los años treinta; o más bien "categorías de verano" que dibuja Bellón para las páginas de la revista Nuevo Mundo.

El tedioso estío desvela las noches madrileñas y las calles se pueblan de obligados noctámbulos en los barrios de tercera, porque el verano, como bien lo pinta el dibujante, tenía y tiene diferentes categorías.

Imaginemos entonces una noche estival por la Ribera de Curtidores de 1932. Allí están las Castas y las Susanas modernas; y las Menegildas; el agua, azucarillo y aguardiente (en honor al sainete), y el agua de cebada y la limoná. Los gatos en el tejado; los sonámbulos en los balcones, y todo el vecindario al fresco... aunque para fresco, el guardia.
Es el verano de tercera categoría.



Quienes tenían pueblo allí se asentaban, escapando de la sartén que era Madrid en verano.
Los que tenían posibles iban de veraneo a Villalba, Cercedilla y otras localidades madrileñas de aire puro y puro aire. Hasta allí se desplazaban y formaban comuna, desde el más feo a la más guapa, improvisando verbenas. Clases medias acomodadas a medias, también divididas en categorías, como ese verano, que era de segunda.



San Sebastián, Santander, Biarritz, Ostende... ¡Eso sí que era categoría!
Baños de sol, playa, mar, arena, y unas gaviotas en primer plano. Son los renovados balnearios del verano de primera.
Transición del bañador antiguo al maillot moderno. Sonidos de foxtrot; cuerpos galantes y galas de antes. Tiempos en que la mujer fumaba cigarrillos egipcios y bebía “oleaje”, “sirena”, “océano”, “lobo de mar pousse-café”, que así se llamaban los cock-tail's creados por Chicote para "La Perla" de San Sebastián.



Y así veraneaban los madrileños de categoría... cada cual en la que le había tocado vivir.


Bibliografía
Bellón Uriarte, Antonio "Bellón". (1932) Veraneo (Tres viñetas en doble página) Madrid. Revista Nuevo Mundo, número especial de verano. pp, 54-55

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El huevo de San Juan

En el artículo sobre la genealogía de la verbena de San Juan en Madrid, decíamos que la fiesta tiene orígenes árabes y viene de antiguo.

Que los Fuegos de San Juan eran la interpretación religiosa cristiana de la pagana celebración, en la que la hoguera purificaba y daba fuerza al sol en el solsticio de verano.

Comentábamos que era una noche de amores, mezcla de festejo verbenero, deseos carnales y supersticiones.

De los amores ya hablamos, de los festejos en el Madrid antiguo también; y como hemos mentado al huevo, citamos ahora algunos manjares que se degustaban aquella noche.

Ventura de la Vega y Francisco Asenjo Barbieri recrean una noche de San Juan en los tiempos de Felipe V. La sitúan en las orillas del Manzanares, poblada de vendedores, damas y caballeros enmascarados y muchos grupos de juerguistas. Es la zarzuela Jugar con fuego, estrenada en el teatro del Circo la noche del 6 de octubre de 1851.
Iniciaba la obra con este coro:

¡Los ricos buñuelos!
¡Calientes están!
- ¡Al agua de nieve
con dulce panal!
- ¡Aloja y barquillos!
- ¡Licores! ¡Agraz!
- ¿Rosquillas! ¡Anises!
¡Al buen mazapán!
¿Quién quiere? ¿Quién pide?
-¡Galanes acá!
¡Barato lo vendo,
venid y comprad!


Y se preguntará el lector... ¿Y el huevo?
El huevo forma parte de las connotaciones supersticiosas de la misteriosa noche de San Juan.
Ritual de enamorados -y de los que estaban en ello-, imposibilitados de pelar la pava. Los demás, en la verbena estaban al acecho o intrigando.
Leyendas aparte, y salvo algunas "ligeras" excepciones, finalizada la fogosa noche regresaban a casa las damas y se dispersaban los mozos; compuestas, sin novio ellas, y descompuestos, sin novia ellos.

Dice una receta del siglo XIX, exactamente del año 1851:
"Un huevo de gallina, fresco; es decir, del mismo día, produce un gran resultado, siempre que se estrelle á punto de dar las doce, y se eche en un vaso de agua fría.
Este huevo pasado por agua, se plega dócilmente al deseo del que lo estrella, y le revela cuanto quiere.
Las muchachas que tienen los novios ausentes, alcanzan la dicha de verlos, que es cuanto se puede pedir á un huevo.
Las que no tienen novios, saben si lo han de tener pronto y de qué facha.
Esta propiedad mágica del huevo se estiende esclusivamente en la noche de San Juan á todos los hombres y á todas las cosas."

