lunes, 2 de marzo de 2020

Banquete de homenaje a Benito Pérez Galdós en Madrid

El Bienio Galdosiano y este Centenario del fallecimiento de Don Benito Pérez Galdós han servido y sirven para ofrecer el tan merecido homenaje que le tributan algunas ciudades de España desde sus gobiernos e instituciones. Homenaje más que necesario y que se suma a los celebrados desde hace muchos años sin repercusión mediática ni pompa y boato.
En Las Palmas de Gran Canaria, su ciudad natal; y en Madrid, su ciudad vital, Pérez Galdós y su monumental obra llegan al público general y a sus admiradores desde multitud de eventos. Momento idóneo para recuperar la grandeza del novelista después de años de silencio, volver a la vida sus personajes y advertir la vigencia de su discurso.

Don Benito, homenajeado cien años después de su fallecimiento, recibió en vida innumerables muestras de afecto y admiración. Hoy queremos ocuparnos de un homenaje en particular, los banquetes celebrados en su honor hace ciento treinta y siete años.


Portada de Madrid Cómico del 15 de abril de 1883
Caricatura realizada por Ramón Cilla.
Texto:
NUESTROS NOVELISTAS
BENITO PÉREZ GALDÓS
Galdós, la gloria de España
sería mucho más célebre
á no llamarse Benito
y á más de Benito Pérez.
Historia urbana de Madrid ISSN 2444-1325
MADRID Y GALDÓS


Madrid, 1883
En enero de 1883 fallecía el marqués de Salamanca y en febrero uno de los cultivadores de las novelas por entregas, D. Ramón Ortega y Frías. En mayo nacía José Ortega y Gasset. Un año antes, en abril, había fallecido Don Ramón de Mesonero Romanos.
Con motivo de la Exposición de Minería, quedaba inaugurado el palacio de Velázquez de El Retiro. Otras inauguraciones de aquel año fueron el monumento a Isabel la Católica y la Cárcel Modelo. El 4 de abril, Alfonso XII colocaba la primera piedra del templo de Santa María de la Almudena.
Se editaba en un volumen La cuestión palpitante *, de Emilia Pardo Bazán, con prólogo de Leopoldo Alas Clarín, y en septiembre, Manuel y Antonio Machado ingresaban en la Institución Libre de Enseñanza.
* Señora y distinguida amiga: hace tiempo que pensaba escribir a V. felicitándola por los admirables artículos de La Cuestión Palpitante, en los cuales, adelantándose V. a los críticos más perspicaces, ha dicho cosas tan verdaderas, hermosas y oportunas, en un estilo que seguramente podrían envidiar a V.los que con más empeño han cultivado la dicción castellana. [1]

Marzo y el homenaje
Tiene este dichoso mes fama de inconstante, de ser muy dado a los vientos, que es como darse a los demonios; de ser frío y caliente, húmedo y seco, de reproducir, a veces, las cuatro estaciones en el breve término de un día.
Benito Pérez Galdós. Madrid, 1887.

Los primeros días de marzo de 1883 se anunciaba en los periódicos la celebración de un banquete en honor a Pérez Galdós. La comisión encargada de la organización convocaba a todos los entusiastas de la obra del escritor para tributarle un homenaje de admiración y respeto. Todas las adhesiones se recibían en la Librería de Fernando Fé hasta el día 10 de marzo, al precio de cinco duros (25 pesetas). Con el pago se les entregaba una tarjeta, indispensable para acceder al local donde se celebraría el evento.
Aquella comisión estuvo formada por Eugenio Sellés, Triso Rodrigañez, Mariano Araus, Antonio Sánchez Pérez, Eduardo Santana, Andrés Mellado, marqués de Valdeiglesias, Alfredo Escobar, Isidoro Fernández Florez, Joaquín Martín de Olías, Mariano de Cavia, Félix González Llana, Pedro Bofill, Conrado Solsona, Luis Alfosno, Leopoldo Alas, Manuel Reina, Emilio Sánchez Pastor, José Navarrete, Armando Palacio Valdés y José Ortega Munilla.

Por su parte, la colonia canaria de Madrid, entre las que se encontraban distinguidas damas, iniciaba una suscripción para ofrecer al novelista una obra de arte de la que hablaremos más adelante.


La invitación
Los citados comisionados firmaban la invitación en la que se decía:
Como homenaje de admiración a un ilustre novelista que gloria de España desde que entregó á la publicidad sus primeras obras, es conocido y aclamado hoy en toda Europa, nació entre varios de sus devotos y entusiastas la idea de ofrecerle un banquete semejanza de los que en otros países cultos se realizan en honor de los hombres eminentes en las letras, en las artes y en la política.
Tal manifestación de respeto y entusiasmo nunca se pudo llevar á cabo con más razón que ahora. D. Benito Pérez Galdós, por su genio incomparable y por su asombrosa fecundidad, que resaltan vivamente sobre una singular modestia, es uno de los españoles que más honra y prez están dando a su patria. Al reunirse hoy en honor suyo, que ardientemente le admiramos, no solo respondemos a nuestros propios sentimientos, sino también, estamos segures de ello, a los de la gran mayoría de las personas cultas que con delicia han saboreado sus hermosas creaciones.
A todas ellas, pues, convocamos, y de todos esperamos un apoyo eficaz para efectuar la manifestación que se prepara.
No sólo los literatos y artistas deben honrar á los hombres que en artes y letras descuellan, sino igualmente a los que, sin profesarlas, las aman.
Los que suscriben, pues, acogerán con gratitud las adhesiones de cuantas personas tengan gusto en concurrir al banquete que se ha de realizar en honor de Pérez Galdós en día y lugar que oportunamente se anunciará en los periódicos.
La idea había nacido durante un banquete ofrecido a Eugenio Sellés, quien un año antes figuraba como miembro del comité de redacción de la revista naturalista Arte y Letras junto con Galdós. Según la prensa, Sellés será el promotor del homenaje; sin embargo, como veremos más adelante, Galdós menciona a Clarín como autor de la iniciativa.


Dos banquetes
Como hemos comentado, el precio de las adhesiones era de 25 pesetas, cantidad que no todos los admiradores de Galdós podían permitirse. Por tal motivo, los que tenían posibles la adquirían en la Librería de Fernando Fé (Carrera de San Jerónimo, 2), mientras que los menos adinerados se suscribían a un almuerzo popular en idéntica manifestación de admiración; lo hacían al precio de 3 pesetas en la Librería de Gutemberg (Calle del Príncipe, 14, teatro de la Comedia).

Hubo, pues, un almuerzo y una cena. La burguesía y el pueblo llano, cual novela de Galdós, eran protagonistas y parte de un capítulo más en la vida del escritor.
En la lista de inscripción quedaban asentadas personas de todas las clases sociales. Desde el obrero, el dependiente y la verdulera, hasta los políticos, jurisconsultos, militares, representantes de la Banca, de la aristocracia y de la sociedad elegante. Periodistas, poetas, escritores, arquitectos y lo más granado del arte pictórico, además de representantes de Universidades, Colegios, Institutos y diversos Círculos.


Madrid, lunes 26 de marzo.
Inauguración del Círculo Ayala
El lunes 26 de marzo fue el día señalado para tan sincero homenaje celebrado en el Círculo Ayala. El local, de escasa fachada pero con gran capacidad, era inaugurado ese mismo día por el señor José Novi y Pereda en el entresuelo y planta baja de la Carrera de San Jerónimo, 33.
Novi y Pereda fue director y empresario editor de las publicaciones El Pensamiento, La Ilustración de los Niños y Álbum Artístico-Teatral.

El edificio, medianero con el palacio de Miraflores, fue demolido en la década de los 60 del siglo XX. En el espacio que ocupaba, junto con el situado en el número 31 (antiguo), se encuentra hoy la Consejería de Justicia de la Comunidad Autónoma de Madrid (actual número 13).


Aquel día, la temperatura máxima fue de 14º y la mínima de 4º, con cielo cubierto y lluvias intermitentes. Las observaciones sobre el clima se hacían entonces desde la calle del Príncipe, Óptica del Sr. Aramburo.


Homenajes en la prensa
El Glogo publicaba en portada un extenso artículo biográfico sobre Galdós. Destacaba un retrato del escritor que podemos apreciar en detalle más adelante, en este trabajo. Pero de mayor calidad era la fotografía nítida y perfecta que quedaba impresa en estas palabras:
Modelos de perfecto realismo son las novelas de Pérez Galdós; pero no de ese realismo que está reñido con toda belleza y todo ideal, sino de aquel otro que sin traspasar nunca los límites de la verdad sabe idealizar discreta y delicadamente lo que la realidad nos ofrece. Sus personajes, llenos de carácter y da vida, arrancados a la realidad palpitante, tan distantes de la abstracción y de la alegoría como de la imitación servil del modelo, interesan y conmueven sin traspasar la esfera de lo ordinario ni perderse en los tiempos de la idealidad romántica.
Nunca necesita apelar a lo inusitado para producir el apetecido efecto: antes sabe interesar con sencillísimos recursos y conmover sin mengua de la belleza y de la verdad, ni daño notorio de la sensibilidad del lector. Cuadros de historia o de género, trazados con realismo admirable, llenos de delicados detalles y de acabados efectos, y siempre encerrados en los infranqueables límites da la belleza y del gusto; tales son las novelas de Pérez Galdós.
No menos que sus méritos literarios, las avaloran el pensamiento y la intención que de ellas se advierte. Sin sacrificar jamás la forma a la idea, ni caer en los extravíos del arte docente, en todas ellas ha sabido encerrar su autor un pensamiento filosófico, moral o político de tanta profundidad como trascendencia. (...) Tal es Pérez Galdós. Pintor admirable de la vida humana, observador minucioso y reflexivo, pensador de notables alcances, escritor fácil, correcto y elegante en ocasiones, más rico en ingenio que en imaginación, y más en imaginación que en sentimiento, es, sin duda, uno de los más notables novelistas contemporáneos, y en España el primero de los que hoy viven. Modesto hasta la exageración, trabajador infatigable, apacible en su trato, sencillo en sus costumbres, el hombre vale en él tanto o más que el escritor. Tan imposible es tratarle y no quererle, como leer sin interés y deleite sus bellas producciones, de las cuales arranca el movimiento de regeneración de la novela española, antes tan abatida y miserable, hoy en vías de prosperidad y progreso, merced al discreto ingenio de Pérez Galdós.

Portada de El Globo. Año IX (Segunda época) Núm. 2711
Madrid, 26 de marzo de 1883

Otros periódicos, como La Época, también publicaban ese día amplias reseñas sobre Galdós en su portada. En el caso de este periódico, seguía al texto la publicación del capítulo XVIII de La Cuestión Palpitante.


Los banquetes
Por la mañana se celebró el almuerzo para las 200 personas que pagaron 3 pesetas. El menú estuvo compuesto por paella, carne y jamón en dulce, postre, café, copa y cigarros.
Don Benito asistió a los postres y recibió los vivas y aplausos propios de quienes le apreciaban y admiraban. Recorrió el salón mesa por mesa, estrechando manos y aceptando abrazos. No hubo brindis, y cuando Galdós se retiró fue escoltado hasta el Ateneo por muchos comensales, entre ellos, jóvenes y escolares.

Por la tarde, a las siete, se reunieron los otros 230 invitados que pagaron cinco duros. A las siete y media las mesas ya estaban ocupadas por señores de frac y corbata blanca, militares con sus brillantes uniformes y otras personas vistiendo con menos pompa. Según un corresponsal de La Correspondencia de España, en una misma mesa podía verse «a un ex ministro, un teniente coronel, un actor dramático, un librero, un poeta, un periodista, un cónsul, un médico, un alcalde, un pintor y un magistrado».

Presidiendo el banquete, en el centro de la mesa, estaba sentado Pérez Galdós; a su derecha Sellés y a su izquierda el escritor y periodista José de Castro y Serrano. A la derecha de Sellés, el pintor José Casado de Alisal; frente a Galdós, D. Emilio Castelar; a la derecha de este, José Echegaray; a la izquierda, el señor Riaño, director de Instrucción pública. Antonio Cánovas del Castillo llegó a los postres y Galdós le cedió su asiento.

El banquete fue suculento; platos bien guisados y bien servidos, a pesar de la cantidad de comensales. Según contaron, en el menú figuraba la mano experta de un cocinero del rey, autor de los siguientes platos:


Casi finalizada la pantagruélica cena, comenzaron a repartirse unas cuartillas impresas; en ellas, el discurso que leería Galdós en el momento del brindis.


Discurso de Galdós
Descorchadas las botellas de Champagne, el insigne escritor se puso en pie pero no leyó el discurso, en su nombre y con voz alta y clara lo hizo el señor Ramos Calderón. Demás está decir que el interlocutor fue interrumpido en varias ocasiones por los vítores y aplausos.
Señores:El temor de no ser bien oído ante tan numerosa concurrencia, por lo escaso de mí voz y por la natural emoción que no puede menos de embargarme a la hora de dirigiros la palabra, me muevo a introducir este inusitado pero eficaz modo de expresar mi gratitud, aunque a la vez haya de acompañarlo con una protesta.
Sí, señores: yo protesto del honor insigne que Vuestra bondad me tributa. Protesto en nombre de privilegiados ingenios, aquí presentes, a quienes hace mucho tiempo venero y admiro. Protesto en nombre de otros que aquí faltan, pero que donde quiera que se hallen, merecen, no sólo mis simpatías, sino mi sumisión y mi entusiasmo. Protesto en nombre de cariñosos amigos y afectuosos colegas que, ya oculten su gloría en el modesto rincón de una provincia o la paseen por el esplendor de una corte, me han tenido siempre por discípulo y yo los contaré siempre como modelo. Protesto, en fin, a nombre de celebridades literarias que hace poco hemos perdido, y a las cuales, señores, ni aun se ha otorgado todavía el honor de una solemne tumba. De Bretón de los Herreros, el padre de nuestro teatro moderno; de Hartzenbusch, el padre de nuestra lengua y de nuestra crítica contemporánea; de Mesonero Romanos, no ya el padre, sino el preceptor de todos nosotros en la práctica de la literatura amena, maestro en gracejo y el donaire de los escritos; maestro en la verdad y lozanía de los cuadros; maestro en la intención y trascendencia de los asuntos; de Fernán Caballero, en fin, cuyas admirables narraciones, impregnadas de un espíritu tan nacional como cristiano, han introducido con honor la literatura española de nuestros días en el concierto de las literaturas europeas.
Todos estos han debido merecer antes que yo, y muy por encima de mí, honores como el presente.
Dígolo en verdad y sin falsa modestia. Si pues, en el día de hoy abrís la senda de públicas distinciones a ingenios literarios, y referís ésta de que soy pretexto a todos los que las merecen, y me dejáis, que yo se las adjudique en nombre vuestro, reservándome la mínima parta que me toque, entonces sí que puedo decir con satisfacción y con orgullo: Señores asistentes al banquete de 26 de Marzo, gracias, muchas gracias.
BENITO PÉREZ GALDÓS.
Hete aquí la humildad de Don Benito, su nobleza, su sobriedad y modestia.


Otros brindis y discursos
Mr. Arthur Hougthon, corresponsal del Standard de Londres y del Temps de París, fue uno de los primeros en brindar y enaltecer la figura literaria del homenajeado. Siguieron después otros brindis y discursos.
El militar y escritor Federico Madariaga dijo en su discurso «Hemos venido a rendir tributo de admiración a una de las más puras glorias de nuestra patria, demostrando que los militares no somos opuestos al espíritu progresivo de este siglo, que colocamos sobre todas las conquistas las conquistas de la inteligencia, y sobre todas las fuerzas las fuerzas del saber».
Echegaray, subido en una silla, recordó en su discurso que «en otra época se cantaban las ruinas de Troya, se cantaba a Prometeo, se cantaba a Edipo. En la sociedad moderna hay también grandes luchas, hay también Prometeos, hay también Edipos, y el señor Galdós estudia y canta todas esas luchas, todos esos deseos, todas esas aspiraciones, recorriendo un campo vastísimo desde las desventuras de la pobre prostituta en La Desheredada, hasta el grito de guerra de un pueblo que se revuelve contra sus opresores».
El discurso de Emilio Castelar, elocuente y extenso, fue interrumpido en varias ocasiones por los aplausos. Había comenzado hermanando «todas las altas aspiraciones de la inteligencia en las múltiples manifestaciones en que se presentan, deduciendo de aquí que el hombre, al luchar por un ideal, se aproxima a Dios por lo grande del pensamiento».
Como había hecho Galdós en su discurso, Castelar también hizo referencia a las celebridades olvidadas.
La envidia ha sido siempre causa de que los hombres modestos que se han sacrificado toda su vida por un trabajo honrado no hayan flotado a la superficie en nuestra patria; y así como nuestros vecinos los franceses suelen responder con una carcajada burlona a los actos más serios y formales, nosotros también, por nuestra parte, solemos olvidarnos con frecuencia de nuestras glorias mas legítimas.
Parecen palabras premonitorias de lo que será, años más tarde y durante casi un siglo, el trato penoso y nada merecido que reciba Galdós por aquellos que le envidiaban y eran contrarios a su ideal. Por aquellos que aun en el siglo XXI continúan manchando la imagen del insigne novelista e infravaloran su monumental obra.

Finalizaba su discurso con estas palabras: «Puesto que todos venís aquí a rendir tributo al ilustre y modesto novelista, permitid que mi palabra sea la humilde luciérnaga que se esconda entre las hojas de laurel que habéis ceñido sobre su frente».

El último discurso fue pronunciado por Cánovas del Castillo, quien contestó a Castelar por no estar de acuerdo con algunos puntos de su disertación. ¡Estos políticos!
He venido aquí sólo con el intento de tener la dicha y la gloria de estrechar la ilustra mano del eminente Sr. Galdós. No pensaba hablar, pero las circunstancias y vuestra benevolencia me obligan a ello».
«Así como no hay patria sin literatura, no hay literatura sin patria, porque la una produce la otra, y esta fortalece a aquella. No son, no, términos antitéticos política y literatura, sino que ambas ideas son el modo de ser de la patria y ambas propenden al mismo fin; conquistar en lo material y en lo moral poder y gloria para la nación».
«No he de negar, pues, mi aplauso, mi entusiasta aplauso, mi admiración a los que cultivan la literatura con la conciencia, con el genio y con la gloria que el Sr. Galdós.