Imaginar las formas obtenidas de tal ritual no es tarea fácil. ¿Qué rostro se puede interpretar en clara y yema de un huevo roto y navegante?
Si los designios amorosos parten de un huevo escalfado en crudo, mucho nos tememos el resultado de tales amores presentes o futuros.

¡Manda huevos!


Aviso
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miércoles, 24 de junio de 2015

Genealogía de la verbena de San Juan en Madrid


"La noche de San Juan ha sido una de las mas alegres y de mayor reunión de gentes que se ha visto en Madrid en muchos años. Mucha, mucha gente; gran bullicio, pero de hablar, gritar y loquear con juicio; muchas yerbas, muchas ramas, muchas flores, muchas damas, y todo en paz como entre hermanos ó gentes de bien."

Así se anunciaba el 25 de junio de 1820 en El Universal Observador Español cómo había transcurrido la noche de San Juan, tradicional festejo que se remonta a tiempos inmemorables.
En el Siglo XI, durante la dominación árabe, y más tarde en el Madrid cristiano, la fiesta será una amalgama de lo religioso y lo profano convertida en verbena.
Pero, sin lugar a dudas, su primitiva celebración madrileña es árabe y cargada de reminiscencias de las Mil y una noches, bien aceptadas por los cristianos en su parte religiosa, mitológica y fantástica.
En el romance sexto de la batalla de Roncesvalles queda clara esta aceptación:

"donde moros y cristianos
hacen gran solemnidad."

Sobre la celebración árabe, principalmente en la mañana de San Juan, dice el Romancero general de 1614, en el tercero morisco de Zara, esposa de Boabdil:

"La mañana de San Juan
salen a cojer guirnaldas
Zara, muger del rey chico
con sus mas queridas damas,
que son Fatima y Xarifa
Celinda, Adalifa y Zaida,
de fino cendal cubiertas
no con marlotas bordadas;
sus almaizales bordados
con muchas perlas sembradas,
descalzos los albos pies
blancos, mas que la nieve blanca.
Llevan sueltos los cabellos
no como suelen tocadas,
y mas, al desden la reina
por celosa y desdeñada;
la cuál llena de dolor
no dice al rey lo que pasa,
ni quiere que en la ocasión
su pena sea declarada.
Estando de varias flores
las moras ya coronadas
con lágrimas y suspiros
a todas la reina habla..."


Noche de fuego
Los antiguos griegos y romanos celebraban en honor de las Gracias la fiesta llamada Carista, en la que se las ofrecían inciensos y tortas. Se celebraba por la noche -de ahí la necesidad del fuego-, cantando himnos, bailando a las puertas de los templos, y dando paseos bullangueros por el campo. A la mañana siguiente se daban suculentos banquetes, denominados bellaria, a los que asistían los noctámbulos en obsequio de las Gracias.
Por su parte, existe también la creencia de que la fiesta se celebraba en memoria del incendio de Roma, que, según Plutarco, había acontecido por el solsticio de verano.

Lo cierto es que las civilizaciones antiguas celebraban el ritual de encender hogueras para purificar y dar fuerza al sol en el solsticio de verano. Fiesta pagana que el cristianismo adecúa luego a su santoral, haciéndola coincidir con los Santos Juan y Pedro, de las que nacen las verbenas homónimas.

El pintor realista francés Jules Aimé Louis Breton (1827-1906), cuyo mayor interés fue retratar la vida rural y sus costumbres, realizó en 1875 estas dos versiones de la fiesta de San Juan. Ambas representan la misma escena, quizá la primera por la noche y la segunda por la mañana de San Juan.






La religión acepta este ritual pagano y lo adapta a sus criterios, llamándolos Fuegos de San Juan.
"Plantábase un árbol seco en el centro de la plaza de ciertos pueblos, delante de la fachada de un castillo feudal, ó de un convento, ó en lo alto de alguna colina, y en derredor de él iba amontonándose leña, formando un gran promontorio de combustible. Adornábase á mas aquella gran pira con guirnaldas y banderolas, poniendo en algunas una gran rueda de carro, símbolo del disco del sol; y luego que había anochecido iba la municipalidad de gran ceremonia en algunos distritos, ó la comunidad religiosa, ó el clero secular en otros en procesión, y cantando las letanías ú otras preces, á pegar fuego con los cirios benditos al árbol de San Juan, cuya ceremonia se vé figurada en los bajos relieves de algunas catedrales."