Los regalos
Entre un discurso y otro, fueron apareciendo los valiosos regalos presentados a Galdós. Uno de ellos ha dado motivo a la realización de este artículo después de una conversación mantenida con D. Luis Verde Muntan, bisnieto de Galdós. Se trata del entregado por una comisión de canarios residentes en Madrid. Plato mudéjar de hierro creado por Arturo Mélida en el que campeaban elegantes alegorías de las obras de Galdós.

Emilia Pardo Bazán visitará la casa del escritor en la Plaza de Colón, 2; describirá este precioso regalo en su artículo El Estudio de Galdós: «...y más arriba, descansando en un cuadro de felpa roja, domina el conjunto el gran plato de hierro forjado, esmaltado, repujado y nielado con que obsequiaron al novelista sus paisanos, los canarios residentes en Madrid». [2]
Podemos verlo en esta fotografía de Laurent. Valiosísimo documento que, junto a otra, muestran el lugar donde nacieron diecisiete novelas, entre ellas, Fortunata y Jacinta; varios cuentos; la segunda serie de los Episodios Nacionales y la monumental empresa de los Ilustrados; además, la adaptación de Realidad para el teatro.



La Junta del Círculo Nacional de la Juventud le regaló una edición de Fausto; la Librería de Córdova, un precioso mueble con las obras en miniatura del escritor escocés Walter Scott.
Por su parte, el escritor y dramaturgo Ricardo Blanco Asenjo, una pluma de oro y esmalte; y Agustín Querol, en nombre de la prensa valenciana, un colosal ramillete de tres cuerpos de camelias y rosas.


Cartas y telegramas de adhesión
Desde Ateneos, redacciones de periódicos y casas de solemnes personalidades, llegaron las cartas y telegramas de Santander, San Sebastián, Vitoria, Coruña, Oviedo, Barcelona, Burgos, Palencia, Murcia, Almería, Córdoba, Alicante y Valencia. También desde el ministerio de Ultramar, la Colonia americana de París, Centros literarios, libreros y editores.

A las once de la noche, después de los discursos, se rompió la solemnidad y el banquete se convirtió en una fiesta de admiración que se fue desvaneciendo en la fría noche de aquel lunes de marzo.

Tres días más tarde, Galdós comentará a Clarín en una carta: «La cosa resultó tan grande que casi no he vuelto de mi espanto, y no puedo pintarle a V. la confusión, el regocijo, la gratitud, la tontera, la vergüenza, el entusiasmo y el terror que yo sentía aquella noche (y aquel día, porque también hubo día)».


Difamando, como siempre
Los días anteriores y posteriores, hasta bien entrado el mes de abril, todos los periódicos del país hablaban del banquete; unos con muestras de admiración y otros, como era de esperar, menospreciando el evento y al homenajeado. Así, La Ilustración Católica, decía en su número del 5 de abril al referirse al banquete:
Debemos ser justos. Pérez Galdós protestó de su alabanza en nombre de otros ingenios que viven y que han muerto, sin que nadie haya pensado en tributarles tan ruidoso y solemne homenaje; se mostró modesto en apoteosis, haciendo resaltar la parcialidad sospechosa de sus admiradores, que no lo han sido tanto de otros escritores de más mérito, cuyas obras serán inmortales. En este punto Pérez Galdós merece sincera alabanza. 
Hasta aquí, todo bien; pero enseguida brotó la hiel de los que acusaban a otros de sus propios males.
Pero no diremos lo mismo de sus amigos, los cuales más que a las letras han rendido homenaje al espíritu liberal que anima las obras de Galdós, espíritu insidioso que bajo las bellas formas de la novela, inocula en el ánimo de los lectores el odio hacia las creencias e instituciones que hicieron grande y gloriosa a nuestra patria.
No diremos que el banquete del 26 haya sido una fiesta masónica, pero sin vacilar afirmamos que al festejar a Galdós se ha festejado al novelista liberal, preparando con este acto la serie de apoteosis de escritores de la misma escuela que iremos viendo, si Dios nos da salud, medio eficaz de contribuir a los éxitos confeccionados por el compadrazgo literario de este siglo, el más tonto y el más infeliz que se ha conocido, a juzgar por sus enormes tragaderas.
Sentenciaban:
De hoy en adelante no tendremos artistas laureados ni coronados, como los antiguos, que se alimentaban de mirtos y laureles; tendremos, para honor de nuestro siglo, artistas rellenos, fritos y trufados, que podrán enseñar a las generaciones futuras el arte sublime de hacer tripas corazón.

En noviembre aún sonaban algunos acordes desafinados, como los que se suelen interpretar hoy en día. El periódico El Día, del 4 de ese mes, hacía referencia al banquete y corona de oro que por suscripción nacional se ofrecía al maestro Emilio Arrieta. Apuntaba en el pentagrama:
La generación anterior veía el genio en la frente del poeta Ayala o en la del pintor Gisbert, y les ofrecía una corona; la actual quiere enaltecer a Pérez Galdós o Arrieta, y les obliga a aceptar unas chuletas a la parrilla o una ración de salmón a la mayonesa. La admiración se traducía antes en el aplauso de un pueblo: hoy se expresa apurando, como en la solemnidad de Colón, setecientas botellas. ¿Será este el realismo que defienden los partidarios de ciertas escuelas?.

El homenaje de José Alcalá Galiano
Después de esas manifestaciones de odio hacia el renovador de la novela española, volvemos a la realidad. José Alcalá Galiano había sido destinado en 1883 como cónsul en Newcastle-on-Tyne (Inglaterra). Desde allí enviará el mensaje de adhesión y admiración a su amigo. Lo hará en el poema titulado A Benito Pérez Galdós. Carta-brindis, ilustrada con el retrato de un poeta ausente que quiere brindar, ya que no puede comer.
Reproducimos un fragmento de la deliciosa carta, firmada el 8 de marzo de 1883.

Sigue, insigne novelista,
Sacando de tu cacumen
Lo que te inspire tu numen
De filósofo y artista.

Con el fuego de tu mente
Cual taumaturgo has logrado
Hacer presente el pasado,
y hacer futuro el presente.

Sigue mirando el abismo
Del corazón insondable,
Con tu puño formidable
Da azotes al fanatismo;

Quita la sucia careta
A la vil hipocresía,
Y al cinismo y la falsía
Hazles sentir tu palmeta.

Pinta de los torpes vicios
La raíz y los misterios;
De los locos adulterios
Descubre los precipicios.

Pinta….. pero basta ya,
Que el literario concurso
Con esta carta-discurso
Casi durmiéndose irá.

Delante de mi retrato
Llena una copa, Galdós:
Vamos á brindar los dos
Con vino de literato.

Tú brinda por mi memoria;
Yo brindo por tu renombre,
Que la gloria de tu nombre
Es ya de tu patria gloria.

Brinda con el corazón.
Cual yo con el alma entera.
Por tus hermanos, Valera,
Por Pereda y Alarcón.

Si te exaltas cuando ves
Vibrar en la escena el rayo.
Brinda también porTamayo,
Echegaray y Sellés.

Brinda con sed, con amor,
Por los dioses de la lira:
Zorrilla, que aún nos inspira,
Núñez de Arce y Campoamor.

Y por no quedar beodo
Con tantos brindis, á una
Brindemos por la fortuna
Y por la fama de todos.

Y ahora, artistas y poetas.
Perdonad al desterrado,
Si, charlatán, ha abusado
Dando su alma en sus cuartetas.

De una cosa estad seguros:
No soy intruso, y advierto,
Que he pagado mi cubierto
Mandando mis cinco duros.

JOSÉ ALCALÁ GALIANO


Para el bello sexo


El periódico quincenal La Guirnalda rendía homenaje a su principal escritor con la publicación de dos pliegos, uno de dibujos y otro de bordados, en el que aparecían el retrato de Benito Pérez Galdós «bordado a litografía», y el patrón para bordar el marco del retrato «en sedas matices sobre terciopelo de color claro».
Las instrucciones eran las siguientes: «El retrato y marco se hace sobre terciopelo blanco, bordando de relieve con felpillas el ramo y mariposa a imitación de porcelana. El atributo literario se borda con torzales o de aplicación de raso con sedas. Si el marco fuese de gró, debe bordarse matizado. El retrato puede ponerse de fotografía o bordado a litografía. Debe tenerse cuidado de dejar tela bastante al marco para el montado del retrato».

A falta de conseguir el retrato bordado por alguna Jacinta o aquellas señoras de las Micaelas –porque de Fortunata seguro que no-, nos conformaremos con el retrato litografiado del Galdós casi cuarentón publicado por La Ilustración Española y Americana del 30 de marzo de 1883.




El doctor Centeno
Ya que hacemos referencia a La Guirnalda y al año de 1883, recordamos la publicación de la novela El doctor Centeno, aquel denonado compañero de Marianela que abandona su tierra y a su familia para probar fortuna en Madrid.
En el número del domingo 20 de mayo el periódico anunciaba que en esa misma semana se ponía a la venta el primer Tomo de la novela al precio de 3 pesetas. Los suscriptores podían pedirla a la Administración del periódico al precio de 2,50 pesetas. Además, como deferencia a sus lectores y admiradores de la obra de Pérez Galdós, publicaba un capítulo, hasta ese momento inédito.




Las cuartillas
Las cuartillas de los dos tomos que comprenden El doctor Centeno aparecieron a principios de 1984 en el Liceo Francés de Madrid y el 12 de enero del mismo fueron entregados por la Sra. Danielle Mitterrand, esposa del Presidente de Francia, al Gobierno español, presidido por Felipe González.
En 1897 Gladós regala estos valiosos manuscritos a don Juan de Macías y del Real y este en 1914 a «Alejandro Míquis», alias del doctor, escritor y periodista Anastasio Anselmo González y Fernández.
El 27 de febrero de 1984, el Director general del Libro y Bibliotecas los entrega a la Biblioteca Nacional de España, donde se conservan. [3]



«Introducción a la Biología
I
Con paso decidido acomete el héroe la empinada cuesta del Observatorio. Es, para decirlo pronto, un héroe chiquito, paliducho, mal dotado de carnes y peor de vestido con que cubrirlas; tan insignificante, que ningún transeúnte, de éstos que llaman personas, puede creer, al verle, que es de heróico linaje y de casta de inmortales, aunque no esté destinado á arrojar un nombre más en el enorme y ya sofocante inventario de las celebridades humanas. Porque hay ciertamente héroes más ó menos talludos que, mirados con los ojos que sirven para ver las cosas usuales, se confunden con la primera mosca que pasa ó con el silencioso, común é incoloro insectillo que á nadie molesta, y ni siquiera merece que el buscador de alimañas lo coja para engala-[nar su colección entomológica…]. [4]

En el ángulo superior derecho de la cuartilla podemos ver la fecha en la que Galdós comienza a escribirla. El 24 de mayo del mismo año comenzará el segundo Tomo.


Realidad…, del siglo XXI
En este siglo XXI seguimos leyendo y escuchando palabras camufladas, disonantes, de supuesta erudición, que esconden cierta animadversión hacia Galdós y su obra; un menosprecio que pretende situarle, a golpe de falacias arcaicas, por debajo de otros escritores de su tiempo.
También el encumbramiento de unos en busca de la invisibilidad de otros, como denunciaba Leopoldo Alas Clarín en una extensa crítica sobre El doctor Centeno, publicada en la Hoja literaria de El Día del domingo 5 de agosto de 1883.
Ni aún después del magnífico triunfo, sin igual en España, obtenido por Pérez Galdós en la célebre manifestación de entusiasmo que todos recuerdan, puede conseguir este novelista insigne, que ni reparte empleos, ni agencia bombos, lo que cualquier mequetrefe que se mete a literato alcanza, sin más que correr, ir y venir, de redacción en redacción, solicitando alabanzas impresas, patentes de ingenio que más bien son de corso. Triste cosa es que para los más de nuestros periodistas sea mayor incentivo para coger la pluma y escribir de asuntos literarios, el impertinente ruego del amigo sin méritos, pero intrigante y pesado que el verdadero talento, modesto, prudente y comedido, que espera a que la crítica juzgue, sin buscar recomendaciones para ganar el pleito.
El Doctor Centeno, que sólo por ser la más reciente obra de Galdós era digna de ocupar la atención pública y las crónicas de los revisteros y críticas, apenas ha obtenido, hasta ahora, más que sueltos vulgares, breves y del todo insignificantes, por lo que se prodigan.
Verdad es que el público, sin esperar a que la crítica se lo recomiende, ha leído el libro, ha consumido en pocos días las primeras ediciones. Pero esto mismo, que es gran satisfacción para el autor, es nuevo motivo de censura respecto de la crítica.
Yo recuerdo, y no quiero citar nombres, porque no hay para qué, novelas absurdas de autores resueltamente ineptos, que hace pocos meses llamaban la atención de toda la prensa y obtenían grandes alabanzas, bien sabe Dios que sin merecerlas...
Cambiamos lo de “novela” por muchos artículos de la prensa actual, algunas biografías, varios discursos y tanta charlatanería que se cuenta por las calles en un supuesto homenaje a Galdós.


Lo que dijo Galdós del banquete
Reproducimos un fragmento de la carta que Galdós envía a Clarín el 29 de marzo, tres días después del homenaje, en la que le agradece la autoría y lamentan su ausencia en el banquete.
Como digo, la cosa resultó tan grande, que no resulta hecha por mí, sino por todos. Ha sido la inauguración de una era nueva, el primer grito de la literatura nueva y progresiva contra la caduca, ajada, mustia ya descompuesta de aquellos sectores tan enamorados del pasado.
La cosa es grande, y da mucho que pensar. (…) Porque la del 26 tiene una significación profunda que no todos ven. Creo que el porvenir nos dirá muchas cosas que V. y yo y otros habríamos previsto.
Después, hace referencia a los ilustres invitados, D. Emilio Castelar, a quien llama «Carleta». De este dice que se había portado y había estado «sublime, como siempre». De D. Antonio Cánovas del Castillo, al referirse a su presencia en el acto, dice que había sido de «importancia inmensa». Elogia también a Echegaray, «que estuvo admirable, grande y modesto» y agradece a Castro y Serrano la idea de llevar a Cánovas.

Le recomienda a Clarín que si habla del banquete en la prensa de Madrid elogie a todos los citados, incluidos los militares, los médicos y los artistas. Le pide que no ataque a la Real Academia ni la nombre: «Es mejor el silencio».


Para finalizar
El martes 27 de marzo El Liberal dedicará página y media a relatar lo acontecido aquel lunes de homenaje a Galdós. El periodista, cuyo nombre desconocemos, acaba el extenso artículo con un subtítulo: «En su estudio». Pone en él toda su admiración hacia el insigne escritor, a quien imagina entrando en su estudio de la Plaza de Colón.
En lugar de transcribir ese relato, preferimos publicarlo tal y como se conoció, con sus letras de molde originales; negro sobre blanco; tinta embebida en la pasión por el novelista.



Constancia, tesón, sacrificio y voluntad de trabajo que hoy conforman un valiosísimo legado y la verdadera humanidad de D. Benito Pérez Galdós.




Finaliza aquí este artículo del que espero se acepte o se entienda la crítica añadida. He prescindido de las muchas noticias que se publicaron aquellos días sobre Galdós, su persona y su obra. Considero la muestra presentada como suficiente para tener una idea clara de lo que a favor o en contra se contaba.


Este trabajo va dedicado a D. Luis Verde Muntan como muestra de gratitud y respeto.

Eduardo Valero García




Bibliografía y Cibergrafía

Los fragmentos de la correspondencia de Benito Pérez Galdós que se citan corresponden a:
SMITH, Alan; RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, María A; LOMASK, Laurie, Benito Pérez Galdós. Correspondencia, Madrid, 2016, Ediciones Cátedra (Grupo Anaya, S.A.)

[1] B. Pérez Galdós – Fragmento de carta dirigida a Emilia Pardo Bazán, con fecha de 5 de marzo de 1883.

[2] PARDO BAZÁN, Emilia, Nuevo Teatro Crítico. Año I, núm. 8. Agosto de 1891.

[3] Según consta en la nota mecanografiada relativa a las procedencias del manuscrito. Forma parte del conjunto de cuartillas que atesora la Biblioteca Nacional de España, citado a continuación.

[4] Sede de Recoletos – Sala Cervantes. Signatura MSS/22227 V. 1
MSS/22227 V. 2. Puede consultarse online en la Biblioteca Digital Hispánica desde este enlace http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000252149&page=1


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Historia Urbana de Madrid
ISSN 2444-1325


lunes, 17 de febrero de 2020

Galdós, el joven periodista desde la veleta de Santa Cruz. Madrid, 1865

El 3 de febrero de 1865 Benito Pérez Galdós publicará su primer artículo en el diario progresista La Nación. Ya conocía Madrid al detalle; mentidero seccionado en barrios, fuente inagotable de información y de recursos literarios que, para el gran observador y ahora periodista, habían representado su mayor aprendizaje.

Meses más tarde, el domingo 29 de octubre, en el habitual espacio que ocupaba su Revista de la Semana, Galdós recomendará a los novelistas modernos elevarse a las torres más altas. Él lo hará, con el sugerente título de «Desde la veleta» como introducción a los temas de la semana. Tan conocedor del paisaje madrileño, se le antojará imaginarse veleta en el campanario de la iglesia de Santa Cruz.


La Plaza Mayor desde la Torre de Santa Cruz.
Parcerisa Boada, Francisco Javier.
Biblioteca digital memoriademadrid. Núm Inventario: Inv. 2491.
Descripción: "CASTILLA LA NUEVA. / Dibº. del nat. y litª por F. J. Parcerisa -- Lit. de J. Donon.
MADRID: PLAZA MAYOR. / desde la torre de Sta. Cruz". Litografía. 21 x 29,2 cm


La iglesia de Santa Cruz
Don Ramón de Mesonero Romanos, aquel curioso parlante que fue su amigo, contará en 1861 la historia de la iglesia parroquial que daba nombre al arrabal de Santa Cruz. La primitiva ya no existía. Su torre, aunque muy antigua, tampoco era la original. Había sido derribada en 1632 por su estado ruinoso y reconstruida a costa del Ayuntamiento y los vecinos de la parroquia. De planta cuadrada y sin ornato, por sus 144 pies de altura (43,89 metros) predominaba en una de las zonas más elevadas del antiguo Madrid, lo que la hacía digna de ser llamada «la atalaya de la corte».