Aquellos fuegos fueron prohibidos por el riesgo a provocar incendios; sin embargo, en el Siglo XIX, a pesar de la prohibición de hacer hogueras, se seguían encendiendo fogatas.


Noche de amores
Por su parte, la Noche de San Juan tiene connotaciones sexuales; noche embrujada, de amores, en la que otros fuegos -que no los de la hoguera- encienden pasiones, y se apagan deseos. Noche de destinos venturosos, decepciones y supersticiones.

"Mi señora me demanda
buen amor cuando vendréis,
sino vengo para pascua
para San Juan me aguardéis."


En los Siglos XVI y XVII pasa del romance a la comedia de capa y espada, de amores secretos y novelescas aventuras.
San Juan de la Cruz nos dejó un ejemplo en su "Noche oscura":

"En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.

A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquésta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.

¡Oh noche que guiaste!
¡oh noche amable más que el alborada!
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.

El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado."


Por su parte, Lope de Vega y Carpio contaba de las noches y mañanas de San Juan:

"Ya no cogeré verbena
la mañana de San Juan,
pues mis amores se van.

Ya no cogeré verbena,
que era la hierba amorosa,
ni con la encarnada rosa
pondré la blanca azucena.
Prados de tristeza y pena
sus espinos me darán,
pues mis amores se van.
Ya no cogeré verbena
la mañana de San Juan,
pues mis amores se van."
[De La burgalesa de Lerma]


Mus.   La mañana de San Juan, mozas,
vamonos a coger rosas.
Uno solo   Pues que tan clara amanece...
Todos   Vamos a coger rosas.
Uno   Y todo el campo florece...
Todos   Vamos a coger rosas.
Uno   Aquí hay verbena olorosa.
Todos   Vamos a coger rosas,
la mañana de San Juan, mozas,
vamos a coger rosas.

Uno   Adonde cantan las aves...
Todos   Vamos a coger rosas.
Uno   Y corren fuentes suaves
Todos   Vamos a coger rosas.
Uno   Aquí convida la sombra.
Todos   Vamos a coger rosas,
la mañana de San Juan, mozas,
vamos a coger rosas.
[De La hermosa aborrecida]


Que si buena es la verbena,
más linda es la hierbabuena.
La verbena verde
que viste las selvas,
los claros arroyos
y las fuentes frescas,
albas de San Juan,
las zagalas bellas
de toda la villa
salen a cogella.
Guirnaldas componen
para la cabeza:
oro es el cabello
y esmeraldas ella.
Hacen ramilletes
de la hierbabuena,
dando a los sentidos
olor y belleza:
que si linda era la verbena,
más linda era la hierbabuena.
[De Las mocedades de Bernardo de Carpio]


A propósito de los amoríos "sanjuaneros", escribe Eduardo Gasset en 1853:

"¡Ay! la noche de san juan
es un plazo encantador,
en que las doncellas dan
su corazón á un galán
por un pedazo de amor."



Celebración de la verbena
Es posible que la verbena de San Juan se celebrase primitivamente en los márgenes del río Manzanares, en la llamada Pradera del Corregidor, desaparecido espacio de Madrid donde se realizaba el entierro de la sardina. En nuestras efemérides de 1913 hacemos referencia a la pradera y su entorno.

I
Noche azul, noche serena,
en músicas y cantares
volando el aire resuena
las horas de la verbena
á orillas del Manzanares.
-
Y ya envueltas en el manto,
ya en el suelto rebocillo,
damas de la villa encanto
bajan la noche del santo
á la fiesta del Sotillo.
-
Y allí entre las enramadas
los vientos murmuradores
de galanes y tapadas
publican las ignoradas
dulces querellas de amores.

II
Oculto entre la espesura,
intranquilo y recatado,
doncel de noble apostura,
quizá de amante aventura
espera el momento ansiado.
-
Triste, inquieta, silenciosa,
como las auras ligera,
cual la noche misteriosa,
tapada gentil y hermosa
va del rio á la ribera.
-
Dama que así recatada,
por una dueña seguida,
baja al rio á la velada,
ó va de amores herida,
ó por los celos guiada.

III
Manzanares que murmuras
entre verdes alamedas,
tú que en las noches oscuras
de cien y cien aventuras
con los secretos le quedas:
-
Dime río que se hicieron
la tapada y el galan,
que soñando amor vinieron,
y en tu soto se perdieron
en la noche de San Juan.
-
Mas callas, y tu corriente
silencioso precipitas;
quizá por ser tan prudente
te elijieron confidente
los amantes en sus citas.
J. A. VIEDMA


Posteriormente, la noche o verbena de San Juan se festejará en las inmediaciones de Recoletos y  Paseo del Prado.
En 1631, el conde-duque de Olivares organiza una de las más solemnes y pomposas fiestas de San Juan para el rey Felipe IV. Se celebró en los jardines contiguos al Paseo del Prado y fue una de las más sonadas del Madrid de los Austria.

Con la fundación de la capilla de San Antonio de la Florida, primero, y la de la Virgen del Puerto, después, los madrileños llevaron sus verbenas a esas zonas, incluida la de San Juan. Más tarde, Carlos III la traslada a la Plaza Mayor y nuevamente al Paseo del Prado, por considerar que era un espacio más fresco y cómodo; amén de los cuidados que el Ayuntamiento daba a esta zona, preferida del monarca Borbón.

A las once de la noche, vísperas de San Juan, el pueblo madrileño acudía al Prado para festejar y darse paseos desde la Puerta de Atocha hasta la de Recoletos. Hacia 1811 se suma al espacio de festejos la Plaza de Antón Martín, por haber llevado allí el Ayuntamiento la venta de flores, pero la gente continuará prefiriendo el Prado y Recoletos.

EL CLAMAOR PUBLICO, 1854

EL CLAMOR PUBLICO, 1854

En 1855, otra sociedad llamada "Camelia" celebraba un baile en el Jardín de Estrada del Paseo de Recoletos.

Finalizamos en el Siglo XIX la tradición de la verbena de San Juan. Ponen broche final a este artículo los versos del poeta asturiano del Siglo XX, Alfonso Camín Meana:

Noche de San Juan. Tú eras
vuelo de falda y de trinos;
florecillas sanjuaneras
aromaban los caminos.
Las hogueras,
sobre los montes vecinos,
eran anillos de oro,
simbólicas iniciales
de unos castos esponsales
á son de parche sonoro.
Tú me decías: «No vayas
á guerrear con el moro
ni con el sol de Ultramar.»
Ignorando que en tus sayas,
que antes te vi almidonar,
había un rumor de playas,
y que era mi pensamiento
lona florida en el viento,
por los caminos del mar.

Siluetas de los «varales»,
recortados en las eras;
pompa de los robledales,
blanco de las carreteras,
y las campanas voceras,
brotando del caserío,
entre las rojas hogueras,
—jocundo macho cabrío
mirando á sus bayaderas
fastuosamente ataviadas—
echando sus campanadas,
igual que piedras, al río.
La luna era un garabato
travieso de colegiales,
naufragada en el regato,
prisionera en los juncales.
Noche de ensueño viril;
la gaita y el tamboril,
mozas y la danza prima,
¡y el corazón moceril
como la hoguera en la cima!
¡Hoy, que vuelvo á los senderos
de los amores primeros
y todo es afán de podas
en loa árboles cimeros,
se van pactando las bodas
por los caminos caseros!
¡Y tú tan lejos de mí
como los claros luceros
que hieren el tafetán
del cielo, como un neblí!
¡Y el campo, que aún huele á ti
en la noche de San Juan!
Todavía la vereda
que me lleva al caserío,
de tu pañolón de seda.
¡Malhaya el barco, mujer,
que me ha llevado á Ultramar!
¡Lo que pudiéramos ser
sin aquel sueño de mar!
Cuando cruzo por el prado
huelo la hierba mojada;
todo está de ti aromado,
por donde fué tu pisada.

Tibia noche de San Juan;
llama en los montes vecinos;
con tu recuerdo y mi afán
y con mi remordimiento,
voy por los viejos caminos,
preñados de sentimiento.
Las campanas de la aldea
suenan como una pedrea,
detrás de mi pensamiento.
Y vuelve á ser mi pesar
lona florida en el viento,
por los caminos del mar!


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© 2015 Eduardo Valero García - HUM 015-001 SANJUAN
ISSN 2444-1325