Se dice que la veleta de Santa Cruz estaba en línea recta con el cerrojo de la puerta de Santa Bárbara.

La iglesia, después de varios incendios tuvo que ser reedificada en 1767 y en ocasiones restaurada durante el siglo XIX hasta su completa desaparición.

La Correspondencia de España del día 11 de junio de 1860 publicaba un premonitorio artículo en la columna Diario de las familias. Emulando el diálogo con un parroquiano, decía que se había cerrado la iglesia «para derribar su media naranja porque está desplomada. Esto quiere decir que se van a gastar 25,000 duros en renovarla para que dentro de dos o tres años la piqueta deshaga esta obra como todo el templo». Además, se insinuaba que Santa Cruz debía ubicarse en el templo de Santo Tomás, que estaba en frente, sobre la calle de Atocha…, y así ocurriría años más tarde.

El 22 de marzo de 1861 el mismo periódico anunciaba que ya había finalizado la construcción de la cúpula y que probablemente en unos meses terminarían «las obras de reparación, ornato y restauración de este templo».

Tal como había anunciado La Correspondencia de España en 1860, la iglesia será trasladada a Santo Tomás y derribada en 1869. Sólo se conserva el muro lateral, sobre la calle de la Bolsa (antigua plazuela de la Leña), donde estuvo la capilla de los Ajusticiados.

El joven Benito conocerá este templo y verá el trasiego de gente que acudía a sus oficios; oirá sus campanas, y quizá presencie la salida de los cortejos fúnebres, especialmente los más suntuosos, como el de Antonio María del Valle, exministro de Hacienda y primer subgobernador del Banco de España.


La Correspondencia de España. 16 de mayo de 1863

A la plaza homónima, vecina de la de Provincia, concurría la sociedad madrileña en Navidad por su mercado y el Domingo de Ramos por la presencia de la comitiva del Ayuntamiento. Lejos había quedado la costumbre de poner en la esquina de la plaza un altar con el crucifijo que acompañaría al suplicio a los reos sentenciados.

Y en aquel escenario de arrabal medieval y de los Austrias, el joven Galdós trazará años más tarde un mapa detallado del Madrid que identificamos como galdosiano.


Parroquia de Santa Cruz
Carlos MÚGICA y PÉREZ
Biblioteca digital memoriademadrid. Núm Inventario: Inv. 1965.
Descripcion: "MADRID ARTISTICO. / Mujica litº. PARROQUIA DE STA. CRUZ Litogª de Perez Bº "
Litografía. 17,2 X 22,6 cm


Pero hasta aquí llegamos con esta historia, porque nos ocuparemos ahora de la de dos casadas, con nuestro interés puesto en la iglesia que hasta el año 1869 estuvo en la plaza homónima.

Muchos años pasarán, además de unas cuantas exitosas novelas y dos series de los Episodios Nacionales, hasta que Galdós vuelva a ser veleta sobre la torre de la iglesia para introducirnos en Fortunata y Jacinta.

Barbarita y Baldomero
Barbarita Arnaiz había nacido en la calle de Postas, esquina con el callejón de San Cristóbal. Por su parte, Baldomero I Santa Cruz tenía una tienda de paños del Reino en la calle de la sal.

Fue en tiempos de la regencia de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, el 3 de mayo de 1835, cuando Barbarita Arnaiz y Baldomero II Santa Cruz contrajeron matrimonio en la iglesia de Santa Cruz. Vivirán primero en la casa de Baldomero, que estaba en la plazuela de la Leña y más tarde en la plaza de Pontejos. De la unión nacerá diez años más tarde su único hijo, Juanito, el Delfín. Será en septiembre de 1845, reinando Isabel II.

Plácido Estupiñá
Citado Mesonero Romanos, es propio mencionar, porque así lo refiere Galdós, que Plácido Estupiñá había nacido en 1803 y «se llamaba hermano de fecha de Mesonero Romanos, por haber nacido como éste, el 19 de julio del citado año».

Personaje peculiar, Estupiñá era fiel servidor de los Arnaiz desde su juventud, y más tarde de Barbarita. No era hombre de misa diaria, sino de varias misas al día; además de hermano de la Paz y la Caridad, cofradías que junto con la de las Ánimas y la de Confiteros, formaban las de la parroquia de Santa Cruz. Vivía, como todos sabemos, en los altos de la Plaza Mayor, a tiro de piedra de varios templos.

Era gran madrugador, y por la mañanita con la fresca se iba a Santa Cruz, luego a Santo Tomás y por fin a San Ginés. Después de oír varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla en capilla rezando diferentes oraciones. Al despedirse, saludaba con la mano a las imágenes, como se saluda a un amigo que está en el balcón, y luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle.

Cuando Santa Cruz y su torre desaparecieron bajo los escombros, Plácido y Barbarita lo pasaron muy mal. Y no mejor cuando se levantó una casa sobre el santo solar.

Por aquello de ser hombre no lloraba. Barbarita, que se había criado a la sombra de la venerable torre, si no lloraba al ver tan sacrílego espectáculo era porque estaba volada, y la ira no le permitía derramar lágrimas (…) Cuando el templo desapareció; cuando fue arrasado el suelo, y andando los años se edificó una casa en el sagrado solar, Estupiñá no se dio a partido. No era de estos caracteres acomodaticios que reconocen los hechos consumados. Para él la iglesia estaba siempre allí, y toda vez que mi hombre pasaba por el punto exacto que correspondía al lugar de la puerta, se persignaba y se quitaba el sombrero.

PLANO DE SITUACIÓN
Historia urbana de Madrid - ISSN 2444-1325



Galdós, desde la veleta
Transcribimos a continuación parte del texto publicado en el faldón de La Nación aquel día de octubre de 1865. Omitimos el contenido de los títulos Carta a la Academia de la Lengua - Teatros - Il Saltimbanco - La señora States y el tenor Fancelli - El barítono señor Merly; muy interesantes todos ellos.



Veintidós años tenía Benito Pérez Galdós cuando su mente creadora le llevó a encaramarse en lo más alto de la villa y corte, desde atalaya donde poder contemplar vidas anónimas, las mismas que más tarde plagarían de realidad sus novelas, sus cuentos y la historia de una España empequeñecida desde la veleta.




En tanto que las miradas no se apartan de las veletas que giran en los campanarios, las interrupciones que había sufrido la vida orgánica y política de la corte de España van desapareciendo, y pronto las funciones que caracterizan su existencia volverán a aparecer con los mismos determinados síntomas. Si las veletas, que son ahora el objeto que más atraen nuestra vista pudieran contemplar desde su altura el aspecto de la población y medir en su imperturbable círculo el movimiento de la multitud, ¡con cuánto placer olvidarían su tarea de señalar el caprichoso correteo de Eolo para fijar en la tierra su aguja inflexible como un dedo acusador; para escudriñar con veleidosa atención las posiciones que el viento de tierra hace tomar a los individuos que andan por esas calles sometidos a su versátil influencia!

Es preciso confesar que el nido de la cigüeña es una magnífica tribuna donde más de un orador pudiera anatematizar la corrupción de la villa, y sería el más feliz de los mortales aquel que pudiera asirse a la campana como el buen Quasimodo, y contemplar dando volteletas en el aire el inmenso panorama que se extiende bajo el horizonte que describe la veleta en su incesante movimiento. Imaginemos una escursion a vista de pájaro; y ya que no podemos como el diablo Cojuelo levantar los tejados para registrar con nuestra mirada las interioridades de las habitaciones, ya encontraríamos asunto para divertirnos en la simple contemplación de las calles y de los dramas, sainetes y comedias que desenvuelven su complicada acción en más de una esquina.

Qué magnífico sería abarcar en un solo momento toda la perspectiva de las calles de Madrid; ver el que entra, en que sale, el que ronda, el que aguarda, el que acecha; ver el camino de este, el encuentro, la sorpresa del otro; seguir al simón que es bruscamente alquilado para dar cabida a una amable pareja; verle divagar como quien no va a ninguna parte; verle parar depositando sus tórtolos allí donde un ojo celoso no se oculte entre el gentío; ver el carruaje del ministro, pedestal ambulante de dos escarapelas rojas, dirigirse a la oficina o a Palacio, procurando llegar antes que el coche del nuncio; mirar hacía la Castellana y ver la vanidad arrastrada por elegantes cuadrúpedos, midiendo el reducido paseo, como si el premio de una regata se prometiera al que da más vueltas; sorprender las maquinaciones amorosas que en aquel laberinto de ruedas se fraguan durante el momentáneo encuentro de dos vehículos; ver al marido y a la mujer arrastrados en dirección contraria, rodando el uno hacia el naciente y la otra hacia el poniente, permitiéndose, si se encuentran, el cambio de un frío saludo; ver la gente pedestre en el paseo de la izquierda contemplando con envidia la suntuosidad del centro; seguir el paso incierto del tahur que encamina al garito; ver descender la noche sobre la villa y proteger en su casta oscuridad la pesca nocturna que hacen en las calles más céntricas las estucadas ninfas de la Calle de Gitanos; oír la serenata que suena junto al balcón y contemplar la rendija de luz que indica la afición musical de la beldad que vela en aquella alcoba; esperar el día y ver la escuálida figura del jugador que tiritando y soñoliento entra en el café a confortarse con un trasnochado chocolate; ver los mercados abriendo al público sus pestíferos armarios; ver al sacristán moviendo el pesado cerrojo de la puerta santa y contar las primeras mogigatas que suben las sucias escaleras del templo; ver de quién es el primer cuarto que recoge el ciego en su mano petrificada; ver salir de una puerta un ataúd gallegamente conducido, y saber dónde ha muerto un hombre; ver salir al comadrón y saber dónde ha nacido un hombre; ver… pero a dónde vamos a parar.

¡Cuántas cosas veríamos de una vez si el natural aplomo y la gravedad de nuestra humanidad nos permitieran ensartarnos a manera de veleta en el campanario de Santa Cruz que tiene fama de ser el más elevado de esta campanuda villa del oso! ¡Cuántas cómicas o lamentables escenas se desarrollarían bajo nosotros! ¡Qué magnífico punto de vista es una veleta para el que tome la perspectiva de la capital de España!

Recomendamos a los novelistas que tan a saber explotan la literatura moderna el uso de este elevadísimo asiento, donde sus ojos podían ver de un sólo golpe lo que jamás pudieron ver ojos madrileños; donde sus plumas podrán tomar, oportunamente remojadas, toda la hiel que parece necesaria a sazonar el amargo condimento de la novela moderna. Suban a las torres, y allí colocados a horcajadas en el cuadrante, con un pie en el Ocaso y otro en el Oriente, podrán crear un género literario remontadísimo, que desde hoy nos atrevemos a bautizar con el nombre de literatura de veleta.
B. PÉREZ GALDÓS


Así describió Galdós la vida madrileña desde una supuesta altura. Suave crítica, delicado humor e ironía en este texto más semejante a una obrita o cuento que a un artículo de prensa.

Aquella «literatura de veleta» será para el escritor y dramaturgo la auténtica renovación de la novela española; la fotografía de una sociedad; el mapa exacto del Madrid decimonónico; la crónica e historias de la urbe y sus gentes; la historia de una España no tan diferente, de la que todo cuanto Galdós dijo continúa vigente.


El presente artículo, donde se muestra a Galdós como un joven periodista, es el fruto de la conversación mantenida con D. Germán Gullón hace unos días. A él se lo dedico.

Eduardo Valero García

 

Bibliografía y Cibergrafía

MESONERO ROMANOS, Ramón de, El Antiguo Madrid (1861). Madrid, Asociación de libreros de lance, 1990.

PÉREZ GALDÓS, Benito, Fortunata y Jacinta. Madrid. Madrid, Aguilar S. A. de Ediciones, 1971.

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domingo, 26 de enero de 2020

La pensión de Lavapiés en la que dicen vivió Galdós

Últimamente se está contando en los medios de comunicación, y desde algunos sectores, una historia no contrastada. Sitúan al joven Benito Pérez Galdós en una pensión del barrio de Lavapiés a su llegada a Madrid en 1862.

En el presente trabajo plantearemos algunas dudas razonables sobre las circunstancias previas al viaje y su establecimiento en la villa, seguidas del estudio de los usos y costumbres decimonónicos como ejemplo determinante para encontrar una realidad distinta de la que se cuenta.

Conocemos la existencia de una casa del barrio de Salamanca donde vivió y que no aparece en sus biografías hasta 2019 [1], pero poco o nada se sabe sobre la pensión que situan en la calle del Olivar, del populoso barrio de Lavapiés.





El viaje a Madrid
Se supone que «Benitín» es enviado a Madrid con la intención de alejarle de su prima «Sisita», quien al parecer no gozaba de la simpatía de doña María de los Dolores Galdós y Medina, madre del escritor. El viaje a la Península fue, para algunos autores, una decisión premeditada; pero, según otros, tomada con premura para poner fin a un romance no deseado.

«Sisita» había nacido en 1843 y llegó a Las Palmas en 1850. Durante los siguientes doce años de convivencia familiar; juegos infantiles con su primo Benito; complicidad y primeros ardores de la incipiente pubertad, posiblemente hicieran saltar las alarmas en una madre sobreprotectora ante un hijo apocado y enfermizo. Quizá entonces se fraguase la idea de enviarle a la Península…, cuanto más lejos, mejor.

¿No existían mayores peligros en la Villa y Corte? Esta pregunta puede plantear otras tantas; unas más novelescas y otras más razonables. Pero insistimos, siempre deben ser analizadas desde la realidad de su tiempo.

«… mis padres me mandaron a Madrid a estudiar Derecho, y vine a esta Corte y entré en la Universidad…», nada más cuenta sobre este asunto el insigne escritor en sus desmemoriadas memorias, ni se aprecia en esas palabras ningún rencor.

En otro artículo de la sección Madrid y Galdós, hicimos referencia al coste exagerado que suponía estudiar en la Universidad Central y las críticas que ya en 1822 vertían sobre la decisión de instalarla en la capital del reino, «... alegando la distracción que las diversiones de la Corte ocasionarían a los estudiantes, y el mayor dispendio que causarían estos a sus familias en un pueblo tan caro».
En efecto, Madrid era una ciudad cara, y demostrado está que esa «distracción que las diversiones de la Corte ocasionarían» fue para el joven Galdós su mayor aprendizaje; no por falta de interés en los estudios, sino por esa curiosidad innata que le permitió ser el mayor observador de todo cuanto ocurría en la sociedad matritense.
«Ello es que no podía resistir la tentación de lanzarme a las calles en busca de una cátedra y enseñanza más amplia que las universitarias; las aulas de la vida urbana, el reconocimiento visual de las calles, callejuelas, angosturas, costanillas, plazuelas y rincones de esta urbe madrileña, que a mi parecer contenían copiosa materia filosófica, jurídica, canónica, económico-política y, sobre todo, literaria».
Por consiguiente, conociendo las críticas del momento, las familias debían sopesar el importante dispendio que representaba dar carrera a los hijos, esperanzados en el beneficio que se esperaba de ellos.

En este sentido, nos remitimos a las palabras de Gloria Nielfa Cristóbal, profesora de Historia Moderna (Universidad Complutense): «Ahora bien, la atracción de la capital sigue funcionando también en la sociedad española con una fuerza insoslayable sobre aquéllos que desean llevar a cabo una carrera política o eligen la Universidad Central a la hora de cursar estudios. Martínez Cuadrado alude a la instalación en Madrid de personajes procedentes de diversas provincias con miras a su integración en la clase política».[2]

Así como Ignacio, subteniente de las Milicias Canarias, se encontraba desde 1858 en Madrid cursando estudios en la Escuela Superior del Ejercito del Estado Mayor para continuar una imparable carrera militar, su hermano menor es enviado a la Villa con la intención de hacer de él un abogado de altos vuelos. Benito no tendrá recursos propios, ni tan siquiera cuando comience su etapa de periodista en La Nación a partir de 1865.

Teniendo en cuenta estos datos, a los que sumaremos otros relacionados con las costumbres de la época, nos planteamos si el viaje a Madrid fue organizado precipitadamente por los motivos citados o pactado con antelación.

Que Galdós embarcase en el vapor-correo Almogávar días después de examinarse en el Instituto Provincial de La Laguna no parece tener nada de particular. El día 8 de septiembre zarpó el vapor desde el puerto de San Telmo (Las Palmas) rumbo a Tenerife, seguramente con parte del equipaje del estudiante a bordo. El día 9 embarcaba el joven bachiller rumbo a Cádiz [3], dando comienzo al pintoresco periplo que le llevará a Madrid en cinco etapas, topándose en alguna ciudad con Isabel II o desandando los pasos de esta en su viaje por tierras de Andalucía, Murcia y Cartagena.



El precio aproximado de los pasajes hasta Madrid, basado en las tarifas de los Vapores-Correos de A. López y Compañía, de septiembre de 1862, era de 270 reales para la Primera clase, 180 para la Segunda y 110 la Tercera. 

Ya instalado en la Villa y Corte, el día 30 de septiembre se matriculará en la Universidad Central, dejando atrás el cómodo ambiente familiar y todo lo demás.

Es habitual, para dotar de cierto dramatismo aquella llegada y el desarraigo amoroso, citar estas palabras del insigne escritor: «Al llegar a Madrid estuve algún tiempo atortolado, sin saber qué dirección tomar, bastante desanimado y triste».

Muchas interpretaciones se hacen de esta confesión, la mayoría de ellas asociadas a su relación con Sisita; sin embargo, dos acepciones tiene el verbo atortolar: 1 - Aturdir, confundir o acobardar. 2 - Enamorarse dulce y ostensiblemente.

Sugerimos la primera acepción como la que da significado a lo expresado por Galdós, porque con 19 años y alejado de su tierra natal y los cuidados familiares, la llegada a una ciudad desconocida tuvo que causar en él cierta confusión y, por supuesto, acobardarle. Aun sabiendo que en Madrid estaba su hermano Ignacio y un primo de su madre, además de su amigo Fernando León y Castillo, el desarraigo tuvo que afectarle por un tiempo.

El Madrid que encuentra no deja de ser un villorrio que intenta redecorarse y ensancharse. En 1862 los diez distritos madrileños sumaban una población de 269.174 personas y en aumento; muchos para su extensión, pocos para su condición de capital del reino. Sin embargo, para el jovenzuelo recién llegado quizá representaba una cantidad exorbitada.

La segunda acepción puede asociarse al amor por su prima si consideramos válido lo que se cuenta sobre su romance. Al decir que se sentía «bastante desanimado y triste», consideramos que es un sentimiento más próximo al alejamiento de muchas cosas y no de una en particular. Del mismo modo, al decir que no sabe qué dirección tomar, se muestra desorientado, desubicado, aturdido en la aun inexplorada urbe; sensación que se acerca a la primera acepción y a la que pondrá remedio con sus constantes y enriquecedores flaneos y su paulatino “enamoramiento” de Madrid.

Por otra parte, Ortiz-Armengol mezcla dos participios: «Y lo de «atortolado» por «atolondrado», ¿no es una traición del subconsciente, al hacer la penosa confesión?». [3] La definición de atolondrado en el Diccionario de la RAE indica: Que procede sin reflexión. Forma que se contiene en el verbo Atolondrar, de tolondro: Aturdido, desatinado.

Razonados estos primeros aspectos, podemos concluir que la decisión de enviarle a estudiar a Madrid fue meditada y consensuada por lo que representaba económicamente. Por otra parte, entendemos que, siendo un adolescente, a su llegada a la Corte experimentó sensaciones y sentimientos idénticos a cualquier persona que vive esa experiencia.

Lo que se dice sobre una pensión en Lavapiés
Desde septiembre de 2019 se suceden los artículos que rinden homenaje a Galdós, que dan cuenta de los diferentes eventos programados para el Centenario de su fallecimiento y los que hablan de la concesión del título de Hijo adoptivo de Madrid a Benito Pérez Galdós. La pensión en que supuestamente el joven Galdós habitará breve tiempo aparece como un hecho cierto en algunos periódicos. Esa aseveración –según nuestro criterio-, puede ser fruto de las investigaciones periodísticas no contrastadas o de la información ofrecida por otros.

Estos son algunos ejemplos de lo que se ha contado y que se repite:
«Galdós arribó a la ciudad, en pleno reinado de Isabel II, en una pensión de la calle Olivar en Lavapiés, y luego vivió en diferentes lugares: calle Fuentes, Serrano (el barrio de Salamanca todavía estaba en construcción), Colón o Alberto Aguilera». [4]
«Ensoñar, por ejemplo, cómo habría influido en sus obras y en sus personajes el Lavapiés de ahora que entonces le dio el cobijo de una pensión». [5]
«… abandonó las islas para continuar con sus estudios en la capital y alojarse en un primer momento en una pensión del barrio de Lavapiés». [6]

El caso de algunos Blogs es similar. La referencia más antigua que hemos encontrado es del año 2014, en ella se dice que «Pasó los dos primeros días alojado en una pensión del barrio de Lavapiés y luego se instaló en una pensión del número 3 de la calle de las Fuentes…». [7]

Los ejemplos aportados se utilizan como elementos necesarios para la investigación y la confrontación de textos. En ningún caso es nuestra intención menospreciar el trabajo ajeno ni incitar a discusiones distintas del tema que nos ocupa. 


Posible fuente de información
Una de las fuentes más utilizadas en internet para cualquier tipo de consulta es Wikipedia. Es opinión de muchos la existencia de algunos errores históricos y/o cronológicos en sus contenidos, pero no es el caso de las consultas que hemos realizado.

Las referencias sobre la pensión de Lavapiés las encontramos en las búsquedas Calle del Olivar y Madrid galdosiano, contenidos donde aparecen citas bibliográficas orientativas pero de escaso valor documental.

En Madrid galdosiano encontramos cierta confusión al intentar ordenar lo contado por D. José Pérez Vidal sobre las casas que habita el joven Galdós al llegar a Madrid. Transcribimos el contenido de Wikipedia y el texto de la cita bibliográfica:

«Recién llegado recaló por poco tiempo en el barrio de Lavapiés, en una pensión de la calle del Olivar; de allí se mudó a un segundo piso del número 3 de la calle de las Fuentes, a otra pensión más céntrica, cercana al Teatro de la Ópera de Madrid, donde se hospedaban sus paisanos Miguel Massieu y Fernando León y Castillo, compañero de colegio en Las Palmas, y que ya llevaba en la capital española dos años como estudiante de Derecho».
Se cita: Pérez Vidal, José. «En aquella casa.» CSIC/Congresos Internacionales de Estudios Galdosianos. Consultado en agosto de 2014.

Esta cita bibliográfica sólo hace referencia a la calle de las Fuentes.
«La documentación académica y otros papeles nos informan de que Galdós, al llegar a Madrid en septiembre de 1862, se alojó en la calle de las Fuentes, 3, 2.°, y de que allí mismo se hallaban hospedados dos estudiantes paisanos suyos: Fernando León y Castillo y Miguel Massieu.» [8]

En cuanto a la consulta sobre la calle del Olivar, en la que se especifica que Galdós vivió en una pensión de Lavapiés, Wikipedia indica:

«Algunos biógrafos del escritor canario Benito Pérez Galdós, lo citan como vecino de paso en esta calle recién llegado al Madrid decimonónico que luego inmortalizaría en el conjunto de su obra. Aunque no se ha confirmado, Galdós aterrizó en una pensión del popular barrio de Lavapiés antes de instalarse en otra de la calle de las Fuentes». [9]

Si bien advierten que «no se ha confirmado», citan la fuente que recoge tal afirmación: (Montero Alonso, José; Azorín, Francisco; Montero Padilla, José (1990). Enciclopedia General de Madrid. Madrid: Méndez y Molina Editores. p. 398. ISBN 8486686067).

El título correcto es Diccionario General de Madrid, de los citados autores, en cuya página 398 se cuenta la historia de la calle y se añade al final: «En ella, en una pensión instalada en el número 9, vivió durante seis años Pérez Galdós». D. José Montero Alonso firma el texto.

Definitivamente, este párrafo es aclaratorio. La afirmación del tiempo que vive el joven en esa pensión y la numeración que se le atribuye en la calle del Olivar, es motivo suficiente para reconocer el error que se cometió en su momento y que ahora se toma como cierto.

Aclaramos que la pensión donde Galdós reside durante largo tiempo –más del que se indica- es la ubicada en la calle del Olivo, 9 – 2º, en la que se instalará en 1863 y allí vivirá hasta 1871.

De las menciones que en la prensa se hacen sobre la pensión de Lavapiés, hemos reservado para este momento la que ofrece más datos:

«En 1862, llega a Madrid para estudiar Derecho, más por empeño paterno que por interés propio. Se instaló junto con otros compañeros de instituto en una pensión en Lavapiés, no muy lejos de la Puerta del Sol, el recién inaugurado Teatro Real y el Ateneo Científico y Literario, del que poco después se haría socio».[10]

El siguiente plano nos muestra la ubicación de la supuesta pensión de la calle del Olivar y la verdadera de la calle del Olivo. Es evidente la cercanía de la segunda con la Puerta del Sol, Teatro y Ateneo.


La confusión entre la calle del Olivar con la del Olivo viene a demostrar que el joven estudiante no vivió en Lavapiés dos días, ni seis años. Tengamos en cuenta que en el citado Diccionario no se hace referencia a la calle del Olivo (entendemos que por no existir en el callejero actual); tampoco se incluye la de Mesonero Romanos, nombre que adquiere la antigua del Olivo en 1883.

A pesar de nuestra afirmación, puede surgir una duda razonable que formulamos con esta pregunta: Debido a la supuesta premura del viaje ¿pudo encontrarse Galdós sin casa donde pernoctar al llegar a la capital? Mantenemos nuestra postura. El viaje tuvo que ser organizado con antelación y cuidando todos los detalles.

El propio escritor le dice al Bachiller Corchuelo en una entrevista: «… me mandaron aquí con León y Castillo». Y así tuvo que ser, por los motivos que ofrecemos a continuación.


Vivir en una casa de huéspedes
En 1850 existían en Madrid unas 450 casas de huéspedes. El precio de este tipo de alojamiento oscilaba entre los 6 y los 40 reales diarios; las más corrientes costaban entre 14 y 16 reales. Los particulares alquilaban parte de sus estancias, incluyendo muebles, comida y buen trato en un ambiente decoroso. Los inquilinos gozaban de la compañía y las atenciones de los dueños, y disfrutaban de buenos guisos.

Era condición para hospedarse en estas casas contar con referencias, conocimiento o fianza del huésped a admitir. Así, como veremos más adelante, al ingresar el joven Galdós en una de estas casas, no bastará con ser conocido de un alojado, sino que necesitará el aval de un fiador.

La persona del fiador quedaba representada por sujeto conocido en la sociedad, de cierto renombre, pariente o amigo con aval suficiente que diese garantías del decoro y posibles de él mismo y del fiado.

En este primer periodo, Galdós se hospedará en la casa de la calle de las Fuentes, 3, piso 2º. La persona que responde como fiador es don Luis Francisco Benítez de Lugo, marqués de La Florida. Por su parte, León y Castilla se alojaba en esta casa de huéspedes desde 1860.

Entendemos que este último ya tenía conocimiento de la llegada de su amigo a Madrid y contó con la firma del marqués, es decir, con el trámite burocrático necesario. Por consiguiente, tuvo que existir comunicación previa indicando el propósito de enviarle a estudiar a «La Docta», como era conocida la Universidad Central por ser, desde 1857, la única autorizada en España para entregar el título de Doctor.

Solo unos meses estuvo en aquella casa de huéspedes. En 1863, Galdós se trasladará desde la calle de las Fuentes a esta pensión de la calle del Olivo, con esquina a la de Abada.

En 1912 se publicaba una biografía de Galdós para la colección Los garndes españoles. Sus redactores, Luis Antón del Olmet y Arturo García Carraffa, se habían reunido con el escritor en varias ocasiones. De lo contado por Don Benito, transcribimos el dato que aportan los citados biógrafos:
«Al llegar a la corte fue a vivir a una casa de huéspedes situada en la calle de las Fuentes, número 3. Allí tenía también su hospedaje otro ilustre canario, el Sr. León y Castillo, que en aquella época era camarada y compañero de carrera de Pérez Galdós.
El ilustre escritor permaneció sólo seis o siete meses en la casa de la calle de las Fuentes. Después se trasladó al número 9 de la calle del Olivo (hoy de Mesonero Romanos) y allí vivió seis o siete años». [11]


La pensión de la calle del Olivo, 9 – 2º
El edificio no era como el primero que habitó, sino de menor categoría; posiblemente, por lo que sabemos, se trataba de una fonda con pensión para estudiantes en diferentes plantas del edificio, de las que abundaban en los alrededores de la Puerta del Sol, y que era conocida con el nombre o apodo de «La pajarera», porque allí se hospedaban varios canarios.

Así la recordará Leopoldo Alas «Clarín» en el Tomo primero de sus Obras Completas - Galdós (1912):
«Un día del verano del 71, esperaba yo en el vestíbulo de una fonda de esta ciudad a que bajara un amigo mío a quien había avisado que le esperaba allí. Maquinalmente me puse a leer la lista de huéspedes que tenía delante, y vi que uno de ellos era D. Benito P. Galdós. Con ánimo de visitarle pregunté por él inmediatamente a un camarero que pasaba. «Ahí le tiene usted», me respondió señalando a un joven vestido de luto que salía del comedor». 

En ese lugar, polígono irregular con fachada a ambas calles, se levantará en 1962 el edificio de una emblemática firma comercial. Esto significa que desconocemos la fisonomía del edificio que ocupó la pensión; sin embargo, sí podemos confirmar que aparece en el plano de Teixeira de 1656 y posteriormente en la Planimetría de Madrid (1749-1770), con modificaciones en el terreno que la acercan a una construcción del siglo XVIII.



Entre los vecinos del edificio, además de la Administración de La Ciencia, revista universal dedicada a la clase industrial, encontramos a Don Fermín Urdapilleta, médico homeópata que tenía su consulta en el entresuelo derecha. Seguramente en la esquina con Abada, don Mateo Rivera tenía un puesto de pescado. En el piso cuarto vivía el doctor José Negro y García, quien actuó durante la epidemia de Cólera de 1865. También había una peluquería donde se vendía Agua de Barcelona, preparado por una tal Josefa Martínez.

La importancia de esta pensión es fundamental en los datos biográficos, pues Galdós comenzará allí su etapa como periodista y escribirá algunas obras de teatro. Estas serán La expulsión de los moriscos (drama); El hombre fuerte (drama), y la comedia Un joven de provecho. Además, escribirá La Sombra, comenzará a narrar los sucesos históricos representados en La Fontana de Oro y nacerá la idea de escribir novelas seriadas, históricas pero breves; patrióticas, pero entretenidas. Iniciativa ésta que será aplaudida por su amigo, el periodista José Luis Albareda, quien le sugerirá el título de Episodios Nacionales. Al entusiasmado Galdós le gustará el título, y acordará comenzar la serie con Trafalgar.

El insigne escritor hará referencia a esta pensión en El doctor Centeno, recreando la atmósfera y fisonomía del lugar, además de a su casera o pupilera, doña Virginia:

«Llegaron por fin a su casa, que era de las que llamamos de huéspedes, y estaba, según cuenta quien lo sabe, en una mala calle situada en un barrio peor, la cual si llevara nombre de varón como lo lleva de hembra, se llamaría del Rinoceronte. Subieron al cuarto, que era segundo con entresuelo, por la mal pintada, peor barrida y mucho peor alumbrada escalera, y antes de que llamaran abrió con estruendo la puerta una hermosa harpía…».

En ese ambiente que el escritor describe en la misma novela con olor a fritanga, peligroso y con un pasillo largo, «con tres vueltas, parecido a una conciencia llena de malicias y traiciones», comenzarán las novelas de la primera época.


Conclusión
Con este análisis no pretendemos ser los dueños de la verdad, pero este breve estudio nos posiciona muy cerca de ella.

Salvo la presentación de documentos o referencias concretas distintas a las aquí ofrecidas, descartamos como hecho cierto la presencia del joven Benito Pérez Galdós en una pensión del barrio de Lavapiés, por considerar que la fuente de consulta más habitual advierte que no es un hecho contrastado y por detectar una confusión en el nombre de la calle que se atribuye a la citada pensión.

Como colofón, estas palabras de Benito Pérez Galdós que dan inicio a sus Memorias de un desmemoriado:

«-Simplón, no temas dar a la publicidad los recuerdos que salgan luminosos de tu fatigado cerebro y abandona los que se obstienen en quedarse agazapados en los senos del olvido, que ello será como si una parte de tu existencia sufriese temporal muerte o catalepsia, tras de la cual resurgirá la vida con nuevas manifestaciones de vigorosa realidad».


Para la contestación:
Eduardo Valero García


Bibliografía y Cibergrafía

[1] VALERO GARCÍA, Eduardo, 2019. Benito Pérez Galdós. La figura del realismo español. Valencia: Editorial Sargantana, pp. 95-99. ISBN: 978-84-17731-36-6
NOTA: La otra casa de Galdós es un descubrimiento dado a conocer por el autor en la Biblioteca Regional de Madrid Joaquín Leguina el 13 de marzo de 2018 durante la conferencia titulada La llegada de Galdós a Madrid y casas que habitó.

[2] NIELFA CRISTÓBAL, Gloria, et al., 1986. Madrid en la sociedad del siglo XIX. Vol. I. Madrid: Cosejería de Cultura CAM - Revista ALFOZ, p. 273. Obra completa: I.S.B.N.: 84-86635-00-4 p. 273

[3] Ortiz-Armengol indica que el joven bachiller regresó a Las Palmas después de graduarse; sin embargo, teniendo en cuenta que su último examen se realiza el día 6 y que el vapor zarpa del puerto de San Telmo el día 8, poco tiempo tuvo para regresar a su ciudad natal. En este sentido, la mayoría de los biógrafos hacen referencia al 9 de septiembre como fecha de partida, lo que le sitúa en Tenerife.
- ORTIZ-ARMENGOL, Pedro, 2000. Vida de Galdós. Barcelona: Editorial Crítica. ISBN: 84-8432-073-1 

[4] FANJUL, Sergio C., 2019. EL PAÍS. Madrid presume de Galdós. EL PAÍS. 18 de octubre. Disponible en: https://elpais.com/ccaa/2019/10/18/madrid/1571392983_822160.html [Consulta: 19 de octubre de 2019]
NOTA: En esta entrevista se cita a Eduardo Valero, autor de la iniciativa para la concesión del título de Hijo Adoptivo de Madrid a Benito Pérez Galdós. En ningún caso Valero dio esa información ni la ratifica.

[5] DELGADO, Adrián, 2020. El Madrid agradecido a un «madrileño» nacido en Las Palmas. ABC. 1º de enero. Disponible en: https://www.abc.es/espana/madrid/abci-madrid-agradecido-madrileno-nacido-palmas-202001010236_noticia.html [Consulta: 1 de enero de 2020]

[6] ROCES, Pablo R., 2020. Tres paseos por el Madrid de Galdós en su centenario: de las casas de Fortunata y Jacinta a los Episodios Nacionales. El Mundo. 4 de enero. Disponible en: https://www.elmundo.es/madrid/2020/01/04/5e0f8e99fdddff27208b4620.html [Consulta: 4 de enero de 2020]

[7] CASTAÑO, Santiago, 2014. Benito Pérez Galdós, un Madrid de novela. En: Cosas de los madriles.Disponible en: https://cosasdelosmadriles.blogspot.com/2014/10/benito-perez-galdos-un-madrid-de-novela.html [Consulta: Diciembre de 2019]

[8] Sin autor. Madrid galdosiano. Wikipedia. Disponible en: https://es.wikipedia.org/wiki/Madrid_galdosiano [Consulta: Diciembre de 2019]

[9] Sin autor. Calle del Olivar. Wikipedia. Disponible en: https://es.wikipedia.org/wiki/Calle_del_Olivar [Consulta: Diciembre de 2019]

[10] BERNAL, Iratxe, 2020. Galdós, el pulso de la vida. El Comercial. 4 de enero. Disponible en: https://www.elcomercio.es/culturas/libros/galdos-pulso-vida-20200104000407-ntvo.html [Consultado: 4 de enero de 2020]

[11] OLMET, Luis A. y GARCÍA CARRAFFA, Arturo (Autores secundarios) 1985. Benito Pérez Galdós, el canario más universal. Boletín informativo: Aguayro. Las Palmas de Gran Canaria: Caja Insular de Ahorros de Gran Canaria, núm 163, p. 8. ISSN: 0212-5021



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